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Antes de alcanzar la salida, un brazo lo agarró con firmeza, sobresaltando al menudo sacerdote.
—¡Padre!
Adolfo, el padre de Raquel, había ido a buscarlo a la biblioteca de Sueca y allí le habían indicado que tal vez habría acudido al archivo provincial.
—Va a ir a buscarla, ¿verdad? Tengo que acompañarle.
Inocencio no se pudo negar. No sabía si era lo correcto, porque él mismo dudaba. Pero si su hija estaba de verdad vagando entre las tinieblas, a caballo entre el mundo de los muertos y el de los vivos, ese hombre tenía derecho a ser él quien la liberase.
***
El barco de Jaime navegaba a toda velocidad al encuentro de la cofradía de marineros, confiado y tranquilo después de haber dejado la carga sin incidentes.
Cuando divisó la caravana de embarcaciones, cargadas de flores, sintió que había llegado por fin a casa.
Se disiparon los temores y redujo la velocidad para incorporarse paulatinamente a la cola.
El característico olor que desde pequeño asociaba con el 16 de julio inundó sus pulmones.
Cerró los ojos y recordó todas las veces que había acudido con su padre y su abuelo.
Cuando era niño, aquel era su día favorito del año porque podía montar en el barco con ellos para disfrutar del mar, sin las preocupaciones del trabajo diario que siempre les avinagraban la cara.
Antes de llegar, cuando ya atravesaba las aguas bendecidas y llenas de pétalos que surcaba la comitiva, un extraño ruido en el motor lo devolvió al presente y le recordó la fúnebre caja golpeando el húmedo suelo de la cueva.
Clac, clac, clac. Algo enganchado a la hélice golpeaba el casco de la embarcación. Pararon la máquina para no hacer mayor daño, dando un pequeño toque marcha atrás para liberar lo atrapado, que afloró suelto a la estela del barco, entre los restos de flores.
—Joder, qué momento.
—¡Hemos pillado algo, y huele a mierda puta! —le gritó su sobrino desde la popa.
Jaime se acercó y vio que su hijo estaba vomitando y su sobrino, blanco, con no pocas ganas.
—Es un cuerpo, joder.
Adiós a la procesión. Jaime vio cómo la Virgen del Carmen, patrona del mar —a quien todos estos años había profesado puntual devoción—, se alejaba en la distancia acompañada de la pequeña flotilla.
La patrullera de la Guardia Civil se acercó a su llamada para asegurarse de que no se moviera el cuerpo hasta que no llegase la policía científica.
El cadáver parecía encerado: era una mujer adulta con la piel macerada y lisa, como la de los ahogados, pegada al hueso.
Los ojos hundidos y los restos de cabello rubio en la cabeza, mezclados con algas enredadas, completaban una imagen terrorífica que no saldría jamás de las mentes de los dos jóvenes que acompañaban a Jaime.
Afloró cuando el mismo mar que había ocultado durante días aquel crimen impío recibía la bendición, ya no de los sacerdotes —meros coreógrafos de la liturgia, funcionarios del rito romano—, sino de todos aquellos fieles que, con su devoción, convertían aquel ritual supersticioso en algo sagrado.
Sin excesiva hinchazón y con algo de espuma en la boca y nariz, llevaría alrededor de diez días muerta, quizás más. Había perdido gran cantidad de sangre, parecía una momia.
Tendrían que analizar el cuerpo, pero encajaba con la descripción de la muchacha desaparecida meses atrás, aunque no llevase tanto tiempo muerta. Podría haber sido arrastrada por el río. Tenía marcas de mordiscos que bien podrían ser de ratas o de peces.
Pasaron muchos días hasta que descubrieron que era el cuerpo de Cande porque ni siquiera la estaban buscando.
Olvidada por todos, menos por Ximo, habían dado por hecho que se había marchado sin más.
***
Los padres de Celia llevaban todo el día nerviosos. Aunque se hubiera quedado a dormir con su amiga, era raro que no hubiera dado señales de vida. Por más que llamaban por teléfono al piso, nadie contestaba.
Estando tan cerca, les extrañaba no haberlas visto ni siquiera a la hora de comer o que no hubiera avisado de que se quedaba más tiempo.
Se acercaron a casa de su hermano, pero Inocencio tampoco estaba. Ni en la parroquia. Sabían que no oficiaría misa por la Virgen del Carmen porque se lo había dicho y porque así era todos los años; aun así, empezaron a preocuparse.
No tenían el teléfono de los padres de Luis, el novio de su hija, pero fueron ellos quienes se pusieron en contacto pasadas las cinco de la tarde: tampoco sabían nada de su hijo y estaban preocupados.
Consiguieron que unos vecinos les dieran el teléfono del pueblo de los padres de la amiga de su hija y confirmaron las peores sospechas: Celia les había mentido.
Estuviera donde estuviera la pareja, estaban juntos, y cuando volvieran se les iba a caer el pelo.
Los padres de Luis, mucho más normales de lo que habían sospechado por las habladurías, vivían en Sueca y también estaban preocupados, cosa que al padre de Celia le alivió: no era la familia desestructurada de un asesino en serie.
Decidieron entre los cuatro no dar parte a la Guardia Civil por ahora, confiando en que no fuera más que una travesura de verano en el peor momento posible.