Las Palmeras 25
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El coche de Ximo llegó a las afueras de Cullera antes del anochecer. Aparcaron en el barrio colindante, cerca del cementerio, y decidieron ir a pie hasta el molino para otear el peligro desde lejos.

Que fuera festivo no implicaba que no estuviera vigilado, pero no les pareció divisar a nadie.

La obra ya estaba casi finalizada: apenas quedaban diez días para la fecha de apertura y ya tenía otro aspecto.

No vieron luz en los pisos de arriba ni coches aparcados.

No sabían dónde vivía el yugoslavo, pero allí no estaba.

—Si es el vampiro, habrá salido a cazar —argumentó Demetrio—. Y si no lo es, a lo mejor está descansando.

Pertrechados con cruces y estacas de fabricación casera, entraron en el recinto sin mucha dificultad. Ya se podía apreciar un aparcamiento habilitado y, en la parte delantera, el cartel con el nombre de la discoteca: El Molino.

Se acercaron a mirar por los ventanales, pero excepto los de la puerta principal estaban cegados. La entrada estaba muy recargada: era pomposa y hortera, pretendidamente kitsch , llena de telas y de elementos de decoración aristocráticos de cartón y poliuretano.

Rodearon el local y, en la parte trasera —además de algo de aparcamiento para empleados y carga y descarga— encontraron la puerta de acceso al sótano, que forzaron entre Sergio y Ximo.

—Igual nos estamos pasando —acertó a decir el leonés con incertidumbre mientras reventaba el pequeño candado.

—No, hay que salir de dudas —recordó Nacho, pensando en su hermana.

Encendieron las linternas y bajaron despacio, precavidos y con miedo a que hubiera alguna trampa esperando. Pero abajo solo encontraron un montón de cajas apiladas con material de hostelería: vasos, servilleteros, sillas…, lo que cabía esperar en el almacén de una discoteca.

—No parece, ¿no? —Demetrio temía meterse en líos por una fantasía alimentada por la muerte accidental de un amigo.

Estaba oscuro, pero no querían encender las luces para no llamar la atención desde fuera.

Avanzaron poco a poco, en rombo, con los mayores abriendo y cerrando la formación.

El sótano era bastante grande, casi la totalidad del edificio, separado por bóvedas y columnas que le concedían el aspecto de una vieja cripta.

—¿Huele un poco como a mierda? —dijo Ximo, que iba detrás, con expresión inequívoca de desagrado.

Un pequeño ruido, un chasquido, una pisada, hizo voltear a los otros tres, que iluminaron a espaldas de su amigo.

—¡HOSTIAS, HOSTIAS, HOSTIAS! —gritaron al unísono Sergio, Nacho y Demetrio para sorpresa de Ximo, que no tardó en girarse.

A su espalda, una criatura de alrededor de metro ochenta, delgada en extremo y con problemas de movilidad, casi crujía mientras se acercaba dispuesta a abrazarlo entre sus momificados brazos, que parecían hechos de cuero.

El ser se abalanzó hacia él. Ximo reaccionó sin pensar: su bota se hundió en el pecho de la criatura, que cedió como un tronco podrido.

—Cago en Dios, ¿qué es eso, tete? —profirió Ximo, algo más alejado, ya en línea con sus amigos.

—Es Linda, joder, es Linda, la puta hija de la marquesa —dijo Sergio, levantando por instinto la cruz que parecía algo iluminada aunque se había fabricado con dos trozos de madera, lo que hizo retroceder torpemente a aquel cadáver viviente, como si le hubieran propinado otra patada.

—¡Las cruces, VAMOS! —ordenó a sus compañeros, que replicaron el gesto provocando una contracción en el cuarteado vampiro, que fue recogiéndose en postura fetal en el suelo mientras gemía lánguidamente, incapaz de proferir sonido humano por la putrefacción de sus cuerdas vocales.

—¿Qué hacemos, tíos? —preguntó Nacho, que observó intrigado que los artefactos emitían una ligera iridiscencia.

—Tenemos que… Tenemos que liberarla —afirmó Demetrio.

—Pero estamos seguros de que es… un… —Ximo dudó. No quería atravesar el corazón de un ser humano con alguna discapacidad o enfermedad porque pensaran que era un vampiro. Podía ver los titulares en su quiosco: «Cuatro jóvenes asesinan a una anciana indefensa confundiéndola con un vampiro».

—Sujetadla —dijo Sergio—, vamos a asegurarnos de que…

Cuando Nacho y Demetrio la sujetaron de los brazos, la cadavérica mujer abrió la boca intentando emitir un gemido.

Junto a su aliento fétido asomaron unos terribles dientes y una lengua de serpiente: el tentáculo a través del cual la criatura alojada en su caja torácica bebía la sangre de sus víctimas.

—… es un vampiro —terminó la frase, ya convencido.

Antes de que pudieran decidir, la criatura se zafó de Demetrio —el más enclenque de los cuatro— y se incorporó para atacar a Nacho, que no pudo reaccionar a la eléctrica reacción de aquel cadáver viviente y la soltó para taparse con los dos brazos, intentando protegerse del ataque.

Un sonido de papel rasgado cruzó la habitación como un relámpago. Nacho abrió los ojos, extrañado por la calma. Ximo había atravesado la espalda de aquella aberración, empalándola con una de las estacas que ellos mismos habían afilado con torpeza durante el día.

El chico soltó el palo que la sostenía en vilo y aquella cáscara putrefacta y maloliente cayó al suelo, sin vida.

—¿Ya está? ¿No se convierte en polvo o sale ardiendo? —preguntó.

—¿Y ahora qué hacemos? —cuestionó Nacho, todavía con el pulso acelerado por el ataque. No esperaba que se moviese así de rápido un cuerpo en aquel estado.

—Pues yo creo que pirarnos porque me voy a cagar encima —con­fesó Sergio.

—¿Y si hay más? —Demetrio formuló en alto la pregunta que todos se hacían mientras oteaban en la oscuridad.

—Da igual, es mejor… Necesito irme, tío, Deme. —Sergio estaba aturdido por el ataque, ante el que no había sido capaz de reaccionar en defensa de sus amigos.

Los chicos avanzaron deprisa hacia la salida. Respiraban con dificultad, asfixiados por una atmósfera densa de polvo y muerte. La luz de la luna, que iluminaba de plata el almacén, les alertó de un pequeño detalle: alguien había vuelto a abrir la puerta.

Peldaño a peldaño, una chica joven, empapada, como recién salida del mar, descendía por las escaleras con parsimonia y elegancia, sujetando en la mano un bebé con aspecto amoratado que chorreaba agua salada y sangre.

Los chicos volvieron a alzar sus crucifijos caseros hacia la terrorífica sirena, que se percató así de su presencia.

Su mirada, en un principio muerta e indiferente a las cruces, se prendió en ira y fuego al descubrir el cuerpo de aquella que le había concedido el don de la vida eterna: la criatura que le había abrazado con el gélido manto de la muerte para calmar su dolor cuando Sugar y el Rubio la dejaron medio muerta.

Raquel chilló de rabia y odio. La fe de los cuatro jóvenes se tambaleó ante el terror de verla avanzar: decidida y mucho más ágil que su primer rival.

Los iba a despedazar y se los ofrecería a su amo, cuyo ataúd acababa de arrastrar. Solo tuvieron tiempo de alzar las cruces.

Y gritar.

***

Adolfo siguió a Inocencio por la sinuosa carretera del Saler desde Valencia a Cullera, atravesando la orilla de la Albufera, donde tantas veces había paseado en barca con su hija cuando era pequeña.

Cuando él era joven la vida era más sencilla y segura.

Había problemas, había peleas, la gente se emborrachaba, pero todo dentro de un cierto orden.

No añoraba el régimen anterior, pero sentía que con la democracia habían llegado también algunas actitudes que habían hecho del mundo un lugar mucho menos seguro.

Con los jóvenes dispersos, perdidos por la fiesta y las drogas, era cuestión de tiempo que el demonio los reclamase.

La carretera, preciosa y pintoresca, rodeada de árboles y naturaleza, se le antojó eterna. Cuando se abrió a la laguna no pudo evitar cierta congoja al ver el sol filtrarse en el horizonte, tiñendo de naranja sus aguas poco profundas.

Cuando llegaron ya era de noche. Decidieron aparcar y pasear por las calles del barrio donde los niños hablaban de la sirena. Parecía un barrio humilde, lleno de pintadas.

Una de ellas, burlona, presentaba a la sirenita del cuento. Estaban en el lugar indicado, temió Inocencio. Cerca estaba el cementerio.

—¿Y si no vemos nada? —preguntó Adolfo mientras se adentraban en el camposanto después de peinar los alrededores.

—Pues tendremos que volver otro día… y otro —contestó lacónico Inocencio, convencido de su misión. La voz se le quebró un instante, pero siguió caminando.

—¿Y qué buscamos?

—El panteón de los marqueses de Cullera, donde están enterrados los Osorio y Spinola.

—Ese está cerca de la montaña.

—¿Lo conoces?

—Lo recuerdo por una licencia de obra menor que me dio algo de guerra hace un año o dos.

Inocencio se detuvo en seco.

—¿Cómo, una licencia? ¿Qué hicieron?

—Poca cosa, creo que adecentar algo y tirar un murete, una falsa pared. Tuvimos que revisarlo porque no sabíamos si había algo protegido. ¿Por qué?

—¿Y recuerdas quién fue?

—Una empresa… Era una empresa turca, los que se han quedado la discoteca, bueno, la nueva discoteca. Las propiedades iban en un lote y también… Dichoso sitio, seguro que les han aprobado todo ahora que estoy fuera.

—¿Turca? —La sombra del pirata y su torre de calaveras congeló el rictus del sacerdote.

—Sí, aunque el representante es… búlgaro o rumano… No, yugoslavo, era yugoslavo, huía de la guerra, vaya historia.

«Siempre tienen un bastón humano, un siervo que no levante sospechas», pensó Inocencio.

—¿Es la discoteca que van a abrir aquí cerca?

—Sí, aunque no gracias a mí, pero esto tiene que ver algo con…

—Pues es que creo que el turco es… —Un leve ruido interrumpió al sacerdote—. ¿Lo has oído?

—Sí, viene de… la cripta —dijo Adolfo señalando la entrada al panteón, una pequeña capilla de estilo neogótico con dos enormes estatuas flanqueando la puerta: dos ángeles de piedra que agachaban sus miradas con pena y respeto al suelo.