Las Palmeras 24 #2
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Candela se había marchado sin decir adiós, como siempre temió que haría. Y él no había sido capaz nunca de decirle lo que sentía.

Ximo se detuvo, y aquella figura —que ya avanzaba por el agua, cubierta por la mitad, sin importarle ir vestida— también.

Se giró hacia él. No era Cande.

Ximo retrocedió, primero con lentitud y después con torpeza: aquello era Raquel. O en algún momento lo fue.

El joven se estremeció como si se hubiera despertado de repente al borde de un acantilado.

Pudo entonces apreciar el color de piel grisáceo azulado y la mirada amarillenta y perdida de aquel monstruo, que sonrió con obscenidad para que el asustado muchacho pudiera horrorizarse aún más con los dientes ensangrentados de aquella criatura.

Ximo cayó al suelo y se giró como pudo para alcanzar la arena, lejos de las olas.

Cuando volvió a mirar, aquello no estaba, y el mar se veía en calma, como cada mañana.

Dudaba si no habría sufrido una alucinación por el esfuerzo de la carrera.

Pero desde entonces había rehusado bañarse, correr de noche e incluso salir con sus amigos.

***

Antes de partir hacia Cullera aquella noche, Inocencio abandonó temprano su hogar y se dirigió al Perelló para asistir a misa en la parroquia de San Pascual, con su característica forma piramidal.

No le hizo falta excusar su participación en la procesión marítima porque ningún compañero contaba con él: todos conocían la incompatibilidad de los pequeños vicios del sacerdote con la navegación, y nadie quería presenciar un incómodo incidente que enturbiara la celebración de la Solemnidad de la Santísima Virgen del Carmen, tan querida por los vecinos.

Este año ni siquiera había organizado el concierto. Aunque quizás fuera lo mejor, dados los recientes acontecimientos.

«¡Dichosos los que lloran porque recibirán consuelo!». No pudo evitar pensar en la familia de la chica, especialmente en su madre, que tan mal lo había pasado aquellos meses.

«¡Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados!», se reconfortó pensando en poner fin a aquella situación, al peligro que atravesaban todos los jóvenes de su parroquia.

«¡Dichosos los que buscan la paz porque serán llamados hijos de Dios!». Y rezó por la propia Raquel y el pequeño Quique, cuyo espíritu no descansaría hasta que no acabase con la abominación que poseía su cuerpo.

Después de la celebración de la eucaristía y tras un frugal desayuno, aprovechó para seguir investigando un poco sobre la historia negra de la comarca y conocer más datos sobre las epidemias, relacionadas con lo que había leído en el libro de Montague Summers.

La cólera morboasiática en 1834 y 1885, muy dura en la ribera del Júcar, coincidía en fechas con la leyenda de los marqueses; la peste del siglo XVIII, que vino desde Marsella —una ciudad también asolada por Dragut—; y, a mediados del siglo XVII, el gran brote que mató a treinta mil personas solo en la ciudad de Valencia, castigando con severidad toda la región.

No era casualidad que se hubiera erigido una ermita a san Roque en Las Palmeras, patrón contra las pestes y epidemias, en aquella pequeña aldea de pescadores, tan cerca del mar.

La ermita actual era moderna, de los años sesenta, pero se construyó sobre una más antigua, dedicada al santo, levantada cuando la gran epidemia azotó la costa.

Aquel templo se vino abajo a mediados del siglo XVIII, cuando un terremoto con epicentro en Montesa —a unos sesenta kilómetros— provocó grandes daños en todo el litoral, con varias réplicas que terminaron de rematar la destrucción.

El temblor, que había derribado el castillo-convento de la orden de Montesa y la mayoría de los edificios de las poblaciones limítrofes, dejó solo en pie una capilla.

Sería esta la que más tarde se reconstruiría en el siglo XX, con la imagen del santo encontrada entre los escombros y guardada durante dos siglos en una parroquia de Sueca.

Parecía que aquellos demonios visitaran la zona cada cierto tiempo.

Inocencio tomó notas y caviló. No era probable que aquello fueran simplemente oleadas de vampirismo porque se registraron casos en toda España, pero le pareció razonable que, oculto entre la marejada de la enfermedad, un vampiro pudiera alimentarse hasta saciarse durante años sin llamar la atención.

Según los libros, aquellas criaturas no se alimentaban solo de sangre; también del horror, el mal, la desesperación y el miedo. Lo contrario al amor, pensó Inocencio, recordando un versículo de Juan: «El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor».

La mención del terremoto le hizo recordar la historia de un compañero misionero que se encontraba en Filipinas durante el gran tsunami del golfo de Moro, en el 76, donde murieron casi diez mil personas con olas de cinco metros que arrasaron la isla.

Constantino, de origen mozambiqueño, al que conoció durante un simposio en el Vaticano, le contó muchas historias sobre aquella catástrofe.

Incluso le habló de luces en el cielo los días previos, pero lo que más le impresionó fue la capacidad de los animales para predecir que algo terrible se acercaba.

Desde varias horas antes, tanto los perros callejeros que malvivían por las calles como los pájaros mostraron un comportamiento nervioso y extraño, abandonando incluso las zonas más próximas a las playas para adentrarse en el interior.

Inocencio se preguntó si estas criaturas no serían capaces de presentir antes que nadie los grandes horrores o las catástrofes naturales para salir de sus tumbas y alimentarse de la miseria humana. Una habilidad innata, perfeccionada durante siglos de experiencia, para saciar su hambre.

Hambre. Le hizo caer en la cuenta de que apenas había comido un pequeño montado de calamares, y empezaba a caer la tarde. Debía recoger sus cosas y prepararse para la noche. Quería ir a vigilar los alrededores del cementerio de Cullera.

Guardó sus papeles, volvió a abrocharse el alzacuellos —que había soltado para trabajar con comodidad—, se colocó la fina chaqueta negra que solía llevar en verano por encima de la camisa de manga corta y se levantó.