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El precio del combustible al alza y el de las lonjas a la baja hicieron que se perdiera casi un tercio de la flota tradicional, viejos compañeros de Jaime.
Acuciado por las deudas, no le había quedado más remedio que aceptar aquel extraño encargo de su viejo amigo del colegio, Rodri.
Ahora señor Rodríguez, pero para los de clase seguía siendo Rodri.
Se trataban con el mismo cariño y naturalidad, aunque a veces sentía que un poco impostada, como si quisiera demostrar algo.
Él trabajaba en un despacho de primer nivel, con secretaria y chófer, mientras que Jaime tenía callos en las manos, el rostro envejecido por el sol y olía a mar, gasoil y sudor. Apenas podía decirse que vivieran en el mismo planeta, pero seguían profesándose cariño.
El favor en sí no era para él, sino para otra persona; por discreción, no pudo decirle el nombre.
Un pez gordo, seguro: el cabrón de Rodri se movía con soltura entre técnicos, políticos y empresarios.
Para eso tenía un don: sabía tratar con la gente e intercambiar favores, siempre en el límite.
Lo importante era que todo el mundo saliera beneficiado, empezando por los valencianos, claro, que agradecían en las urnas el resultado en forma de empleo o espectáculos sin necesidad de juzgar los métodos empleados.
Alguna vez que otra le había hecho algún favor similar: acercarse a un barco en alta mar antes de atracar en el puerto de Valencia, descargar algunas cajas e introducirlas ocultas entre el pescado en el pequeño muelle del Perelló, lejos de la mirada inquisitiva de aduanas y con la probable connivencia de los guardias de costas.
Nunca había tenido ningún problema, como le aseguraba Rodri.
Con frecuencia eran cosas pequeñas y ligeras, presumiblemente obras de arte.
Nunca había estado metido en asuntos de narcotráfico, que supiera, y no creía que Rodri le hubiera pedido jamás algo así.
Una cosa era ayudar a algún empresario a introducir caprichos privados en España a cambio de inversiones en el territorio y otra muy distinta lucrarse con la desgracia de muchas familias, como pasaba en Galicia.
No concebía a alguien de la talla de Rodri paseándose con narcotraficantes.
Pero aquella última vez ni Rodri tenía buena cara cuando se lo dijo —parecía mucho más estresado de lo habitual— ni aquella caja pesaba como si contuviera ningún cuadro.
Quizás era una escultura, se dijo. No sería la primera vez, pero pesaba como un muerto.
De hecho, por las proporciones, podría contener un ataúd.
Jaime sacudió la cabeza, tratando de desprenderse de ese pensamiento, pero llevaba unos días, desde que habló con Rodri, con ese tipo de ideas fúnebres en la cabeza, quizás por el mal aspecto que le había visto.
Apenas intercambió palabras con la tripulación, que debía de ser griega, como el propio barco. Pero se mostraron bastante satisfechos de entregar el cajón, como si hubiesen cumplido también con una labor comprometida.
Sin duda sería una estatua, procedente a lo mejor de alguna excavación griega submarina, que algún ricachón quería para adornar su casa sin explicaciones innecesarias.
Su amigo insistió en que esta vez debía hacerse en un momento muy concreto, aprovechando la procesión marítima de la Virgen del Carmen, con toda la gente de la mar distraída.
El motivo era que no descargaría en el puerto del Perelló ni en el de Cullera: lo haría en una zona un poco más extraña y complicada, unas cuevas en la roca de los Zorros a las que era mejor acceder al atardecer y conociendo las coordenadas exactas.
Las cuevas no eran fácilmente divisables desde las playas, ocultas entre pliegues de roca, y era imposible que un barco grande como aquel del que había recogido la carga se acercase sin peligro.
A Jaime no le extrañó: desde tiempos remotos aquel era puerto de entrada para contrabandistas y piratas.
Había un museo incluso, pero se sorprendió cuando encontró un pequeño pantalán de piedra donde atracar una embarcación como la suya.
No era tan privado como para ejercer una actividad ilegal ni cómodo como para llevar a cabo prácticas legales que pudieran hacerse en el puerto de Cullera.
Una puerta con barrotes de hierro al fondo, ya excavada en la propia roca, le llevó a pensar que igual el oscuro túnel que se intuía a continuación conectase con alguna casa al otro lado.
El puerto privado de algún empresario, tal vez.
Su amigo Mariano, el de la gestoría, siempre le decía que no se hacía la idea de cuánto dinero había en Cullera.
Jaime, su hijo y su sobrino, que lo solían ayudar en este tipo de peripecias, descargaron el pesado cajón según las instrucciones y lo acercaron hasta la puerta.
Debería haber una llave cerca, debajo de una roca, y ahí estaba.
Tendrían que abrir, meter el cajón unos metros, salir, cerrar y lanzar la llave dentro, hacia la mercancía.
La cueva estaba helada, a oscuras, con el reflejo del sol en el mar ocultándose tras la montaña.
Olía fuerte a mar y resbalaba. No les pareció ver fondo y no quisieron seguir, especialmente cuando escucharon un ruido proveniente del propio cajón, como si la estatua o lo que fuese hubiera golpeado una caja metálica en el interior.
Quizás dentro del cajón de madera se encontrase, a su vez, otro sarcófago metálico protegiendo la estatua, que al desplazarse hubiera chocado con algo o no estuviera bien asegurada.
Si la mercancía había sufrido algún daño, además de no hacerse cargo, no pensaba sentirse culpable: bastante había hecho con llevarla a aquel sitio lúgubre.
Los tres marineros se apresuraron a salir, cerrar la puerta y tirar la llave para volver a subir al pequeño barco pesquero, que estaba adornado para la procesión. Salieron a toda velocidad a encontrarse con sus compañeros.
Dentro, en la caja, el viejo pirata Turgut, malherido y maltrecho tras la explosión de un obús en su casa palacio a las afueras de Dubrovnik, sonreía agotado tras un largo viaje por el Mediterráneo.
Por fin estaba a salvo, en uno de aquellos lugares en los que en vida había generado tanto dolor y sufrimiento.
***
Nacho, Sergio y Demetrio hablaron con Luz, que entendió que no podría acompañarlos y que esta vez no debía chivarse.
Al contrario: en la medida de lo posible, debía encubrirlos.
No era la misma niña que hacía apenas unas semanas, y a Demetrio le daba bastante pena: él mismo sentía que le estaban robando los últimos rescoldos de su niñez.
Aprovecharían que durante la procesión del Carmen todo el mundo estaba pendiente de los barcos y los fuegos artificiales para escaparse. Además, al ser festivo, confiaban en que no hubiera nadie en la obra, aunque irían al anochecer.
Como casi todos los años, los dejarían ir a ver la pirotecnia juntos a la playa, especialmente ahora que Quique había aparecido y nadie pensaba que los niños pudieran correr peligro.
Al contrario, verlos juntos, alegres en apariencia y decididos a disfrutar del espectáculo marítimo, reconfortaba un poco a los adultos.
Luz se quedó con sus padres; junto a ellos estaría protegida.
Ellos marcharon a la tienda de periódicos y plásticos a recoger a Ximo, que había accedido a llevarlos un poco a regañadientes.
Estaba tristón desde que Cande había dejado el trabajo en el bar y se había marchado.
Llevaba tiempo sin juntarse con Sete, que era de sus mejores amigos, porque no le gustaban un pelo ni Jorge ni sus amistades.
Al llegar, estaba leyendo con poco interés una reedición de Superman contra Omac , un cómic original de 1983 en el que se enfrentaba a un robot del futuro con la ayuda del ejército en un solo hombre: un punk que se parecía a Mané, uno de los amigos de Milikito.
—¿Qué pasa?, ¿queréis leerlo? Son doscientas cincuenta pesetas, pero os lo dejo por cuarenta duros, que le he doblado un poco el papel.
—No, gracias… ¿Tienes alguno de vampiros? —preguntó Demetrio ante la mirada inquisidora de Sergio, que no quería darle explicaciones a su amigo para que no los tomara por locos.
—¿De vampiros? Seguís con las cosas esas de miedo, ¿eh?
—Sonrió Ximo, que gustaba de tratar con ellos aunque fueran pequeños—.
No, hace tiempo que no salen. En tiendas de Valencia sí; he visto alguna copia de La tumba de Drácula , creo que salen Spiderman y el mago ese, no me acuerdo cómo se llama, pero aquí no. Aquí, lo que van mandando.
—Ya, bueno, tío, perdona —interrumpió Sergio—. ¿Nos puedes llevar? Que si tienes mucho lío…
—Sí, sí, pero ¿qué queréis hacer?
—Es que perdí… —intervino Nacho con poca convicción, casi copiando la historia de Celia.
—Creemos que hay vampiros y fueron los que mataron a Quique y a la chica esa… y creemos que ahora van a por su hermana —confesó Demetrio señalando a Nacho, ante la estupefacta mirada de Sergio.
—Hostia puta, nano…, vaya movida. Venga, va.
Los tres amigos se sorprendieron de la predisposición del quiosquero, que tuvo que explicarse.
—¿Qué pasa, coño? ¿Creéis que sois los únicos que habéis notado algo raro últimamente?
Ximo no se lo había confesado a nadie y no pensaba hacerlo, pero no hacía mucho, saliendo a correr al amanecer entre las huertas —cuando todavía no hace el calor sofocante de la mañana—, se disponía a darse un chapuzón en el mar antes de recoger la prensa en la tienda cuando creyó ver a Cande.
Su corazón dio un respingo de alegría. Sin lugar a duda, vio su silueta adentrándose en el agua mientras el sol teñía de naranja el mar en un espectáculo precioso, como solo ofrece la costa levantina.
Ximo se abalanzó corriendo hacia la orilla. A esas horas el agua es una balsa y la arena permanece virgen y fresca. Pero conforme se acercaba sintió una punzada de rechazo que arrancó de cuajo el entusiasmo de volver a ver a su amiga.