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Tenemos que hacer algo, ¿ha vuelto a casa?
Alba se despertó alrededor de las siete y media para ir al baño y no pegó ojo desde que vio aquellos mensajes de Esther. Tenía el móvil en silencio y no se había despertado al recibirlos.
Por lo menos había llegado sana y salva a casa de vuelta, pero estaba loca. ¿Qué hacía siguiendo a un tío así de madrugada por la calle?
Desde que hablaron había tratado de relativizarlo todo: lo de su novio había sido una tragedia y ya sabía lo sensible que era ella.
Estaba cerca de considerar toda aquella historia de la sombra y el asesinato una locura, pero cada vez veía más cosas raras en la casa de su vecino.
Tranquilidad por el día, alguna entrada y salida.
Poca cosa. Pero al anochecer…, luces, movimiento, algún ruido ahogado y la furgoneta entrando y saliendo a las horas más insospechadas.
Entendía que era cámara de alguna cadena, tampoco es que estuviera serigrafiada la furgoneta, pero suponía que tendría que cubrir la actualidad según surgiera.
Alba se levantó de la cama y miró por las cortinas para ver si encontraba algo sospechoso o la furgoneta estaba aparcada fuera como pasaba a veces.
Tranquilidad absoluta.
Las luces de la casa estaban apagadas, aunque ya estaba amaneciendo. Ni rastro de la furgoneta, que podía estar fuera como podía estar dentro del garaje. Nada sospechoso.
Alba contestó a los mensajes pidiendo calma y más información y se volvió a la cama, pero fue incapaz de dormir hasta las ocho y media, cuando cayó por puro agotamiento en un estado de duermevela del que su madre la arrancó a las nueve, golpeando la puerta.
No le gustaba que su hija durmiese hasta tarde, ella, que siempre había sido tan activa.
No tenía mucho que hacer: ya le había explicado que el curso estaba perdido y tenía tiempo de sobra para estudiar de cara a unos exámenes que no sabía muy bien cómo iban a poder realizarse.
Pero había leído en un blog que era importante no dejarse ir: quitarse el pijama, hacer yoga, estudiar, hacer pan, cualquier cosa con tal de mantenerse activa durante el confinamiento.
Cuando volvió a abrir los ojos, Esther ya le había contestado a los mensajes explicándole lo que creía haber visto.
Sabía que llevaba días persiguiendo a su vecino y era normal que pudiera parecer extraño lo del guardia jurado, pero es que era muy difícil de creer. De pequeñas era divertido jugar a estar dentro de una peli de asesinos, pero esas cosas no pasaban en el mundo real.
Al menos, no era lo habitual y cuando pasaba lo investigaba la policía, no una barrendera y su amiga estudiante de Relaciones Internacionales.
Aun así, la sombra de la duda planeó sobre la cabeza de Alba.
—Oye, mami, una pregunta. ¿Cuándo se mudó el vecino?
—Yo qué sé, Alba, hija, un año, dos.
—En febrero del año pasado —intervino su padre—. Lo recuerdo porque jugaba el Madrid unas semifinales con el Barça y casi me quedo sin verlo por el técnico que le instaló la fibra.
—¿Febrero? Gracias, papá.
—¿Por qué?
—Porque estaba pensando que es raro, que todavía no lo he visto.
—No es mal tipo, eh, trabaja a horas muy raras con eso de la tele, pero me ayudó a cargar unos muebles para el punto limpio, menudo fenómeno, la fuerza que tiene.
Su padre, de sangre asturiana, no era fácilmente impresionable en ese sentido. «Menudo animal debe ser». Recordó al guardia jurado y cómo lo habían destrozado.
Alba volvió a dudar y pensó en escribir a Esther. No quería alimentar esa fantasía, pero ¿y si no era tal?
Abrió uno de sus libros para distraerse y la tarde se la pasó estudiando. Por lo menos le había cundido y se había olvidado por un rato de aquel asunto.
Pero bastó recordar lo que quería olvidar para que le picase de nuevo la curiosidad y se asomó por la ventana.
La luz del sótano parecía encendida, se veía un ventanuco opacado. Al principio le pareció extraño siendo de día, pero cayó en la cuenta de que si era cámara de vídeo también sería fotógrafo y quizás tenía un pequeño estudio allí abajo, donde más fácil era quedarse a oscuras.
Se sintió observada, como cuando era pequeña y la casa estaba vacía. Un punzón de hielo le recorrió el espinazo cuando le pareció ver que alguien la observaba detrás de unas cortinas en el piso superior.
Pero no estaba haciendo nada malo, solo mirar por la ventana. Trató de excusarse como si alguien fuera a echarle en cara su curiosidad. En realidad, él también la estaba mirando y ella era una chica joven.
Todos los miedos de su infancia volvieron al presente sazonados con un nuevo toque pervertido.
¿La observaría a menudo? Alba, que llevaba una camiseta de tirantes sin sujetador, cómoda para estar en casa, se tapó inconscientemente con los brazos y bajó rápida la persiana. Se sintió vulnerable y algo sucia.
Cuando su madre la llamó para salir a aplaudir no quiso contarle nada. Podría haber sido una simple casualidad y tampoco quería escalar aquella historia.
Desde el porche de casa no le pareció ver a su vecino, el voyeur . No todo el mundo salía a aplaudir; de hecho, cada vez menos personas seguían con el ritual. Empezaron a flojear los más jóvenes. Los adultos continuaban saliendo, sobre todo para socializar entre vecinos.
Al volver dentro ayudó a su madre a preparar la cena: borrajas con patatas cocidas. De pequeña no le gustaban, pero ahora era uno de sus platos favoritos.
—¿Lo ves? —interrumpió su padre mirando por la ventana—. Ahora se va y no vuelve hasta las tantas, así casi todas las noches. No creo yo que sea siempre a trabajar, eh, que también sale por la tarde. Mucho trabaja ese tío.
Alba fingió no darle importancia y le sonrió mientras seguía pelando las patatas, pero volvió a preguntarse si no estaría siendo injusta con su amiga.
Tras la cena, ayudó a recoger la mesa y jugó una partida de continental con sus padres, un juego de cartas similar al chinchón y al póker, que ganó su padre.
Antes de las once se recogió a su habitación, donde, casi por instinto, lo primero que hizo fue mirar por la ventana.
Toda la casa estaba a oscuras menos el sótano, de donde escapaba una pequeña luz a través de la ventana tintada.
Abrió la ventana para escuchar la noche y apartar aquellas ideas, pero coincidiendo con el gozne le pareció oír un grito ahogado de dolor. Una punzada de nervios le atravesó el estómago: ¿se lo habría imaginado?
Volvió a cerrar y abrir la ventana sin conseguir replicar el sonido.
No estaba segura. Lo más probable era que la tensión le hubiera jugado una mala pasada. Volvió a asomarse y todo parecía en calma, pero algo la llamaba desde esa ventana, como si no pudiera apartar la vista de esa débil luz negra que emanaba del semisótano.
Trató de imaginar qué podría haber allí y por qué dejaba la luz encendida a pesar de irse.
Cuando viajaba le gustaba mirar a través de las ventanas para imaginarse la vida de la gente, en especial cuando se hacía de noche y no tenía alojamiento, como le había pasado de Interrail.
Miraba a esos grandes ventanales sin persianas que hay por Europa y se imaginaba cómo sería estar relajada en casa, calentita, confortable, disfrutando de la programación nacional y una buena cena en esas gigantescas teles mientras ella y sus amigas buscaban un hueco donde dormir en las inmediaciones de la estación de tren.
Esta noche voy a entrar, ¿me ayudas?
6 de abril de 2020. 23:16
No sabía que le sorprendía más, si las intenciones de su amiga o la hora que era. Llevaba casi una hora ensimismada, mirando por la ventana hacia esa luz.
Una intuición funesta se cruzó por su cabeza, como aquella sombra lo había hecho por el rabillo del ojo de Esther.
No podía dejarla sola. Era una locura y estaba prohibido salir, pero tenía que ayudarla.
A qué hora
6 de abril de 2020. 23:18
No sabían cuándo volvería su vecino, pero confiaban en que no fuera antes de las tres o cuatro de la mañana. Decidieron que a la una ya estaría casi todo el vecindario dormido, incluidos los padres de Alba.
El plan era merodear un poco y ver si la casa estaba ocupada y tenía alarmas, sin forzar. Tenían que estar muy seguras de no liarla porque, al fin y al cabo, ni ellas eran unas delincuentes ni aquello era una película.
Por menos de nada Esther podría perder su trabajo en el Ayuntamiento y Alb no quería ni pensar en lo que le harían sus padres.
No pegó ojo hasta la hora señalada. Su padre se había acostado pronto, pero su madre se quedó viendo una película hasta las doce y algo. No estaba segura de que se hubiera dormido, pero al salir al pasillo escuchó sus característicos ronquidos sobre los que tantas veces bromeaba su padre.
Bajó por las escaleras intentando no hacer ruido y decidió que era mejor salir por la puerta trasera, que sonaba menos que la principal. Esperaría unos minutos antes de abrir, por si escuchaba algo.
Fuera esperaba Esther, disfrazada para la ocasión con una braga de cuello negro, a juego con su chándal y capucha.
—Tía, qué pro, yo no llevo ni gorro. —Alba cayó en la cuenta de que su camiseta rosa de gimnasio y su chándal gris decían de todo menos merodeadora.
—Te van a ver.
—Ya bueno, pero no vamos a entrar entrar, ¿no? —El silencio por respuesta no terminó de convencer a Alba—. ¿No?
—A ver, si no vemos nada raro…, no. —Esther estaba decidida a entrar y Alba lo sabía. Era tímida pero muy cabezota.
Colarse en la parcela fue tan fácil como saltar la valla. Solo se aseguraron de que no hubiera nadie mirando desde las ventanas cercanas. La puerta no tenía ninguna pegatina de alarma y sabían que no había perro.
Recorrieron el perímetro de la casa hasta acercarse a la ventana encendida.
Alba dudó, su sentido común le decía que volviese a su hogar.
Esther, aunque disimulaba su miedo para no desanimar a su amiga, estaba aterrada.
Sabía que tenía que hacerlo, pero le dolía la tripa de los nervios desde que atisbó aquella luz.
Un dolor físico y real que le provocaba náuseas.
Si no hubieran estado a oscuras habría sido incapaz de disimular.
La ventana estaba tintada a mano. No era un cristal negro. Habían pintado con poca destreza encima, como en las manualidades del colegio, cuando Alba pintó un vaso con la imagen de Tarta de Fresa, una niña de dibujos animados. Había huecos por donde mirar y así hicieron, con miedo a ver algo.
Bingo.
En el centro de la habitación, un hombre atado de pies y manos a una silla luchaba por permanecer consciente, oscilando la cabeza, tapada por un saco, de lado a lado.
—A… ¡AYUDA! —gritó como si se supiera observado—. ¡Que alguien me ayude!
Las dos amigas, agachadas en cuclillas para ver por la ventana, cayeron hacia atrás, apartándose con torpeza como dos cangrejos.
—Hostia, ¿qué hacemos? Tenemos que llamar a la policía, tía —dijo Alba.
—No… no, primero hay que sacarlo.
—Pero ¿qué dices? Que no, que hay que llamar a la policía.
—¿Y cuándo va a llegar, si el 112 está colapsado?
—A la Guardia Civil.
—Que no, que no van a coger, que hay que sacarlo de ahí ya, vamos, antes de que vuelva.
Esther se reincorporó y antes de que su amiga pudiera detenerla se acercó corriendo a la parte de atrás de la casa e intentó forzar la puerta sin éxito.
—A la mierda —dijo mientras rompía la ventana del fregadero con una silla plegable de madera.
—¡Nos van a oír!
—Mejor.
«Vaya momento de empoderarse», pensó Alba. Ella era más impulsiva y extrovertida, Esther solía ser menos decidida.
Sin tiempo para razonarlo, se colaron en la casa que tantas veces había sido escenario de sus pesadillas imaginarias. «¿Casualidad?», pensó Alba mientras seguía a su amiga hacia el sótano.
La puerta estaba cerrada, pero la llave colgaba al lado.
—¿QUIÉN ES? ¿QUIÉN ES? ¡AYUDA!
Alba y Esther bajaron las escaleras corriendo, sin pensar en que pudiera esperarlas cualquier peligro, cualquier trampa —un escalón serrado, unos clavos—.
Llegaron hasta el sótano y, sin detenerse, se acercaron corriendo a la silla, colocada estratégicamente en el centro de la sala, sin darse cuenta de que al hacerlo atravesaron y rompieron un círculo de sal.
—¡NO ME HAGAS NADA! ¡NO ME HAGAS NADA, POR FAVOR! —gritó el aterrorizado secuestrado.
Desencapucharon al hombre, que resultó ser un chico joven al que Alba creyó reconocer.
—Tú eres… Tú eres guarda de seguridad, ¿no?
—Venga, primero hay que sacarlo.
—¡Sí! Me llamo Roberto, ayudadme, por favor. ¿Quiénes sois? ¡Va a volver! ¡Es su hora! —Su cara de terror azuzó las prisas de las dos jóvenes, que desataron a toda velocidad los lazos que lo sujetaban a la silla sin darse cuenta de que apenas eran unos simples jirones de seda.
Esther, que se quedó con uno en las manos, lo miró extrañada. No era un material demasiado fuerte: cualquiera habría podido deshacerse de la sujeción, incluso rompiéndola.
Miró al suelo y vio el círculo de sal.
Levantó la mirada y apreció el color de piel de Rober, entre grisáceo y azulado. Y su sonrisa: los dientes afilados entre esos labios rojos, con retazos sangre en la comisura y en la barbilla. No parecía que lo hubieran golpeado.
Antes de que pudiera advertir a Alba, que seguía en cuclillas deshaciéndose de los restos del lazo, Rober se abalanzó sobre ella chillando como una hiena, y le golpeó la cabeza contra el suelo.
—Mírala, si es la zorrita fisgona de la Ruina. —Sus manos apretaron el cuello de Esther, asfixiándola.
Alba, incapaz de moverse, no entendía qué estaba pasando.
—¿Estás buscando a tu novio? ¡Yo te llevo con él!
El grito sordo de Esther al escuchar sus palabras provocó una mueca de satisfacción en Rober que lo distrajo lo suficiente como para que Alba, ya recuperada, pudiera golpearlo con la silla.
Él se tambaleó, pero se levantó rápido y se dirigió hacia ella. La lanzó contra la esquina de la habitación
—Me voy a divertir con vosotras, putitas.
—¡EH! Hijo de puta, mira aquí. —Al pie de las escaleras, el dueño de la casa apuntaba con una escopeta de caza recortada con un silenciador casero al cuerpo de Roberto.
—Las balas no sirv…
El ruido ahogado de la escopeta interrumpió a la criatura, que aulló de dolor como un lobo al recibir el disparo.
—Pero el ajo sí, gilipollas —dijo levantando un crucifijo y avanzando hacia el cuerpo del antiguo guardia de seguridad, que comenzó a encogerse y convulsionar, retorciendo de dolor los brazos.
Alba y Esther no habían sido capaces de levantarse del suelo todavía cuando el chico se alzó de nuevo. Con la cara desencajada de odio y dolor, bufó a su captor y se lanzó contra la ventana, atravesándola para huir en la noche.
—¡JODER! —maldijo el hombre, ajeno a las caras de terror y perplejidad de las muchachas—. ¿Qué coño estabais haciendo?
Como no le contestaron, se presentó:
—Me llamo Demetrio, Demetrio Dombriz.