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—¿Dónde coño está esta chica? —La voz del dueño del Redo, rubio como sus hermanas pero más orondo, resonó con fuerza en la calle mientras Demetrio cruzaba camino de la playa.
—¡Dos días sin venir lleva! —El estrépito de una bandeja golpeando el suelo remarcó el grito de otra de las camareras—. ¡Harta me tiene!
Su madre ya estaba en la arena desde hacía por lo menos una hora, pero eran vacaciones y Demetrio se tomaba con calma lo de despertarse y desayunar. El agua podía esperar. Babalá y Bola de Dragón no, aunque fuera en valenciano.
Desde la playa todavía se los escuchaba discutir. Demetrio no entendía muy bien por qué, pero tampoco era algo fuera de lo común. El ajetreo era habitual en los bares del paseo y las voces, el pan de cada día.
Candela, una de las camareras, llevaba un par de días sin acudir al trabajo, sin que hubieran podido localizarla. Vivía con dos estudiantes de la Universidad de Valencia que en verano no estaban. Nadie cogía el teléfono.
Ya en la arena, con los pies ardiendo, tardó poco en localizar a su madre, que leía el Hola sentada en su silla con total tranquilidad.
Rápido como si el suelo fuera lava, que casi lo era, salió corriendo al mar, donde, en la distancia, distinguió a Nacho, que estaba jugando con su hermana.
En la orilla, Quique, embadurnado de crema solar, lo vio pasar a toda velocidad, salpicándolo de agua y barro.
—¡Oye…!
Nacho flotaba en una colchoneta con forma de cocodrilo con dos enormes agujeros a modo de flotador. Jugaba a evitar que su hermana subiera a pesar de que era apta para dos ocupantes.
—¡Que me dejes!
—¡Que te mueras!
La lucha cesó al instante de llegar Demetrio, distracción que aprovechó la pequeña para hacerse con la colchoneta mientras su hermano se reía.
—Venga, quédatela, nana, ¡a ver si te arrastra el mar a la boya y te ahogas!
En la arena, los padres tomaban el sol tranquilos, atentos a sus hijos, pero con la traicionera confianza que da el Mediterráneo, donde el agua a veces parece una piscina y puedes llegar andando hasta alta mar.
El tupido bosque de sombrillas, prácticamente infranqueable en tres líneas, daba pie a muchas conversaciones que a Demetrio le gustaba escuchar mientras leía cómics o jugaba con la arena.
La madre de Quique se divertía haciéndole enseñar todos y cada uno de sus vestidos a la esforzada africana que se afanaba en conseguir unas pocas pesetas paseando su pesada mercancía bajo el agotador sol del Levante.
Todo para terminar no comprando nada, solo por el puro placer de experimentar una posición de poder.
Santiago, un joven viudo que había perdido a su mujer hacía escasos meses y había decidido tomarse unos días de vacaciones lejos de Madrid, rechazaba con amabilidad las proposiciones de sus vecinos.
—¡Venga, coño, ahora te vienes y te tomas unas cervecitas con nosotros a la una!
Otra familia, que acababa de llegar, se quejaba en valenciano de la cantidad de sombrillas que impedían el paso al agua mientras se colocaba a escasos centímetros del resto de los veraneantes en la tercera línea.
Demetrio y Nacho, que había recuperado la colchoneta a medio camino entre la fuerza bruta y el hartazón de su hermana, que se volvía a la arena cansada de pelear, ultimaban planes para la noche.
Su idea era juntarse en uno de los descansillos del edificio, en los pisos superiores, a contar historias de terror.
Como los apartamentos eran dúplex, las escaleras tenían un descansillo cada dos pisos sin acceso a pasillo. Por las de las plantas superiores, por el lógico esfuerzo que suponía evitar el ascensor, pocas veces cruzaba nadie, salvo que fuera de bajada. Menos aún al caer la noche.
—Este año me contaron una en el colegio sobre una sirena que se lleva a los niños para ahogarlos, que ya se había llevado a varios en Patacona y por aquí —contó Nacho señalando las características rocas que asomaban entre las aguas, frente a las cabinas de teléfonos.
Parecían sacadas, de hecho, del cartel de La sirenita, siempre lo había pensado Demetrio, que notó como algo cruzaba resbaladizo entre sus piernas, rozando sus canillas y levantándose con violencia por debajo de la colchoneta entre gran estruendo.
—¡AHHHHHHH! —Ximo, uno de los amigos de Sergio, surgió de entre las profundidades para lanzarlos al agua. Era un poco regordete y llevaba el pelo largo. No era mal tipo. Disfrutaba haciéndolos rabiar, pero se podía hablar de cómics con él.
—¡JODER! —gritaron al unísono.
Por suerte, el ruido del mar y la burbuja de veraneantes impidieron que sus madres escuchasen el improperio.
—¿Qué pasa, chavales? ¿Haciendo planes para esta noche? ¿Nos podemos pasar? —A su espalda, Sergio sonreía con franqueza ante el susto de sus amigos—. Ximo me contó una buena sobre el molino de la marquesa en Cullera, ¿verdad?
Nacho y Demetrio, que iniciaron una intensa guerra de chapoteos contra Ximo, aceptaron con una condición:
—Pero venid solos, ¿eh?
Bastante vergüenza les daba contar historias entre ellos como para que se animasen también algunas de las chicas.
***
Demetrio apuró raudo el bocadillo de salchichas con kétchup. No quería retrasarse y dar la oportunidad a los otros chicos de aburrirse y cambiar de plan. Le apetecía mogollón.
Desde pequeño le encantaban las historias de terror; a su amigo Nacho también. No esperaba mucho de las historias del resto, pero la de Ximo, que conocía más la zona, tenía buena pinta.
Coincidió con Nacho y con Luz en el pasillo, también vivían en el quinto. La cita era en el descansillo del tercero al cuarto. Tan arriba como para que no subiera nadie, tan abajo como para que no los interrumpieran sus padres.
Demetrio y Luz se asomaron por el hueco de las escaleras. Nacho se quedó apartado.
—Al mariquita le dan miedo las alturas —dijo burlona su hermana.
—¿QUÉ ME HAS LLAMADO? —Nacho estalló de ira—. ¡A mamá que vas!
Cuando llegaron abajo, ya se habían calmado los ánimos. Solo estaba Quique, peinado con precisión, con sus pantalones cortos y sus calcetines altos.
Una decepción, no por la presencia de su amigo, sino por la ausencia de los dos mayores.
—Bueno, si queréis, empezamos —se atrevió a romper el hielo el propio Demetrio—. He traído unas velas, para ambientar.
—¿Qué pasa, chavales? ¿Vais a tener una cenita romántica o qué…? —De todos los amigos de Sergio que hubieran deseado que no aparecieran, Sete estaría fácilmente en el podio ganador.
Pero allí fueron desfilando los mayores, con las chicas, tomando asiento.
—No os importa, ¿no? —intervino Celia, con su franca sonrisa y su amabilidad, ajena a los nervios de los anfitriones, sobre todo de Demetrio y Quique.
Se había puesto un jersey finito por si refrescaba y una falda que dejaba ver sus piernas menos de lo que le gustaría a Sete y más de lo que aprobaría su madre.
—¿Quién empieza? Venga, Ximo trae una buena, pero no quiere ser el primero. ¿Quique? — dijo Sergio, insuflando un repentino ánimo en el más joven.
—Este se caga encima con el Drácula de Barrio Sésamo —replicó Sete, desinflando el suflé ante la inquisidora mirada de Celia, que no gustaba de esos comportamientos.
Sete se aclaró la garganta, escupió por el hueco de las escaleras y, sin mirar a Quique, pidió disculpas—.
Perdona, tío. —Lanzó una mirada de reojo a Celia, intentando enderezar la noche—.
Os cuento yo una corta, va. De aquí, además.
—Se apoyó en la barandilla, más serio—. La llaman La linterna del moro .
¿Habéis leído algo sobre el pirata Dragut?
Nacho asintió y miró emocionado a Demetrio.
—Claro, tú eras de Valencia. —Sete intentó ser amable para congraciarse con Celia—. Tienes cara de tete.
Nacho sonrió.
—Pues veréis, cuando Dragut rondaba estas playas, apresó a un chaval y lo metió en una cueva secreta, detrás de la roca.
La boca se ve solo cuando baja mucho la marea; por dentro hay un pasillo que se estrecha y luego se abre en una cámara que conecta con la ciudad.
Yo lo vi una vez, con un pescador amigo de mi tío.
Es de verdad, ¿eh? Pues lo encadenaron allí con una linterna.
—Hizo una pausa breve—. El trato era claro: si veía bandera otomana, encendería la luz para guiarlos por el canal bueno; si veía velas españolas, la apagaría para que no encontrasen la guarida.
Así los otomanos pasarían sin romper el casco, y los españoles acabarían encallando si buscaban a ciegas el lugar.
Si cumplía, lo liberarían al mes, cuando volvieran a Turquía.
»Pero la primera noche el chaval intentó escaparse.
—Sete miró fijamente a Quique—. Se dejó la piel en la cadena, se arrancó la mano a mordiscos, se la quemó con el farol y trató de huir a nado.
La linterna se le cayó y se apagó. Cuando volvieron los piratas, lo encontraron en una roca cercana, casi desangrado y tiritando.
De castigo le cosieron los párpados, le cortaron la otra mano, lo clavaron a la piedra y le colgaron un nuevo farol al cuello.
—Uno de los ascensores pasó hacia abajo con un zumbido sordo—.
Cuentan que un barco español vio la señal, se acercó y, al descubrir al chaval, huyeron sin ayudarlo ni nada.
Desde entonces, hay noches de calma que se ve una luz dentro de la cueva, esperando que alguien vaya a liberarlo.
Y, si te acercas lo suficiente, se oye rascar metal en la piedra, despacio, como de cadena vieja.
—Nadie dijo nada. Sete bajó aún más la voz—.
Los viejos del puerto dicen que la cámara tiene otro paso más hondo, de galerías más antiguas, bajo la Penyeta del Moro, con dibujos y restos que harían enloquecer a quien los viera.
—Se encogió de hombros, esbozando una media sonrisa.