13 #2
Como esperaba, vio llegar un coche blanco a más velocidad de la recomendable por el camino del azud hasta la puerta de la finca, donde se bajó el copiloto para quitar las cadenas.
— Večera je stigla .
***
Las burlas hacia Quique no tardaron en llegar; en concreto, el tiempo que le llevó a Sete aparcar y a Ximo bajarse y encontrarse al chaval, sentado en los bancos de entrada al portal de su edificio.
—¿Qué pasa, capitán de las sardinas? Ten cuidado, que lo mismo somos zombis de la marquesa que venimos a comerte…
Cuando llegaron los ciclistas, el pobre chico ya había subido a casa a encerrarse en el baño a llorar de rabia.
Por su parte, Celia y Sete se habían puesto a discutir por una tontería: un pañuelo perdido, regalo de su tío el cura. Ante eso, Ximo prefirió huir a la tienda para ayudar a recoger la prensa sobrante del día.
Carlos y Laura también optaron por volverse a su edificio, una mole rosa a espaldas del de Celia, que tenía la ventaja de contar con una cabina telefónica en el patio.
Nacho y Demetrio, a pesar de llegar exultantes, también lo hicieron agotados, por lo que, viendo el panorama, subieron a sus casas a ducharse y cenar con sus familias.
Luz esperaba a su hermano con cara de enfado, pero con la esperanza de que por lo menos le contase algo de lo que habían visto.
—Está guapísima, enana. La están reformando y van a hacer una discoteca.
Tendríamos que ir a la inauguración, va a ser un festín.
—Nacho no entendía muy bien a qué se refería, pero tanto él como su hermana lo asociaron con la elegancia de La bella y la bestia .
«Qué festín, qué festín. Un banquete de postín… ».
Duchados y cenados, los más jóvenes quedaron de nuevo en el césped del edificio para echar un rato y quizás jugar un poco al fútbol en aquel diminuto espacio.
Sergio, que llevaba un rato esperando a los mayores junto a Celia, que seguía con el ceño fruncido, se acercó a ellos para no entrar en conflicto con su amigo Sete.
Demetrio aprovechó para lanzar miradas furtivas a la chica, que rara vez estaba tan seria.
Normalmente era dulce y sonriente, «pero así también está guapa», pensó.
Quique, más sereno, también bajó con la esperanza de no tener que soportar a los mayores esa noche. Cuando vio a Sergio y Celia, torció el morro. Por muy guapa que le pareciera, le recordaba la humillación de esta tarde.
—¿Qué tal, Quique? —Celia sorprendió a todos recuperando su amabilidad—. No hagas caso a esos idiotas. Se han pasado mucho esta tarde y tampoco te has perdido nada.
—No, bueno, si no me importa.
—Mira, yo he perdido un pañuelo que me regaló mi tío, casi hubiera preferido no ir tampoco.
Una idea cruzó fugaz la mente de Quique, que se animó un poco después de todo.
—¡Vamos o qué! —La voz de Sete, desde lejos, le devolvió los pies al suelo.
—Joder, ha venido con esos tres —maldijo Sergio.
No le caían demasiado bien los amigos de Sete, que en realidad era más colega de Ximo que suyo.
Tragaba porque, al fin y al cabo, él solo iba en verano, como Celia, y Ximo, que era buen tipo, estaba allí todo el año; no iba a dejar de lado a sus amigos dos meses para luego volver con ellos en septiembre.
No era justo y no parecían la clase de personas que entienden que los dejen de lado.
A uno de ellos, Jorge, lo conocían más, pero a los otros solo de vista. Iban con él, trapicheaban de vez en cuando. En realidad, Sete tampoco los tragaba. Le daban algo de miedo, pero trataba de disimular para no parecer débil.
Cuanto menos se juntase con ellos, mejor, pensaba Sergio. De uno solo sabía que era medio brasileño y que lo llamaban Sugar; del otro, el Rubio, sabía que ya era padre. Rondarían los veintitantos, eran mayores que Jorge, que a su vez era solo un par de años mayor que él y Sete.
Lo que se conoce como malas compañías.
A Celia tampoco le gustaban, Sete cambiaba mucho cuando estaba con ellos.
Nunca lo había visto drogarse, salvo algún porrete, pero sabía que era cuestión de tiempo tomar algo más fuerte en aquel ambiente.
No tenía muy claro que no se metiera ninguna pastilla cuando ella no miraba.
No se habría juntado con él en condiciones normales, pero había algo que le atraía más allá del cliché del chico malo.
Tal vez lo mal que lo había pasado con el asunto de su exnovia.
Ella solo la conocía de vista de otros años, pero Sete se lo había contado todo y debió ser duro. Sobre todo, al principio, cuando todas las miradas se posaron en él.
A veces, Celia no sabía si sentirse celosa, pero, en el fondo, sabía que lo suyo era un amor de verano. Cuando volviera a Madrid se olvidaría de él y él de ella.
No quería darle más importancia.
Cuando los mayores se marcharon, más relajados, Quique pidió todos los detalles a sus amigos. Ellos no lo sabían, pero estaba trazando un plan en su retorcida mente.
Era el momento de dar un golpe en la mesa, con el riesgo calculado, como a él le gustaba: un caserón en obras raro sería que estuviera ocupado por la noche, le constaba que no había fantasmas —aunque tampoco creía en ellos— y la gran mayoría del recorrido en bici transcurría por caminos y alejado de la zona de discotecas.
Era difícil que se encontrase con algún coche.
El mayor riesgo era perderse, pero con la montaña de Cullera y el mar de referencia era muy difícil que ocurriera.
Sus padres se dormirían en torno a las doce y media de la noche, sobre las dos estarían inconscientes. Especialmente su padre, que tomaba pastillas.
Si salía a esa hora, sobre las tres y media como tarde estaría allí.
No tenía bici, pero sí llave del cuarto común donde se guardaban; cogería la de Nacho.
Buscaría por la casa sin ningún peligro, ya que no habría nadie hasta la mañana siguiente.
A las seis, como muy tarde, estaría de vuelta en casa y hasta las siete más o menos no amanecería; su madre solía despertarse sobre las ocho y su padre, en vacaciones, a las nueve.
Tendría tiempo de dormir algo hasta las diez y media, quizás las once, cuando lo despertasen.
Sería un día duro, pero también el primero del resto de su vida. Le temblaban las manos y no sabía si de miedo o de ganas. Como decía su padre cuando veía a su Atleti, iba a «poner los cojones sobre la mesa».