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¿Estás bien? Nos confinan, tía, qué fuerte, no sé qué está pasando, nos van a tirar un curso, ¿qué hacemos?
—… que no quepa duda alguna: unidos, saldremos adelante. Unidos, venceremos al virus. Muchas gracias —concluyó el presidente del Gobierno por televisión.
Tras una semana intensa, llegó lo que todo el mundo temía que pudiese ocurrir: a partir del domingo solo se podría salir de casa con motivos justificados y bajo la amenaza de una fuerte sanción para controlar una enfermedad que se había convertido en pandemia.
Las cifras ya eran alarmantes, pero lejos del pico que llegaría semanas después: cerca de seis mil casos confirmados, más de ciento treinta fallecidos y dos mil hospitalizados, con alrededor de doscientos enfermos en las unidades de cuidados intensivos.
El miedo a una situación desconocida, para algunos más propia de la época de sus abuelos y para otros sacada de una película de ciencia ficción o incluso de terror, flotaba sobre el ambiente con la fetidez del virus.
Por supuesto, en un ambiente tan polarizado, pronto surgieron las disputas no solo en redes sociales, sino en el seno de las propias familias, incluso entre vecinos y amigos.
Poco se sabía incluso sobre su transmisión, pero todos tenían muy claro los culpables del encierro: el Gobierno o la oposición, pasando por las feministas, los jóvenes, los niños, la Comunidad de Madrid o todos y cada uno de los residentes en China.
Y, por supuesto, sus expatriados.
Alba miraba el móvil estupefacta, sin todavía saber muy bien qué contestar a su compañera de residencia, pero, sobre todo, asustada por lo que estaba pasando.
Se había intentado engañar muchas veces los últimos días pensando que no iría a más y que sería una falsa alarma como tantas otras, pero allí estaba: encerrada en casa de sus padres por orden gubernamental.
El silencio en la vivienda era sepulcral. Desde arriba llegaba el sonido de las tertulias, donde una caterva de periodistas expertos en todo y en nada analizaban todas las posibles consecuencias para el mercado.
Alba salió de su ensimismamiento cuando se encendió una de las luces de la casa de enfrente; recordó las sospechas de Esther.
Su amiga, mientras, se afanaba en limpiarse las manos para hacerle la cena a su padre.
Evitaban cualquier contacto, ya que él prefería no salir a la calle con el virus y ella estaba obligada a seguir limpiando, exponiéndose a tocar aceras y barandillas qué sabe dios cuántos días podrían estar contaminadas.
En realidad, era un alivio para Esther, aunque no la eximía de seguir limpiando y cocinando en casa.
Salvo por las tareas domésticas, era como si viviera sola.
Su hermano hacía años que se había ido a vivir a Alemania, a trabajar de camionero, y apenas tenían contacto.
Solo sabía que estaba ganando mucho dinero y que planeaba comprar una parcela en Meco cuando volviera.
Cuando aprobó el concurso oposición para entrar a trabajar en el Ayuntamiento no se esperaba que su trabajo fuera a implicar tanta responsabilidad como parecía venírsele encima.
Puede que hubiera menos basura por la calle a partir de ahora, con la gente encerrada, pero les iba a tocar desinfectar cada rincón del municipio con insistencia hasta acabar con el virus.
La situación era un poco esperpéntica en toda España y las empresas de desinfección no paraban de trabajar con toda su buena voluntad y exponiéndose al virus más que nadie, o eso pensaban.
Durante el tiempo que duró el confinamiento las calles se llenaron de técnicos ataviados como si fueran astronautas, desinfectando con lejía diluida cada rincón de sus pueblos.
En algunos municipios, además de los operarios municipales, el personal de las empresas de desinfección, los bomberos provinciales o los técnicos del INFOCAM en el caso de Castilla–La Mancha, llegaron a echar una mano también los agricultores, con sus tractores y equipos de control de plagas.
Fueron semanas complicadas para todos, en la que muchos trabajadores sintieron miedo por ellos, pero sobre todo por sus familias.
***
Llego tarde, q no se ha presentado Rober todavía, no
sé q coño le habrá pasao, estaba q si con el virus, vamos
no me jodas
24 de marzo de 2020, 19:38
Luisma, el compañero de Rober al que le tocaba el turno de día, esperaba impaciente el relevo de su compañero. En teoría, debía comenzar a las ocho en punto de la tarde, por lo que ya debería haber llegado.
Como era una vigilancia ligera, nada importante salvo por la reputación de la promotora, se establecieron turnos rotativos de doce horas, con tres o cuatro días de trabajo a la semana para los cuatro encargados.
Rober era fijo para las noches y el resto iban rotándose.
De día no había problema, pero al caer el sol era uno de esos sitios en los que no gustaba estar.
Por eso estaba empezando a ponerse nervioso. En cualquier caso, no pensaba quedarse. Aunque fuera un trabajo poco exigente, era tedioso, y quería volver a casa después de doce horas. Además, tenía claro que no se iba a quedar allí de noche.
No reconocería por qué, pero no quería.
Le pasaba lo mismo vigilando el antiguo palacio de la Diputación de Guadalajara por las noches: no se encontraba cómodo.
Pero al menos allí podía salir a sentarse en las escaleras y seguir cumpliendo con su trabajo igual, controlando de vez en cuando las cámaras de videovigilancia, sin necesidad de hacer rondas por el interior salvo emergencia.
Más de una vez había escuchado ruidos extraños desde algún despacho.
Solía bromear con que lo que más miedo le daba eran los políticos por el día.
Pero no era verdad. Una vez incluso echó a correr por los extensos pasillos que rodean el patio central, sin saber muy bien por qué, cargado de pánico.
Algo lo persiguió y no quiso descubrir el qué.
Pero en aquel pueblo era diferente: no tenía dónde esconderse. Salir de la caseta era exponerse a esa extraña sensación de estar vigilado, a ese extraño silencio intermitente que ahogaba como una habitación sellada sin oxígeno.
Y, además, no había cámaras. Tendría que salir a rondar sí o sí.
Luisma llevaba siempre una medalla de la Virgen del Amparo que le había regalado su abuela, pero ni con esas se sentía seguro allí al anochecer. «La Virgen del Amparo come conejo; la de la Antigua chupa los huesos», le decía ella.
Defensa no le hacía ni falta, no sería la primera vez que acababa a puñetazos con dos o tres ladrones sin necesidad de armas; los vivos no le daban miedo.
Desde que se había restringido el tránsito humano por las calles tenían un problema añadido: los animales salvajes.
No es que hubiera lobos en la campiña, pero algún compañero ya había avistado algún corzo y, lo que es peor, algún jabalí despistado.
«Los jabalíes matan más personas que los lobos en España», señalaba Luisma siempre que salía el tema.
—¿Dónde se habrá metido este cabrón?
Lo peor es que no podía llamar a nadie para preguntarle. Al menos, no sin meter en un lío al chaval. Roberto era soltero, no conocían a su novia, si es que la tenía, su padre había muerto hace unos años y su madre estaba en una residencia con un alzhéimer temprano.
«Vaya tela, pobre chaval». No lo conocía mucho, pero, además de ser compañero, que para Luisma era sagrado, se lo veía buen chico. Al jefe no iba a llamarlo. Al menos, no de momento, siendo la primera vez que fallaba.
Pensándolo bien, llevaba unos días pachucho.
No le habían dado importancia porque no tosía y con el virus chino la gente se desgañitaba tosiendo.
O eso decían, porque, gracias a dios, Luisma no conocía a nadie que hubiera enfermado, ni entre su familia ni vecinos del barrio.
Aunque, por seguridad, había limitado el contacto con todo el mundo.
Hacía un par de semanas que ni siquiera compartía lecho con su esposa ni veía a sus hijos más que de lejos.
Vivía en un chalet adosado en Pozo de Guadalajara, a escasos kilómetros del trabajo y muy bien conectado con Madrid, que es donde trabajaba ella.
Quedaban diez minutos para que comenzase el turno de su compañero. «Ya debería estar cambiándose».
No era un lugar comprometido y, de hecho, esperaba que cualquier día recibirían la orden de dejarlo sin vigilancia, pero su código personal le impelía a aguantar un rato más por si acaso.
«Ya está la puta vieja esa rondando, ya viene a dormir», pensó al ver de lejos a la indigente.
Por política de empresa, deberían sacarla de allí aunque fuera a patadas, pero no lo hacían por humanidad.
Todos los vigilantes, en especial Rober, hacían la vista gorda mientras no la liase con fuego o exceso de basura.
Había comenzado a anochecer hacía un rato y el sol de La Campiña se estaba ocultando en dirección Madrid.
Al otro lado de las calles por urbanizar, la vasta extensión de terreno agrícola sostenía un cielo anaranjado precioso en cualquier otra circunstancia.
—Parece mentira lo que se puede complicar la vida, coño.
Una furgoneta aparcada le llamó la atención. Normalmente, no aparcaba nadie allí. Había aparcamiento de sobra en todo el pueblo como para tener que dejar el coche en un lugar tan apartado.
No tenía mala pinta, pero, por experiencia, no le gustaban las furgonetas.
En el asiento del piloto no había nadie, pero al acercarse vio que la puerta lateral estaba abierta y, dentro, un hombre desaliñado, corpulento, con pelo largo y barba algo pelirroja se afanaba en comprobar una especie de cámaras de grabación.
—¿Puedo ayudarle?
—¿Con qué? ¿Eres cámara?
A Luisma no le gustaba esa clase de gente que tuteaba de primeras. De acuerdo, no era policía, pero le gustaba ser tratado con respeto como figura de autoridad.
—¿Puedo preguntarle qué hace aquí?
—Perdona, esto es una calle, ¿no?
—Sí, le estoy preguntando…
—Pues estoy en la calle, aparcado en mi furgoneta. ¿Te puedo ayudar en algo yo?
—Caballero…
—Voy a grabar unos planos, soy periodista. Bueno, soy cámara. —Al vecino de Alba no le gustaban los vigilantes, no con esa actitud de policías sin placa.
—¿De la obra? No creo que pued…
—No, del atardecer, del pueblo en calma, para tener recursos. El virus, ya sabes.
—Bueno, disculpe.
—No pasa nada, discúlpame a mí, hombre. Poco lío tendréis ahora, ¿no? —dijo mientras sacaba un trípode y lo colocaba apuntando la cámara hacia la población.
—Sí, sí, poca cosa con el encierro este del Gobierno. —Luisma era muy consciente de su interlocutor. Sabía de qué pie cojeaban todos esos periodistas y quería probarlo.
—Ya, como estos cabrones no tienen que facturar, lo ven todo muy fácil para encerrarnos, ¿eh?
Menos a los pringados de siempre, claro, que esos no importamos.
—Ya eran muchos años entrevistando y escuchando a mucho tipo de gente como para saber cómo tratar a cada uno sin entrar en discusiones que no llevaban a ningún punto.
—No te digo nada, no te digo…
—Bueno, creo que me va a valer con lo que tengo. —El hombre miró en dirección al inicio de la calle, desde donde se acercaba una barrendera, y enfocó la cámara hacia ella, presionando el zoom .
—Y esa a qué coño viene ahora, si aquí no pasa gente. —A Luisma se le acumulaban las visitas y Rober seguía sin llegar.
—Pues esa, a trabajar poco, otra vaga… —El hombre comprobó la cámara y miró el rostro de la joven que se acercaba. Luisma no se dio cuenta, pero hizo una mueca extraña al reconocer a Esther, que caminaba en apariencia distraída escuchando música mientras miraba de reojo la furgoneta.
—Mierda… —musitó ella en la distancia cuando vio al cámara despedirse del guarda, cerrar la puerta de la furgoneta e irse.
No cruzaron la mirada cuando el vehículo pasó junto a ella. Esther trató de girar inocentemente la cara hacia el otro lado para evitar ser reconocida, pero ambos se vieron e identificaron sin que el otro lo supiera.
Cuando llegó a la papelera, Luisma ya se había marchado de vuelta a la garita. El sol se había puesto y su compañero no había llegado.
«Quince minutos y me piro», pensó mientras veía alejarse a la chica por donde había venido.
—Se habrá herniado la muy puta.
Aquella maldita sensación de ser observado, como aquella noche en Diputación, le atravesó de nuevo el espinazo. Para su alivio, al girarse vio a Rober al otro lado de la calle.
—Está hecho polvo el tío, vaya huevazos le ha echado para venir —masculló bajo la luz de las farolas recién encendidas al apreciar el tono pálido de su piel, casi grisáceo, cerúleo.
Sus labios estaban casi morados, los pómulos se le marcaban porque había perdido mucho peso y, bajo los ojos, dos sombras envolvían toda su expresión, oscureciendo su mirada.
Luisma dudó al ver aquella sonrisa. Durante un segundo pensó en salir corriendo, como en el palacio, pero allí no estaban las puertas para protegerlo ni el jardín tan bien mantenido para consolarlo.
—¿Qué pasa, nene? —acertó a decirle. Y Rober sonrió.