15 #2
Pensó en un perro guardián. A lo mejor la casa estaba protegida por un feroz can al que venían a alimentar con sacos de carne por sabe dios qué motivo.
De alguna forma tenían que ganarse la vida aquellos dos ganapanes o quienes se les parecieran.
Intentó llegar a gachas sin hacer ruido hasta la ventana por la que había entrado, suplicando para no ser detectado.
Sollozando, avanzó por la cocina, poco a poco, hasta la puerta.
El ruido en el sótano se detuvo de nuevo, pero, lejos de tranquilizarlo, lo inquietó más. «¿Me estará escuchando?», temió.
La luz en la cocina se encendió y apenas pudo contener su orín, le temblaron las piernas y los brazos y se dio de bruces temblando con el suelo.
Enfrente, bajo el marco de la puerta, un señor de mediana edad sujetaba con un brazo, sin apenas esfuerzo, su bicicleta.
—¿No será tuya? —El ligero acento dálmata delató al nuevo propietario del edificio. Quique no sabía a qué atenerse, si estaba salvado o se le iba a caer encima una buena. Le habían dicho que era un hombre simpático—. Contesta, chaval, que no muerdo.
—Sí…
—¿Qué haces aquí?
Quique, sofocado, apenas era capaz de articular palabra. Toda su fantasía de poder desmontada ante la terrible realidad de ser un mierdecilla.
—No voy a hacerte nada. —El croata sonreía divertido ante el temor del niño, casi relamiéndose.
—He venido a por el pañuelo de una amiga.
—Ah, de… Celia, ¿verdad? —dijo sacándolo de su chaqueta—. Sí, buena chica, simpática, ¿te gusta?
—N… no…, yo es que…
—Pues parece que te has metido en un buen lío para no gustarte, jovencito.
—Ya…, no…, pero…
—¿Sabe ella que estás aquí? ¿Se lo has dicho a alguien?
—No, no…, no le diga nada, yo…, mis padres no…
—Ya…
—¿Me dejará marchar?
El hombre entornó los ojos, sopesando sus siguientes pasos. Un nuevo ruido en el sótano y un lamento, un profundo lamento, interrumpió la partida y revolvió todas las fichas.
La ligera sonrisa desapareció durante unos breves instantes del rostro del adulto y sus profundos ojos, enterrados bajo su prominente frente, atravesaron a Quique, carentes de cualquier rastro de humanidad.
—Claro que sí, pero necesito que me ayudes un momento…
Tras un breve e incómodo silencio, Quique rompió a correr hacia la puerta, preso de un arranque de pánico. Pero Vuk lo agarró con la mano del pañuelo, levantándolo en vilo como quien sostiene un cachorrillo.
—Pero si he dicho que no voy a hacerte nada…
Por primera vez, Quique fue consciente de verdad de la dimensión del lío en el que andaba metido.
Ya no cabía la duda sobre el contenido de aquel saco, ya no temía la llegada de ningún vigilante o coche de policía. Ojalá.
Lo que allí se estaba tejiendo era mucho más siniestro. La fuerza de aquel hombre era tan desproporcionada como la frialdad de su mano.
Vuk lo llevó en vilo hasta la puerta del sótano, junto a la gran escalinata, y lo lanzó escaleras abajo, con violencia.
Nunca habría pensado que un adulto fuera capaz de tratar así a un niño. Aulló de dolor, sin siquiera reparar en que estaba sangrando y cubierto de astillas.
El hombre descendió por las escaleras a oscuras, con gran parsimonia y un extraño brillo en los ojos, hasta que encendió la luz.
Con el sótano iluminado y entre pequeños chillidos y sollozos, Quique reparó en el saco abierto en el suelo, al pie de las otras escaleras.
Un cuerpo humano, una chica joven, asomaba ensangrentada.
Todavía estaba viva, pero, a su lado, una criatura desnutrida, con la piel consumida en torno a sus delgados huesos, con el pelo muy largo y canoso, un ser que apenas habría podido definir como mujer, degustaba encorvada y semidesnuda lo que debía ser uno de sus brazos.
Quique recordó las pinturas negras de Goya, que había estudiado en clase ese año y que le habían fascinado por su crudeza.
— Evo deserta …
***
No fue sencillo hablar con la familia, pero una vez destapado el tarro de lo sobrenatural, pronto admitieron que había un elefante en la habitación susurrándoles al oído.
El más reacio, Adolfo padre, rompió a llorar cuando escuchó las cintas y admitió que una de las noches que su mujer había dicho ver a su hija él pudo entrever algo, aunque estaba demasiado asustado para abrir los ojos.
No creían en fantasmas, pero creían en lo que estaban viendo.
Que fuera un sacerdote y no una vidente cantamañanas, como alguna que se había presentado ante su puerta en esos meses, ayudaba.
Lo único que pidieron fue discreción: habían capeado muy bien a la prensa local para no llamar la atención de ningún medio nacional, gracias en parte a su amistad con Jorge Rodríguez, conseller de Administración Pública de la Generalitat, compañero de colegio y padrino de su hija.
Evitaron acudir a Quien sabe dónde, un famoso programa de Televisión Española, presentado por Paco Lobatón, en donde trataban de encontrar a algunas de las muchísimas personas que desaparecían cada día en España.
Si el párroco consideraba que era necesaria una sesión de espiritismo, aunque fuera poco ortodoxo, la harían.
Sin informar a la diócesis.
Una pequeña ceremonia que llevarían a cabo entre ellos, sin invitados. El sacerdote confiaba en la receptividad del hijo, que era quien parecía tener un vínculo más fuerte con su hermana, salvando los primeros episodios con la madre.
—Padre, ¿seguro que esto es necesario?
—No estoy seguro de nada, Adolfo —contestó con franqueza—, pero si vuestra hija necesita nuestra ayuda, no perdemos nada por equivocarnos.
Sentados alrededor de la pequeña mesa de la cocina, con las persianas bajadas y bajo la tenue luz de unas velas, Inocencio dirigió una breve oración para bendecir la sesión.
El espiritismo estaba estrictamente prohibido por la Iglesia, pero su práctica se reflejaba en la propia Biblia. Cualquier herramienta era válida, a ojos del cura, para salvar el alma de una joven.
No estaban jugando.
—¿No estaríamos mejor en el salón? —preguntó la madre, todavía coqueta en estas circunstancias.
—¡No! —Inocencio fue tajante—. Es mejor que estemos juntos, que podamos tocarnos las manos si debemos reconfortarnos en la oración.
Ahora escuchadme bien. Pase lo que pase, y lo más normal es que no pase nada, debemos continuar y controlar nuestras emociones, no caigamos en la histeria —dijo mientras conectaba la grabadora, colocada con discreción sobre la encimera.
Inocencio sabía de lo que hablaba porque no era la primera vez que realizaba una sesión.
Ni la quinta.
En la gran mayoría no había ocurrido nada más allá de la broma de algún compañero de seminario o la casualidad de algún ruido en el exterior, pero las veces que había funcionado…
Por lo menos en dos ocasiones había visto cosas que no tenían explicación a pesar de la sugestión colectiva. Por eso sabía que era imprescindible que nadie, absolutamente nadie, cayera en el pánico.
La primera ocurrió siendo monitor de un campamento del Opus en Comillas, hacía por lo menos treinta años.
No estaba presente cuando iniciaron la ouija, solo llegó para sofocar las consecuencias.
La hija de una conocida vidente, en teoría contactada con la Virgen y muy bien relacionada con el Régimen, había decidido ganarse a sus compañeras haciendo gala de las presuntas facultades heredadas de su madre.