Las Palmeras 15
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Sentado a solas en la pequeña sacristía de la parroquia, en el piso superior, el sacerdote contemplaba a través de la amplia cristalera la puesta de sol mientras sostenía en silencio la cinta de casete, temeroso de volver a escucharla.

El mensaje, una vez que se estaba atento, era nítido e innegable: una voz femenina, quizás una chica joven, pedía auxilio.

Bajó los estores con suavidad para no ser observado desde fuera por ningún curioso o paseante y se sirvió un nuevo vaso de ron. Llevaba meses sin beber, por su corazón, pero no podía evitarlo.

Inocencio había leído mucho sobre las psicofonías. El músico ucraniano Friedrich Jürgenson fue el primero en darse cuenta al escuchar la voz de su padre —muerto hacía años— en la grabación del canto de unos pájaros cerca de su casa.

Tenía una cinta, regalo de la revista Más Allá , con muchas de ellas. Lo que nunca había hecho era grabar una. Ni consciente ni inconscientemente.

No sabía cómo afrontar la situación. ¿Se lo contaba al padre de la chica? ¿Le ponía la cinta a ver si con suerte escuchaba lo mismo que él? Corría el riesgo de ser considerado el autor de una broma macabra.

Tras una breve reflexión, escuchando de nuevo la cinta, Inocencio pensó que estaba siendo injusto.

Lo importante debería ser ayudar a quien fuera que hubiera lanzado el mensaje. Si había escuchado bien, y lo había hecho al menos veinte veces, alguien pedía ayuda desde otro plano.

La luz del atardecer, filtrada por las telas, le pesaba en los párpados ayudada por el dulzón licor de caña de azúcar mientras daba vueltas a la cabeza sobre cómo actuar.

Entre los pocos libros que podía guardar en la sacristía, del tamaño del altar, que se encontraba justo debajo, estaba uno sobre espiritismo y formas de contacto con el más allá, una rara edición de un ejemplar británico de principios de siglo, traducido al castellano.

No decía nada sobre psicofonías, pues todavía no se habían descubierto, pero sí hablaba de otras formas de comunicación, como la tabla de ouija o las mesas parlantes, que calificaba como fraude.

También otras técnicas menos practicadas de adivinación mediante espejos.

Pero todas requerían de un interlocutor con cierto don, cosa de lo que él carecía.

Siempre había sido un canto rodado. Quizás el joven Adolfo, pensó, pudiera tener la chispa necesaria, ya que había canalizado los primeros mensajes.

El cansancio, la luz y el ron terminaron por hacer mella e Inocencio sucumbió unos instantes al sueño mientras ponía en orden sus ideas.

Cómo explicárselo a los padres.

Cuando abrió los ojos ya era casi de noche. La luz de la luna bañaba los bancos de piedra, blancos como lápidas, vacíos como si esperasen a su público para una misa de medianoche.

Al asomarse a través de los estores del ventanal se sobresaltó: una silueta esperaba al otro lado de la puerta de la finca.

Pensó que podía ser su sobrina en un primer momento, por el cabello rubio, pero en cuanto pudo ajustarse bien las gafas y frotarse los ojos para quitarse el sueño, le pareció reconocer a una de las camareras del bar al que solía acudir para almorzar.

Parecía observarlo desde allí, en la distancia. Tal vez solo miraba la débil luz que la lamparita de mesa proyectaba a través de las telas. Era difícil que pudiera apreciar más que una silueta, pero miraba directamente a Inocencio.

Un ligero escalofrío le atravesó la columna, suave pero electrizante, y apagó la luz.

Hizo ademán de recoger sus cosas, pero se detuvo, sin saber qué hacer. Se sintió algo estúpido y volvió a asomarse al exterior, furtivo, convencido de que era una tontería asustarse por una chica joven.

Ya no había nadie en la puerta.

A lo mejor solo pasaba por allí y se había quedado mirando la luz. No la conocía demasiado, pero siempre se había mostrado amable y sonriente cuando le atendía.

Aun así, dilató sus movimientos, retrasando la salida. Recogió sus libros, ordenó los papeles y metió la cinta y el libro en su maletín de cuero. El viento cálido, perfumado con azahar, le acarició el rostro, devolviéndole el contacto con la realidad.

Hinchó los pulmones y expiró profundamente. «Qué maravilla de parroquia».

No había nadie fuera. Solo al salir al paseo principal se encontró con un grupo de chavales que iban en dirección al cine de verano.

Al pasar enfrente del retablo cerámico de san Roque, situado en una pequeña ermita a uno de los lados del paseo principal de Las Palmeras, se detuvo unos instantes a rezar un padrenuestro.

***

Ni él mismo se creía capaz, incluso a mitad de camino se había planteado darse la vuelta. Era una locura. Quique no sabía bien si llegaría, pero al menos sabía volver. «Los riesgos hay que saber controlarlos».

Nacho y Demetrio iban con Sergio, que se sabía el camino. Él solo llevaba indicaciones. Pero llegó.

Delante del viejo caserón, la noche era más oscura. Los andamios, los plásticos, la hormigonera y los aperos de obra la desacralizaban y relativizaban las tinieblas, pero el caserón seguía siendo el caserón.

No era muy ducho en películas de terror, sus padres no le dejaban verlas y a él le parecían casi tan estúpidas como las de ciencia ficción. Pero los pocos terrores nocturnos que conocía lo acechaban a la vuelta de cada esquina.

Temía más la mano del hombre que la de cualquier fantasma o, al menos, eso quería pensar. No podía descartar que algún vagabundo aprovechase para dormir bajo aquel viejo techo en obras.

Iría con cuidado.

El dueño, según había entendido, se alojaba en otro lugar, cerca del Aquópolis al que sus padres jamás querrían llevarlo. Mejor, porque le daban miedo los toboganes.

Quique aparcó la bici cerca de unos arbustos, lo justo para disimularla un poco, pero sin acercarse demasiado.

No le gustaba pincharse y le daba miedo que hubiera garrapatas, pero no quería que nadie lo viera desde fuera si había una ronda de seguridad o algo por el estilo.

Y como alguien le robara la bici estaba bien jodido.

La puerta principal estaba cerrada y no intentó abrirla.

En la parte trasera, una puerta inclinada daba acceso al sótano, pero era menos apetecible y, al fin y al cabo, allí abajo no habían estado sus amigos.

Entonces divisó una ventana accesible y sin cristales, que estaban apoyados cerca para ser colocados en breve.

Parecían blindados o, al menos, muy gruesos.

En su casa, cuando fuera mayor, pondría cristales de esos.

Henchido de orgullo por haber llegado hasta allí y sin escuchar ruido alguno desde el exterior, se introdujo como pudo, con miedo a hacerse daño pero decidido. Por fortuna, no había nadie mirando para reírse de su escasa agilidad. «Pero le estoy echando huevos», pensó orgulloso.

Dentro estaba oscuro, muy oscuro; la luz de la luna apenas se filtraba por la suciedad de las ventanas viejas que quedaban por retirar. Tuvo que encender la linterna.

Estaba despejado, fuera de peligro. Solo quedaba buscar el pañuelo y salir huyendo a tiempo de no levantar sospechas en casa.

Era difícil concentrarse en la búsqueda con la imaginación desbordada dibujando siluetas en las sombras, pero qué dulce premio imaginaba siendo el centro de todas las miradas al día siguiente. Cómo no iba a quedar impresionada Celia, quizás con sutileza y sin querer reconocerlo, por un gesto así.

Lo que daría por escucharla hablar de él con sus amigas con la ilusión de quién descubre que siente algo por alguien. «Tía, es que es tan…».

El crujido de la madera lo devolvió al mundo real. Quique se paralizó durante treinta segundos que le parecieron trescientos; sin respirar, temiendo escuchar un nuevo ruido.

No fue capaz ni de esconderse o agacharse, solo acertó a tapar la luz de la linterna con la mano.

Animado por el silencio, reemprendió la búsqueda y llegó a lo que parecía una cocina. Ahí habían estado hablando un rato largo, según les había entendido, así que era fácil que encontrase pronto su premio.

Todavía había vasos encima de la pila y algunas sillas altas improvisaban corrillo. Si olfateaba bien, incluso olía a ella.

Estaba buscando por el suelo, por si se hubiera caído en algún momento, cuando el ruido lejano de un coche le trajo un mal presentimiento y se acercó a la ventana.

Como temía, el vehículo se acercaba hacia el caserón por el camino de tierra. La creciente luz y el ruido del coche encogieron su pequeño corazón: la había liado por una chica que no le haría caso nunca.

Quique deseó con todas sus fuerzas que aquel vehículo, que ahora cegaba la ventana con el resplandor de su faro, no fuera la policía. Y el diablo lo escuchó.

Con el corazón en un puño, limpió un poco el polvo de los cristales y se asomó con miedo para saber a qué atenerse.

Un Corsa blanco se detuvo en la parte trasera del caserón y, sin apagar las luces, dos jóvenes se bajaron de él. Apenas pudo distinguirlos, pero hubiera jurado que eran los amigos de Sete que había visto esa misma tarde.

Se dirigieron a la puerta del sótano. Si no veían la bici, quizás pudiera escapar si montaban algún jaleo. Estaban nerviosos, casi tanto como él. Volvieron al coche y abrieron el maletero, del que con gran dificultad extrajeron un saco entre los dos.

Quique habría jurado que se movía, pero entre la luz, el polvo y los nervios apenas distinguía nada.

Después de lanzar el bulto al sótano, cerraron la puerta entre los dos y el Rubio se encendió lo que parecía un cigarro, pero enseguida lo tiró y salió disparado hacia el coche cuando un ruido los alertó.

El mismo ruido que congeló el corazón de Quique.

Esta vez no había duda de que había alguien más en la casa. Los golpes del sótano eran pasos, apresurados, desacompasados, como los de un animal dubitativo, pero pasos.

El coche desapareció tan rápido como había llegado y la oscuridad y el silencio envolvieron de nuevo la cocina cuando los pasos se detuvieron.

Quique se había ido agachando de puro miedo y estaba aguantando las ganas de llorar. Con la respiración entrecortada, apagó la linterna.

Quería salir de allí como fuera.