Las Palmeras 23
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Después de encontrar el cadáver de Quique y tras haber pasado unos días en casa de su tío, Celia estaba por fin más tranquila.

Había podido descansar mejor y empezaba a quitarse de en medio la idea de que hubiera sido culpa suya.

No es que ya no le diera pena, pero había sido un accidente jugando en la azotea.

Ella de pequeña había jugado más de una vez allí arriba, incluso con esas grandes pelotas de goma sobre las que te sentabas y botabas echando carreras, pero siempre lejos de las cornisas y sin asomarse a esos conductos de ventilación, que no recordaba sin chimeneas.

Más relajada, quería retomar la normalidad con Sete e incluso ir un poco más allá antes de que se acabase el verano. Ella misma sabía que aquello tenía fecha de caducidad, por eso estaba dispuesta a dar un paso que, en otras circunstancias, en su ciudad natal, no daría tan rápido.

Allí nadie se acordaría de ella en enero y el año que viene sería todo distinto, incluso aunque no retomasen la relación porque ella o él hubieran encontrado otra pareja.

Era un entorno de pruebas inmejorable, sin comprometerse socialmente con nada. Otras chicas esperaban al chico ideal, en cierto modo ella también, pero para divertirse un poco y coger experiencia Sete era perfecto.

Y no era tan chulito o mala persona como pudiera parecer por su aspecto o compañías: se había portado bastante bien con ella todo el verano, sobre todo los últimos días.

Quizás por lo mal que lo había pasado también él en los últimos meses.

Ese tipo de cosas forjan el carácter, pensó Celia mientras se preparaba delante del espejo.

Quería arreglarse más que un día cualquiera, con un puntito más atrevido, pero sin dejar tampoco un mensaje muy evidente por si se torcían los planes.

De fondo, en el piso de abajo, su madre preparaba la cena a sabiendas de que su hija no los acompañaría, con ciertas sospechas que le hacían fruncir el ceño.

Su padre, mayor que ella, escuchaba en las noticias cómo la llama olímpica llegaba a la ciudad de Málaga, presta a salir hacia Granada al día siguiente.

Siendo jueves, podrían cenar unos bocadillos, ver una película en el cine de verano, tomar una cerveza en la playa y…

quién sabe. No había mirado, pero Celia creía recordar que ponían La familia Addams .

No sabía muy bien de qué iba, había leído que se asemejaba bastante a Los Munster, la serie que veía de pequeña en La bola de cristal.

Quizás no fuera lo más romántico, pero también les hacía falta reírse un poco.

Con un poco de maquillaje, una coleta y un vestido blanco de flores amarillas, Celia parecía sacada de una película americana de los años sesenta con su cabello rubio y su expresión risueña.

Por fin volvía a respirar un poco. Se le notaba en la cara.

—No vuelvas muy tarde, hija —le dijo su madre mientras escrutaba de arriba abajo el vestido, midiendo a ojo el largo de la falda y las ganas de fiesta de su pequeña.

—No, mami, vamos al cine y luego daremos una vuelta.

—¿No cenas aquí? —preguntó su padre, ajeno hasta el momento a los planes de su hija. No quiso levantarse a despedirla y a su vez examinarla, confiando en el criterio de su mujer; él estaba ya mayor para esos asuntos.

—No, papá, voy al cine con Sete.

—Con Sete… ¿Y qué película ponen? ¿Vais solos?

—La familia Addams.

—¿La familia Addams?

—Sí, una comedia, ¿os queréis venir? —dijo a sabiendas de que les iba a dar pereza y de que no le harían eso a su hija.

—A lo mejor, era una serie de cuando yo era pequeño.

—No, papá, eso son Los Munster .

—Y esa, La familia Addams , también. ¿Tú te acuerdas, cariño?

—Qué me voy a acordar. Deja a la chica, anda, que tendrá prisa —contestó su madre, revisando de nuevo las piernas de la muchacha.

—Gracias, mami. Oye, en realidad, a lo mejor me quedo a dormir en casa de Laura, ¿vale?

—Ni gracias ni gracios. ¿Qué es eso de que te vas a quedar a dormir en casa de Laura? ¿Por qué?

—¡Mamá! Pues porque se queda sola y le da un poco de miedo, se lo hemos prometido a sus padres; si no, habría tenido que ir con ellos a ver su abuela.

—¿Les puedo llamar? —Su madre, que siempre decía que había sido cocinera antes de monja, sabía que era muy posible que eso fuera mentira, pero tampoco tenía motivos para desconfiar de su hija, que siempre se había portado mucho mejor que ella a su edad.

—Claro, pero igual han salido ya. ¿Te apunto el número?

—Celia no solía mentirles, pero se le daba razonablemente bien gracias a su aura de niña buena.

Por supuesto que los padres de Laura se habían marchado, pero con ella.

Y no volverían hasta dentro de dos o tres días, quizás el lunes.

Las mejores mentiras eran las que casi eran verdad.

—No…

—Gracias, mamá.

—Celia…

—¿Qué?

—Acuérdate, con besos y abrazos no nacen los muchachos, ¿eh?

—Sabes que nos ha mentido, ¿no? —dijo su padre desde el sofá cuando escuchó el ruido de la puerta y los pasos de su hija alejarse por el estrecho pasillo cargado de cenefas.

—Sí, pero, bueno, es Celia… Es buena… y lista.

—Nuestra niña…

—Y así tenemos tiempo para nosotros —dijo ella, sentándose sobre su regazo, mientras la tele hablaba del fichaje de Iván Zamorano por el Real Madrid.

Celia bajó las escaleras de tres en tres, como cuando era una niña, aprovechando que había decidido no ponerse tacones para luego ir a la playa.

Escogió unas sandalias de cuero que había comprado en el mercadillo de Sueca y que le hacían unos pies bonitos, a pesar de que nunca le habían gustado sus tobillos.

Luisete estaba, como siempre, esperando en la puerta de acceso al edificio, sentado sobre el pequeño muro de hormigón, con las piernas colgando hacia dentro del conjunto.

Contemplaba la piscina vacía, junto a la que cuatro niños pequeños jugaban al fútbol, o algo parecido, con una pelota de plástico decorada con las tortugas ninja.

—Qué pasa, nena. ¿Cenamos algo antes del cine?

Celia asintió con una sonrisa franca y fueron de la mano por la avenida principal, flanqueada de palmeras, hasta la pequeña terraza situada al lado del cine de verano, donde cenaron un bocadillo de salchichas, él, y uno de lomo con queso ella, acompañados de patatas fritas y dos coca colas light .

Ya habría tiempo para tomar algo más fuerte. De momento eran dos adolescentes enamorados, tonteando en la edad del pavo, que se pasaron la película entera metiéndose mano y soltando risitas tontas desacompasadas con las peripecias de Fétido y Gómez.

—Vaya película nos habéis dado, parejita. —La asquerosa vocecilla de Sugar rompió la magia de la noche para Celia, que recordó el último incidente en la carretera de Cullera.

—Ey, qué pasa, habéis venido al cine. —Sete no parecía muy a gusto tampoco con la repentina presencia de aquella siniestra pareja, aunque entendía mejor cómo era esa gente y no quiso remover las aguas con esperanza de escaparse sin problemas.

—Sí, ¿qué pasa? Nos gusta mucho el cine, a este le ha gustado mucho la Miércoles esa. —Se rio Sugar, pegándole un codazo a su socio.

—Si es una niña. —Celia no pudo reprimir el asco.

—Y tú, princesa, y porque tienes novio… —contestó el Rubio, que había estado en silencio hasta ahora.

—Oye… —Sete sabía que eran peligrosos, pero tampoco podía agachar todo el rato la cabeza o se harían con él para siempre… y él vivía allí.

—Tranqui, tronco. Venga, os invitamos a unas cervezas en el carro, que el otro día se me fue la pinza, perdonad —puso paz Sugar.

—Nos íbamos a ir —intentó alegar Celia, sin éxito, cuando engancharon a su novio del brazo.

—Venga, coño, un par y os vais a lo vuestro, así le dais más emoción y a este le dura más la munición.

—Se carcajeó—. Venga, que me siento mal por dejaros tirados —dijo Sugar golpeando flojo en la entrepierna de Sete, que no se pudo ni defender ni encararse de nuevo porque estaba bien agarrado del brazo por el Rubio.

Sin opción, se dirigieron junto a los dos macarras hacia el parking cercano a la parroquia de su tío.

Durante un momento pensó en correr y refugiarse allí, pero solo conseguiría enfadar a los dos piezas.

Con suerte, se tomarían un par de cervezas antes de que se marchasen a otro pueblo a molestar a otros en el mejor de los casos.

—Venga, ¿qué queréis, cerveza o algo más fuerte? —dijo Sugar al llegar al parking mientras oteaba la zona por si hubiera más gente en un gesto que no terminó de gustar ni a Sete ni a Celia.

—Venga, ábreles unas cervezas, Rubio, coño. —Los gestos, de nuevo, lejos de tranquilizar a la pareja, dispararon las alertas: estaba nervioso, acelerado. Aunque lo intentase enmascarar con su habitual chulería, se le multiplicaban los tics.

Sete y Celia bebieron de sus respectivas botellas, confiados porque habían visto cómo las abrían con el mechero. Siendo de cristal, no era posible que estuvieran adulteradas.

—Estás muy buena tú, ¿eh? Cómo se van a divertir los jefes. —Pronto, los nervios del mayor de los dos jóvenes delincuentes se transformaron de nuevo en esa violencia seca que lo caracterizaba, confiado en el miedo que infundía entre la gente de su edad.

—Oye, tú… —Sete volvió a salir en defensa de su novia, pero esta vez con mucha menos convicción, no por las ganas, sino por el potente barbitúrico que los amigos de Jorge habían metido en sus cervezas.

El Rubio no necesitó más que un puñetazo en la cara para derribarlo mientras Celia sollozaba ahogada, sin apenas poder sostenerse en pie. Lejos de calmarse, el compinche de Sugar se arrodilló y le propino dos violentos golpes más en la cabeza que le hicieron sangrar por la nariz y una ceja.

—Siempre me pareció un puto pijo —dijo antes de escupirle—. Venga, ¿qué hacemos con él? ¿Hay que llevarlo también?

—Sí, pero podemos llevarlo muerto. Nos han pagado por la chica. El mierda seca es solo la coartada.

—Encima, el gilipollas este. Se van a pensar que le hizo lo mismo a Raquel. —Celia pudo escuchar ese nombre mientras terminaba de perder la consciencia, ya tirada en el suelo.