18 #2
Demetrio no volvió a pegar ojo. ¿Se le habría ocurrido ir al molino? «Preguntó muchos detalles, pero no tiene bici, cómo va… ¿Debería habérselo contado a mi madre?».
Tras muchas vueltas y vueltas en la cama, sobre las nueve y media decidió que podía levantarse y que disimularía hasta hablar con Nacho, que esperaba que no hubiera soltado prenda aún.
Aunque Luz…
Si alguno había cantado, lo sabría por la bronca en el desayuno. Su madre no se habría quedado de brazos cruzados en la cocina y habría salido a hablar con las otras madres.
Y así era; no había nadie en casa, pero las galletas y el vaso estaban preparados.
Solo tenía que sacar la leche de la nevera y el cacao.
Introdujo seis o siete galletas en el vaso y las trituró hasta formar una pasta deliciosa y azucarada que deglutió, sin embargo, con poca gana, temiendo lo que le esperaba después.
Pasadas las diez y media, dudó entre seguir esperando en casa o bajarse a la playa solo. Ya era mayor. Podía dejar una nota, pero le daba pavor encontrarse a las madres en el rellano o en el portal.
El ruido de la puerta solventó las dudas de un plumazo. Solo quedaba esperar y cruzar los dedos.
—¿Qué? No se te ha ocurrido contarme lo de vuestra excursioncita de ayer, ¿no?
«Joder». Tocado y hundido.
—Bueno, es que…
—Ni es que ni nada. ¿Eres tonto? —A Demetrio le dolió más el tono de decepción que el insulto.
—Pero es que Quique no vino.
—¿Y qué? —Años ejerciendo como madre permitieron a Mercedes ocultar con éxito el tono de alivio bajo el de reproche. Se alegraba de que a su hijo no le hubiera pasado nada. ¿Cuántas veces había hecho ella algo parecido de joven?
—Pues que no pensaba que…
—Pues han ido un par de padres allí, por si acaso. Había muchos obreros y el dueño, un señor muy simpático, que les ha dado un pañuelo de la chica esa, Celia, pero nada más.
—Y de Quique…
—Nada. Muy lejos no ha podido ir si no se lo han llevado porque no tenía bici y en el cuarto están todas. De su casa salió él, porque fue de noche y estaba en la cama, así que donde fuera que se marchó, se marchó él por su cuenta. ¿Seguro que no dijo nada?
—Seguro.
El eco de su respuesta resonó en su cabeza hasta la playa, donde el runrún entre las señoras lo devolvió a la realidad.
—Parece que ha desaparecido un niño del edificio ese, lo está buscando la municipal —escuchó camino del agua.
—Ha sido Luz —confesó Nacho con algo de apuro—. Se ha puesto nerviosa la enana, no ha bajado a la playa siquiera.
—No pasa nada, si se lo tenía que haber contado yo a mi madre. No hicimos nada malo.
—Ya, yo tampoco quise decir nada por si acaso, pero…
—Qué cojones habrá pasado, tío.
—No sé, pero se nos han jodido las vacaciones, lo mismo hasta nos vamos.
—Ya, imagino que mi madre lo mismo prefiere que nos volvamos también.
—Pues vaya faena, tío, pero qué habrá hecho.
La noticia de la desaparición de un niño no sorprendió del todo a Inocencio, aunque sí le revolvió profundamente el estómago. No tenía pruebas, pero mucho se temía que estuviera relacionado con el asunto que estaba tratando y sobre el que no podía decir nada.
Tal vez en la hemeroteca municipal de Valencia pudiera encontrar otros casos de desapariciones en los últimos meses, pero sería un trabajo que podría llevarle semanas. Y a saber cuántas desapariciones no se habían denunciado o cuántos accidentes escondían un ataque.
Si el pequeño volvía de entre los muertos, tendría oportunidad de localizarlo pronto, puesto que las primeras víctimas solían ser del entorno. Aunque no siempre una víctima de un vampiro regresaba convertida en bestia.
Era difícil separar el mito de la realidad. Había escrito a un antiguo profesor suyo en Roma, su mentor, pero desconocía si seguía vivo y con la cabeza en su sitio.
Como la familia veraneaba en el mismo edificio que su hermano, no le costaría mucho hacer un seguimiento. El despertar de un vampiro se daba tres noches después del deceso.
«Un poco blasfemo», pensó al constatarlo en un par de fuentes.
Si volvía, sus padres o sus amigos serían los primeros en presentar síntomas. Lo que no se imaginaba es que su sobrina conociese al niño, menudo disgusto para una chica tan sensible; tampoco sabía que tenía novio y era… el ex de Raquel.
Una sensación de incomodidad le atravesó del pecho a la garganta cuando se enteró. Una pequeña bocanada de reflujo le amargó la boca. Este verano casi no había tenido oportunidad de pasar tiempo con ella ni con su hermano, a pesar de que veraneaban allí por él.
La chica se había dado prisa, ya no era una niña.
La sombra de la sospecha recorrió el cansado cerebro de Inocencio, que estuvo tentado de advertir a su sobrina. Pero qué podía tener que ver un chaval del pueblo, por muy macarra que fuera, con una epidemia vampírica.
«Suena ridículo». A cualquiera que le contase en lo que había estado trabajando pensaría que había perdido la cabeza.
Notaba las dudas incluso en los padres de Raquel, y habían sido testigos como él del contacto.
En cualquier caso, debía estar atento. Era su obligación no solo como tío, sino como pastor de aquella congregación. Aunque los jóvenes no es que fueran muy fieles.
Los padres del niño desaparecido tampoco eran muy católicos. No esperaba la mejor de las sonrisas cuando ofreció su apoyo, pero la cara del padre dijo todo lo que podía decir para que el enjuto párroco no lo intentara dos veces.
Empezaba a anochecer cuando los padres de Quique perdieron toda esperanza de que apareciese. Tenía que haberle pasado algo porque su hijo era formal y disciplinado, nunca se habría escapado. Y ninguno de sus amigos sabía nada.
Para una familia tan cuadriculada, tan seria, la incertidumbre era tan dura como la propia desaparición. ¿Por qué a ellos? No podían concebir que su hijo no actuase de manera correcta, con seguridad y sentido común. Era una pesadilla.
Hundidos, solo podían esperar. Una vez interpuesta la denuncia y hablado con la policía, decidieron encerrarse en casa para no ofrecer un espectáculo a sus vecinos.