15 #3
Cuando llegó Inocencio, alertado por las monitoras del ala femenina, pues el campamento era segregado, dos de las participantes estaban inconscientes, el resto gritaba y la organizadora convulsionaba y vomitaba.
Sobre la mesa, un vaso lleno de un extraño humo permanecía adherido a la superficie de la tabla.
Ninguna de las monitoras había sido capaz de arrancarlo o destruirlo.
Haciendo caso omiso a los chillidos de la médium, Inocencio se hizo con un ejemplar de la Biblia y golpeó furioso el vaso con él, lanzándolo contra la pared y haciéndolo añicos.
En ese mismo instante, las luces parpadearon y un grito desgarrador inundó la habitación.
Todos lo achacaron a la joven médium, que acto seguido cayó desplomada como sus compañeras, pero ninguno de los allí presentes habría podido identificar a ciegas el origen del sonido.
Llegaba a la vez de todos los puntos de la habitación, de fuera y de dentro de sus cabezas.
La segunda ocasión, durante su estancia en Roma, apenas tuvo consecuencias directas durante la sesión.
Solo el escalofrío que recorrió a todos los participantes, sacerdotes como él, cuando se identificó como un udug, un demonio sumerio de tipo menor, y las velas se apagaron por una corriente de aire.
Nada espectacular, producto, con toda probabilidad, de la sapiencia de los participantes y de la casualidad, diría quien no conociera la noche que pasaron los allí reunidos una vez aislados en la soledad de sus habitaciones.
Apenas compartieron sus experiencias al día siguiente por miedo a ser reprendidos o tachados como locos.
No volvieron a hablar del tema, eso ayudó a olvidarlo.
Pero Inocencio todavía recordaba el temblor de su cama, que llegó a levantar las patas del suelo en varias ocasiones, y el ruido de piedras golpeando las paredes de su habitación.
Apenas pudo pegar ojo por el ruido de cristales rotos procedente de ninguna parte, los grifos abiertos sin causa aparente o los susurros al intentar conciliar sueño.
Terminada la oración, Inocencio requirió al joven Adolfo que colocara sus dedos sobre la planchette, la pequeña púa de metal con una abertura que dejaba leer la letra o carácter sobre el que se posaba.
La vieja tabla de Inocencio, completamente artesanal, contaba solo con lo estricto y necesario para la comunicación: letras, números y las palabras sí, no y adiós.
El párroco había preferido fabricarse una propia, sin ningún tipo de dibujo o decoración, disgustado por la cantidad de símbolos paganos o satánicos que solían adornar las tablas comerciales.
Menudo disgusto se llevó el día que descubrió que se vendían en los kioscos de prensa como juguete para niños.
—¿No deberíamos tocar todos el mando? —preguntó el padre.
—No, no…, no es un mando, pero además solo serviría para que nos costase más contactar.
Un pequeño pero perceptible movimiento en la planchette sacudió el sistema nervioso de Adolfo hijo, que soltó con celeridad el instrumento y echó para atrás la silla con un respingo, provocando el sobresalto de su madre.
—¡Se ha movido! —acertó a decir.
— Pero si no hemos intentado ni contactar, cómo va a… —Las dudas del sacerdote quedaron disipadas en cuanto la punta salió disparada hacia la letra A, sin nadie a los mandos.
Y…, U… De forma tan repentina como había comenzado, la planchette se detuvo de nuevo sin culminar la palabra, aunque no hiciera falta.
—¿Es algún truco? —Adolfo padre navegaba entre el nerviosismo y el escepticismo.
En ese momento le habría gustado no haber cedido a la presión.
No sabía si se estaban riendo de él o si de verdad había alguien más con ellos, su hija, en la pequeña cocina, cuya atmósfera se le comenzaba a antojar opresiva e irrespirable.
—No, pero no sé por qué… ¿Por qué ha parado? —El sacerdote estaba tan desconcertado como sus compañeros de sesión, incapaz de explicar lo que acababa de ver.
—Cariño, ¿eres tú? —La madre no dudó, solo le importaba contactar con su hija.
S…, O…, Y…
—¿Estás muerta? —Su madre solo quería respuestas.
N…, O…, M…, U…, E…, R…, T…, A…
—¿No lo estás? —Inocencio retomó la dirección del interrogatorio, sorprendido por la afirmación del ente.
N…, O…, M…, U…, E…, R…, T…, A…
—¿Dónde estás? ¿Cómo puedes hablarnos entonces?
F…, R…, I…, O…, M…, I…, E…, D…, O…
—¿Pero estás vi…? —Una repentina y violenta ráfaga de viento interrumpió la pregunta.
Las velas tintinearon y un tremor agitó la mesa, paralizando a los presentes.
N…, O…, M…, U…, E…, R…, T…, A…
—¿Quién eres? —Más que una pregunta, el sacerdote exclamó una orden propiciando un repentino silencio.
N…, O…, M…, U…, E…, R…, T…, A…
Un estallido de cristales invadió la habitación acompañado de un temblor de la mesa, que llegó a levantarse furiosa casi veinte centímetros del suelo; parecía como si cada vaso, cada taza, cada plato y todas y cada una de las ventanas hubieran estallado al unísono.
Pero cuando consiguieron reaccionar, todo estaba normal. Revisaron cada estantería y todo estaba intacto. El sacerdote, tan afectado como el resto, recogió la grabadora y rehusó escuchar la cinta en el mismo momento, a pesar de los ruegos del padre.
—No, no…, es mejor no hacerlo, podría afectarnos gravemente. No conviene escucharlas en el mismo lugar de la grabación y mucho menos con la sesión tan… reciente.