20
Desde que Quique desapareció, Luz no había dejado de soñar con él.
No era su mejor amigo, pero estaba aterrada y apenada a partes iguales.
Había escuchado muchas historias sobre niños desaparecidos.
Siempre pensó que solo eran cuentos para asustarla.
Pero ahora el niño era su amigo, había jugado con él en la playa hacía unos días; era de verdad, recordaba su voz, cómo olía y lo insoportable que era siempre con ella.
Estaba conmocionada. Sus padres lo sabían bien y los primeros días fueron incluso demasiado amables con ella y su hermano: los invitaron a horchata, cenaron pizza y no se preocuparon tanto por los deberes pendientes del colegio y los cuadernillos de vacaciones.
El ambiente entre los adultos empezaba a relajarse.
Todos seguían preocupados, claro, pero los problemas cotidianos pronto pusieron tierra encima de la desaparición del muchacho.
Lo habían buscado por todos los caminos y con buzos en el mar y en el río.
Volvieron a ir varias veces a la discoteca en obras, que ya estaban cerca de terminar para la inauguración.
Nada, ni una pista de dónde podía estar.
La policía empezó a sospechar incluso de los padres, que cada vez mostraban una actitud más extraña, siempre encerrados en casa. No quisieron volverse a Madrid, aferrados a la esperanza de obtener buenas noticias. Pero ya empezaba a parecer muy difícil.
A nivel mediático, la noticia no tuvo tanto impacto como la desaparición de Raquel: los Juegos Olímpicos, la Expo, la crisis política y económica opacaron una desaparición más.
La opinión pública tenía demasiados estímulos y ni siquiera la prensa provincial se hizo mucho eco. Desde lo de Raquel, la Generalitat estaba trabajando mucho para que no se hablase de estas cosas, para no perjudicar al turismo.
La actitud de los padres tampoco ayudó, reacios a dar ninguna declaración o entrar en la rueda del espectáculo que siempre habían considerado pornográfica.
Así, casi una semana después de su desaparición, los únicos que seguían acordándose de verdad de Quique eran sus amigos.
Especialmente Luz, cada vez más apagada, pero también Celia, que se sentía culpable por haberle hablado del pañuelo a Quique.
Empezaba a afectarle a nivel físico, hasta el punto de que su tío, Inocencio, insistió en llevarla a dormir unos días a su apartamento, para despejarse.
Sus padres, preocupados por la salud de su hija, aceptaron pensando que ella misma no querría, porque eso la alejaría un poco de Sete. Sin embargo, aceptó. No estaba durmiendo a gusto desde que el pobre chico ese había desaparecido.
La dolencia remitió en parte al cabo de un par de noches, lo que no hizo sino confirmar las sospechas de su tío.
Por el contrario, los temores nocturnos de Luz no hicieron más que aumentar. Antes de marcharse Celia del edificio, cuya casa colindaba con la suya, decía escuchar ruidos en las paredes y se despertaba creyendo oír la voz de Quique.
A falta de la chica que lo había obsesionado en vida, aquella vil criatura había encontrado a su otrora amiga como siguiente víctima propiciatoria y la estaba acosando.
Al principio Demetrio y su hermano no la creyeron. Al fin y al cabo, todos estaban teniendo sueños recurrentes con un suceso que les había afectado demasiado. Pero conforme vieron que se tornaba más serio, empezaron a elucubrar con la mente abierta de dos niños aficionados al terror.
—¿Y si es verdad, tío? —terminó por ceder Nacho, preocupado por su hermana.
Lo único que se les ocurrió, concediéndole el beneficio de la duda, era que Nacho durmiese con ella la siguiente noche.
Así podrían averiguar si era un fantasma, un demonio disfrazado de su amigo, un vampiro o solo la imaginación de una niña de diez años tratando de entender la muerte.
No fue difícil convencer a los padres, algo cansados y preocupados por la salud de su hija, aunque ni la pequeña ni su hermano habían mencionado nada relacionado con los sueños y las voces. Solo que le daba miedo dormir sola.
Se acostaron temprano, alrededor de las diez y media, en la habitación de Luz, pegada al baño, que tenía dos camas de cuando eran más pequeños.
Entonces dormían juntos y la habitación de al lado quedaba para invitados, por ejemplo, su abuela.
A su abuela le gustaba mucho la playa y se ponía crema de zanahoria y café casera para ponerse más morena. Luz la echaba mucho de menos.
Sus padres todavía estaban en la planta de abajo, ella viendo la tele y él asomado al balcón fumándose un cigarrillo.
Luz se quedó pronto dormida, Nacho fue incapaz: estaba acojonado pensando en que de verdad pudiera aparecer su amigo Quique convertido en a saber qué.
Se acostó en la cama debajo de la ventana, que daba a la trasera del edificio, y pensó si llegaría por allí, como en las películas.
Solo de pensar que pudiera haber alguien flotando al otro lado le entró vértigo y apretó con fuerza un rosario fluorescente que le regaló una tía abuela por su comunión.
Nacho vivía en el quinto piso, lo que en realidad eran el noveno y el décimo, ya que todos eran dúplex.
Luz roncaba con fuerza cuando sus padres subieron por las escaleras y miraron por la puerta para ver que los niños dormían tranquilos. Sonrieron pensando en el gesto que había tenido con su hermanita. Después de todo, no se llevaban tan mal.
Nacho fingía que estaba durmiendo para que no lo molestasen, pero pronto fue cierto. Su hermana se movía agitada; podía estar teniendo un mal sueño, pero no había nadie más en la habitación.
—Luuuuuuuuuuuuuz.
Nacho se despertó sobrecogido, sin saber si había escuchado de verdad una voz o lo había soñado.
—¿Naaacho? —Esta vez era la voz de su hermana, sollozando.
—¿Lo has oído? —contestó todo lo bajo que pudo.
—Sí…
Ras, ras, ras… Algo rascó en la pared, a la derecha de Luz, que empezó a llorar.
Ras, ras, ras…, y se detuvo.
Nacho estaba paralizado por el miedo. La voz podría haberla soñado, pero aquellos arañazos…
¡POM!
Un golpe en la pared hizo chillar a los dos niños a la vez.
¡POM!, ¡POM!, POM!
Sus padres llegaron sobresaltados a la habitación por el estruendo, momento que aprovecharon sus hijos para salir escopeteados de sus respectivas camas.
Ras, ras, ras… Ras, ras, ras… Ras, ras, ras… Algo en la pared rascaba sin parar cuando unos pequeños chillidos permitieron al padre de Nacho identificar la amenaza.
—No me jodas que hay ratas otra vez, joder, qué asco.
—Odiaba a aquellas sucias alimañas desde que tuvo que convivir con ellas en el cuartel de Melilla haciendo la mili.
De vez en cuando se colaban por los sumideros para alimentarse de palomas y bichos muertos que quedaban atrapados en el conducto de ventilación. Sus hijos no lo recordaban, pero él sí.
Cogió una linterna del cajón de su mesilla y se acercó al cuarto de baño para abrir el ventanuco que daba al patio interior contiguo a la pared de la niña.
No necesitó asomarse; una nube de moscas y varias ratas salieron trepando.
Ignacio padre tropezó hasta el pasillo, gritando y blasfemando de asco mientras ordenaba a su mujer que cerrara la puerta.
***
El amanecer sorprendió al padre Inocencio en su mesa de trabajo, rodeado de apuntes, con el libro de Summers a medio diseccionar. Su sobrina, Celia, aún dormía en la habitación de invitados.
Sin hacer mucho ruido abrió otro ejemplar sobre la historia de Cullera y la Comunitat Valenciana, editado por la Diputación, para corroborar algo que había descubierto entre las muchas narraciones del bristoleño: la leyenda del pirata Dragut, que asoló en varias ocasiones la costa levantina.
Recordó haber leído sobre él hacía años, creía haber anotado algunas líneas incluso en un papel que al final encontró entre las páginas de aquel libro. Nada importante, solo un pequeño resumen del texto para volver sobre él, cosa que nunca hizo.
Aquel navegante otomano, temido y admirado a partes iguales, se hizo famoso en el siglo XVI por su extrema crueldad y astucia.
Dragut, llamado Turgut Reis, destacó por su fiereza a las órdenes de Barbarroja y al mando de su propia flota tras la muerte de este, alrededor de 1546.
Comandaba veinticuatro veleros bergantines con los que puso en jaque no solo las costas de Valencia, sino también las de Nápoles, también bajo el dominio del rey Carlos I por herencia de su abuelo Fernando y, posteriormente, de su hijo, Felipe II.
Inocencio se aclaró la garganta con un vaso de coñac.
Saboreó cada trago recordando su época de colegial, cuando los primeros Austrias eran grandes héroes para los niños, líderes a la altura del rey Arturo y Odiseo, capaces de llevar a España hasta las más altas cotas de poder de la historia, como Julio César o Alejandro.
Del rey Felipe se dice que aprendió la lección cuando, decidido a atacar al pirata y acabar con los saqueos, envió una flota de alrededor de medio centenar de naves bajo las órdenes del duque de Medinaceli a la isla de Yerba, en Túnez, donde se escondía el otomano.
Descubrirlos preocupados por un pirata le produjo cierta incomodidad. ¿Quién era aquel demonio que puso en jaque a los dos reyes más poderosos de nuestra historia?
Diez mil hombres sucumbieron ante Dragut, que conocía sus planes y les tendió una emboscada.
Cuentan que el pirata no tuvo piedad con los prisioneros: quienes no pudieron huir fueron decapitados y con sus cabezas levantó una siniestra torre de más de diez metros, sobre la cual aposentó su trono antes de recibir al humillado duque, al que perdonó la vida a cambio de que relatase a su rey lo que había visto.
Inocencio imaginó a aquel turco, cubierto de mugre, sudor y sangre, sentado sobre una enorme torre de cráneos humanos entre la bruma de los cañones y el olor a pólvora, riéndose de él con los dientes afilados como los de un tiburón y los ojos negros y brillantes como el carbón.
El saqueo de Cullera estaba documentado casi una década antes, en 1550, cuando Dragut aprovechó las cuevas del faro para ocultarse e intercambiar rehenes por un botín mayor.
Turgut Reis, que dio nombre a una ciudad en su patria, murió a los cincuenta y un años en el asedio al fuerte de San Telmo, en Malta, malherido en la cabeza por los estragos de un cañón; fue trasladado por sus hombres de confianza primero a la isla de Santorini, en Grecia, donde falleció el 23 de junio de 1565, y después a Trípoli, donde fue enterrado.
No obstante, meses después, la crónica negra, esta vez recogida por Montague Summers y de pasada por el padre Agustín Calmet —otro estudioso más cercano en el tiempo al pirata—, recogía un último viaje del navío de Dragut hasta las costas de Cullera, donde encalló entre fuertes tormentas la medianoche del 29 al 30 de octubre de ese mismo año, en mitad de una gota fría.
Toda la tripulación había desaparecido engullida por el mar, a excepción del que había sido su segundo de a bordo: un griego nacido en la isla de Miconos que fue secuestrado de joven por los turcos y murió ejecutado por sus crímenes al amanecer de aquella madrugada sin que pudiera siquiera dar cuenta de lo que había
—¡ Vrykolaka!, ¡ vrykolaka ! —gritó a los presentes, antes de sucumbir a la soga del verdugo.
Un suceso macabro que coincidió con una epidemia de peste, que, si bien asoló a otras partes de España, Summers opinaba que había servido para ocultar otra de vampirismo.
En su libro reflejaba testimonios de una serie de campesinos que alertaron al ducado de Gandía de que el pirata Dragut y varios de sus hombres caminaban entre los vivos al caer la noche, con algunos documentos oficiales que así lo recogían.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Inocencio al constatar que el autor británico había detectado una cierta recurrencia, sin periodicidad definida, en sucesos de parecida índole en la costa valenciana.
Cada cierto tiempo se atravesaba durante un lustro o dos una época en la que las desapariciones y los asesinatos doblaban o triplicaban las estadísticas habituales.
No eran periodos fijos; en ocasiones transcurrían veinte años, en otras sesenta, pero siempre el tiempo suficiente como para que los sucesos anteriores quedasen borrados de la memoria colectiva, sucediéndose como episodios aislados que incluían una truculenta historia de necrofagia entre la nobleza local y un sacamantecas en los primeros años del ferrocarril por Valencia, allá por 1880.
Una coincidencia que Summers achacaba a la preferencia de las criaturas sobrenaturales por establecer madrigueras rotatorias a lo largo del continente, para esconderse y alimentarse con seguridad, y que relacionaba con otros lugares en Italia, Turquía, Países Bajos, la propia Inglaterra, Grecia, el Nuevo Mundo y los Balcanes, donde perdió la pista a principios del siglo XX.
Conforme se acercaban al tiempo de la obra, 1928, los episodios eran más sutiles y difíciles de rastrear.
Aquellas alimañas aprendían y maduraban su inteligencia con el paso de los siglos, volviéndose más peligrosas y menos detectables. Depredadores expertos en sobrevivir, monstruos perfectos que cada vez llamaban menos la atención.
Durante milenios se había hablado de grandes epidemias de vampirismo que asolaban aldeas enteras, pero conforme la razón había ido iluminando Europa, los casos habían disminuido, convirtiendo el vampirismo en un fenómeno más etéreo, susceptible de ser relegado a la leyenda.
Nadie hablaba ya de una tripulación de piratas sembrando el pánico entre los campesinos, pero seguían recogiéndose testimonios con cuentagotas de muertos caminando entre los vivos, sazonados con desapariciones y muertes misteriosas a lo largo y ancho del viejo continente.
Como si los mismos vampiros hubieran aprendido a esconderse cuando sus presas empezaban a tomar conciencia de su existencia.
Salvo algún incidente en alguna aldea remota, cada vez con menor frecuencia, era difícil seguir la pista de ningún brote nuevo.
El reverendo Summers sospechaba que habían aprendido a camuflarse en tragedias, guerras y grandes ciudades, donde abundaba la miseria y era fácil desaparecer sin que nadie te buscase.
«¿Cuánta gente no desaparece o aparece muerta hoy en día sin que nos alertemos por ello?», se preguntó Inocencio, pensando en Raquel.
—Si hasta han hecho un programa de tele…