Las Palmeras 21
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Después de unos días con su tío, Celia se encontraba mejor, pero la sombra de la culpabilidad no la había abandonado.

Le gustaba pasar tiempo con él, aunque lo había notado algo distraído y preocupado con unos documentos históricos que estaba estudiando.

No quiso hablar con ella sobre ese asunto.

Por otro lado, Celia notó que había vuelto a beber algo de alcohol, no como antes, pero, aun así…

No se le escapaba que su tío tenía un problema gordo con la bebida y le preocupaba el desgaste físico que le provocaba.

Su padre decía que era un enfermo crónico y que no tenía solución, y eso a ella le generaba mucha angustia, porque lo quería mucho.

Se despidió pronto de él; había quedado con su novio, Sete, porque quería volver a acercarse a la discoteca y hablar con el dueño, por si podían ayudar de alguna forma a encontrar a Quique, aunque a esas alturas, más de una semana después de su desaparición, las posibilidades de que siguiese vivo se le antojaban diminutas.

—Si ya han buscado allí, tronca, ¿qué vas a encontrar? —Celia no pudo evitar torcer el gesto cuando escuchó a Sugar, uno de los amigos de su chico, aparecer junto a él.

—Está mazo de peña trabajando allí, nena, ya habrían visto algo —añadió su sombra, el Rubio.

—¿Y a estos por qué los has avisado? —protestó ella, dirigiéndose a Sete, que no pudo más que encogerse de hombros.

—Se han ofrecido a acercarnos; mi coche se lo ha llevado mi padre —contestó, señalando el viejo Corsa blanco.

Esa gente no le gustaba un pelo a Celia, quizá porque siempre había sido una niña bien, quizá porque los notaba todo el día nerviosos, tocándose la nariz, quizá porque había oído historias sobre ellos.

Nadie sabía de qué trabajaban, no estudiaban y, sin embargo, siempre tenían dinero para sus chanchullos.

—Estás muy flaca tú, ¿no? —Celia notó cierto resquemor cuando Sugar le hizo esa pregunta y vio cómo la miraba por el retrovisor, mientras el Rubio, que iba de copiloto sin cinturón, trataba de mantener la vista al frente.

Al llegar, había un montón de obreros trabajando y aquello ya se asemejaba a una discoteca.

La obra había acelerado una barbaridad con la intención de abrir el sábado 18 de julio, «el glorioso alzamiento», apostilló Sugar, riendo.

No sabía muy bien qué buscar, ni siquiera si quería hablar otra vez con el dueño o no.

Le había parecido un hombre simpático, pero igual se molestaba.

La policía ya había ido varias veces acompañada de distintos padres.

Preguntaron a un par de obreros con escaso éxito; en su mayoría eran rumanos y no hablaban casi español. Trabajaban para aquel hombre y los movía por sus distintas propiedades en Europa.

No les dejaron acercarse al edificio por motivos de seguridad; un arquitecto técnico los estaba echando cuando vieron al doctor Vuk discutiendo airadamente con un señor al que no tardaron en reconocer: el padre de Jorge.

El señor Rodríguez, todo un alto cargo de la Comunitat Valenciana, parecía asustado como un corderito, encogido ante el monumental enfado del yugoslavo, al que no habrían reconocido después de lo amable que se había mostrado con ellos.

Ellos también se encogieron cuando ambos contendientes dirigieron su mirada hacia el lugar donde se encontraban.

El político se transfiguró de manso a bestia parda al ver a los amigos de su hijo, pero unas palabras de su interlocutor, que lo agarró del brazo, bastaron para sofocarlo. Se marchó hacia su coche sin siquiera saludarlos.

El mal humor del médico se disipó conforme se acercó hacia Celia, como las nubes tras la tormenta, aunque durante unos instantes dirigió una mirada gélida a los chicos que no pasó desapercibida para ella.

—¿Puedo ayudaros, muchachos?

Celia le trasladó sus dudas y preocupación por la desaparición de su amigo, que Vuk pareció comprender, aunque les explicó que allí no habían visto nada.

El señor de la Comunitat con el que estaba hablando se había tenido que marchar porque le habían indicado por el busca que había alguna novedad en el caso.

La empresa de desinfección había conseguido acceder al conducto de ventilación a través de la vivienda del primer piso tras el aviso de los padres de Nacho gracias a las llaves del conserje, ya que los dueños vivían en Teruel.

Allí encontraron un cadáver en el suelo, rodeado de ratas, moscas y huesos de pequeños animales.

El cuerpo se había conservado razonablemente bien y no olía tanto a podredumbre como cuando encontraron a una abuela muerta viendo la tele.

Además, presentaba mordiscos por toda la cara: las ratas le habían arrancado bastante carne y la piel grisácea azulada se le estaba desprendiendo de una sien.

No quisieron moverlo hasta que llegasen las autoridades, que serían las encargadas de certificarlo y dar la noticia a los padres.

En la azotea, la tapa de cemento de la chimenea estaba desplazada y se había hecho añicos en el suelo durante alguna tormenta del otoño pasado.

Habría subido a jugar allí, como tantas otras veces, y había resbalado o perdido la consciencia por el olor, un golpe o sabe Dios qué desafortunado accidente.

—Venga, que igual lo han encontrado y está vivo, que tampoco ha sido tanto tiempo —trató de animarla Sete mientras se dirigían al coche de nuevo.

Sugar y su amigo estaban hablando con uno de los obreros y pudieron ver cómo intercambiaban algo a escondidas, unas pastillas, barruntó Sete. Vuk se acercó y los agarró del brazo para llevarlos aparte.

—¿Qué os ha dicho? —preguntó Celia después.

—¿Quién? —Sugar se hizo el distraído, aunque se le notaba más nervioso de lo habitual, conduciendo con acelerones y frenazos poco apropiados para la carretera y la hora del día.

—El dueño.

—Nada.

—No, ¿qué os ha dicho?

—Que nada, tronca.

—Sí, os ha cogido y os ha dicho algo. ¿Qué os ha dicho?

—Joder, qué preguntona es tu chavalita, Luisete.

—Pues nada, que voy en el coche con dos camellos y no tienen huevos de reconocerlo. —Sete la miró con un gesto entre miedo, risa nerviosa y desaprobación, consciente de que no era buena idea insultarlos.

Si había accedido a que los llevaran era porque habían insistido mucho en ver la nueva discoteca y Sete había captado el mensaje.

No le gustaba juntarse con ellos, pero era mejor tenerlos como amigos.

Sabía que andaban metidos en cosas raras, incluso les habían pillado algún arma blanca, pero la noche era así.

—Oye, princesa, ten cuidado con esa boquita, que a mí no me importa bajarte del coche a hostias. —Al Rubio se le escapó una carcajada de drogado al escuchar a su socio.

—Vale, vale, que no pasa nada, tú. —Sete se vio obligado a intervenir sabiendo que Celia no estaba acostumbrada a tratar con ese tipo de gente.

—¿Tú qué, mierdas? ¿Qué dices tú de tú? —Sugar frenó el coche bruscamente, rozando un arcén inexistente y a punto de caer en una acequia—. ¡A tomar por culo del coche!

—Sugar, coño.

—¡Que os bajéis o se queda ella y nos la follamos aquí mismo, cojones!

No necesitaron más: se bajaron casi corriendo del vehículo, a plena luz del día y con otros coches pitando. Por lo menos estaban ya más o menos cerca, apenas a quince minutos.

Sugar arrancó de nuevo y pegó un volantazo cambiando de dirección, de vuelta a Cullera. Ellos decidieron no seguir por la carretera; se metieron entre las huertas para llegar a la playa y continuar por allí, un camino mucho más seguro.

—Ya te vale, tía.

—Ya te vale a ti juntarte con esta peña.

—No me junto, son amigos de Jorge.

—¿Y por qué se han venido?

—Porque querían ver la discoteca y no he podido decirles que no. No quería problemas, pero claro…

—¿La discoteca o al tío ese al que le han dado las pastillas?

—Yo qué coño iba a saber. Joder, lo siento.

Cuando llegaron, la Policía Nacional ya estaba en el edificio, así que se temieron lo peor. Luces apagadas y solo un par de furgonetas para no llamar la atención, aunque la gente se arremolinó en la playa y el bar para ver qué pasaba.

Las mujeres cuchicheaban entre sí: «Han encontrado al niño», «Estaba muerto», «Lo han encontrado en un pozo».

Lo que no esperaba encontrar la policía era lo que descubrieron cuando consiguieron acceder a la casa de los padres, de nuevo con la ayuda del conserje, ya que pensaban que no estaban en casa.

Nadie abría la puerta, no se escuchaba un ruido y todas las contraventanas de madera estaban cerradas a cal y canto.

Al entrar, los recibió la madre, despreocupada, que estaba limpiando el polvo con la televisión encendida pero sin conexión en la antena.

—Uy, ¿qué hacen?, ¿qué quieren?, ¿son policías? —Ni siquiera el sobresalto borró su extraña sonrisa de la cara, con el maquillaje burdamente esparcido por el rostro y los ojos vidriosos, perdidos—. Van a despertar a mi marido.

—Señora, hemos encontrado a su hijo.

—¿Mi hijo? ¿Dónde estaba? —No parecía sorprendida, ni emocionada, ni asustada. Solo ajena.

—¿Podemos hablar con su marido?

—De ninguna manera, está descansando. —El rictus cambió tan rápido que pareció haber despertado. El agente dio orden a su compañero de subir a las habitaciones mientras él gesticulaba con los brazos para detener a la madre de Quique, que intentaba impedirlo, enfurecida de repente.

—Señora, cálmese.

De fondo, en el piso de arriba, escuchó a su compañero llamar a la puerta de la habitación:

—¡Caballero! ¡Caballero! ¡HOSTIA PUTA, CARLOS, SUBE, CORRE!

***

Inocencio intentó ser franco con el padre de Raquel, pero temía que no lo creyera. Desde la sesión de espiritismo, los fenómenos habían remitido en la casa y habían comenzado a dejarla ir. Estaban seguros de que había muerto, al menos su madre y su hermano.

La única obsesión de Adolfo era encontrar el cuerpo y descubrir qué había pasado para que los culpables pagaran por ello. Estaba seguro de que había tenido una muerte violenta.

Inocencio no había sido el único que se había estado informando desde la última vez. El padre, que ahora tenía mucho peor aspecto, había estado intentando contactar sin éxito con su hija a través de grabaciones psicofónicas.

Había dejado temporalmente su puesto en el Ayuntamiento, donde tuvieron que colocar un interino recomendado por la Comunitat Valenciana de urgencia: un tipo servil y desagradable, en la órbita del señor Rodríguez.

Gracias a eso se estaban desbloqueando proyectos que llevaban meses parados, como la licencia de apertura de la nueva discoteca, por ejemplo.

El padre de Raquel no tenía nada claro que cumpliese la normativa, pero ahora ya no importaba.

Mientras, su mujer y su hijo se habían marchado unas semanas al norte, a casa de la hermana de ella, en un pequeño pueblo de Vitoria, Nafarrate, donde tenían un viejo caserón.

Insistieron en que él los acompañase, explicó con torpeza al cura, pero estaba demasiado obsesionado como para abandonar la casa donde intentaba grabar en el silencio noche y día.

En realidad, también huían de él.

Inocencio pensó que quizá no era el mejor momento para explicarle que era posible que su hija hubiera sido atacada por un vampiro. Acababa de conocer la noticia de los padres de Quique y cómo habían perdido la cabeza.

Aquella otra pobre desgraciada, que también había perdido a su hijo, llevaba días conviviendo con el cadáver de su marido en la habitación.

Por eso no se los veía. La versión oficial decía que el hombre había padecido una insuficiencia cardiaca, producto de una severa depresión que lo había conducido a una anemia.

Recordando los problemas de su sobrina, Inocencio estaba seguro de que había sido drenado por su propio hijo.

Ella no solo no era consciente de que su marido estaba muerto; había olvidado que su hijo también, y se refería a los dos como si todavía pudiera hablar con ellos.

Estaba ingresada en un hospital de Valencia, bajo supervisión policial, mientras terminaban la autopsia de su marido y cerraban la investigación.

Si se recuperaba y no encontraban nada sospechoso, volvería a su vida devastada.

Si no, tendría que pasar un tiempo en un hospital psiquiátrico de verdad.

Por él no habría que preocuparse: iban a incinerarlo por voluntad propia en su testamento.

Pero sobre su hijo no había determinación alguna y, ante la incapacidad de su progenitora para tomar cualquier decisión, iba a ser enterrado en el cementerio de Sueca, aunque de momento quedaría a resguardo en el depósito del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Valencia, mientras investigaban las causas de la muerte.

Tendría que ir a por el niño y, a partir de él, tiraría del hilo para encontrar a Raquel, darle descanso eterno y enfrentarse a lo que fuera que la había convertido. Quizás el tal Dragut.

Adolfo, que a pesar de su enajenación seguía siendo una persona inteligente, no tragó con las evasivas del sacerdote.

—Usted sabe algo, padre, y no me lo quiere decir.

—No, hijo, yo…

—Le entiendo, le entiendo. Con lo que está pasando, entiendo que no quiera… Bueno, es normal que crea que no estamos en condiciones, pero escúcheme.

—Hijo…

—Sea lo que sea, sé que algo raro está pasando. Candela, la amiga de mi hija, su mejor amiga, también ha desaparecido.

—¿Cómo?

—Oficialmente no, pero se la ha tragado la tierra. Antes venía a vernos de vez en cuando, a consolarnos y consolarse ella también, a preguntar, pero hace semanas que no… Al principio fue un alivio porque se parecían mucho y me dolía un poco verla, pero…

Inocencio recordó haberla visto hacía unas semanas desde la ventana de la sacristía y preguntó desde cuándo no sabían de ella. No podía recordar con exactitud si había sido antes o después, pero recordó el malestar que sintió y no dudó: aquella chica lo había visitado después de muerta.

—¿Y su familia?

—Estaba sola. Sus compañeros de piso no viven allí en verano; dicen que se marchó, pero es muy raro, padre. Dos muchachas jóvenes en tan poco tiempo…

—Ya.

—Y ese niño. Sé que usted sabe algo, lo noto en su mirada, padre.

—El niño…, sí. ¿Crees que también podría estar relacionado?

—¿Lo cree usted?

—Sí.

—¿Qué está pasando?

—No lo sé, todavía no lo sé, pero cuando lo descubra, te juro que te contaré todas mis sospechas.

—Ella dijo que no estaba muerta, ¿verdad?

—Más o menos.

—Pero si era ella… se estaba comunicando por la ouija.

Inocencio salió de aquella casa más convencido todavía de seguir adelante con la caza, a pesar de las dudas sobre sí mismo, la empresa y la realidad.

Más de una vez dudaba sobre si no sería una paranoia más del alcohol, pero sabía que la determinación podía ser clave frente a aquellas amenazas.

Todos aquellos años estudiando ocultismo como afición, como vía de escape, quizá no habían sido casualidad, sino preparación para lo que estaba por venir.

Pertrechado con su alzacuellos y un maletín, se dirigió a la hemeroteca de la biblioteca de Sueca y se dispuso a buscar en los sucesos del diario Las Provincias cualquier pequeño indicio de actividad vampírica en el último año.