Las Palmeras 17
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Es la música infinita, el sonido de Valencia.

—¿Qué ocurrió hace ahora casi veintiocho años en aquella mítica discoteca valenciana?

La versión oficial habla de un incendio, de una instalación eléctrica precaria, una muestra de los excesos de la época.

Una bomba de relojería que estalló antes de tiempo, causando la muerte de alrededor de sesenta personas. Pero hay quien dice que hubo algo más.

Demetrio aprovechó la pausa dramática del presentador, con su característica mirada al espectador, para dar un trago a su cerveza. Acababa de acomodar el cesto de ropa limpia en la silla cuando comenzó el programa de misterio con el habitual monólogo introductorio.

—Una discoteca que no debería haber abierto sus puertas, con muchos incumplimientos de licencias que ya de por sí eran laxas.

Nosotros, ya lo saben, no queremos entrar en política, no somos ni de derechas ni de izquierdas, pero las autoridades municipales y autonómicas decidieron pasar todo esto por alto…

¿por qué? —se preguntó el presentador, entrecerrando los ojos—.

Una tragedia evitable, como tantas otras, fruto de la corrupción, amigos, y de un personaje turbio, el dueño, que acababa de llegar de la Yugoslavia en guerra y que supo hacerse con el favor de representantes políticos, siempre prestos a colaborar.

El programa, especializado en misterios, solía hacerse eco de rumores e historias que trasladaba al espectador junto a hechos constatados para que este se formase su propia opinión.

Un juego con las cartas marcadas donde el televidente, más bien predispuesto, casi siempre acababa dando por buena la versión más extravagante.

Una estrategia que el presentador había sabido trasladar a la escena política para monetizar el descontento de la gente con la pandemia y el confinamiento.

Lo curioso en este caso es que la versión más estrafalaria era la real.

Demetrio Dombriz, superviviente de aquella noche, lo sabía de primera mano.

Y se esforzaba en recordarlo con la mayor nitidez posible.

Bien sabía que, si lo dejaba pasar, podría llegar a pensar que fueron imaginaciones suyas; temía terminar pensando que se hubiera vuelto loco.

Parte del poder de esas criaturas radica en nuestra capacidad para olvidar.

Lo había visto muchas veces.

—Nuestro programa ha tenido acceso a testimonios de primera mano.

Por primera vez en este país hemos hablado con quienes protagonizaron aquella tragedia, con quienes acudieron al rescate aquella dramática noche y se enfrentaron a las llamas…

y lo que nos han contado puede resultar sorprendente. Escalofriante.

Demetrio se acarició la tupida barba pelirroja y miró de reojo el crucifijo de la pared. No era católico, pero con los años y las cicatrices había entendido la importancia de los símbolos para canalizar la fe, un concepto tan ambiguo que solía tambalearse con el miedo.

Aunque el tablero de juego era tridimensional, su enemigo cabalgaba entre el mundo físico y otro más etéreo; cualquier ayuda, cualquier refuerzo, era positivo.

Además, aquella reliquia era de las buenas, mucha gente había depositado su fe en ella a lo largo de los siglos. Regalo de don Ignacio, párroco en la iglesia de Santa María de la Peña.

Eso les dolía más, hacía más pesado el golpe.

—Los periódicos de la época, los noticieros de aquel julio de 1992, hablan de sesenta muertos, hay quien dice que aparecieron muchos más cadáveres, al menos cien, pero lo más impactante, lo que más llamará la atención de nuestros espectadores, es que muchos de ellos, la mayoría, eran jóvenes desaparecidos aquel año por la zona…

Aquello sorprendió a Demetrio. Él sabía de primera mano que, aunque exagerado, era cierto, pero hacía mucho que nadie daba crédito a aquella historia. Demasiado increíble.

Sobre todo si pretendía explicarse cómo habían llegado allí esos cuerpos, no tantos, algunos enterrados hacía varios meses: caminando por su propio pie desde lo más profundo del infierno.

O, al menos, desde su tumba.

—Desapariciones que coparon los medios de comunicación a principios de los noventa hasta desembocar en el caso más famoso que ha dado este país, ¿recuerdan a las niñas de Alcasser?

No fueron las únicas, tampoco las últimas en una época especialmente negra en aquella Valencia de los primeros años noventa que muchos recuerdan hoy con nostalgia hasta el punto de que algunas de aquellas míticas discotecas de la mal llamada Ruta del Bakalao han sido recuperadas.

Otra vez por las ramas, se lamentó mientras colocaba sus calcetines húmedos en el borde del tendedero. Tendría que encender el deshumidificador que había comprado por internet antes de comenzar la pandemia.

Aquel año estaba siendo muy húmedo, quién sabe si por pura casualidad o por efecto del parón mundial. Vaya, ya le habían calado las conspiraciones del programa, pensó.

Él, por suerte o por desgracia, no había parado. Como cámara habían sido unos meses frenéticos dentro de lo que es la actualidad provincial. Mucho nervio, mucho odio, mucho enfrentamiento.

El caldo de cultivo perfecto para que aquellas criaturas floreciesen como hongos, al calor del mal.

Los vampiros no eran alimañas, sino criaturas inteligentes que se alimentaban del odio, del mal. Su cuerpo físico, parecido a un pulpo o una araña viscosa, se alojaba en un anfitrión que se alimentaba de sangre y terminaba pudriéndose.

Pero su verdadero ser se nutría a nivel espiritual de la desgracia y del sufrimiento. Eran demonios, más antiguos que nuestro planeta. La bondad o la fe les repugnaban.

De la misma forma, aunque tuvieran ciertas habilidades que pudieran considerarse sobrenaturales, también tenían sus limitaciones, recogidas de forma supersticiosa por la narrativa popular.

Por ejemplo, no podían acceder a una vivienda si no eran invitados y los símbolos religiosos los repelían en función de la fe que se tuviera depositada en ellos.

Era parte de su naturaleza etérea. La plata y el ajo los repelían a nivel físico.

Para matar vampiros no bastaba con atravesarles el corazón, a ser posible con una estaca de hierro o madera.

Eso solo los inmovilizaba, aunque a efectos prácticos podría servir si esta parálisis se prolongaba durante años o, mejor, décadas.

Morían de inanición.

El proceso correcto incluía la estaca y la decapitación, sí, pero pasaba por el fuego si quería ser definitivo. Como aquella noche en la que murieron cruelmente tantas personas y varias de esas criaturas. Una suerte de sacrificio horrendo a su amo.

La sal, como a tantas criaturas del averno, les cortaba el paso.

Por eso tenía un círculo rodeando aquella cosa en el sótano, atado con unos lazos de la Virgen de la Peña.

Allí no le haría daño a nadie. Lo había capturado justo a tiempo, acechando la vida de un anciano al que estaba a punto de matar. Si no le hubiera capturado en ese momento, habría atacado a una chica joven, la barrendera, que andaba merodeando. «Esa chica sospechaba algo».

Como si supiera que hablaban de él, escuchó una especie de lamento desde el sótano. Como tantas otras veces, trataba de parecer humano para generarle duda. Jugaba con su cordura.

Bajó al sótano y roció a la criatura con agua bendita, provocando un berrido que temió pusiera en alerta al vecindario. El sótano estaba bien acondicionado para esa función, pero no era hermético.

—¿Vas a decirme quién te convirtió?

Rober, con la cara enfurecida por el odio y humeante por el agua, dirigió una mirada cargada de fuego a Demetrio y comenzó a reírse sin contestar.

—De acuerdo, pues nada, ya me lo dirás cuando te lleve de excursión —amenazó Demetrio, alejándose de nuevo por las escaleras.

Si no conseguía que hablase, que no lo conseguiría, tenía preparado un ritual con su amigo el cura para devolver momentáneamente el espíritu al cuerpo y poder preguntarle. Un endorcismo.

Sería doloroso para el muchacho, rozaría lo ético y lo sacrílego, pero era necesario.

Tenía que salir a grabar unas imágenes, comprar algo de comida y dar un par de vueltas por si observaba algo sospechoso. No veía peligro en dejarlo solo: no podía escapar y seguía estando prohibido salir a la calle, así que nadie debía entrometerse.

La pandemia estaba siendo un festín de miedo y odio para los vampiros, pero también facilitaba mucho las vigilancias y la caza.

Sin prisa, llevó a cabo sus quehaceres y volvió a casa, presto a seguir torturándolo para ver si daba con sus creadores. Era un vampiro joven. Tenía que ser producto de alguno de rango superior, más viejo.

Los vampiros no solían formar grandes manadas, no todos aquellos que sufrían el ataque de uno se convertían. Trataban de ser discretos: su objetivo último era sobrevivir y no gustaban de llamar la atención con grandes comunidades que propiciasen un exceso de mortalidad y desapariciones en la zona.

De vez en cuando era inevitable que la infección surtiese efecto y las larvas se desarrollasen en el anfitrión. En tal caso, si había vampiros jóvenes, más fáciles de cazar, es porque cerca había alguno adulto.

Cuando volvió a casa notó que algo no iba como debería, aquella vieja sensación de problemas inminentes.

Abrió la puerta con prisa, había aparcado en la calle su furgoneta. Escuchó ruido en el sótano, vio cristales rotos en la cocina y pronto pudo relacionarlos con los gritos de las chicas.

Agarró corriendo el crucifijo y la escopeta y saltó las escaleras de dos en dos deseando que no fuera demasiado tarde, pero temiendo lo peor.

***

Joder, tía. No he pegado ojo.

7 de abril de 2020, 08:12

A pesar de que Demetrio las invitó a un chocolate caliente y trató de tranquilizarlas, ni Alba ni Esther alcanzaron a decir una sola palabra cuando salieron de la casa.

El que hasta ahora había sido su principal sospechoso para todas las cosas extrañas que estaban sucediendo en su vida, quitando el virus, acababa de convertirse en su salvador.

El hombre trató de explicarles con premura la situación para que estuvieran alerta y supieran defenderse.

Habían pasado a estar en el radar del vampiro.

Estaba seguro de que iría a por ellas, como un depredador obcecado en su próxima pieza.

Había olido su sangre y las encontraría aunque se escondiesen en otra ciudad, cosa que difícilmente podrían hacer en ese contexto.

Supuso que iría sobre todo a por Esther, por reconocerla; no se lo dijo, pero vigilaría.

Cuando comprobaron que estaban bien y no sufrían más que algunas contusiones y heridas leves, intercambiaron teléfonos con Demetrio y se marcharon con el doble temor de encontrarse a esa cosa de nuevo por la calle o ser descubiertas por algún policía de balcón.

Alba lo tenía más fácil, vivía enfrente. Demetrio acompañó a Esther por si acaso.

Una vez tratabas con él, Demetrio era bastante amable.

Y así era, aunque pudiera parecer algo seco desde lejos; era una persona afable y cargada de buen humor.

Dado que les había explicado que aquellas criaturas se alimentaban del odio y del terror, no parecía buena idea nutrir su espíritu mientras trataba de darles caza.

—Si os sentís amenazadas, concentraos en algo alegre, en algo positivo, no caigáis en su trampa. Y, por cierto, no los miréis a los ojos.

Ya en casa, rondando las seis de la mañana, Alba cerró la puerta tras de sí y se puso a llorar sin consuelo.

Era consciente de la posibilidad de despertar a sus padres, pero no pudo evitarlo: nada más sentir el calor de su hogar se derrumbó.

Esther, quizás por todo lo que había vivido, no. Pero fue incapaz de dormirse: la emoción, la adrenalina, el descubrir la verdad después de tanto tiempo pensando que estaba loca… Eran demasiadas emociones. Rozó la taquicardia hasta marearse.

Tumbada en la cama, le dolía la cabeza, tenía el cuello a punto de estallar y era incapaz de parar de mover las piernas. Cuando recibió el mensaje de Alba, todavía no había sido capaz de conciliar el sueño. Su cabeza iba a mil.

Mal que bien, pasaron la mañana como pudieron. Esther tuvo que salir a trabajar y Alba asistió a algunas clases online que trataban de recuperar la normalidad dentro de la locura general que era el encierro. Pero la cabeza de ambas estaba todavía en la noche anterior.

Si no les dolieran los golpes, alguna de las dos habría empezado a intentar racionalizarlo y se engañaría a sí misma pensando que todo había sido fruto de la confusión.

Demetrio les escribió alrededor de las cuatro de la tarde.

Creó un grupo de WhatsApp para estar en contacto «mientras esto esté suelto».

Después de tantos años, seguía tratando de escoger las palabras para evitar llamarlos vampiros.

La gente dejaba de escucharlo cuando los llamaba por su nombre. Aunque hubieran sido atacados.

Les explicó que no estarían completamente a salvo hasta que no cogiese de nuevo a Rober y descubriese si estaba solo y era un accidente o si quien lo había transformado seguía por allí y estaba buscando algo.

Alba no se atrevió, pero Esther se ofreció a ayudarlo a encontrarlo, a lo que Demetrio se negó, al menos al principio, para que descansaran y pudieran masticar bien el impacto emocional.

Para enfrentarse a uno de estos es tan importante la mente como el físico. Si lo alimentas con tus pensamientos negativos, da igual lo fuerte que seas o las ganas que tengas de cazarlo: estás muerto.

De momento, esperarían en casa a salvo. Demetrio les explicó que la superstición era cierta y un vampiro no puede entrar en una casa si no se le invita.

«Es una especie de barrera cuántica. Si tu voluntad es firme, no pueden atravesar una puerta abierta.

Si dudas, da igual lo fuerte que sea la puerta, ellos lo son más».

Esther miraba a la calle, pensando en lo desprotegida que había estado aquella noche en la Ruina y desde entonces, vagando de noche buscando respuestas.

También les explicó que otra de sus facultades era el mesmerismo y, si los mirabas a los ojos, podían convencerte de dejarles entrar. «Tienen algo especial que atrae hacia sus ojos, incluso aunque no los veas».

Alba recordó su repentina atracción por aquella ventana y se estremeció pensando que había sido víctima de una trampa, atraída por aquel animal herido, engañada por una bestia sedienta de sangre como si fuera una niña.

Se abrazó a sí misma, temblando, sin atreverse a mirar hacia la ventana.