Las Palmeras 19
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Tened cuidado y, sobre todo, no tengáis miedo, recordad que es vuestra voluntad contra la suya

—¿Te pasa algo, hija?

—No, no, es solo… la pandemia, estoy muy harta de la pandemia.

—Todos, pero, bueno, mira, nosotros de momento estamos teniendo suerte.

Alba sonrió. No quería compartir sus verdaderos pensamientos con su madre, empezando por no explicar que salió de casa contraviniendo el confinamiento para colarse en casa del vecino en lo que supuso un clarísimo allanamiento de morada.

Quizás lo del vampiro sería lo de menos porque no la creerían.

Recogió sus cosas y las de su padre, tiró los restos a la basura, enjuagó los platos y los dejó bien colocados en el lavavajillas. No tuvo que fingir cansancio para escaparse a su cuarto porque estaba reventada de verdad después de la noche anterior.

Esta vez no le dio tiempo ni siquiera a desvelarse pensando en lo ocurrido; cayó rendida al instante.

No descansó plácidamente. Alrededor de las tres de la mañana, tras mucho revolverse entre pesadillas, volvió a abrir los ojos con la boca seca como cuando cenaba kebab. Tenía ganas de ir al baño.

Intentó aguantarse y volver a dormirse, pero no consiguió retomar el sueño, así que con los ojos entreabiertos se sentó en la taza, donde se quedó de nuevo adormilada por el cansancio.

Sin saber cuánto tiempo había estado allí, pero con las piernas dormidas, decidió regresar a la cama, tambaleándose. Seguía teniendo sed.

Se despertó sentada en una silla de la cocina.

No había tenido nunca episodios de sonambulismo y se sorprendió, incómoda.

Seguía muy cansada, somnolienta e inquieta por la situación, pero aprovechó para beber agua de la nevera y terminar de espabilarse con la sensación de frescor bajando por el gaznate.

Miró a través de la ventana hacia el patio trasero y se quedó embobada, se le cerraban los párpados a pesar del agua. Estaba agotada, fruto de la explosión de nervios de la noche anterior.

Dejó la taza en la encimera y se fijó en que era un viejo regalo de Esther por su cumpleaños, cuando eran adolescentes. Tenía una brujita de estilo pin up sobrevolando los tejados de una ciudad con toque parisino. Sonrió.

Antes de volver a su habitación volvió a mirar por la ventana, recordó su atracción por la ventana del día anterior y comprobó que la puerta estuviera bien cerrada. Subió las escaleras y se acostó.

La brisa nocturna la despertó de nuevo, esta vez sentada en una de las sillas de jardín, con la taza derramada encima de la mesa de plástico en la que tantas veces había cenado con sus padres las noches de verano.

Se estremeció; sabía que estaba pasando algo raro, pero no era capaz de moverse, como si su cuerpo siguiera dormido. Sentía el frío de abril apoderándose de sus huesos a través del pijama.

Ante ella se estaba formando algo de bruma, no era raro con la humedad que habían traído las sucesivas tormentas. Pero aquella niebla pesaba y se propagaba como el humo de una discoteca.

A pesar de recuperar la conciencia, seguía incapaz de agitar un músculo. No era un sueño porque sentía el frío en la piel, como una caricia helada, y escuchaba los grillos.

Alba empezó a distinguir una silueta. Había alguien más en el jardín y se acercaba parsimonioso y escondido entre los vapores. Poco a poco fue vislumbrando su figura, aunque sabía quién o qué era desde el principio.

Rober se acercó despacio, etéreo, casi flotando, hasta que pudo distinguir su piel grisácea y azulada, los ojos muertos como los de un pescado en la lonja y la escalofriante sonrisa que había descubierto la noche anterior.

Olía a humedad, a tierra mojada. Tenía las uñas sucias. Cada vez estaba más cerca, dispuesto a abrazarla.

Alba estaba anestesiada, solo las punzadas de miedo la sacaban de su letargo como quien intenta despertar de un mal sueño. Recordó el consejo de Demetrio y trató de concentrarse en algo positivo. «Vamos, Wendy», pensó.

Volvió a mirar la taza. Recordaba con nitidez el día en que Esther se la regaló.

Acababa de cumplir los trece años y se la dio con algo de vergüenza porque las dos sabían que era del bazar chino de al lado del ayuntamiento.

Pero a Alba le hizo mucha ilusión, se rieron porque la bruja iba un poco ligera de ropa.

Sabía que la familia de Esther no tenía mucho dinero y que le habría supuesto un esfuerzo conseguirla.

Además, le gustaba mucho porque ellas siempre se habían considerado un poco brujas. Sobre todo Esther.

Rober se detuvo y bufó, enseñando la lengua, casi como una víbora, golpeando contra sus afilados colmillos.

Alba consiguió recuperar parte de su movilidad y le destrozó la taza contra la cara. La criatura chilló.

—¡FUERA DE MI CASA! —estalló la chica, impostando su voz una vez recuperada la confianza y levantándose con firmeza.

El vampiro retrocedió retorciéndose de forma antinatural, impelido por la barrera cuántica de la determinación de Alba. Con él se disipó la niebla. Rober silbaba como una serpiente, amenazante pero herido.

La persiana de la habitación de sus padres retumbó en el repentino silencio de la noche mientras el corazón de Alba luchaba por no desbocarse.

—¿Pero qué coño haces, monina? —preguntó su padre, asomándose por la ventana mientras se frotaba los ojos y se colocaba las gafas.

—Me pareció ver un mapache —contestó ella al subir las escaleras hacia su cuarto de nuevo.

—¿Cómo un mapache? ¿Hay mapaches aquí, Mercedes? —replicó extrañado su padre mientras su hija cerraba la puerta.

—Déjala, cariño, que estará soñando.

A pesar de la excitación, Alba durmió del tirón lo que restó de noche. Como Lola, a unas calles de distancia.

Pero, al contrario que Alba, los nervios y las ganas de gritar la alcanzaron al despertar, cuando descubrió a su marido muerto en la habitación. Después de unos días de mejoría, parecía que el COVID se había tomado la revancha.

En su guarida, protegido del sol y de las miradas de los vivos, Rober descansaba hinchado como una garrapata, con una sonrisa en la boca aún manchada de la sangre del anciano. No había podido consumar la venganza con aquella chica, pero al menos se había dado un festín.