23 #2
—¿Nos la podemos follar nosotros también? —dijo el Rubio mientras se llevaba la mano al paquete.
—Para, coño, nos la han pedido virgen, pagan más… Luego, cuando los llevemos al molino, si eso. Ahí el viejo ese no va a notar una corrida más para deshacerse del cuerpo.
—Joder, es que las dejan reventadas.
—Para eso pagan, coño. Venga, asfixiamos entonces a este, que no manche.
—Vale, debuti.
Sugar y el Rubio se deshicieron de todas las botellas del maletero, que estaba envuelto en plástico, y metieron a Celia atada como un corderito dentro.
Junto a ella, un poco más tarde, pusieron a su novio con una bolsa de plástico alrededor de la cabeza, ajustada con cinta aislante para que se ahogara durante el camino.
***
Hacía un año que había estallado por completo el conflicto en los Balcanes con la escisión de Eslovenia y Croacia el 25 de junio de 1991. Aquello era un polvorín desde los años ochenta, con la agitación nacionalista iniciada por Milošević, pero cuando todo voló por los aires fue en aquel verano.
El doctor Vuk Nikolic, de unos sesenta y cinco años, llevaba meses preparando el escenario para una posible salida en caso de necesidad.
Durante los últimos años, especialmente desde la muerte de su mujer, había ido estrechando relaciones con su misterioso socio comercial, un anciano millonario de nacionalidad turca a quien conoció por carta a través de unos inversores que habían gozado de su protección y favores tiempo atrás.
Propietario de una pequeña clínica privada a las afueras de Dubrovnik, pronto se dejó embelesar por las artes oscuras del turco, que le propiciaron grandes beneficios en poco tiempo.
Aquel hombre no le proporcionó únicamente apoyo económico o influencia entre ciertos personajes de la élite social de la antigua Ragusa; también lo introdujo en una espiral de oscuridad y locura por la que muchos de sus pacientes con menos recursos, bajo el camuflaje de una obra benéfica, perdieron la cordura y, en muchos casos, la vida, siendo partícipes de extrañas ofrendas y macabros rituales.
Desde el fallecimiento de su esposa, el dinero había dejado de bastarle: estaba obsesionado con la muerte.
Los sótanos de su clínica ocultaban atrocidades gracias a las cuales una pequeña élite de clientes influyentes se beneficiaba de fórmulas magistrales y elaborados tratamientos de rejuvenecimiento.
Para cuando Turgut Reis volvió a pisar aquella tierra, tras cientos de años, su socio Vuk ya disponía de una red clientelar cautiva y poderosa como para garantizar su supervivencia durante alguna década.
Así actuaba desde hacía siglos, aprovechando su fortuna y su conocimiento de las artes oscuras para domeñar a las élites locales allí donde establecía su guarida.
El viejo pirata turco gustaba de volver a los territorios que había sometido en vida: los Balcanes, Grecia, la propia Turquía, la costa valenciana, Marsella, Nápoles, Mallorca, Túnez…
Principalmente, el Mediterráneo, aunque también había hecho incursiones en la actual Rumanía, Alemania, el interior de Francia e incluso el Reino Unido o Estados Unidos.
Siempre buscando la miseria humana, navegando hacia la sangre y el horror, aunque, en ocasiones, como le ocurrió en los Balcanes, había estado a punto de sucumbir ante el festín.
Una guerra civil era el mejor alimento para la criatura que había tomado posesión de su cuerpo, pero, a pesar de todo, no era inmune al fuego y a las explosiones de un bombardeo como el que acabó casi con la totalidad de su guarida y, por poco, con su existencia.
El viejo zorro se vio sorprendido por los obuses, pero no por la guerra.
Llevaba años tejiendo influencias en otras dos guaridas por si se veía en la obligación de huir, como así fue.
Envió a Vuk como testaferro de su voluntad a Valencia, donde podría recuperarse en caso de necesidad antes de partir hacia otro lugar, alejado de las amenazas armamentísticas modernas.
Cullera era una de sus zonas favoritas, donde había vuelto con frecuencia para pasar tiempos más o menos largos, sin mayor peligro que la superchería de sus habitantes, en su mayoría más preocupados por su propia supervivencia que por los cuentos de brujas.
***
Celia recuperó el conocimiento dentro del maletero, pero todavía estaba aturdida.
Le dolían los golpes en la cabeza. Iba apretada contra alguien, sin saber que era su novio, inerte.
La oscuridad y el estrecho espacio del que disponía le impedían saber más.
Sufría cada salto del coche, que debía ir deprisa por un camino no asfaltado a juzgar por los numerosos botes.
No pasó más de media hora consciente ahí dentro hasta que un nuevo golpe y el apagado del motor le indicaron que habían llegado a su destino.
Cuando abrieron el maletero y vio sus caras de nuevo, riéndose como esquizofrénicos, supo que no saldría de allí; ni siquiera se habían tomado la molestia de ocultarse.
Sollozó cuando confirmó lo que se temía y vio agazapado a su lado el cadáver de Luisete, asfixiado con una bolsa de plástico.
Debió de morir en el trayecto mientras ella todavía estaba inconsciente por lo que fuera que hubieran echado en su cerveza.
La levantaron entre aquellos dos maníacos, que celebraban la doble captura, y la sacaron del maletero.
Le dolía todo el cuerpo, sobre todo la cabeza.
Era de noche y una figura salió de una pequeña casa de campo para recibirles.
Llevaba una túnica negra, pero se quitó la capucha: estaba claro que le daba igual que lo vieran.
Celia reconoció al padre de Jorge, que la miró con la indiferencia con la que un comprador mira el género en la carnicería.
—Llevadla dentro.
Y Sugar y el Rubio obedecieron, llevándola a rastras. Habría querido resistirse, pero no le respondieron las piernas.
—Volved mañana, al amanecer.