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Demetrio y Nacho no estaban seguros de contarle a Sergio sus sospechas. Tenían miedo no solo de que se riera de ellos, sino de que se enfadara por tomar a broma un asunto tan serio. Pero necesitaban su ayuda para seguir adelante y estaban aterrados.
Además, no tenían mucho tiempo: con todo el lío, tanto la madre de Demetrio como los padres de Nacho y Luz estaban pensando volverse a Guadalajara y Valencia antes de lo previsto.
—¿Estáis diciendo que Quique es un vampiro?
Para sorpresa de ambos, se mostró receptivo. No tanto por la historia de Luz, sino porque había notado cosas raras en otro de sus vecinos: Santiago, el de la puerta de al lado, que se había marchado afectado por una anemia que su padre achacaba a la separación y a los malos hábitos.
Sergio juraba que una vez, sacando a Futre —el perro salchicha de sus padres—, había visto desde el descampado algo trepando por el edificio hasta la ventana de Santi.
Estaba oscuro y no vio más que una sombra. Se mintió a sí mismo, diciéndose que ese verano tan raro le estaba afectando, pero al escuchar a sus amigos empezaba a pensar que, efectivamente, pasaba algo fuera de lo normal.
Conforme le contaron los síntomas de Luz, los asoció a los de Santiago y se acordó de Celia, que, aunque había mejorado marchándose con su tío unos días, lo había pasado también mal.
—¿Y qué podemos hacer nosotros?
Los chicos se arrugaron de impotencia, pensando en la dificultad de sus planes. Quizá lo más inteligente era hacer como Santiago: marcharse. Pero lo único que eso garantizaba era separarse y enfrentarse a Quique —u otros como él— en solitario.
Sobre todo, Nacho y Luz, que no vivían tan lejos como Demetrio o Sergio, que se marcharía a León.
Y lo que era peor, pensó Demetrio: dejarían a Celia sola. El cuerpo le pedía ser un cobarde, pero sabía que si se marchaba nunca podría volver a ver una película de acción o aventuras sin sentirse humillado.
—Tenemos que ir a la tumba de Quique —dijo decidido Deme, rompiendo el silencio.
—¿Ya se habrá levantado? —preguntó Nacho.
—Se despertó hace días; no es como si volviera a morirse porque lo enterrasen.
—Es verdad…, pero ¿qué hacemos?
—Escuchad, todavía no van a enterrarlo, tienen que hacerle la autopsia. —Tras un instante de cavilación, Sergio tomó la iniciativa, sabiendo que era el mayor del grupo—. Allí es imposible que nos colemos, pero no creo que pueda escaparse tampoco.
—Ahora sí que no quiero volver a Valencia solo —se lamentó Nacho, temiendo meterse en la boca del lobo.
—Buf…, claro. Tenemos que… Tenemos que buscar al que le hizo eso, al que lo convirtió. Creo que funciona así. —Demetrio llevaba días recordando y anotando las referencias de todas las películas de vampiros que le habían dejado ver.
—¿Y si no? —Nacho, que recordaba perfectamente de dónde había sacado esa idea, no estaba tan convencido. Ahora ya no le gustaba tanto aquella película.
—Bueno, lo van a traer después. De momento, allí debería estar controlado, aunque sea un… —Sergio seguía dudando cada vez que tenía que racionalizar el problema en voz alta.
—Vampiro, sí. —Demetrio y Nacho necesitaban a su amigo, y lo miraban con temor a que cambiara de opinión según hablaba y dudaba.
—Sí, bueno, a ver… Todo esto viene de la historia que nos contó Ximo de la discoteca, ¿no?
—Sí.
—Me dijo que no se la inventó; la historia de la hija de la marquesa se la contaron de pequeño, pero es real, o sea, está basada en… Hubo algo. Lo leyó en algunos libros de historia local.
—Ella es la vampira.
—No lo sé, pero igual…, igual podríamos echarle un ojo a la zona, no sé, esta noche…
—¿Esta noche? —Demetrio veía imposible escapar de la vigilancia de su madre, más de noche, aunque imaginaba que se habría relajado bastante el control desde que se había encontrado el cuerpo de Quique y no parecía que hubiera sido asesinado o secuestrado como aquella otra niña.
—Esta noche es la procesión del Carmen; los obreros no trabajarán hoy, es fácil que el dueño no esté y nuestros padres estarán distraídos. Además, hoy nos puede llevar Ximo, que mañana no curra y tiene coche. Porque yo paso de ir otra vez en bici por si hay que salir corriendo de allí.
***
Como cualquier otro lugar de la piel de toro, la comarca de Cullera era prolija en leyendas negras, y el periodismo siempre gustaba de una buena dosis de amarillismo para vender ejemplares.
Tras un primer vistazo a la prensa provincial de los últimos meses —y de años recientes— en la hemeroteca de la biblioteca de Sueca, Inocencio se trasladó a Valencia capital para seguir escudriñando desde mediados del siglo XIX y en libros de historia, siguiendo el hilo del pirata Dragut y las pandemias.
Si bien en los últimos años se habían producido varios crímenes —sobre todo, maridos celosos que habían acabado con la vida de sus mujeres o ajustes de cuentas—, también había desaparecido un número importante de personas, entre ellas varias chicas jóvenes.
Una cifra considerable para ser tenida en cuenta, salpicada de otros sucesos escabrosos frecuentes en las zonas de fiesta.
Raquel no había sido la única, y la edad de las víctimas solía rondar los diecisiete o dieciocho años en el caso de las chicas.
Rara vez habían encontrado los cuerpos, por lo que, oficialmente, la mayoría seguían como desaparecidas.
Solo en una ocasión hallaron un cadáver con signos de haber sido violado en una granja abandonada cerca de la propia Cullera, pero sin mayor repercusión que unas pocas líneas en prensa.
Encontrar pistas era bastante farragoso porque, aunque entendía que no fuera plato de buen gusto, tuvo la impresión de que desde la prensa se intentaba concederles la mínima importancia para sofocar a las familias sin perjudicar al turismo ni molestar a las autoridades.
Ocho desapariciones de chicas jóvenes en los últimos diecisiete años, siendo las dos últimas Cande y Raquel, a su vez, las más recientes y las más próximas en el tiempo.
Solían pasar años entre una y otra, sin un periodo fijo que pudiera relacionarlas.
Pero nunca meses. Quizás no tenían conexión, pero era demasiada casualidad que fueran amigas.
Inocencio buscó con especial ahínco en las fechas aledañas a las desapariciones, por si hubiera otras muertes o tragedias, como relataban Summers y Calmet.
En el caso de Raquel, se sumaban un bebé que había aparecido ahogado en una acequia del Júcar —se sospechaba de los padres, drogadictos— y la desaparición de un niño en Cullera, aunque apareció unos días después con evidentes signos de anemia, según el periódico, por desnutrición.
El sacerdote anotó el nombre y las iniciales de los apellidos del pequeño, por si pudiera rastrear alguna pista, ya que, según su historia, se había perdido en unas huertas después de jugar con amigos, pero una niña rubia lo había protegido del frío nocturno abrazándolo y cuidándolo aquellas noches.
El sonido de la puerta a sus espaldas interrumpió sus pesquisas: una mujer con carrito transportaba una serie de documentos de vuelta al archivo.
La policía había achacado el caso al impacto emocional de perderse y a la falta de agua y alimento.
Era un clásico. No eran pocas las historias de niños perdidos en el monte que eran protegidos por mujeres, por norma, de aspecto angelical o virginal.
Inocencio conocía una, sin ir más lejos, que le había contado un médico de Marchamalo al que conoció porque atendía a las monjas del asilo en el que estuvo un par de años como párroco.
Un tío suyo —no recordaba el nombre de ninguno de los dos— se había perdido siendo un niño en el monte a finales del siglo XIX, mientras jugaba.
Sobrevivió una noche entera bajo el manto de una mujer que él siempre había identificado como la Virgen María.
Pero él volvió sano y salvo, y el niño de Cullera por poco no lo cuenta.
Encontró también una carta al director quejándose al Ayuntamiento de los animales salvajes y las ratas porque algunos niños habían sufrido mordeduras jugando por la zona donde el chico había desaparecido, todo esto ese mismo año.
Pero nadie le daba demasiada importancia, tal vez porque estaban situados en una zona más bien humilde, en las afueras, al pie de la montaña y junto a la ribera del río Júcar.
Cualquier persona que leyera por casualidad estos acontecimientos en tiempo real difícilmente los habría relacionado entre sí. Pero el sacerdote no leía: buscaba. Y le parecía bastante sólido porque sabía lo que esperaba encontrar.
Inocencio salió a tomar un café de máquina. Echó de menos un chorrito de fuerza, pero se alegró de no tener una botella a mano. Mientras removía un segundo sobre de azúcar, tuvo un presentimiento.
Consultó un mapa del municipio para indagar si el barrio estaba relacionado de alguna manera con la cueva museo del pirata Dragut, un giro que le habría parecido demasiado evidente. Se sintió ridículo buscando conexiones entre un pirata del siglo XVI y unos niños con mordiscos de rata en 1992.
Le llamó la atención su cercanía con el cementerio, pero le restó importancia: el cuerpo de Raquel no había sido encontrado y, por tanto, no podía reposar allí.
Al retirar el dedo índice de la mano izquierda del pedacito de mapa sobre el que se encontraba impreso el camposanto, un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar los problemas de su sobrina Celia.
Cerca de allí, a escasos metros tanto del camposanto como del barrio de aquellos niños —solo separados por un modesto polígono—, estaba el molino de la marquesa, la futura discoteca que había visitado su sobrina y sobre la que habían recaído las primeras sospechas en la desaparición de aquel otro niño.
Un breve repaso en los libros de historia de la localidad confirmó sus temores sobre el lugar: una historia ligada a pestes, guerras y toda clase de tragedias que había culminado con su ruina durante décadas hasta ahora, que, vaya casualidad, iba a volver a abrir, esta vez como discoteca.
***
El trabajo en el hospital era bastante aburrido, y más de noche.
Muchos no querían hacerlo porque no se sentían a gusto, pero para Pedrito era bastante rutinario como conserje.
De vez en cuando surgía algún problema con el ascensor que no podía esperar a la empresa de mantenimiento —él había aprendido a abrir las puertas con una aguja de punto—, una cama rebelde que no funcionaba del todo bien o luces que fallaban. Poca historia.
Solo una vez había tenido un problema que se saliera de lo común, y fue una noche de noviembre, con una lluvia intensa en el exterior, cuando dos enfermeras —de seguro sugestionadas por el programa de radio de José Antonio Alés— lo llamaron histéricas porque la alarma de una habitación en el piso de oncología no dejaba de sonar.
El problema era que en esa habitación no había nadie porque el último inquilino había muerto esa misma tarde, después de una larga agonía, sin nadie de su familia o amigos que lo hubiera acompañado.
Una forma horrible de morir que, además, había implicado un mayor esfuerzo de las enfermeras, a las que aquel pobre hombre llamaba constantemente, no tanto para ser atendido como para recibir algo de compañía.
Las enfermeras, que no querían molestarlo, juraron y perjuraron que las primeras veces habían acudido a la habitación pensando que era un error sin importancia, pero la alarma de asistencia no dejaba de sonar y estaban aterradas, sobre todo porque una de ellas había notado la última vez que el pomo de la puerta estaba helado. No frío: helado.
Cuando Pedrito llegó, no pudo evitar también la sugestión, más en un mes tan marcado por la presencia de espíritus en el imaginario popular. Juró ver entre el vaho de la ventana una palabra escrita, con tanta claridad que todavía la recordaba: «REZAD».
Pedro —al que llamaban Pedrito por su aspecto juvenil y su eterna buena disposición— sintió miedo y actuó deprisa. Desconectó el aparato para que no pudiera usarse: ya habría tiempo de repararlo a la luz del día.
Pero el aparato siguió sonando toda la noche con una frecuencia incierta que descartaba cualquier tipo de secuencia automática. Hasta el amanecer. Ni él ni sus compañeras de turno hicieron por volver a entrar en la habitación.
Un único incidente en quince años que seguramente tuviera alguna explicación razonable —un cortocircuito por mal uso, por ejemplo—.
Un único caso fuera de lo común hasta aquella noche, en la que se requirieron sus servicios desde el sótano: el depósito de medicina legal, donde uno de los refrigeradores había hecho saltar las alarmas por temperatura al abrirse la puerta, suponía.
Había pasado alguna vez. Los doctores no cerraban bien del todo las cámaras y, al cabo de un tiempo, como pasaba con el frigorífico de casa, la puerta se abría y perdía temperatura.
Cuando bajó, comprobó que todas las compuertas estaban cerradas, pero una de ellas tenía una pequeña rendija por la que se escapaba una nube fría de vapor.
POM. POM. POM.
Al acercarse, unos golpes desde el interior lo sobresaltaron hasta el punto de resbalar y hacerse daño en la muñeca.
POM. POM. POM.
Pedrito abrió con cuidado, protegido tras la compuerta, temeroso de provocar una explosión de gas o recibir un golpe. Pero solo recibió silencio y frío. Dentro, el cadáver de un niño permanecía impávido y azulado.
El pobre chico tenía parte de la cara descompuesta y no aparentaba más de doce o trece años.
Pedro sacó la camilla para comprobar que el mecanismo funcionara bien.
Se sorprendió del buen aspecto del cadáver, más allá del tono de su piel y las laceraciones.
No estaba rígido como tantos otros; si no fuera por las heridas y porque acababa de sacarlo de un frigorífico, habría podido pensar que estaba durmiendo.
Parecía sonreír, de hecho, cuando Pedro se quedó embelesado mirando aquellos ojos cerrados. Una blasfema sensación lo invadió, cortándole la respiración, como si debajo de esos pesados párpados morados los pequeños ojos de aquel pobre diablo lo estuvieran mirando. Y sonriendo.
Para cuando Quique abrió los ojos y enseñó sus colmillos, Pedro estaba sumido en su trance hipnótico y no dijo nada.
Fue incapaz de gritar cuando la criatura se incorporó y perforó su yugular para succionarla con el asqueroso tentáculo que había sustituido a su lengua en los tres días posteriores a su fallecimiento.