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Cuatro horas y media de viaje por carretera no son muchas, pero pueden hacerse eternas con un adolescente enfadado.
La madre de Demetrio, al volante, atravesó todos los estados desde la culpabilidad hasta la ira, cansada de tener que justificarse porque su hijo quisiera hacer, como siempre, lo que le daba la gana.
Ajeno a las tribulaciones de su madre y a la cinta de Julio Iglesias con la que trataba de romper un silencio que dolía, Demetrio contemplaba el cielo azul de la mañana sobre la carretera de Cuenca, pensando en sus amigos y en que esa misma noche tendrían que enfrentarse de nuevo al terror más absoluto.
Ni siquiera cuando pararon a comer un bocadillo de jamón de Teruel en Motilla del Palancar consiguió su madre arrancarle más que unos monosílabos.
En parte estaba preocupada porque sabía que había perdido un amigo y que también conocía a la chica que se había fugado con el novio.
Pero mejor lejos de allí, que estaba empezando a complicarse mucho aquella zona con tanta discoteca y su hijo ya tenía una edad peligrosa, por mucho pataleo y caritas que tuviera que aguantar.
Pensó que el año siguiente irían a otro lado y así no discutiría con su hermana qué mes usaba la casa cada una.
O incluso podría venderle su parte, que sus hijos ya eran mayores y no tendría problemas.
Pero Demetrio no estaba enfadado, ni siquiera triste. Estaba reuniendo el valor suficiente para desafiar a su madre y escaparse a la mañana siguiente: ir a Madrid, tomar un autobús camino de Valencia y ayudar a sus amigos como fuera en la discoteca.
Había pensado en contactar con Nacho en Valencia, pero solo serviría para que lo atrapasen sus padres. Además, su amigo tenía que cuidar de su hermana.
Estaba seguro de que Quique habría escapado del depósito de cadáveres y, habiendo probado la sangre de Luz, le seguiría el rastro como un tiburón. Sobre todo, estando en la misma ciudad.
Cuando llegaron, su padre todavía estaba trabajando en la fábrica. La casa estaba vacía y en silencio, como un panteón.
Desde la ventana de su habitación podía contemplar toda la ciudad, que en verano estaba tan muerta como su propia casa.
Demetrio vivía en el Alamín, uno de los barrios humildes de Guadalajara, donde nacen los toreros, decía un villancico tradicional que cantaba una rondalla de vecinos, en una de las grandes torres grises que vigilaban la urbe desde lo alto del cerro, separados del centro por un barranco y un puente, junto al torreón que llamaban de las Infantas.
Deshizo su maleta por orden de su madre y echó a lavar la ropa con los trajes de baño y la toalla todavía llena de arena. Vio la camiseta que llevaba la noche del cementerio, que en la distancia parecía un mal sueño. Dudó si echarla a lavar.
Quizás era una locura; nadie lo iba a echar en falta, no contaban ya con él y quién sabe si volvería a verlos el año que viene. Se había puesto a salvo y nadie lo culpaba, como cuando acosaban a algún amigo en el colegio.
En la mesa, revueltos con los libros de texto del último año, encontró un cómic de Spiderman dibujado por Todd McFarlane, en cuya portada aparecía el héroe enredado en su propia telaraña. Atrapado, como se sentía él.
—¿No vas a llamar a ningún amigo? —preguntó su madre, intentando hacer las paces, como tantas otras veces.
—Estarán en el pueblo. Mañana igual llamo a casa de Félix, pero creo que está en Humanes —respondió Demetrio con una pretendida indiferencia que ocultaba sus planes de huida.
Sabía que se la jugaba, que se llevaría la bronca de su vida si es que la conservaba y que pasaría el resto de ella castigado. Pero no era un cobarde: sus amigos necesitaban ayuda, no iba a quedarse escondido mientras los demás daban la cara.
Pasó la tarde nervioso, intentando mantener la normalidad, haciendo deberes atrasados para septiembre y jugando a la Master System, a un juego difícil como el demonio que lo distrajo un par de horas: Aztec Adventure , una suerte de WonderBoy centroamericano.
La portada evocaba historias mucho más épicas que las que un cartucho de 8 bits podía contener.
Cuando llegó su padre, intercambiaron pocas palabras, como era costumbre. Era un hombre parco, muy trabajador, pero lo notó preocupado y volvió a plantearse si escaparse serviría para algo más allá de provocarle un disgusto.
Con un poco de suerte podría ir a la piscina municipal con su madre y al cine de verano, en el auditorio, junto a la cárcel provincial.
Demetrio volvió a negar con la cabeza. Recién duchado y puesto el pijama, preparó a escondidas una mochila con un bocadillo, un par de cómics para el camino y algo de dinero, que esperaba fuera suficiente para no quedarse tirado en Madrid. Solo tenía que reunir el valor.
***
Nacho y Luz cenaron temprano. El viaje no había sido ni mucho menos tan largo como el de Demetrio, pero los ánimos andaban igual de templados. No quería preocupar a su hermana, pero temía que no estaban tan a salvo como Demetrio en Guadalajara.
Su padre, policía, seguía de vacaciones, pero había recibido una llamada para informarle que la madre de Quique se había escapado del hospital.
Deferencia de un compañero, a sabiendas de que la conocía.
Había escuchado a sus padres en la hora de la siesta lamentar la suerte de la pobre mujer, a la que habían liberado de cualquier posible culpa respecto a la muerte de su marido.
—Una enferma, completamente ida —la definió su madre, que se ponía en el papel de perder a sus hijos y a su marido en un mismo verano y se echaba a temblar.
No alcanzó a escuchar bien porque no quería que lo pillasen husmeando, cosa que tenía prohibida dada la profesión paterna, pero habría jurado que oyó algo sobre la desaparición del cadáver de Quique y que se pedía mucha discreción con el tema.
Vivían cerca del nuevo Jardín del Turia, recién inaugurado en su primer tramo: una gigantesca obra de ingeniería que había desviado el cauce original del río a su paso por la capital a finales de los años sesenta, tras la gran riada del año 57 en la que murieron casi cien personas.
—Esto algún día salvará vidas —solía decir su abuelo, que perdió a un hermano en las inundaciones.
« El llit del Túria és nostre i el volem verd » —«El lecho del Turia es nuestro y lo queremos verde»—.
Protestaron los vecinos ante los planes municipales de construir una autopista de alta velocidad y una línea ferroviaria hasta que las autoridades cedieron a la presión popular y comenzaron el proyecto de ajardinamiento a principios de los ochenta.
Un final feliz para una historia que nació a raíz de una tragedia y se recondujo con el esfuerzo de muchas personas de a pie; un ejemplo para Nacho, que desde pequeño había sentido admiración por ese enorme cauce seco desviado a golpe de ingenio humano que ahora contemplaba desde la ventana del salón.
Vivían en un sexto piso, pero sabía que eso no sería impedimento para que el demonio accediera al cuarto de su hermana, como ya hiciera en la playa.
Con la excusa de beber un vaso de leche, se acercó a la cocina buscando ajos, que colocó en el alféizar de la ventana, esperando que hicieran el mismo efecto que las cuchillas en las verjas de las películas de guerra.
Buscó entre sus juguetes unos viejos walkie-talkies que todavía funcionaban —se aseguró cambiándoles la pila— para mantener el contacto con su hermana. Estaba ya en la cama, aterrorizada, a pesar de que Nacho le había insistido en que Quique no sabía dónde vivían allí, en Valencia.
—Yo nunca se lo he dicho, enana. ¿Y tú?
Sus habitaciones eran contiguas y compartían el baño al otro lado del pasillo, al fondo del cual estaba la habitación de sus padres, con vestidor y cuarto de baño propio.
De pequeño, a Nacho le daba pánico esa habitación, al final del largo pasillo. El reloj digital de su padre, con la pantalla verde, iluminaba la mesilla de noche y su lámpara con aspecto de virgen siniestra.
—¿Me oyes?
—Sí… —contestó Luz con un hilillo de voz, asustada por la posibilidad de ser visitada otra vez por su antiguo amigo, recién salido del depósito de cadáveres.
—Si notas cualquier cosa, me llamas, ¿eh?
—Sí…
Nacho no pegó ojo mientras sus padres veían El ejecutor, de Arnold Schwarzenegger, en la tele.
En otra situación le hubiera gustado quedarse a verla, pero no habría podido estar atento a los ruidos en la habitación de su hermana; ella no podía ver la película porque era demasiado violenta para una niña de su edad.
¿Qué haría Schwarzenegger en su lugar?, se preguntó Nacho, y dejó evadir la mente hasta el punto de quedarse medio adormilado. La luz en el pasillo y el ruido en el salón lo envolvieron con dulzura en un ambiente de confort, protegido por la normalidad de sus padres.
Pegó un respingo al darse cuenta de que se había dormido; no sabía siquiera cuánto tiempo. Ya no oía ruido en el salón ni había luz. Sus padres dormían plácidamente desde hacía un rato.
El ruido del comunicador fue lo que le había devuelto del sopor a la consciencia.
—Nacho…, Nacho, por favor, Nacho…
—Sí, sí…
—¿Me traes un vaso de agua?
—Joder, sí.
—Gracias.
Nacho suspiró aliviado. Atravesó el pasillo con un calor sofocante y llegó a la cocina.
Abrió la nevera y cogió el agua fría con parsimonia.
No pudo evitar la tentación de abrirse una botella de Coca-Cola para él.
Sus padres le tenían prohibido beber refresco de madrugada, pero necesitaba gas y azúcar.
—Qué bien entra.
Con el vaso en la mano llegó a la habitación de su hermana, la más cercana a la de sus padres. La ventana abierta lo paralizó de miedo; hacía mucho calor, pero ¿en qué cabeza cabía abrir la ventana?
No estaban los ajos.
Vio a su hermana acurrucada en la cama y se dio cuenta de que no estaban solos. Enfrente, sentado en la pequeña mecedora que habitualmente ocupaban los peluches de Luz, había un niño pálido, azulado, sonriendo con maldad.