Las Palmeras 27
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Voy a seguir vigilando, suelen tardar alrededor de

o mañana, pero no todos se convierten; habrá que ver,

cuidaos y si necesitáis ayuda, hablamos.

No era la primera vez que Demetrio hacía guardia en un camposanto, pero solían ser más grandes.

Una vez, hace muchos años, incluso se adentró en el de El Cairo, una auténtica ciudad dentro de la capital, con gente viva de verdad habitando las tumbas.

«El más grande y peligroso del mundo», les explicó el guía sin sospechar que lo que buscaban Nacho y él era mucho más tenebroso que cualquier cartel de droga.

A Paco, el marido de Lola, lo enterraron en el pequeño cementerio del pueblo, junto a la ermita y la piscina de verano, no en el de Azuqueca, de mayor tamaño y colindante con su término municipal.

El de aquel pueblo era diminuto, proporcional al casco antiguo antes de las sucesivas ampliaciones. Unos faroles anaranjados, poco o nada eficientes, tintineaban en la puerta, exhaustos por seguir funcionando en época de leds y luces de baja emisión.

Los cipreses se contoneaban al ritmo de las embestidas del viento fresco de abril, ajenos a los virus que las redes sociales alertaban que viajaban por el aire como diminutas y mortíferas flechas envenenadas.

Demetrio andaba preocupado por las chicas: una, su vecina, ya había sido atacada en su propia casa, aunque había sabido defenderse bien. Además, no quería dejarlas al margen; recordaba lo que jodía quedarse fuera cuando sabes lo que hay.

Afortunadamente, a diferencia de cuando era pequeño, ahora tenían teléfonos móviles y servicios de mensajería instantánea para estar en contacto.

Todavía le daba rabia la noche que pasó llorando cuando su madre lo llevó de vuelta a Guadalajara, la impotencia de no poder ayudar a sus amigos y quedarse solo y desprevenido ante un terror que lo acompañaría el resto de su vida.

Demetrio observaba paciente, sentado tras la lápida del recién enterrado, mientras devoraba un bocadillo de jamón york, queso, huevo y patatas fritas, su favorito del Redo, aunque preparado por él mismo con mucho menos acierto.

Todo sabe distinto, mejor, cuando te lo preparan.

Incluso una simple Coca-Cola, con sus hielos y limón.

De vez en cuando paraba de comer para escuchar. Lo más probable era que no ocurriese nada en toda la noche. Volvería a la siguiente de todos modos.

Normalmente, el cadáver permanecía en su tumba.

Por su propia experiencia, solo volvían desde el infierno uno de cada tres; tal vez menos, incluso.

Y en un cuerpo anciano como aquel era mucho menos probable que sucediese aquel milagro impío de la resurrección.

Claro que el muerto no resucitaba en sí, solo su cuerpo, como una marioneta burlona y obscena, controlada por la criatura alojada en su pecho.

El muerto, su alma, su espíritu, quedaba atado al cuerpo por ese famoso cordón de plata que lo condenaba a seguir vagando por una tierra de sombras mientras nadie liberase a su cadáver de la maldición.

Antaño lo tenían mucho más fácil para volver de entre las profundidades de la tierra.

El ataúd, salvo que estuviera reforzado, lo destrozaban con facilidad con su fuerza sobrehumana de cachorro demoníaco; fuera solo tenían tierra recién excavada que apartar.

Ahora, con las suntuosas lápidas de mármol, algunos incluso no lo conseguían.

Otros terminaban saliendo por un lateral y los menos se aprovechaban de que el cemento estuviera todavía fresco para levantar la pesada losa.

Muchísimos menos, más fuertes, rompían la losa para espanto de sus familiares, que maldecían al clima o a los vándalos, según la época del año.

De vez en cuando, un ruido en el exterior le recordaba que no podía estar ahí, no solo por encontrarse dentro del cementerio municipal con las puertas cerradas, sino también porque seguían con las restricciones de la pandemia.

Una cosa es que, por su trabajo, hubiera podido moverse más o menos con cierta libertad a pesar del confinamiento y otra colarse de noche allí. Sin excusas.

Como cuando aprovechó para darse un chapuzón en el embalse de Entrepeñas. Con las lluvias y sin gente, Sacedón, Buendía, Alcocer y el resto de los municipios ribereños escondían unos parajes magníficos para desconectar del virus.

Esta vez no había ido con la furgoneta, para no llamar la atención.

Si tenía que huir o refugiarse se vería en un apuro, salvo que consiguiera abrir la puerta de la ermita.

Si aquel señor no resucitaba, tenía un as bajo la manga para encontrar al vampiro: una de las chicas era sensitiva.

O, al menos, tenía cierto don para ver cosas.

Era la misma que había perdido a su novio en la Ruina, con la que llevaba un tiempo jugando al ratón y al gato sin saber que sospechaban de él. Quizás con ella podrían tratar de contactar con el espíritu de Roberto y sacar información de su guarida.

No era fácil: las almas cautivas del vampiro están confusas, tienen mucho miedo y llevan poco tiempo en ese limbo, pero al pobre padre Inocencio le había funcionado en su momento, casi sin saberlo, como a Cristóbal Colón descubriendo las Américas mientras buscaba las Indias.

Siendo casi las cuatro de la mañana, Demetrio levantó el campamento y decidió volver a casa. Por norma, la mayoría —si no todos— de los resucitados lo hacían alrededor de las tres de la mañana, la hora del diablo, en contraposición a aquella en la que sitúan la muerte de Cristo.

«¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?», solía preguntarse Demetrio, sabiendo que se constataba la existencia de vampiros mucho antes del nacimiento y la muerte de Jesús o que también existían en la tradición islámica, incluso en otras culturas alejadas del libro, como la china o la maya.

Seguramente, como tantas otras cosas, la muerte de Cristo fuera fijada en la hora nona respondiendo a una creencia mucho más antigua, como su nacimiento el 24 de diciembre.

De hecho, la propia resurrección a los tres días no era exclusiva del cristianismo: otros dioses, como la Inanna sumeria o el Mitra persa, adorado por los legionarios romanos, también se tomaron ese tiempo para volver de entre los muertos.

Las religiones eran como agujeros en una tela: a través de todas se veía lo mismo, solo que desde perspectivas diferentes.

Superada la hora bruja, Demetrio saltó de nuevo la tapia del cementerio, no sin antes asegurarse de que no había nadie en las proximidades.

Como era pronto y al día siguiente contaba con no trabajar, decidió pasarse por la zona de la Ruina, por si veía algo sospechoso.

Iría con cuidado por si habían vuelto a poner vigilancia, pero, desde la desaparición de Roberto y la muerte de su compañero, la empresa de seguridad había negociado reducirla a pesar del furioso descontento de la constructora.

Demetrio había investigado un poco sobre los nuevos dueños del inmueble, que tanto interés parecían tener en proteger la esquelética edificación.

Como todo lo que rodeaba a la podredumbre vampírica, sobre la empresa asomaba la sombra de la corrupción, especialmente a partir de la dura crisis inmobiliaria de 2008 y el entramado de cajas públicas.

Reconocía ese hedor dulzón de la bajeza moral humana, máxime cuando su nuevo socio era una empresa turco-rumana que llegaba desde la Comunitat Valenciana a través de conexiones políticas.

Los tentáculos del monstruo a la búsqueda de nuevas sinergias.

O quizás lo estaban buscando. Tarde o temprano volverían a enfrentarse, y el tiempo jugaba a favor del demonio turco: un enemigo formidable al que ya había subestimado una vez.

En los alrededores de la obra no había nadie; solo distinguió las pertenencias de la sintecho que solía hacer noche allí: cuatro latas mal abiertas, los restos de un fuego, su saco de dormir y muchas colillas de cigarrillo tiradas por el suelo.

Alguna vez había intentado hablar con ella por si había visto algo, pero siempre se había mostrado esquiva, con rasgos de esquizofrenia sin tratar, alternando una sonrisa sucia y desdentada con miradas de odio absoluto. Mejor no cruzarse con ella de noche.

***

Lejos de encontrar la paz al descubrir la identidad del asesino de su novio, Esther estaba más decidida que nunca a vengarse. Sobre todo ahora que sabía que no podía dejarlo en manos de la justicia ordinaria, que no sabía nada de vampiros ni de criaturas sobrenaturales.

Y menos cuando el mundo entero contenía la respiración ante el avance imparable de una pandemia como hacía un siglo que no conocía.

Si para vengarse de aquella criatura debía volver a abrir la puerta que con tanto esfuerzo había cerrado hace años, lo haría. Aunque detrás aguardasen todas las sombras que la habían atormentado de pequeña.

Esther había bajado el ritmo de trabajo para insatisfacción de sus compañeros; ya no necesitaba salir tanto a la calle a vigilar.

Pero, a cambio, había empezado a meditar y a hacer ejercicios de relajación por indicación de Demetrio, al que había puesto en conocimiento de sus vivencias en el pasado.

A pesar de todos sus esfuerzos, estaba bloqueada. Era incapaz de romper el candado imaginario que durante tanto tiempo había cortado el paso a lo sobrenatural.

Se intentaba relajar, alejándose lo máximo posible de su padre para que ni la molestase ni la reprendiese por andar jugando a las brujas otra vez.

Encerrada en su cuarto, prendía incienso con la excusa de quitarse el olor a basura del trabajo y trataba de poner la mente en blanco, pero se mostraba incapaz.

Enseguida volvían como flashes los recuerdos de aquella noche en su cuarto o de la más reciente, con aquella mirada oscura, cargada de odio, acercándose con las fauces abiertas, llenas de colmillos, para intentar arrastrarla al infierno.

Después de varios días frustrada, la solución le vino, como tantas otras veces, en la ducha, bajo el chorro incesante de agua caliente: Carolina.