Las Palmeras 10
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He quedado con mi amiga, esa de la que te hablé, a ver qué se cuenta la pobre, que estaba rarísima… bueno, a ver, rara ya era antes, pero vamos, más

—Joder, tía, no sé qué decir, lo siento.

El torrente de sensaciones que atravesó Alba al enterarse de las vicisitudes de su amiga devolvió su cuerpo de un puñetazo en el estómago a la adolescencia: estaba a la vez triste, enfadada, asustada y contenta.

Sentía una pena horrible por su amiga, también culpabilidad por no haber querido saber de ella. Sentimientos que mezclaba o camuflaba con un cierto enfado porque ella tampoco le hubiera contado nada. Y, a su vez, alegría por el reencuentro y la sinceridad de Esther, que se abría de nuevo a ella.

Sabía que había rehuido un poco a la que durante tantos años fue su mejor amiga, pero, por comodidad, trataba de pensar que había sido mutuo.

—Había oído lo del chico, pero no sabía que estabais… Bueno, no sabía que era tu novio.

—Yo tampoco te dije nada.

Desde luego, no estaban allí para discutir, sino para tender puentes de nuevo. Esther lo necesitaba y Alba no se podía negar, por mucho que, a priori , hubiera renegado del encuentro. Era consciente de que, por muy lejos que se fuera, Esther era parte de su familia desde los doce años.

—¿Cómo fue? Quiero decir, he oído muchas cosas y…

—No lo sé, pero… O sea, todo pasó muy deprisa, pero es que hay algo…

—Ya imagino, tía, menudo palo. ¿Es que se cayó o qué? Si es que no sé cómo… Como íbamos tanto por allí, o sea, que no quiero decir que…

—Es que no se cayó, estoy segura, es que yo… creo que vi algo, no lo sé.

—¿Cómo algo?

—Algo…

—Pero cómo, ¿lo viste caer? ¿Alguien que lo empujara?

—No, pero vi algo… una sombra. Había alguien ahí, seguro, vi algo.

—No jodas, tía.

Alba no quería hacer ver que no la creía, pero le parecía demasiado obvio: ver algo donde no había más que un accidente. Suponía que, si le hubiera pasado a ella, también habría querido aferrarse a cualquier posibilidad, por peregrina que fuese, para evadir la realidad.

—Que sí, estoy segura, Alba.

—¿Pero qué viste?

—Estaba esperando a que volviese y me empecé a poner un poco nerviosa, como si notase algo… —Había comentado ese tipo de sensaciones con Esther mil veces desde que eran pequeñas, pero hacía tanto que no hablaba con ella y había cambiado tanto que no estaba segura de que fuera una baza creíble.

—¿Pero notaste algo? Como cuando lo de la chica del tren, cuando…

—Sí, exacto.

Hacía años —para ellas muchos, pero no tantos—, cuando empezaron a ir a Madrid de compras juntas, volviendo en el tren hacia Guadalajara, donde habían quedado, sin más gente en el vagón, Esther comenzó a sentirse mal, muy mal.

Se puso blanca y tenía ligeros temblores.

Alba nunca la había visto así y se asustó.

No sabían lo que pasaba. El sudor frío le empapó el pelo como si atravesase una crisis nerviosa.

Entonces se fijaron en que no estaban solas. Unos asientos por delante iba una chica de mediana edad, castaña y pálida —blanca, muy blanca—, que los miraba sin pestañear. Quieta, impasible ante sus nervios, con la mirada fija al frente atravesando sus cuerpos y el final del coche.

Como si mirase a través de ellas.

Alba, que no sabía qué hacer, dudó si preguntarle y pedirle ayuda, pero, cuando se iba a levantar, Esther la agarró del brazo y con una voz que apenas recordaba a la suya habitual le dijo:

—Está muerta.

La chica sonrió, dejando entrever una sonrisa desnaturalizada y amarillenta, como si estuviera enferma. Un hedor a azufre inundó el vagón durante unos segundos. Pudo ser la fábrica de cerveza que dejaron a un lado, junto a las vías.

Alba se puso tan nerviosa que todavía lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer. Esther le quiso restar importancia. Cuanto menos hablaba de esas cosas, menos reales eran.

Cada vez le pasaba menos, pero le pasaba, como antes les había ocurrido a su madre y a su abuela.

El tren se detuvo en la estación de Alcalá Universidad y, cuando Alba quiso darse cuenta, la chica ya no estaba.

No la vio bajarse, no escuchó el ruido de la puerta abriéndose, pero tampoco la vio desvanecerse.

—Más o menos. No tan fuerte, pero me puse nerviosa y salí. No llegué a verlo caer, solo recuerdo oírlo gritar, quizás ni eso, pero ya no estaba allí y vi algo, no sé el qué, pero vi algo, algo físico.

—¿Pero físico? Alguien, quieres decir, no un… Bueno, eso, que no era como la chica aquella.

—Sí, algo físico.

—Joder, pero entonces…

—Pero es que nadie más vio nada, ese es el problema. Nadie escuchó nada y nadie ha oído nada después.

—Pero crees que fue un accidente o…

—No lo sé, pero… —Esther dudó de nuevo. No sabía si podía confiar en Alba, pero si no podía hacerlo en ella, no podía hacerlo en nadie y necesitaba que alguien la escuchase y le dijese a la cara si estaba loca.

Alguien que no lo pensara de antemano, claro.

—Dime.

—He visto cosas raras en el pueblo desde entonces.

Tampoco es que fueran pruebas de nada, cualquier otra persona habría pensado que le había afectado demasiado lo de su novio. De hecho, eso es lo que pensaban sus compañeros.

Esther había doblado sus turnos de trabajo sin que nadie se lo hubiera pedido y sin que fuera estrictamente necesario. Pero a ella le gustaba trabajar, lejos de las miradas de pena de sus vecinos. Aunque no se sintiera cómoda, aunque tuviera miedo. Su rabia era más fuerte.

La mayor parte del tiempo eran turnos tranquilos que le hacían preguntarse si lo suyo no sería pura desesperación. Pero de vez en cuando sentía, veía o escuchaba cosas.

Lo que antes era un fastidio que trataba de ignorar, esa sensibilidad que la llevó a gritar de horror tantas noches en su propia habitación, ahora empezaba a valorarlo como un arma; un sentido más, aguzado para captar lo que otros pasaban por alto.

Pero no era fácil, primero porque ella misma dudaba muchas veces de que fuera una capacidad real o se estuviera volviendo loca, como su madre. Y, segundo, porque en caso de serlo había perdido la práctica.

No obstante, casi todas las pistas llevaban hacia una misma dirección: la casa del vecino de Esther.

—Lo que quería contarte es que he visto cosas, cosas raras, pero que tampoco tienen por qué… Bueno, el caso es que creo que suele haber un factor común.

—¿Cómo?

—Pues es que…. muchas de las veces que he sentido o incluso visto algo estaba la misma persona rondando cerca.

—¿Quién?

—Tu vecino.

—¿El nuevo?

—Sí.

—¿El periodista? No jodas.

—Creo que sí, el nuevo, el que compró la casa esa que te daba miedo de pequeña.

Alba quería fingir duda y estupefacción. Aquella casa le daba miedo solo porque estaba vacía y porque ella QUERÍA que le diera miedo.

Era divertido tener una casa encantada en la parcela de al lado, un horror controlable que se resolvía cerrando la ventana, llamando a mamá o tapándose con las sábanas hasta quedarse dormida.

Qué casualidad que el nuevo inquilino de la casa a la que jugaban que estaba encantada fuera a ser un asesino. Por otro lado, recordó aquella sonrisa en el tren y dudó.

En cualquier caso, quería ayudar a su amiga. Si resultaba ser una tontería, abandonarían y caería por su propio peso.

—Desde que murió… Desde que murió Marco han muerto otras dos personas en el pueblo.

—¿En serio? ¿Pero también…?

—No, bueno, han muerto tres, pero uno ha sido el abuelo de Gonza, el asturiano, que tenía noventa y cuatro años.

—Ya.

—Y de los otros dos, uno ha sido Julio, el de Música.

—¿El profe?

—Sí.

—No tenía ni idea.

—Pues apareció muerto en unos contenedores. Precisamente, lo encontró una compañera.

—¿Cómo? ¿Dentro?

—No, no, caído al lado, donde el Cerro de Hita. —Una calle ya en los límites del pueblo, cerca del instituto.

—Pero se le había ido la cabeza, ¿no?

—Tuvo un derrame, creo. Desde que murió su padre no se encontraba bien.

—Pero ¿de qué se murió? O sea, ¿tenía algo o le habían hecho algo?

—No, no, creen que fue algo natural.

—¿Entonces?

—Una anemia o algo, pero el caso es que…

—¿Qué?

—Bueno, también dijeron que Marco sufría anemia y por eso se habría desmayado, se habría caído.

—Joder.

—Ya, bueno… El caso es que… Bueno, sabes dónde vivía, ¿no?

—Sí, por donde el parque Santa Águeda.

—Vi varias noches la furgoneta de tu vecino aparcada ahí.

—¿Sí?

—Es un canteo.

—Ya, por eso.

—Tampoco estaba haciendo nada ilegal, pero un par de noches lo vi dentro, como vigilando, y luego…

—Ostras, es que…

—Y lo vi en el funeral

—Bueno, igual…

—¿Se conocían? Tu vecino no es de aquí, ¿de qué lo iba a conocer?

—Igual fue alumno.

—Puede, en Guadalajara, no lo sé, estuvo dando clases muchos años en Maristas.

—Era muy majo, qué pena.

—Sí.

—¿Te acuerdas de que nos dejaba elegir nuestras propias notas y nos regalaba libros?

Durante un breve instante, menos de dos segundos, el olor a madera y tiza del colegio, el tacto de aquellos volúmenes amarillentos de la colección Tus Libros de Ediciones Generales Anaya, el sonido de aquellas flautas dulces, las devolvieron a la tranquilidad y felicidad de los doce años.

—Bueno, que no sé, es raro.

—Ya, bueno, ¿y el otro?

—Bueno, ese no está muerto, está desaparecido.

—Ah, pero ¿quién es?

—Un concejal.

—Ostras, pero eso es más canteo, ¿no? —dijo Alba.

—Bueno, creen que se ha ido del pueblo sin avisar.

—Pero cómo se va a ir del pueblo sin avisar.

—Bueno, no era de aquí y por lo visto… tenía alguna denuncia de otros sitios, una cosa chunga.

—¿Cómo chunga?

—Chunga.

—Pero entonces, ¿qué tiene de raro?

—Bueno, que las luces de su casa…

—Igual las enciende con el móvil o hay alguien viviendo.

—Bueno, eso puede ser, porque estoy segura de haber visto alguna sombra en las ventanas

—¿Y los vecinos?

—No puedo preguntar, no quiero…

—Ya, que te tomen por loca. ¿Y mi vecino?

—También.

—¿También qué?

—También lo he visto cerca de la casa del tío este.

—No jodas.

—Sí.