Las Palmeras 25 #2
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La fachada, que hundía la cripta en la propia roca de la montaña, era de una belleza severa pero sobrecogedora y estaba bastante bien conservada, a pesar de la piedra oscurecida por el paso del tiempo y la corrosión de la humedad y la sal.

Una roseta de cristales, de los cuales solo podían suponerse los colores en la oscuridad, y un frontón decorado con Cristo juzgando a los resucitados completaban el conjunto.

Los dos ángeles, que al acercarse identificaron como san Miguel y san Rafael, flanqueaban una puerta monumental en hierro forjado con relieves del Antiguo Testamento: Adán y Eva, la serpiente, el árbol de la sabiduría, Abel… y Caín.

Conforme se acercaron en silencio, consiguieron identificar el ruido del interior: alguien arrastraba un pesado objeto metálico rascando la piedra, como una pesada cadena vieja, desde la oscuridad y a una distancia que no correspondía con la profundidad aparente de la capilla. Venía de dentro de la montaña.

El sonido rebotaba en las paredes de piedra con un eco húmedo, como si la majestuosa cripta chillara a su paso. Cada arañazo en el suelo se alargaba unos segundos más de lo natural, seguido de un silencio espeso en el que podían escuchar sus propios corazones palpitar.

Lento pero constante, avanzaba por las entrañas de la tierra.

El aire, cargado de cipreses y flores muertas, parecía vibrar conforme se acercaba el penitente. Adolfo contuvo la respiración y miró al sacerdote. Inocencio asintió, sin hablar, y ambos se deslizaron tras las lápidas, temerosos de lo que pudiera asomarse desde la profundidad de la roca.

Un golpe seco —el pesado objeto golpeando el suelo— retumbó desde el fondo de la capilla. Los cristales del rosetón vibraron como si temblaran de nervios, y el chirrido de las pesadas puertas al abrirse desgarró el silencio, desvelando la figura de Raquel.

Estaba empapada. Llevaba el vestido que su madre le había regalado el mes anterior a la desaparición ceñido al cuerpo, marcando su figura con obscenidad.

Adolfo se derrumbó por dentro y habría caído al suelo, pero la férrea mano del cura evitó el tropiezo y le recordó la importancia del silencio. El devastado padre aguantó el sollozo sin poder contener las lágrimas conforme vio alejarse la silueta de su hija.

—Tenemos que seguirla —interrumpió impasible el cura, al que no le pasó desapercibido el siniestro trofeo que agarraba firme la siniestra sirena con su mano izquierda.

En la distancia, Vuk observaba a través del catalejo que el propio Dragut le había regalado cómo los dos hombres se alejaban del cementerio donde lo esperaba el viejo pirata.

Allí, en su sarcófago, yacía el turco indefenso y presto a recuperar fuerzas después de una huida apresurada del fuego y los peligros de la guerra civil y de un largo viaje por mar.

En el maletero del coche, viva pero medio inconsciente, aguardaba la ofrenda, Celia, que después de pasar por el mismo viacrucis que había sufrido la pobre Raquel, vejada, deshumanizada, torturada y humillada, solo deseaba morir lo antes posible para abandonar el dolor y el sufrimiento.

Así le gustaban a aquel demonio.

***

—¡DETENTE! ¡TE LO ORDENA SAN MIGUEL ARCÁNGEL! —gritó Inocencio bajando las escaleras del sótano de la discoteca con la Biblia de bolsillo alzada hacia Raquel, que se disponía a dar cuenta de los niños.

La vampiresa se giró iracunda, pero al descubrir el rostro de su padre, sonrió lasciva, consciente de su oportunidad.

—¡ATRÁS! ¡EN NOMbrE DE LA VIRGEN MARÍA! —insistió el sacerdote, consciente del peligro al que se enfrentaba su compañero.

—Mi niña… —sollozó Adolfo con un hilillo de voz impropio de su carácter severo.

—Papi… —El demonio, con cara inocente, trató de hipnotizar al demacrado funcionario a sabiendas de que era su única oportunidad de escapar. Soltó al bebé, que golpeó el suelo con un desagradable sonido de carne muerta y hueso roto, y se acercó hacia él.

—Hija…

La criatura ladeó la cabeza y, por un instante, el tiempo pareció detenerse. Adolfo sintió que el corazón se le salía del pecho, pero avanzó, hipnotizado, como si caminara dentro de un sueño.

—No… —Inocencio trato de sujetar al hombre del brazo, pero no pudo hacer nada.

—Papi… —La estaca de hierro atravesando las costillas del obsceno cadáver detuvo el avance del demonio, que se sorprendió cuando ya abría la boca para atacar el cuello de quien fuera su padre.

—Descansa, hija mía… —La firmeza de carácter con la que había sido educado en los salesianos, la dureza que lo había llevado a ser considerado un perro de presa por sus propios compañeros de carrera y sus rivales en la oposición, la severidad con la que siempre trató sus asuntos en el Ayuntamiento, inflexible, le ayudó a empuñar el arma, pero no le sirvió para contener las lágrimas cuando vio el rostro confuso de su hija vomitando sangre.

Raquel retrocedió, agarró el hierro que le sobresalía del pecho, dio un par de pasos tambaleantes y se desplomó, derramando sangre a borbotones. Rodeando la herida, un líquido blanco y gelatinoso escapaba desde la criatura que había infestado el cadáver.

Los cuatro chicos acababan de ver morir a otro de esos seres, pero no era lo mismo cuando la criatura todavía aparentaba ser humana, era joven y, además, lo hacía a manos de su propio padre.

Especialmente para Ximo, que conocía a Raquel.

Solo podía pensar en cómo la había visto sonreír un verano antes, con las rodillas llenas de arena, jugando en la playa junto a Cande.

El silencio, solo interrumpido por el ruido del gorgoteo de sangre, se prolongó durante algunos minutos en los que ninguno se atrevió a decir nada. Solo Adolfo, que se había derrumbado en las escaleras, sollozaba ocultándose el rostro.

—Hay que cortar la cabeza, lo siento —se atrevió por fin a interrumpir Inocencio.

Un ruido de coche en el exterior los puso en situación: dos adultos y cuatro chavales se habían colado en una propiedad privada y se encontraban junto al cadáver de una anciana y una chica joven, atravesadas con sendas estacas.

Por suerte, el vehículo pasó de largo, pero convinieron que lo mejor era proceder rápido y llevarse los cuerpos para darles cristiana sepultura.

Nacho y Demetrio volvieron a casa más tarde de lo esperado y se llevaron sendas reprimendas, que escucharon cariacontecidos mientras no dejaban de pensar en aquel señor cortando la cabeza de su hija y de la otra vampira, a la par que el mismo cura que les daba la comunión en verano recitaba salmos en latín.

Sergio y Ximo ayudaron a los dos hombres a enterrar los cuerpos y sus respectivas cabezas en la parte trasera de la iglesia de Las Palmeras, a salvo de miradas indiscretas en la oscuridad de la noche.

Inocencio decidió que allí plantaría un rosal que consagraría a la Virgen María.

***

La niebla comenzaba a reptar entre los cipreses del cementerio cuando Vuk llegó, cargando el cuerpo semiconsciente de la víctima propiciatoria.

Cumplía escrupulosamente las voluntades de su maestro, sin detenerse a pensar en el peso que llevaba ni en los gemidos apagados que se le escapaban a la muchacha.

La puerta del panteón estaba entreabierta y cerró desde dentro para evitar intromisiones, aunque bien sabía que no volverían. Los dos cazadores habían partido distraídos tras una de las criaturas de su señor.

Había reconocido al padre de la muchacha, el secretario del Ayuntamiento que tantas trabas había puesto para la apertura de su negocio. Un pobre chalado, firme y honrado, que no tenía nada que hacer ante la red de poder e influencia del turco.

Colocó a la chica sobre el pequeño altar y la despojó de su ropa con la violencia de un carnicero limpiando su pieza, lo que provocó su llanto ahogado. Solo con el afán de alimentar su miedo, se acercó y le lamió la cara, saboreando sus lágrimas y la sangre seca de los golpes que había recibido.

Vuk abrió una pequeña puerta oculta tras el altar, que comunicaba con la gruta que llegaba hasta el mar, y arrastró la caja metálica en la que reposaba Dragut.

Abrió la tapa con la ayuda de una palanca que sacó de una bolsa de tela que guardaba sobre uno de los sarcófagos laterales y sonrió al ver a su maestro, que abrió los ojos al sentirse libre.

El vampiro disfrutó del terror de la joven, a la que olfateó, saboreando la tortura con la que aquellos bárbaros y depravados habían mancillado el cuerpo de la virginal Celia.

Su cuerpo, lacerado y desnudo, quemado y mutilado por el ingenio bélico humano, se abalanzó sobre la magullada carne de la joven, a la que rajó la yugular para disfrutar del banquete y recuperar fuerzas con un festín de sangre y dolor.

***

Apenas a cincuenta kilómetros de allí, una pareja de policías nacionales vigilaba una cama vacía en un hospital de Valencia, donde hasta hacía solo unas horas reposaba catatónica la madre de Quique.

A la mañana siguiente no supieron explicar a sus superiores cómo había podido ocurrir, cómo había podido fugarse delante de sus narices una mujer que estaba casi en coma.

Solo una persona la vio salir. Aseguró que iba de la mano de un niño pequeño, que le sonrió.

Pero estaba bajo tratamiento con fuertes calmantes, así que lo tomaron como una alucinación.

La autopsia reveló que el marido había muerto de una insuficiencia cardiaca. El cadáver del niño había desaparecido del depósito el día anterior, pero el informe previo dictaminaba que la muerte debía haber sido accidental.

Fueron suspendidos de empleo y sueldo una semana por quedarse dormidos, pero el comisario jefe no quiso hacer sangre para no escalar el caso y no los apartó. Nadie armó revuelo. No interesaba a sus amos.