28 #2
Comenzó a balancearse al sentirse descubierto por su antiguo amigo.
La luz de la ventana reveló las heridas de la cara, con la piel a jirones por culpa de las ratas.
Sus ojos, negros, brillaban como los de un gato.
Un breve parpadeo en blanco, cuestión de décimas de segundo, sorprendió al asustado muchacho, que si no derramó el vaso fue porque se agarró a él con toda la fuerza del pánico.
—Hola, Nacho, ¿ya no queréis jugar conmigo?
El aterrado muchacho no pudo ni contestar, y la sonrisa de Quique mutó en un rictus serio y amenazador.
—Venga, no tendrás miedo, ¿no?
Nacho, a punto de hacerse pis mientras su hermana pequeña sollozaba histérica, comenzó a rezar en un susurro.
Nunca había sido el alumno más aplicado de catequesis, pero trató de concentrarse en las palabras de su catequista, Cristina, una mujer rubia de mediana edad, devota de sor Patrocinio, que siempre les recordaba que pidieran ayuda a la Virgen en cualquier situación.
—¿Estás rezando, Nacho?
—Por favor, Señor, bendice esta agua; por favor, Señor, bendice esta agua; por favor…
Quique torció la cabeza, como un perro intentando comprender el lenguaje de su amo, y su expresión reflejó algo de temor.
Nacho aprovechó para lanzarle el vaso de agua, que pareció hervir en ebullición al contacto con la piel del vampiro.
Quique lanzó un alarido y saltó hacia su antiguo amigo, al que derrumbó, golpeándose la cabeza con un mueble.
El dolor era intenso en el monstruo, que seguía gritando mientras los poros de su piel exhalaban humo y supuraban ampollas. Levantó la mano para atacar a Nacho, que se fijó en lo afilado de sus uñas, pero el dolor era tan intenso que necesitaba huir para recuperarse.
Dirigió una mirada de odio hacia Luz y saltó por la ventana.
Los gritos deberían haber despertado a los padres de Nacho; en el silencio de la noche se escuchó la voz de algún vecino preguntándose a qué se debía ese escándalo, pero, mientras Luz lloraba y Nacho no se levantaba, sus progenitores seguían inconscientes, presos todavía del embrujo de un vampiro que se alejaba como alimaña entre los árboles, mirando hacia la ventana abierta del sexto.
***
Inocencio apenas había descansado; su rostro reflejaba agotamiento. Su hermano no sabía nada del paradero de su sobrina, pero seguía confiando en la policía, que lo tranquilizaba con el argumento de que, si estuviera muerta, ya la habrían encontrado.
El coche de Sete había aparecido vacío y sin marcas de violencia en Sagunto; quizás se dirigían a Barcelona o a Francia.
El sacerdote intentó acercarse por la mañana a la discoteca, pero seguía custodiada por policía municipal y guardas de seguridad.
En la distancia vio a Vuk sonriéndole. Si hubiera tenido fuerzas, habría atravesado el cordón de seguridad para arrancarle esa sonrisa de la boca.
Se dirigió de nuevo al cementerio, hacia la cripta. Trató de forzar la puerta, pero un fuerte dolor en el brazo izquierdo lo impelió a parar. Estaba sudando y le faltaba el aliento.
Un trago lo ayudó a serenarse. No podía lidiar con todo a la vez.
Sentado sobre una lápida cercana, se vio derrotado y rezó una oración a la Virgen para que lo asistiese. Sollozando sobre el sucio y frío mármol, observó en la distancia un promontorio, con una antigua ermita en la parte más alta.
Un breve destello, que le recordó al faro de Cullera, hizo que sacara el pequeño par de prismáticos del zurrón que llevaba consigo.
Allí, sentado sobre el capó de su antiguo Mercedes, creyó distinguir al supuesto doctor yugoslavo sujetando un objeto que bien podría ser un telescopio o un catalejo.
Desde allí podía vigilar tanto la cripta como el molino, ese viejo zorro.
Había descubierto su madriguera.
Las venas del cuello tintinearon de la presión.
Le dolía la nuca, se sintió ahogar por el alzacuellos; comenzó a faltarle de nuevo el aliento y un fuerte dolor de estómago le dobló las rodillas.
Le estaba dando un infarto, lo sabía porque no era el primero, pero por culpa del alcohol temía —en palabras de su médico— que podría ser el último.
En el peor momento, traicionado por su pecado y su cuerpo mortal.
No se lo podía permitir: morir allí, bajo el sol asfixiante del Levante español, con las cigarras cantando desde los secos cipreses, cuando había descubierto la guarida del mal.
Se desplomó tan pronto como se levantó. Una fuerte punzada en el pecho le confirmó lo que ya sabía: podía morir en la orilla, sin tiempo para ayudar a los chicos, sin fuerza para luchar por su sobrina.
Tumbado en el suelo, consumido por los fuertes pinchazos en el corazón y con la visión cerrándose a negro, contempló una estatua de la Virgen y se entregó mientras imploraba:
—Madre…
Una mujer, que limpiaba la tumba de su marido varias hileras más hacia la puerta, soltó corriendo sus bártulos al ver caer al sacerdote, pensando que sería un golpe de calor.
Cuando lo encontró desvanecido y agarrándose el pecho, pidió ayuda a gritos, logrando la atención de uno de los sepultureros, que pudo llamar a una ambulancia desde el teléfono fijo de la pequeña oficina.
El diminuto sacerdote todavía respiraba, aunque entrecortadamente.
La ambulancia llegó a tiempo; casi por milagro se encontraba cerca, devolviendo a su casa a una mujer anciana que había sufrido una caída semanas atrás en el barrio contiguo.
Mientras ingresaba en urgencias, Ximo y Sergio compartían una cerveza en la terraza del Redo, esperando a su nuevo amigo, que por segundo día consecutivo los dejaba plantados y solos ante el peligro.
***