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Yo veo a tu padre muy mal, hija, no queremos ir al hospital, pero no lo sé, de verdad, no sé
Lola estaba muy asustada. Toda la confianza depositada durante años en el servicio de salud pública se había visto arrastrada por las sucesivas olas y los mensajes de conocidos que habían tenido que pasar por el Hospital Provincial de Guadalajara.
Los profesionales hacían lo que podían: héroes saturados, sobrepasados por un enemigo que, con más de doce mil fallecidos, se había llevado por delante el estado del bienestar.
Paco estaba cada vez peor, más débil.
Al principio, los síntomas fueron leves, no tosía, solo se levantó un poco cansado el lunes 30 de marzo. Había dormido mal, le dolían un poco las articulaciones y se encontraba algo mareado.
Lola le tomó la tensión y, para su alivio, no le encontró nada raro: ni alta, ni baja. «Como un capitán general», solían decir.
Como no respondía a los síntomas clásicos descritos en la televisión, no le quiso dar mucha importancia, aunque se preocupó: fuera COVID o no, pasar por el hospital era una pésima idea.
Su prima había ingresado hacía un par de semanas por unos mareos que resultaron ser una infección de orina y terminó con la cabeza ida por completo, sola en la habitación e infectada por el virus.
Todavía no había vuelto a casa y sus hijas estaban de los nervios por la situación.
Lola había intentado evitar hablar con ellas para no discutir, porque todo era culpa del Perro Chanche.
El problema es que Paco tenía muchas papeletas para haber sido infectado por su propia irresponsabilidad: lejos de haberse confinado de forma ejemplar, como a él no le iba a pasar nada, se había estado juntando con unos amigos clandestinamente en la trastienda de uno de los comercios del pueblo.
De nada habría servido discutir, siempre hacía lo que le daba la gana. Menudo era él.
El 31 se levantó algo mejor. «No puede ser COVID», se aseguró a sí mismo, confiado. Fue la última vez que desayunaron tranquilos. Lola, aliviada, preparó su desayuno favorito: café con leche, tostadas con jamón ibérico y un zumito de naranja natural.
Tendría que seguir vigilando el corazón, que ya le había dado algún susto y con la tensión no se juega, pero estaba mucho mejor. No tendrían que ir al hospital y ella tampoco peligraba.
El día transcurrió como casi cualquier otro, con la diferencia de que fue Lola quien salió a hacer las compras: no pensaba darle la oportunidad de encerrarse otra vez con sus amigotes.
Jugaron un chinchón sin ganas mientras el telediario actualizaba la cifra de muertos. Salieron como cada tarde al porche delantero a aplaudir a los médicos.
Su vecino, el periodista, puso el himno de España mientras fumaba un puro y se quedaron solo para no darle el gusto de irse.
Pero la tranquilidad duró hasta poco después de acostarse, cada uno en su habitación, como desde hacía más de diez años. Rara vez dormían juntos y a su edad estaban para pocos achuchones.
Era más cómodo así: cada cual su espacio y su propia cama. A Lola le gustaban los colchones duros como una piedra, Paco los prefería blandos, como los de su infancia.
Alrededor de las tres de la mañana ella sintió que algo no iba bien y se levantó a ver qué tal estaba durmiendo su marido.
El frío por el pasillo la puso en alerta: había abierto las ventanas y estaba congelado, respiraba con dificultad y, a pesar de que estaba medio dormido, se encontraba agitado.
Tenía una taquicardia de caballo y estaba muy blanco.
A pesar de la ventilación, la habitación olía a muerte, como la de su padre en el hospital, hacía ya veinte años. La expresión cadavérica de Paco y su respiración asmática y jadeante no mejoró su percepción.
Llamó por teléfono insistentemente al 112, pero no consiguió contactar. Seguían saturados. Paco recuperó un poco la normalidad. Cuando consiguió que la atendieran, le recomendaron esperar un poco viendo que había mejorado porque estaba el hospital colapsado.
Respiraba con normalidad de nuevo, pero estaba muy cansado, algo mareado y tenía frío. No recordaba haber abierto la ventana, pero no era la primera vez que lo hacía. Era un hombre caluroso, otra de las razones por las que dormían separados.
Un ataque de tos los puso en lo peor, pero enseguida se pasó con un vaso de agua y el resto de la noche pudo descansar. Aunque Lola no pegó ojo, atenta en la oscuridad a cualquier llamada de auxilio, expectoración o ruido sospechoso.
Para el 2 de abril parecía que Paco seguía mejorando. El día anterior apenas se levantó de la cama, pero comió con ganas. Para el jueves ya había recuperado algo de color, aunque tosía más.
Quizás padecía algo de anemia, una debilidad general; no sabían qué pensar, pero Lola se negó a aislarlo en la habitación.
Necesitaba sol y si tenía que contagiarse ella también, pues se contagiaría. Ya habían convivido lo suficiente aquellos días para que la suerte estuviera echada.
La noche del 3, Lola estaba tan cansada que no se despertó a pesar de que Paco la llamó insistentemente con un hilillo de voz.
Cuando lo hizo, el disgusto fue mayor porque sentía que le había fallado. Llamó por teléfono y describió los síntomas, pero le recomendaron de nuevo no ir al hospital: aquello no respondía a lo que estaban viendo y allí corría más peligro.
Mandaron una ambulancia y le diagnosticaron insuficiencia cardíaca y una grave anemia.
Le colocaron un gotero con suero e insistieron en no ir al hospital.
Si no mejoraba, no quedaría más remedio, pero, de momento, lo que encontraría allí sería peor que lo que pudiera afrontar en la tranquilidad de su casa.
—Señora, si va a peor, usted no podrá acompañarlo y pasará solo quién sabe si sus últimas horas —le dijo con franqueza uno de los sanitarios, con ojos llorosos, mientras le apretaba el brazo en un gesto afectuoso pero poco protocolario.
Lola no lo sabía, pero aquel hombre había perdido hacía poco a su madre en similares circunstancias. Sabía de lo que hablaba.
El sábado 4 de nuevo mejoró la situación, pero Lola ya no se fiaba y no dejó que Paco se levantase de la cama: siguió con el suero y empezó a comer algo.
La tensión parecía controlada, pero le dio un café con leche para subírsela un poco. Sin tos ni fiebre, solo quedaba seguir esperando y confiar en que no se repitiera el patrón.
La noche del 5 decidió que haría guardia en su habitación. Fuera COVID, una infección como su prima o una maldición, no la pillaría durmiendo en su cama.
Paco había adelgazado mucho esos días y dormía reclinado para respirar mejor, con la boca abierta. Su rostro, muy avejentado, le recordaba al de su padre antes de morir.
Lola colocó flores en la habitación para disimular el olor de su marido, que llevaba sin asearse correctamente varios días, mezcla de sudor seco, orín y ese aroma especial que desprenden las personas en sus últimos días.
«Ahora encima huele a tanatorio», pensó, y torció el gesto.
Alrededor de las tres de la mañana, un ruido en la calle la despertó de su adormilamiento. Una furgoneta acababa de aparcar en la acera de enfrente.
En cualquier otro momento no le habría llamado la atención a pesar de la hora, pero con el confinamiento las calles parecían un cementerio.
Se asomó por la ventana, pero no vio a nadie salir del vehículo.
Supuso que quien fuera ya se habría ido. Un escalofrío le recorrió el espinazo y comprobó que las ventanas estuvieran bien cerradas. «A ver si encima nos van a robar».
Cerca de las cuatro se despertó sobresaltada por un nuevo ruido, pero no acertó a distinguir si había sido real o fruto de un sueño. De vez en cuando, sobre todo cuando estaba inquieta, se despertaba nerviosa, pensando que se caía.
A esa hora había empeorado su marido el resto de las noches, así que comenzó a inquietarse. Se levantó y comprobó que Paco estaba bien. Dormía con la respiración acompasada, no aparentaba tener problemas.
Cuando volvió a asomarse, la furgoneta ya no estaba allí.
***
Tía, tu vecino, le estoy siguiendo, es muy raro, le he
pillado en la Ruina otra vez y está vigilando unas casas
por la noche. Se mueve, se queda parado, yo creo que me
ha pillado alguna vez, tía
5 de abril de 2020, 12:00
Esther cada vez tenía más claro que algo raro sucedía alrededor del vecino de Alba. No tenía ninguna prueba concluyente, pero conforme le seguía la pista, más veces lo encontraba en situaciones comprometidas.
No sabía si estaba relacionado con la muerte de su novio, pero no podía ser casualidad tanta visita a la Ruina.
Especialmente después de que la última vez lo viera hablando con un guardia jurado que, según había escuchado, fue encontrado muerto a causa del ataque de un animal salvaje, por lo visto, un jabalí.
La noticia había pasado bastante desapercibida entre tanta muerte por el virus, pero, según había entendido a unos compañeros, el cuerpo estaba destrozado.
El animal le había dado una auténtica paliza, con la furia de una fiera defendiendo a sus crías.
Tenía desgarrada la garganta y parte del abdomen, así como un sinfín de huesos machacados, entre los que se encontraban las costillas y el cráneo.
Esther siempre había escuchado que los jabalíes son de los animales más peligrosos, pero no estaba segura de que pudieran alcanzar ese punto de ensañamiento.
No podía ignorar esa casualidad: la presencia casi constante de aquel hombre en lugares sospechosos, siempre rodeado de muerte.
Desde entonces, la Ruina estaba sin vigilancia. Tampoco tenía mucho sentido con el confinamiento. Por desgracia para ese hombre, mucho habían aguantado.
Esther contaba con una ventaja para rondar: podía moverse más o menos libre por el pueblo mientras el resto se veía encerrado en casa.
Nadie se quejaba porque trabajase de más y cubriese más terreno en un municipio que siempre había adolecido de la falta de ganas de sus trabajadores de limpieza. Comparada con los muchachos del Plan de Empleo con los que reforzaban el servicio, ella era una bendición.