Las Palmeras 27 #2
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27 #2

Esther comprendió que, si quería volver de nuevo al mundo de las sombras, necesitaba hacer las paces con su amiga, a la que había abandonado hacía tantos años.

No sabía cómo, así que improvisó un ritual y, en uno de sus turnos, se escapó a la casa en la que sabía que había vivido su amiga, ahora un solar en ruinas con un pequeño corral.

Las paredes de adobe daban cuenta de la humildad de aquella familia y de las dificultades que debieron pasar, propias de una época dura que muchas veces se recordaba con el velo de la nostalgia.

Esther miró a una de las ventanas que todavía quedaban como testigos del antiguo edificio por la que quizás se asomase alguna vez en vida su amiga buscando algo de paz en el exterior, lejos de la ira de su abuela.

Camuflado en el uniforme llevaba un pequeño peluche y un cirio, que colocó junto a la puerta. Se arrodilló, rezó un avemaría, como el que le había protegido contra Custodia, y le dedicó unas palabras de disculpa:

—Perdóname, amiga mía. Perdóname por ser cobarde, por ser cruel, por rendirme y dar un paso atrás, por olvidarte y ceder al miedo; perdóname y déjame ayudarte.

La joven se quedó quieta unos segundos, muda y temblorosa, sin saber si decir algo más.

La casualidad quiso que una pequeña ráfaga de viento apagase la vela y volcase el pequeño peluche, pero a Esther se le erizó el escaso vello de los brazos y un cosquilleo le recorrió el espinazo.

Sabía que era una tontería, más en abril, pero volvió a colocar el peluche en su sitio. No encendió de nuevo el cirio por miedo a provocar un incendio.

Al marcharse no se giró, y no pudo ver cómo la vela volvía a encenderse sola.

Caminó rápidamente, con la esperanza de no ser vista y no tener que dar explicaciones.

Volvió al trabajo y cumplió su turno, no sin discutir con un compañero que, acostumbrado a los últimos meses en los que ella había redoblado esfuerzos, quería continuar con aquella dinámica, alegando que él tenía familia y le daba miedo trabajar por sus hijos.

Esther sabía bien que el único miedo que podía tener por sus hijos era que un día se cansaran del vago de su padre y lo echaran de casa a patadas, defendiendo a su madre. Pero prefirió callar a sabiendas de que el jefe era consciente de aquello.

De camino a casa escribió a Alba. Estaba muy entera a pesar de todo, pero preocupada por sus padres, a los que no consideraba prudente avisar pese al riesgo.

***

El día siguiente del ataque fue agotador para Alba.

Le dolía todo el cuerpo de la tensión acumulada, como si todos los músculos se hubieran agarrotado a la vez, contraídos por el terror de ver de nuevo a Roberto, esta vez en su propia casa, en lo más sagrado para ella, en el jardín en el que tantas veces había jugado de pequeña.

No sabía si volvería a ocurrir y tenía claro que era mejor no contárselo a sus padres porque era imposible que la creyeran. Ella misma no se lo creería si se lo contase otra persona.

Incluso a veces dudaba de su cordura.

Mantenerse en contacto con Esther y con su vecino, Demetrio, le había servido de terapia. Además, si había sobrevivido la otra noche, era gracias a sus consejos, aunque se hubiera disculpado por no haberla podido proteger, a ella o al señor que había muerto esa misma noche.

Pensaba mucho en ello, en esa barrera cuántica, en ese poder del pensamiento que la había protegido de esa bestia. Pero qué difícil era no sucumbir al terror cuando un cadáver andante se acercaba casi flotando a morderte. Hacía falta mucha determinación, mucha voluntad para superar ese terror.

Estaba orgullosa de sí misma.

Podía entender que personas como el amigo de Demetrio, el párroco, hubieran comprado el pack completo y se hubieran aferrado a la religión católica como quien empuña un arma imaginaria.

Es más fácil creer que tienes una espada si sujetas un palo, y una religión te lo ofrece casi hasta afilado.

Alba racionalizaba tanto que sería incapaz de tener esa fe inquebrantable. Para Demetrio no era tan difícil, era como montar en bici: una vez que funciona y no te caes, simplemente pedaleas sin preguntarte qué hacer a cada paso.

Ella tenía bastante con haber sobrevivido la pasada noche. Y no pensaba rendirse: siempre había intentado ser la mejor en clase, la mejor en tenis, la mejor judoka, la mejor en cualquier cosa que se propusiese, y cazar vampiros no iba a ser una excepción.

No podía competir con las dotes de Esther porque, a diferencia de ella, era como un canto rodado para el mundo de lo sobrenatural. Para bien o para mal, nunca había sentido nada.

Tampoco tenía la experiencia de Demetrio, que llevaba más de veinte años enfrentándose a ese tipo de criaturas.

Pero estaba en mejor forma física que los dos.

Alba, que tenía un gimnasio en casa, se convenció de que su propia forma física le daría confianza, lo que redundaría en su poder para enfrentarse a aquellas criaturas: la pescadilla que se muerde la cola.

Además, mucha gente estaba poniéndose en forma en casa aprovechando el confinamiento, no llamaría la atención. Sus propios padres habían comenzado una rutina de ejercicios en la máquina multiestación del garaje y una bicicleta estática que hasta la fecha estaba sin uso.

Press de banca con mancuernas, sentadillas, abdominales, cardio en la cinta de correr que habían encargado como complemento justo hacía una semana. No sabía cuánto tiempo tenía, pero lo aprovecharía al menos mientras no pudiera salir de casa.

Todo acompañado de una dieta equilibrada, rica en ajo, claro, que Alba aprovechaba para frotar en los marcos de las ventanas por consejo de Demetrio. No hacía falta una ristra como en las películas, pero, como a los gatos la citronela, ayudaba a contenerlos.

Tal vez Roberto no volviese a intentarlo y buscase otras presas más fáciles, pero ella estaría preparada. Cada vez más preparada.

Estaba tan absorta en su nueva realidad que, cuando recibió un mensaje de sus compañeras de universidad, se desmoronó.

Qué sencilla había sido la vida de estudiante hasta ahora, sin conocer la existencia del verdadero mal, engañada por el día a día como la atmósfera terrestre nos distrae con un precioso cielo azul del inmenso abismo negro que se cierne sobre nuestras cabezas.

Tirada en su habitación, exhausta por el ejercicio físico, rompió a llorar hasta quedarse dormida con el móvil en la mano.