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Pero seguía sin entender las prisas, por qué tanto problema con las licencias, qué más daría abrir una semana antes o después, qué necesidad había… Según había entendido, el turco todavía no había llegado; quizás la prisa fuera para hacerlo coincidir con su llegada.
Cambió de rumbo hacia el cementerio; la puerta estaba abierta, se estaba celebrando un entierro, así que, por respeto, se unió a la comitiva y saludó a su colega, que ofreció un responso.
Intercambió palabras de pésame con los familiares y aprovechó para indagar en la causa de la muerte: natural, nada que sospechar. Sin anemias, una larga enfermedad.
Cuando terminó y abandonaron el recinto, Inocencio se acercó a husmear en el panteón de los marqueses de Cullera. La puerta estaba cerrada y no podía forzarla porque no tenía la fuerza necesaria y, además, estaban cerca los operarios tapando la otra tumba.
Se asomó por los cristales del panteón, bastante sucios, pero apenas pudo ver nada: un altarcito al fondo, sarcófagos a los lados, dos cirios apagados, un pequeño retablo de madera en el que había otro sepulcro y, a su lado, sendos trampantojos con el mar embravecido de fondo.
En cualquier caso, ni rastro de su sobrina o del vampiro.
***
—¿Qué hacemos, tío? —La madre de Demetrio se había ablandado un poco y lo dejó salir por la tarde para despedirse de Nacho y sus amigos.
—Nosotros también nos vamos.
—Ya, me lo ha dicho mi madre. Tendremos que hablar con estos.
—Yo no he podido ir a la iglesia.
—Yo tampoco. ¿Hablamos con Sergio?
Nacho y Deme fueron a verlo y descubrieron que se había quedado dormido; les contó cómo habían enterrado los cuerpos detrás de la sacristía y encajó la marcha de sus amigos.
—No podéis hacer nada, tampoco es vuestra responsabilidad; casi es mejor para vosotros. Tampoco podríais entrar en la discoteca el sábado, si es que vamos.
La idea de Sergio, antes de hablar con el resto, era ir a la inauguración del sábado con Ximo para ver si ocurría algo y, si no, intentar averiguar qué estaba pasando.
Nacho y Deme no podrían entrar y el padre Inocencio tampoco pintaba nada en ese ambiente.
Podrían vigilar el cementerio, en todo caso, pero ellos eran demasiado pequeños y bastante habían hecho y visto ya la última noche.
—Pero queremos ayudar —se opuso Nacho, fastidiado.
—Pues cuida a tu hermana. No sé si Valencia es tan seguro como Guadalajara —se lamentó Sergio, pensando en Luz.
—¿Sabemos si Quique…? —preguntó Demetrio.
—No, no creo que nos enterásemos, pero hay que contar con que está allí… o quizás vuelva aquí. Habría que… Tenemos que ayudarlo, como a esa chica —sentenció Sergio, con el espíritu de camaradería que había aprendido de su padre.
—Sí, tenemos que ayudarlo —contestaron al unísono sus amigos, que, excediendo los límites del castigo de Demetrio, salieron juntos del edificio camino de la tienda de plásticos y periódicos a ver a Ximo.
—No, chavales, no tengo nada de La tumba de Drácula —saludó con sorna, y los niños rieron por inercia.
—Creo que venimos a por el de Vengadores —sorprendió Sergio, al que no se le conocía afición por los cómics—. ¿Qué? Hay un videojuego, Capitán América y los Vengadores , ¿no habéis jugado? —se explicó—. Siempre me pido al robot.
Demetrio y Nacho explicaron a Sergio que se marcharían sin poder ayudarlos, lo cual también entendió, compartiendo el fastidio de los chicos por no poder colaborar.
—Bueno, tampoco podríais hacer mucho más de momento; Sergio y yo tendríamos que entrar a la discoteca. —Habían pensado lo mismo, sin mayores ideas hasta que hablasen con el padre Inocencio; la única solución sería acudir a la inauguración—. Si nos dejan entrar, claro —apostilló.
La tienda olía a tinta fresca y plástico caliente como siempre, pero ya no era el lugar feliz de otros veranos.
—Chicos… —La voz de Inocencio, que apareció por la puerta interrumpiendo la conversación, delataba a un hombre quebrado por dentro—. Mi sobrina ha desaparecido. Y Adolfo… —tragó saliva— no va a poder ayudarnos.
Nadie se atrevió a preguntar. El cura tenía los ojos enrojecidos y el cuello de la camisa empapado de sudor. Buscó una silla de las de plástico blanco, se apoyó con torpeza y se pasó un pañuelo con colonia por las manos una y otra vez, como si tratara de borrar algo invisible de la piel.
Demetrio sintió un nudo en el estómago. La noticia le cayó como una piedra. A pesar de la comprensión de sus amigos, seguía frustrado cuando volvió a casa y vio a su madre preparando las maletas.
Regresarían a casa al día siguiente.
—Esto se ha puesto muy feo.
Él no contestó. Se quedó de pie, mirando la ropa tendida sobre la cama. Quizás estuviera poniéndose a salvo o tal vez aislándose ante el peligro. A lo mejor era el último en morir. Se quedaba a ciegas.
Aunque se intercambiaron los números de teléfono y direcciones, por si fuera necesario escribirse o incluso acudir, a duras penas se enteraría de nada a cuatrocientos kilómetros de distancia.
Le dolía ser el único que se quedara fuera de juego: Nacho vigilaría a su hermana porque, según el sacerdote, que les explicó todo lo que había aprendido sobre los vampiros, lo normal es que Quique quisiera seguir atosigando a su víctima, como un perro de presa o un lobo.
Para ellos no había acabado, aunque se marchasen de allí.
Ximo y Sergio, como habían sugerido, se acercarían el sábado a la fiesta de inauguración. En principio, Vuk no sospecharía nada de ellos.
Inocencio seguiría vigilando el cementerio y estaría en contacto con Nacho bajo cualquier pretexto, sin alarmar a sus padres.
Pero Demetrio no podría hacer nada, salvo esperar a tener noticias.
Volvería a su vida normal, iría a la piscina pública, intentaría no salir de noche y viviría con miedo hasta que hablase con sus amigos.