Las Palmeras 13
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—¿Te vienes a la casa de la marquesa esta tarde?

La pregunta, lanzada por Nacho de forma inocente, sonó a desafío en la cabeza de Quique. «¿O no te atreves?», completó para sí, conteniendo la rabia.

Atreverse se atrevía, pero ¿cómo iba a dejarle su madre salir del pueblo?

—No tengo bici —razonó, escabullendo la verdadera razón: si malo hubiera sido mostrarse temeroso por aquella historia de asustaviejas, peor sería confesar que necesitaba permiso de su madre para hacer nada.

«Van a pensar que soy un crío».

—Bueno, creo que hay alguna de sobra, pero también van a ir con algún coche los mayores. —Nacho no entendía el disgusto de su amigo ante un plan, por lo menos, distinto.

—Nos querrán tomar el pelo, pero yo la verdad es que quiero verla, si está en pie —contestó Demetrio.

—¿Te imaginas que se puede bajar al sótano?

—Me fliparía.

—Y que viéramos algo.

—¿Te imaginas? A la marquesa encadenada…

A pesar del resto de las historias, la gran protagonista desde hacía un par de noches había sido la marquesa necrófaga.

La imaginación bulliciosa de los dos amigos contrastaba con el pesar del tercero en discordia, que volvió a la orilla maldiciendo su mala suerte: tendría que pasarse la tarde en casa.

Aprovecharía para avanzar con los deberes del verano y, por la noche, tendría que soportar las burlas de sus amigos.

De camino, intentó sorprender a una gaviota con una patada, sin éxito, ante la mirada reprobatoria de unas chicas jóvenes que paseaban junto al mar.

En la arena, uno de los ocupantes de la primera fila, con generosa barriga, se reía de un vecino con mal aspecto que acababa de instalarse un par de sombrillas más atrás.

—Qué, Santiaguito, se nos fue la mano anoche en Valencia, ¿eh?

Quique atravesó como pudo entre la marabunta de toallas y parasoles para cruzar hasta la ducha. No soportaba la sal, le hacía heridas en sus partes.

Ni siquiera se percató por el camino de que Luz iba hacia el agua. Habría disfrutado haciéndole alguna aguadilla para desquitarse.

—¿Que vais a ir dónde? ¡Se lo pienso decir a mamá! —Como buena hermana pequeña, el chantaje fue la primera opción para incluirse en el plan.

—¡Que son veinte kilómetros! No vas a llegar y nos vamos a tener que volver por tu culpa.

—Pues me lleva Celia en el coche. —A pesar de la diferencia de edad, Celia siempre se mostraba amable con la niña.

—¡Pues se lo dices tú!

—¡Pues se lo digo!

Por suerte para su hermano, el coche iba completo con Sete al volante, Carlos, otro vecino de la pandilla, Ximo, Celia y Laura, una amiga a la que apenas conocían porque era nueva ese año.

Quique, como era de esperar, no apareció. Sergio se ofreció a ir en bici con Demetrio y con Nacho, «como en los viejos tiempos». Antes solían moverse por el pueblo y alrededores en bici. Aunque fuera algo peligroso, los padres confiaban en Sergio.

Los ciclistas salieron alrededor de las seis de la tarde. Tenían previsto tardar como cuarenta minutos en llegar, aunque al final les llevó cerca de una hora porque tuvieron que parar varias veces a beber agua.

La ruta era bastante llana y menos mal, porque ni Demetrio ni Nacho estaban para muchas cuestas. Uno por flaco y el otro por lo contrario.

Cuando llegaron, el coche ya estaba aparcado junto a la casa, sin sus ocupantes.

Dejaron las bicis cerca e inspeccionaron los alrededores, buscando a sus amigos.

Demetrio todavía sospechaba que les iban a gastar una broma, pero en parte confiaba en Sergio y, además, aún era muy de día, quedaban más de dos horas para que comenzase a anochecer; mal se tendría que dar para pasar miedo de verdad.

—¡Eh, aquí arriba, chavales! —La voz de Ximo, desde una de las ventanas superiores, los pilló desprevenidos, pero no mostraron temor—. ¡Están de obras, tened cuidado!

En efecto, el antiguo caserón se encontraba rodeado de andamios y las puertas estaban abiertas.

Los obreros no debían haberse ido hace mucho y no se habían molestado en cerrar; dentro solo había muebles viejos tapados con sábanas y material de obras.

En el estado en que se encontraba, necesitarían darse mucha prisa para terminar a lo largo del verano. Al menos, con seguridad.

En la entrada, una gran escalera daba acceso a las plantas superiores, flanqueando la puerta al salón principal. La luz se filtraba con dificultad entre las ventanas, algunas de ellas rotas, y el polvo flotaba en el ambiente.

Si alguna vez aquello había sido una casa noble, un siglo haciendo las veces de almacén y tienda para el molino y décadas de abandono habían terminado por borrar cualquier huella.

Solo las escaleras podrían recordar tiempos mejores y estaban destrozadas, con peldaños rotos y la barandilla en un pésimo estado.

Quien fuera el dueño parecía dispuesto a dejarse una buena suma de dinero en revivir aquel cadáver industrial a toda prisa.

—Abajo hay poca cosa. Están montando una barra y una cabina de DJ y hay algunas habitaciones cerradas —les informó Celia, que estaba más interesada por la obra que por las historias de fantasmas.

—¿Y hay sótano? —preguntó Demetrio.

—No hemos bajado. Vamos, no hemos encontrado escaleras, igual están tras alguna de las puertas cerradas…

El ruido de un coche cortó repentinamente la conversación y heló la sangre de los alelados intrusos, que cayeron en la cuenta de que se habían metido en una propiedad privada sin ningún tipo de excusa convincente.

Antes de que pudieran escapar, sonó la puerta principal.

—¿Hola?, ¿hay alguien dentro? —La voz de un hombre de unos cincuenta años, con un acento extranjero que no supieron identificar, confirmó sus peores sospechas—. Es una propiedad privada, voy a ir a buscar a la policía.

—¡No! Por favor, lo sentimos mucho. —La primera en mostrarse y la encargada de romper el hielo fue Celia, con su carita de niña buena, flanqueada por Sergio y Laura.

—Pero si sois unos niños, ¿qué hacéis aquí? —El señor, cargado de bolsas que depositó en el suelo, cambió de actitud al verlos bajar por las escaleras—. ¿No veis que es peligroso? ¡Cuidado con los escalones!

De origen yugoslavo, resultó ser un médico jubilado que había perdido a su mujer antes de la guerra y había decidido emprender una nueva vida en España, lejos de la violencia.

Su intención era abrir una nueva discoteca para jóvenes en una de las zonas más demandadas de Valencia junto a su socio, un adinerado turco que residía cerca de Dubrovnik cuando estalló el conflicto.

Juntos huyeron a Bari al poco de iniciarse el asedio de la ciudad gracias a los contactos del médico y el patrimonio del turco, que todavía no había conseguido llegar a España.

El dinero para las obras no era problema para su socio, que se había enamorado por fotos del viejo caserón, a las afueras de Cullera, y quería iniciar una nueva vida allí.

—Pues no sabía que ya tenía inquilinos, tendré que emplearlos poniendo copas. —Vuk, que así se llamaba, estalló en carcajadas al conocer la historia de la hija de la marquesa, marcando de arrugas su amplia frente.

El doctor les enseñó toda la casa y les explicó cómo pretendía organizar los reservados; incluso se ofreció a enseñarles el sótano, a pesar de que aún no había tomado posesión de él y estaba lleno de viejos aperos del molino.

Su intención era abrir en menos de un mes, cerca del 18 de julio.

Por desgracia, Demetrio y los ciclistas tuvieron que dejarlo para otro día si no querían volver de noche.

Los ocupantes del automóvil pudieron quedarse algo más.

Pero tampoco bajaron al sótano. Solo intercambiaron algo de conversación con el exiliado doctor, que les repartió invitaciones para la inauguración.

—Mi socio quiere que sea… ¿cómo es la palabra? Inolvidable. Un festín.

El viaje de vuelta en bici fue más animado, disipado cualquier posible miedo a quedar en ridículo y con la experiencia de haber conocido a un señor tan amable y exótico.

Tuvieron que apretar algo más el ritmo, eso sí, para no llegar de noche. Los caminos podían volverse peligrosos; no serían los primeros chavales desaparecidos que luego se descubría que habían sido embestidos por un vehículo sin luces o estaban ahogados en una acequia.

***

Cuando se marcharon los chicos, el doctor recorrió las habitaciones del antiguo caserón para asegurarse de que no quedase nadie, cerró las puertas y, antes de salir, recogió un pañuelo del suelo que con toda probabilidad sería de alguna de las chicas.

Aspiró con fuerza, cerró los ojos, exhaló y después realizó varias inspiraciones cortas, como un lobo olfateando la presa:

—Celia… Exquisita. Un ángel.

Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta y salió hacia el coche, un viejo Mercedes verde de finales de los años ochenta de gran tamaño y poco espacio, pero que le resultaba muy confortable.

Era parecido al que tenía en Yugoslavia y con el que tantos kilómetros había recorrido por la costa balcánica en compañía de su mujer.

Antes de salir del complejo, detuvo el vehículo, dejó unas pequeñas llaves debajo de un ladrillo junto a la puerta exterior del sótano, se aseguró de que el candado estuviera bien puesto y salió de nuevo, solo asegurando con una cadena la puerta exterior, sin enganchar el cerrojo.

Se apresuró a marcharse antes de que se perdiera por completo el sol entre los campos de arroz.

Había comprado una pequeña vivienda en un terreno elevado, adyacente a una ermita abandonada, que también era ahora de su propiedad, situadas junto al recién inaugurado Aquópolis de Cullera, uno de los primeros parques acuáticos de España.

Desde allí arriba podía vigilar con un viejo catalejo, regalo de su socio, sus posesiones, a sendos lados del parque acuático: el antiguo molino de la marquesa, que pronto sería una discoteca, y la cripta familiar, del mismo lote que el caserón, en el cementerio de Cullera, pegada a la roca, en la falda de la sierra de los Zorros.