18
Las palabras escritas en aquel tablero todavía resonaban en su cabeza aunque jamás habían sido pronunciadas.
El padre Inocencio siempre había disfrutado la lectura de cuestiones paranormales, pero ahora que las tenía tan cerca maldecía la hora en la que se había interesado por cualquier estudio heterodoxo.
El sacerdote apuró un traguito de ginebra con naranja de un vaso de color ámbar bien cargado de hielo y se lamentó por partida doble: primero, por cobarde, porque estaba ayudando a una familia y no podía sucumbir al miedo, y, segundo, por el trago.
Sabía que no debía seguir bebiendo y menos en su situación actual, en la que era imprescindible discernir lo real de las pesadillas.
«No muerta». Sabía a qué criatura hacían referencia aquellas palabras, pero se negaba a creerlo. Claro que se encontraba dándole vueltas a las palabras escritas en un tablero de ouija.
«¿Dónde pongo el listón de lo creíble?».
Apenas había podido dormir; llevaba desde entonces dándole vueltas a la idea de que no estuviera muerta.
Decidido a salir de dudas, puso en marcha la cinta grabada en la sesión. Sintió una profunda decepción y algo de miedo cuando solo distinguió gritos.
Unos gritos desgarradores, desesperados, chillidos que romperían el alma de cualquiera que los escuchara buscando respuestas. Pero gritos.
Solo en la tercera ocasión que repasó la cinta descubrió algo nuevo, un sonido casi imperceptible, una voz masculina con acento extranjero que, justo antes de la explosión que había dado fin a la sesión y que, curiosamente, no había quedado reflejada en la cinta, decía algo así como «yeti».
Incapaz de explicar nada mediante la razón, se sirvió otro trago. Había vuelto a sucumbir al demonio del alcohol. Con cierto cargo de conciencia saboreó la bebida, se descalzó y se tumbó en el sofá. Pidió perdón al Señor por su debilidad y cerró los ojos.
Pensaba haber ido a ver su a sobrina por la tarde, pero la joven había hecho planes, así que tenía todo el tiempo del mundo para reflexionar.
Repitió el mensaje de la tabla, chasqueó la lengua, apretó los labios, vaciló y enfiló directo al coche, camino de su apartamento en la capital con una idea en mente.
«Dos vasos no son nada», se mintió. Se ajustó el alzacuellos como si fuera una armadura frente a la Guardia Civil y arrancó el motor.
Ya en casa, encontró lo que buscaba entre sus viejos libros: una copia moderna de una obra de 1928, escrita por un sacerdote católico nacido en Bristol, Montague Summers: The Vampire, His Kith and Kin.
Summers era un tipo bastante especial: clérigo, ocultista, erudito literario y autoproclamado experto en vampiros, brujería y hombres lobo, sus escritos abarcaban distintas tradiciones folclóricas europeas que tomaba por ciertas, sin tapujos, dando a entender que todas aquellas viejas historias ocultaban hechos reales.
Y, encima, podría tener razón.
—No muerta, está no-muerta… —masculló para sí mismo.
La sombra de la sospecha crecía en su interior. Recogió un par de libros más, bebió una botella de agua del frigorífico para aclarar la cabeza y se dirigió de nuevo a la playa, dispuesto a refrescar conocimientos.
Nunca había prestado especial atención al tema del vampirismo por considerarlo una simple superstición, no así las apariciones fantasmales o los casos de posesión, más estudiados por la Iglesia, pero siempre había destacado por tener la mente abierta.
Recordaba haber leído que el alma quedaba vagando por el limbo cuando el cadáver volvía de entre los muertos tras el ataque de un vampiro. Quizás por eso Raquel se intentaba comunicar con sus padres, para advertirlos del peligro o para pedirles ayuda.
Quizás esas supuestas visitas de la hija a su madre no habían sido tan etéreas.
Cuando llegó ya estaba anocheciendo y se dio cuenta del peligro que corría si estaba en lo cierto. Aparcó en el pequeño descampado cercano al apartamento de playa, propiedad de la parroquia. Uno de los amigos de su sobrina paseaba al perro, ajeno a las preocupaciones del cura. Lo saludó.
Se encerró raudo en casa, temeroso de la oscuridad que se propagaba en el exterior, mientras el resto de los vecinos salían a dar una vuelta por el paseo marítimo o cenar unas raciones en cualquiera de los restaurantes con vistas al mar.
Rara vez Inocencio salía de paseo. A esas horas estaba durmiendo o seriamente perjudicado como para que lo vieran sus feligreses. Pero en aquella ocasión mucho menos.
Se aseguró de cerrar bien la puerta y las ventanas; aunque su pequeño apartamento era un tercero sin ascensor, no sabía si podían volar como en las películas que veía de joven.
Al pensarlo dos veces se sintió un poco ridículo, pero no abrió ninguna ventana; encendió el ventilador y se dio por satisfecho para combatir el calor. «Mejor prevenir que curar».
El apartamento, con dos habitaciones, un cuarto de baño y un pequeño salón cocina, daba a una de las avenidas perpendiculares que desembocaban en el paseo marítimo, un conglomerado ecléctico de edificios de lo más variopinto que, al caer la noche, como enormes cruceros de vapor del Misisipi, con sus balcones llenos de vida, todos iluminados, diferentes pero iguales, en los que los vecinos cenaban, jugaban a las cartas o disfrutaban de la brisa marina sin más.
Inocencio se acercó a las puertas de la terraza y miró al exterior sin apartar más que las cortinas.
Todo estaba tranquilo fuera. Se sacudió los miedos y se decidió a abrir.
Eran alrededor de las once de la noche y todo el mundo estaba en la calle.
Ninguna criatura podría atacar con impunidad a nadie.
El ruido del mar, siempre cercano en ese pequeño pueblo, le invadió la mente y la despejó de vampiros, demonios y otras criaturas del averno.
Respiró hondo y se dispuso a hacerse la cena: una tortilla francesa con patatas fritas y queso. Quizás le convenía algo más fuerte, para empapar, pero no tenía hambre. Cenó en la terraza, solo como siempre, tratando de evadir sus pensamientos sin conseguirlo.
¿Cómo era posible que estuviera pasando de verdad?
Inocencio suspiró, recogió los restos y se sentó en el sofá con el libro, buscando alguna clave que le sirviera para comprobar si, en efecto, se encontraban ante una nosferatu.
Un caballo, blanco o negro, podía ser guiado entre las tumbas del cementerio, montado a pelo por una doncella virgen y desnuda; si el caballo se negaba a pasar por encima de alguna tumba, allí estaba enterrado un no-muerto.
Perfecto, «pero la muchacha está desaparecida, no hay ninguna tumba disponible sobre la que montar ni a caballo ni a burro».
Nada, buscó y buscó entre sus páginas y en todos los rituales era necesario encontrar una tumba sobre la que pasar una espada, un gato negro, unas semillas de amapola o lo que fuera, pero siempre sobre el ataúd del cadáver sospechoso.
El hielo ya solo era agua tibia; el vaso resbaló en su mano cuando encontró una posible respuesta:
—«El espíritu del desafortunado no es capaz de ver el Cielo» —leyó en voz alta—. «El fantasma sigue atado a su carne mortal por un cordón de plata y, si bien puede alejarse en todo lo ancha que pueda ser nuestra esfera, no es capaz de abandonarla mientras no se extermine a la criatura».
Un pequeño ruido en el balcón arrancó al cura de las páginas del libro y le heló la sangre. Miró el reloj y ya eran cerca de la una de la mañana. El silencio más absoluto, solo roto por las olas, le recordó que ya no habría nadie por las calles.
Aquel no era un pueblo con bares de copas, más allá de las dos discotecas a la entrada. Lejos de allí, no había ningún local en el que trasnochar. Era un lugar bastante familiar.
Miró a su alrededor buscando algo a lo que aferrarse y encontró un rosario en la mesilla junto a él. Era de su madre, pero apenas tuvo tiempo de pensar en ella.
De nuevo un sonido en el balcón, un levísimo aleteo.
El sacerdote se levantó, rosario en mano, y se acercó al exterior. Unos pequeños murciélagos volaban a la altura de su piso, como sombras fugaces en la noche.
Inocencio alzó la cruz como quien se acerca a una verja eléctrica, esperando una explosión.
Pero los murciélagos continuaron con su vuelo, ajenos a los temores del cura, que cerró deprisa el balcón sintiéndose de nuevo un poco idiota.
«Será por murciélagos en Valencia», pensó, y bajó la vista, avergonzado.
¿No estaría volviéndose un poco loco?
¡CLIC!
A su espalda, el magnetófono se puso en marcha a traición. Inocencio se dio la vuelta para identificar el sonido y retrocedió del susto tropezándose consigo mismo, agarrándose por instinto a las cortinas para no caer al suelo. Con escaso éxito.
—Noooo mueeeerta —susurró una voz adolescente, metálica, entre ruido blanco de fondo, un silencio y un nuevo chasquido de la cinta—. Nooo mueeeerta.
***
—Deme, hijo, despierta.
La voz de su madre arrancó al joven de un repetitivo e infantil sueño en el que formaba parte de los mosqueperros. La luz se filtraba entre la persiana a medio bajar y las cortinas cerradas de su habitación, que daba a la trasera del edificio.
—Qué… ¿Qué pasa…? —acertó a pronunciar, con un ojo entreabierto y la boca pastosa de quien acaba de despertar.
—Está abajo la madre de Quique muy preocupada, que no está su hijo.
—¿Qué? ¿Que no está dónde?
—En su casa, dónde va a ser. ¿Sabes algo?
—No, no…, ¿qué? Pero ¿qué hora es?
—Nada, tranquilo, son las ocho, duérmete otro rato si no sabes nada, voy a decírselo yo. Pero seguro, ¿no?
—Sí, sí… No sé, pero cómo, si no se atreve ni a…
—Ya, ya… No te preocupes, seguro que aparece. No habéis discutido ni nada, ¿no?
—No, no, ayer estaba… normal —dudó, decidiendo que no era conveniente explicar nada sobre su excursión, a sabiendas de que Quique no había ido y habían vuelto todos sin incidentes.
—Ese normal… ¿Seguro que no sabes nada?
—Que no, mamá, que estoy dormido, joé.
—Vale, vale, pero si recuerdas algo, me lo dices, ¿ OK ?
— OK .