Las Palmeras 11 #2
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—Venga va, os cuento yo otra. ¿Conocéis la historia del molino de la marquesa?

—intervino Ximo—. Antes de ser molino fue un caserón de los marqueses, con un azud antiguo al lado y huertos por todas partes.

Mi abuelo decía que siempre hubo historias raras desde tiempos de los moros.

—Hablaba sin alzar mucho la voz. Una de las velas humeó, alguien la había apagado.

El olor inundó el descansillo—. La marquesa se casó dos veces —siguió—.

Primero con otro marqués importante; tuvieron un hijo, Nicolás.

Cuando él murió, la marquesa se casó con su hombre de confianza, Pascual.

Era un tipo raro. Había vivido en el Reino Unido y sabía cosas de espiritismo.

En la casa hacían veladas para invocar espíritus y esas movidas.

Unos decían que curaba; otros, que mataba.

Nadie lo tenía claro. Pero los acojonaba, lo llamaban Rasputín. Sabéis quién era Rasputín, ¿no?

Celia, sentada enfrente, inclinó la cabeza para escuchar mejor, interesada por la historia.

Demetrio bajó la vista al suelo y volvió a mirarla de reojo.

Quique se rascó la rodilla con torpeza, como si así pudiera disimular que también la estaba mirando.

Nacho los cazó a ambos y se aguantó la risa.

A él también le gustaba una chica mayor, su vecina de Valencia, Rebeca.

—Con Pascual nació Linda. Creció guapísima, muy pálida. Comía poca cosa, fruta y vino, y apenas se la veía de día. Iba a misa a diario y ayudaba en el hospital y en funerales. Todo el mundo la tenía por un ángel.

Demetrio enderezó la espalda. Pensó en cuanto se parecería a Celia y sacudió rápidamente la imagen de su cabeza, avergonzado por su propia cursilería.

—Mientras tanto —prosiguió Ximo—, por el cementerio se hablaba de una sombra que abría tumbas por la noche.

Nicolás, que había estudiado en Edimburgo, conocía historias de ladrones de cadáveres.

Se llevó a dos amigos y estuvieron vigilando varias noches, escondidos tras un panteón.

—El ascensor paró en el piso superior y la narración se detuvo unos instantes—.

Una noche, después del entierro de un pescador, alcanzaron a ver la sombra.

Se acercaron y descubrieron que era Linda.

¡Su propia hermana! Desenterraba cuerpos, y no para venderlos: para comérselos.

Pascual la ayudaba. —Un murmullo recorrió el grupo.

Ximo bajó la voz—. A Nicolás se le acabó la paciencia.

Cogió el estoque, mató a Pascual y lo quemó allí mismo.

A Linda no se atrevió a matarla: era sangre de su sangre.

La mandó emparedar en un sótano del caserón y dicen que sobrevivió un tiempo, a oscuras, hasta perder la razón.

Otra vela se apagó con un soplo breve. Celia se apartó un mechón del rostro y cambió el cruce de piernas; Demetrio se ruborizó y Quique se ajustó los calcetines sin mirar a nadie; se estaba poniendo nervioso con un hormigueo entre las piernas que no había sentido hasta entonces.

—Luego Nicolás decidió acabar con la casa y mandó construir el molino encima, para que nadie volviera a vivir allí —remató Ximo—.

Pero las historias siguieron. Se cuenta que Linda no llegó a morir del todo.

Por la noche, si se apagan las luces y solo suena el agua del azud, a veces se la oye golpear desde abajo.

Y gritar. —El silencio se quedó un momento en el descansillo.

Ximo respiró, miró de uno en uno y concluyó—: Dicen que por eso quieren hacer una discoteca allí: para que con la música no se escuche nada.

Si mañana os apetece, vamos con las bicis hasta el molino de la marquesa.

Cinco minutos a oscuras, junto a la reja del sótano. Y a ver qué se oye.

Los chicos irrumpieron entre codazos, retándose para ver si se atrevían, animados por el ambiente.

—Bueno —intervino Sergio—, tú tenías una, ¿no, Nacho?

Nacho se rascó la nuca, algo avergonzado.

—Bueno…, sí.

—Cuéntala, Nacho, a mí me da mucho miedo —señaló su hermana.

—La mía es más corta y asquerosa, es de la sirena de la Patacona.

—Hostia, yo también he oído cosas, pero es de ahora, ¿no? Salió algo en el periódico —exclamó Sete.

—Sí, sí, esto lo cuenta un colega de mi clase —siguió Nacho—.

Que por las noches, cuando baja la marea y el agua queda mansa, hay una sirena que sale a alimentarse…

de los niños. No canta fuerte, casi susurra.

Los críos la escuchan y se quedan embobados.

—Miró a Sergio un segundo, que escuchaba atento y prosiguió—: Dicen que, si te acercas, la ves de espaldas, cantando a la luna, su pelo rubio pegado al cuerpo y la cola quieta.

Te llama en silencio y si te acercas, se da la vuelta y te mira con sus ojos blancos, como los peces en la pescadería. Y te besa con dulzura.

—Qué dices —murmuró Sete, pero más bajo de lo normal.

Quique tragó saliva.

—Sí, te quedas —siguió Nacho, subiendo un poco la voz— como si te entrase sueño.

Te duermes en medio del mar. Algunos niños despiertan en la orilla, muy cansados, pero otros desaparecen para siempre.

—Las velas vacilaron. Una puerta se abrió y se cerró en el piso superior—.

Dicen que hay muchos niños que se han perdido así, y que sus padres salen por la noche a buscarlos entre la bruma del mar, gritando sus nombres desde el espigón.

***

Fuera del edificio, alrededor de las cuatro de la mañana, Santiago bajó del coche bastante perjudicado. Había tenido suerte y evitado un control de la Guardia Civil. Siendo martes, era complicado que lo parasen. Bastante tenían los fines de semana con todos los empastillados.

Volvía de Valencia, de cenar con unos amigos del trabajo, de Madrid, que también veraneaban allí; no había escatimado en botellas de vino. Ya le dolía la cabeza, anticipándose a la resaca.

Su edificio tenía garaje comunitario, pero había menos plazas que inquilinos y no iba en condiciones de apurar en un hueco si lo hubiera encontrado.

Sobre todo, por las enormes columnas de hormigón, que ya le habían costado algún disgusto yendo sobrio.

Aparcó en el descampado de la parroquia, a escasos cien metros de la puerta.

Lo mejor de aquel pueblo es que del confín a la playa apenas había cinco minutos andando.

Al bajar del coche y cerrar la puerta se percató de la presencia de una chica joven en la entrada. Le sonaba, pero no sabía muy bien de dónde, quizás era camarera en algún bar.

Con cuarenta años, era demasiado mayor para ella. Ni siquiera la euforia del vino era capaz de nublar tanto su razón. Le bastaba con no hacer el ridículo mirándola mucho al pasar.

Más de una vez desde que se quedó sin pareja había estado a punto de recibir la ira de algún novio celoso.

—¿Ya se ha acabado la fiesta? —Por sorpresa, fue ella la que se dirigió a él, justo cuando pasaba a su lado.

Estaba algo pálida, le pareció incluso grisácea a la luz de la luna y una lejana farola, aunque cuando se acercó le vio mejor color. Tenía el pelo mojado, como si viniera de darse un último chapuzón en el mar, bajo las estrellas.

—Eh…, sí, sí, ya es tarde para un carroza como yo.

—A mí no me pareces tan mayor.

La joven, de apenas dieciocho, se atusó el cabello flirteando descaradamente con cierto tono burlesco, pensó Santi. Había algo ofensivo en ella, no sabía si la sonrisa o los gestos. Algo que lo repelía, como el olor a la carne de ternera recalentada que le preparaba su abuela cuando era pequeño.

Quizás era una prostituta. «¿Tan joven?». Pero no pudo evitar mirarla a los ojos: secos, muertos, que lo traspasaban mirando al infinito, como si no fueran más que una distracción, como si estuvieran pintados.

La burda imitación de un ojo humano, un trampantojo mimético para distraer a su presa.

El ojo de un tiburón.