Las Palmeras 26
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A la mañana siguiente habían quedado todos para verse en la parroquia y poner en común lo que sabían, lo que sospechaban y lo que pensaban hacer. Inocencio quería evitar que los más pequeños se involucrasen demasiado, pero necesitaba saber qué los había llevado allí.

Ninguno de los seis se presentó.

Ximo ya había dicho que no podría ir porque tenía que trabajar, aunque no sabía muy bien con qué cara recibiría a los clientes preguntando por los fichajes del Madrid y el Valencia.

Cada vez que entregaba el cambio y veía la suciedad de sus uñas recordaba el olor de la tierra húmeda donde había enterrado a su antigua amiga.

Sergio se durmió, derrengado por la noche anterior, consumido por la carga de responsabilidad.

De pequeño le daban mucho miedo los accidentes en la mina y soñó toda la mañana con largos y angostos túneles, cada vez más estrechos y alejados de la superficie.

Cada vez más oscuros. Sus músculos, exhaustos por la tensión y la pala, le subieron unas décimas la fiebre por agotamiento.

Nacho y Demetrio no pudieron escapar de la playa con sus padres. Se bañaron en silencio, sin ganas de jugar, por el calor y para alejarse del bullicio de las señoras cotorreando en la arena.

Tampoco Luz quiso molestarlos; su hermano le contó muy por encima lo que habían visto y ella no quería saber más. Ojalá no estuviera pasando nada de eso, pensó, deseando haber vivido otro verano normal en el que preocuparse solo por la falta de atención de su hermano y sus amigos.

Inocencio, que se dirigió al amanecer hacia su apartamento, esperaba descansar un poco y averiguar algún detalle más sobre el turco en sus libros, pero se encontró con su hermano y enmudeció al conocer la noticia de la desaparición de su sobrina.

Le explicaron que todas las sospechas recaían sobre el novio, Luisete, a tenor de la recuperación del cadáver de la mejor amiga de su novia, también desaparecida. Pero temió que estuviera relacionado con su visita a la futura discoteca.

La duda le golpeó el corazón y le obligó a apoyarse sobre un coche.

Por lo que les adelantó el policía, un hombre malhumorado y con poca empatía, Sete podría haber tenido una aventura con la camarera y habría planeado deshacerse de su exnovia, pero cuando Candela se enteró, Sete se habría visto obligado a matarla también.

O quizás la primera muerte había sido accidental y, al descubrirlo su amiga, Sete se habría visto obligado a matarla.

Inocencio sabía que eso no podía ser cierto, pero guardó silencio con prudencia.

Según el policía, la aparición del cadáver flotando de la chica habría desencadenado la fuga con su actual pareja. En el mejor de los casos, se trataría de un secuestro y no de un tercer asesinato.

El corazón del sacerdote bombeaba con fuerza, barruntando otra opción más siniestra.

—Este año ha habido muchos desaparecidos, nos ha dicho un compañero de ese hombre; por lo visto, pasa de vez en cuando.

Luego muchos aparecen, otros no, pero no sale en prensa porque dicen que, si no, incitan a las personas…

—Su hermano hablaba y hablaba, intentando rebajar la preocupación, como siempre hacía, hasta tal punto que parecía que hubiera perdido las llaves y no a su hija.

—¿No los vio nadie? —acertó a preguntar el cura.

—Sí, bueno, al salir del cine… Fueron al cine. Si hubiéramos ido nosotros… Pero, bueno, al salir los vieron con unos amigos…

—¿Y han preguntado a esos amigos?

—Sí, sí, claro, nos ha dicho la policía que…

bueno, son de otro pueblo, pero que les han preguntado y que…

parece que les dijeron algo de que estaban pensando irse, pero pensaron que era broma, que no…

Oye, Ino, ¿estás bien? —A su hermano no se le escapó el aspecto demacrado nada más verlo, como si hubiera estado toda la noche de alterne como cuando eran jóvenes.

—Sí, sí… Es solo que… Bueno, Celia… —A Inocencio le faltó el aire y se empezó a marear hasta el punto de que se desplomó contra el capó del coche unos segundos antes de recuperarse.

—Oye, oye, te llevo al médico, ¿eh?

—No, no, es la noticia, no te preocupes, me voy… Me voy a casa y descanso un poco. Si os dicen algo o vuelve… o si necesitáis algo, por favor, avísame.

Inocencio se dirigió a su casa, pero sabía que no podría descansar. Si su sobrina estaba aún viva, el tiempo era oro.

Cambió el rumbo hacia casa de Adolfo; era injusto pedirle ayuda después de lo que acababa de pasar, pero solo él podría acompañarlo.

Era mucho pedir para los dos jóvenes, aunque fuera su amiga, y los otros dos, a pesar de ser ya casi adolescentes, seguían siendo muy pequeños. No era su responsabilidad.

Ya se encargaría de informarles más tarde; pensó en dejar una nota en la puerta de la parroquia por si se presentaban a la reunión, pero cualquiera podría verla y, si encontraba algo así una de las feligresas, pensaría que su sacerdote, el borracho, se había vuelto loco al fin. Delirium tremens .

Inocencio estaba agotado, pero recorrió de memoria el camino que tantas veces había realizado en los últimos meses para dar apoyo y consuelo a la familia. Ahora era él quien lo necesitaba.

Aparcó en la entrada del pequeño unifamiliar y pensó en qué vida más ordenada y satisfactoria debieron llevar hasta que se cruzó con ellos el demonio. La puerta estaba entornada. Parecía cerrada desde lejos, pero no lo estaba del todo.

Una desazón atenazó el estómago del cura. La casa ya no olía a limón y lavanda, como la primera vez que los visitó.

—¿Adolfo? —El silencio por respuesta aceleró de nuevo el corazón de Inocencio.

En el salón estaba todo bastante desordenado, la cocina llena de trastos sin limpiar; aquello no era fruto de unos días. Aquel era el hogar de un hombre abandonado, un señor que hasta aquel día no había tenido que ocuparse de las tareas domésticas.

Su mujer no se había marchado unos días con su hijo. Josefa se había ido para siempre, harta del cementerio en el que se había convertido la casa y de un marido cada vez más obsesionado con teorías cada vez más alocadas. Tenía que pasar página.

Inocencio bajó al sótano directamente, y allí lo encontró, en su estudio de grabación: colgado de una viga, con la lengua fuera, los ojos saltones y un fuerte olor a excrementos.

Nada te prepara para ver a un ahorcado en la vida real.

Junto a él, tirada en la silla que había usado para auparse, reposaba una nota en un sobre que el cura no quiso tocar. Rezó un padrenuestro y un avemaría y rogó para que le fueran perdonados todos sus pecados, en especial el último.

Quien fuera que dictaminase que quitarse la vida era un pecado mortal, fuera san Agustín, santo Tomás o su porquero, no había tenido que clavarle una estaca en el corazón a su hija para decapitarla después.

***

—Nos vamos a ir mañana o pasado, Deme. —La noticia sobresaltó al atribulado chico, que devoraba con desgana su bocadillo favorito en el Redo. Ahora entendía por qué comían fuera.

—Me acaba de contar Conchi —la vecina del primero, siempre vigilante— que ha desaparecido otra chica, tu amiga Celia, no sé si lo sabías.

Los ojos como platos de Demetrio, que dejó caer el bocadillo según se le cerraba el estómago, fueron respuesta suficiente para su madre.

—No digas nada porque no quieren que se arme revuelo, pero se ha debido fugar con ese chico con el que salía.

—La funesta presencia de Sete y sus amigos atravesó el pensamiento de Deme—.

Pero yo creo que mejor nos volvemos ya porque este año está muy agitado esto.

No sé si tanta discoteca, pero no es igual, no me parece…

seguro —Su madre dudó unos instantes al escoger la palabra.

—Pero, mamá… —A Demetrio se le atragantaron los pensamientos, preso del nerviosismo por la suerte de su amiga, que dudaba mucho que se hubiera fugado, y porque no podía abandonar a sus compañeros en la caza después de la última noche.

—No, ni mamá ni nada, que no… —Su madre tampoco estaba muy convencida, pero, ante la duda, consideraba más seguro volverse a Guadalajara.

Demetrio se enfurruñó como un niño pequeño, dejando el bocadillo a medio terminar, cruzando los brazos y frunciendo el ceño. A duras penas contuvo las lágrimas de rabia. Seguía siendo un niño.

—Además, tu amigo Nacho también se va, he hablado con sus padres. —Otra noticia que pilló por sorpresa a Demetrio, aunque al menos no sería el único en huir; le sabía todavía peor por Sergio y, sobre todo, por Ximo, que vivía y trabajaba allí. No podía marcharse.

De hecho, quizás ni siquiera él estuviera lo suficientemente lejos como para escapar. En Guadalajara estaría solo ante el posible peligro, sin nadie para ayudarlo o creerle.

—¡Joder, mamá! —La salida de tono paralizó a todos los presentes, que ya estaban al tanto del berrinche del niño. El bofetón de su madre zanjó la discusión, apartó las miradas y devolvió el ruido de fondo de las conversaciones.

—Hala, nos subimos a casa. Ni bocadillo ni postre.

***

Inocencio recorrió el camino de vuelta derrotado. Se dirigió a la discoteca, dispuesto a enfrentarse al dueño a la luz del día, pero la policía de Cullera le cortó el paso.

Los dueños habían denunciado un allanamiento la noche anterior y solicitado que se reforzase la seguridad porque no era la primera vez que ocurría en los últimos días.

Una vergüenza que el comisario no estaba dispuesto a soportar.

No estaba dispuesto a recibir más llamadas desde la Comunitat que le pusieran colorado por no proteger a quienes venían a generar puestos de trabajo y dinamizar la economía local.

Los obreros trabajaban a destajo e Inocencio, impotente desde el coche, se preguntó el motivo para abrir la discoteca: mucho tránsito de jóvenes, drogas, alcohol, accidentes en carretera…

Bien podría ser la tapadera perfecta para que aquellas criaturas se alimentasen durante años sin levantar sospechas.