Las Palmeras 14 #2
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Nadie sospechaba nada: era normal que prefiriese estar ocupada, deambulando, que encerrada en casa, reconcomiéndose por la muerte de su novio o por la ausencia de su madre.

El vecino de Alba también tenía vía libre: no podía trabajar desde casa más que cuando editase las imágenes.

Aquella última vez, hablando con el guarda, parecía estar grabando el pueblo desde arriba. Pero desde lejos le pareció que vigilaba el edificio abandonado, en busca de algo.

¿Qué podía atraerlo? No lo sabía, quizás algo que hubiera ocultado allí, algo que podía estar buscando aquella noche cuando Marco lo interrumpió, lo que desencadenó un forcejeo que terminase con la caída.

¿Droga? No parecía un hombre peligroso. Estaba algo pasado de peso, llevaba el pelo más largo que corto y una frondosa barba. Tenía más en común con Santa Claus que con un narco de película. Pero Esther tampoco se movía en esos ambientes.

Desde hacía unos días, frecuentaba tres o cuatro calles en la otra punta del pueblo. Al principio pensó que estaría relacionado con otro periodista, famoso o al menos conocidillo, que vivía por allí. Puede que trabajase para él.

Pero no, alguna vez los vio cruzarse sin saludarse siquiera. Incluso le pareció que el vecino de Alba mascullaba un «soplapollas».

Los primeros días de abril, Esther volvía a su casa después de un largo turno sin atreverse a salir por la noche de nuevo, por si la pillaban.

Pero el día 5, después de hacerle la cena a su padre, la curiosidad le nubló el buen juicio. Esperó unas horas a la madrugada y se escabulló entre las sombras, dispuesta a comprobar si aquella furgoneta seguía fuera.

Se vistió con ropa oscura y salió de casa intentando hacer el menor ruido posible. Su padre dormía en el sofá, escuchando de fondo la enésima polémica, inventada o no, en las tertulias donde trabajaba aquel otro periodista.

Intentó andar deprisa, sin llamar la atención de ningún policía de balcón. Era raro que alguien se asomase desde su chalet al lado de la calle, salvo que fuese a fumar un cigarrillo en el porche delantero.

Aquel era un pueblo residencial, de extensión horizontal, con pocos edificios en altura. «De película americana», pensaba siempre Esther.

Antes de llegar, hubo de ocultarse entre unos cubos de basura cuando una familia salió con algo de estrépito a la calle para montar al abuelo en el coche, entre grandes toses y dificultades.

Tardaron en organizarse y decidir dónde iban a llevarlo y quién se quedaría en caso de que pudiera acompañarlo, resultando ganador el padre de familia, yerno de aquel hombre.

Entre llantos y nerviosismo, los hijos y la madre, en pijama todavía, se metieron de nuevo a casa y devolvieron el silencio a la calle.

Esther se recompuso y salió de entre los contenedores.

—Siempre trabajando —bromeó en voz baja.

Al llegar a la zona, descubrió la furgoneta aparcada y no se sorprendió, pero tomó consciencia de lo que estaba haciendo.

Si ese tío era peligroso, ¿qué iba a hacer ella? Alba siempre había destacado en el aspecto físico, le gustaba competir en todos los deportes, pero ella era todo lo contrario.

La duda la sobrevoló apenas lo que tardó en recordar aquella noche en la Ruina y todas las posteriores, en las que sintió que estaba volviéndose loca por imaginar sombras.

Qué casualidad que, al poco de mudarse ese hombre al barrio de Alba, un pueblo tranquilo como aquel hubiera sufrido al menos dos muertes violentas, que ella supiera.

Quizás la pandemia había servido para ocultar más desapariciones, con la gente desconectada, asustada y aislada de su entorno habitual.

Pensó en cuánto tardarían en darse cuenta si ella desaparecía aquella misma noche. Pero había podido seguir trabajando con relativa normalidad y su padre era muy dependiente. Unos u otro la echarían en falta rápido.

Se sintió algo reconfortada.

Las luces de todas las casas estaban apagadas, menos una. Escondida entre dos coches, Esther observó a una mujer asomarse entre las cortinas. Siendo cerca de las tres de la mañana, le extrañó tanto que se fijó.

Le sonaba de algo, del Ayuntamiento: su marido había sido concejal mucho antes de entrar ella a trabajar, pero los dos seguían muy activos en la asociación de mujeres y en la de jubilados.

—Nena, que no se hagan contigo estos, tú imponte, bonita —recordó que le dijo una vez, al poco de empezar a trabajar, en referencia a sus compañeros.

¿Y ahora qué? ¿Se iba a quedar toda la noche esperando movimiento?

Ya eran cerca de las cuatro cuando empezó a arrepentirse. Ni siquiera estaba segura de que hubiera nadie dentro de la furgoneta.

Recordó la historia de Daniel el Empanado, un amigo de Marco, que estuvo alrededor de cuarenta minutos parado detrás de una furgoneta pensando que era un atasco. Luego descubrió que estaba aparcada delante de una calle cortada.

Se sintió un poco estúpida y vulnerable. Volvió a dudar si no sería todo fruto de sus ganas de encontrar un culpable de la muerte de su novio.

Un estruendo a sus espaldas y un aullido la devolvieron a la realidad con la crudeza de un puñetazo en el estómago.

No muy lejos de allí, apenas logró entrever cómo una sombra golpeaba a otra con ferocidad, pero el miedo pudo con ella y se agazapó.

Al sentir que los pasos se dirigían hacia ella, pensó rápido y se metió debajo de uno de los coches, como un gato asustado.

Vio pasar unas zapatillas desgastadas y unos vaqueros que reconoció enseguida. Tenía que ser aquel hombre, el vecino de Alba.

Contuvo la respiración, notó como los músculos del cuello se contracturaban de la tensión y luchó por no chillar de terror.

Escuchó más golpes, esta vez contra un coche, pero lejos como para permitirle salir de su escondite antes de que la furgoneta arrancase.

En la calle había algo de sangre, gotas.

Volvió a agazaparse cuando escuchó la ventana de la habitación de aquella mujer abrirse. Cuando se cerró, salió corriendo, ya con más miedo que disimulo, hacia su casa. Si la pillaban, que fuera la Guardia Civil y no aquel tío.

Estaba completamente segura. Aquel cabrón se había llevado a alguien para hacerlo de nuevo.

No era ningún jabalí.