Las Palmeras 9
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Cande no era mala chica. Al menos, ella no pensaba que lo fuera por mucho que la mitad de sus exnovios la calificaran de puta.

Simplemente, las cosas pasaban. A sus dieciocho años era un espíritu libre, solo quería divertirse y, a veces, hacía daño a la gente.

Sin mala intención, sin mal rollo. Al menos para ella.

Trabajaba de camarera en el Redo, un bar de amigos de su familia, aunque no hablase mucho con ellos desde que se marchó de casa. Eso sí, no había lugar a la duda: curraba duro y de sol a sol.

Pocos días podía disfrutar de una tarde en la playa, siempre trabajaba. Pero cuando caía la noche, aunque tuviera que madrugar al día siguiente, le daba igual, ella salía de fiesta.

Nadie sabía cuál era su fuente de energía. O sea, lo sabía todo el mundo, pero era mejor mirar a otro lado porque en esa acera siempre estaban los sempiternos Jorge y sus amigos.

Pero aquella tarde no. Aquella tarde libraba y quería ir a tostarse un rato. No era morena, más bien todo lo contrario, pero le gustaba sentir el calor del sol en su piel, preferiblemente desnuda.

Siempre que podía se escapaba a la playa nudista de Cullera, a nueve kilómetros de la del trabajo, caminando por la arena.

Corría el riesgo de encontrarse con gente conocida, pero le daba igual.

Quizás supondría algo de vergüenza ajena para sus padres, si es que se enteraban, o para algún exnovio. Desde luego, ese no era su problema.

Ella no se avergonzaba de enseñar su cuerpo, no consideraba que fuera nada sucio. Al menos, no el hecho de enseñarlo; lo que hubiera en las miradas del resto ya no era cosa suya.

Armada con su walkman , música de Nirvana y una mochila con la toalla y poco más, Cande terminó el turno y, tras despedirse de su jefa y un par de clientes, emprendió la marcha hacia su rincón de libertad.

Cruzó la mínima calzada que separaba el restaurante de la playa, descendió los tres escalones hasta la arena y se alejó del murete de hormigón con olor a orín de perro y humedad hasta que sus pies descalzos tocaron el mar.

Le gustaba caminar por la orilla incluso en invierno, cuando el agua estaba helada y la arena se sentía como un cremoso helado de chocolate. Casi más que en verano. La playa estaba vacía y podía ir a su bola.

De lejos, Sergio y el resto de la pandilla volvían por el paseo de comprar y cuchichearon al verla, pero Cande respondió con indiferencia, subiendo el volumen de sus auriculares de espuma naranja. Los walkman pesaban tanto que los cascos parecieran ligeros.

Solo Ximo, con el que siempre había tenido un rollo especial, se acercó corriendo a saludarla.

—Ey, qué pasa.

—Ey. —Normalmente se habría mostrado más animada, pero la presencia de sus amigos y sus miradas inquisitoriales la incomodaba.

—Vamos a tomar algo, si te quieres ve…

—No, gracias, voy a descansar un poco, acabo de salir… Estoy un poco reventada. ¿Qué tal tú? —Intentó no ser demasiado borde.

—Claro, claro, normal, bien, bien… A ver si te pasas algún día por la tienda, que en el bar no hay quien te pille.

—Estamos a tope, sí. —Candela se fijó en la chica nueva del grupo, Celia. Le recordaba un poco a Raquel, pero era mucho más joven, más inocente. El cerdo de Sete había tardado poco en olvidar a su amiga para salir con una niña.

—Bueno, me alegro de verte.

—Yo también, capullo, gracias por venir —dijo golpeando sin excesiva fuerza el brazo izquierdo de su amigo.

Los veranos anteriores Cande solía juntarse con ellos, aunque sabía lo que pensaban, pero desde la desaparición de Raquel, su mejor amiga, se habían distanciado bastante.

Ella era la única que la defendía cuando el resto se metía donde nadie los llamaba, juzgando su comportamiento como si fueran monjas. Era su hermanita.

Sin Raquel, no tenía ni puta gana de salir con nadie.

Tan pronto como el paseo marítimo desapareció a su mano derecha, Cande bajó el volumen para escuchar tenuemente el oleaje del mar a su izquierda.

Ya ni siquiera se acordaba de esos capullos, pero sí de su amiga. Nunca la olvidaría. A veces incluso pensaba que aún escuchaba su voz en el viento, un susurro apenas perceptible, cuando menos atención prestaba.

Sumida en el recuerdo, caminó y caminó a lo largo de la playa hasta llegar a su rincón favorito.

Se alejó de la orilla, buscando el calor de la arena horneada por el sol y dejó caer la bolsa no sin antes sacar la toalla, que extendió con cuidado para no ensuciarla.

Sin tiempo a pensárselo, se deshizo primero de la parte superior del bikini y, una vez acomodada en la toalla, de la braguita.

Sacó unas gafas de sol y buscó la crema, que extendió a conciencia por todo su pálido cuerpo. Como echar nata a una tarta de chocolate blanco.

Cande se tumbó con las rodillas flexionadas, se colocó las gafas y volvió a enchufar la música.

Ya no existía nadie más en el mundo.

Sumergida en sus pensamientos, cansada por el trabajo y el paseo, fue cayendo en un estado de duermevela arropada por el sol y abrazada por la arena.

Ajena al mundo que la rodeaba, no reparó en la pareja que discutía ostensiblemente a escasos metros de ella, ni siquiera en el vendedor de toallas y regalos africano que con sutileza paró a reposar la carga desde un punto estratégico desde el que observarla.

Tampoco vio al cuarentón, pálido y barrigón, que con más torpeza que disimulo acertó a sacarle unas fotos de lejos con su vieja réflex ante la agria mirada de la mujer que discutía con su marido.

En sueños, Cande intentaba en vano escapar de un oleaje que arrasaba una y otra vez la playa.

Trataba de huir sin éxito mientras observaba como todo el mundo a su alrededor escapaba con pasmosa facilidad.

Las olas la devolvían constantemente a la playa, entre revolcones, pero la arena, movediza, le impedía zafarse de nuevas embestidas.

Hasta que escuchó una voz.

Era su amiga, que la observaba nerviosa desde el paseo marítimo mientras las olas gigantescas devoraban la playa.

—¡Vete! —gritaba aquella voz que hacía meses que no oía—. ¡Vete!

Raquel estaba allí, vestida como aquella última noche, gritando y tratando de ayudarla.

El corazón se le encogió, aquello era real.

Despertó asustada, desorientada, sudando. Era casi de noche, no quedaba nadie ya en la playa.

No era la primera vez que le ocurría, muchas veces llegaba agotada, pero aquella vez era distinto. Se despertó incómoda, con una sensación amarga en el paladar y acidez en el estómago.

Quería recoger sus cosas y marcharse pronto, hacer caso a su amiga.

Enseguida buscó la parte de abajo de su bikini y se enfundó la camiseta. Con la inquietud no recordaba dónde estaban sus zapatillas y valoró el volver descalza. Tenía frío, aunque el viento, siempre presente, era cálido.

Entonces volvió a verla.

Esta vez no estaba en el paseo. Estaba en el agua, casi sumergida, pero era ella. Reconocía a su amiga, sus ojos, su mirada. Se preguntó si aquello era de nuevo un sueño. No podía ser, llevaba desaparecida meses.

El frío era real, como el olor a mar y las punzadas de la arena fina clavándose en la piel a la velocidad del viento.

La voz volvió a resonar en su cabeza entre susurros: «¡Vete!».

Pero no le hizo caso. Caminó hacia el agua, temerosa de que aquella silueta desapareciese, de que fuera un espejismo. De volver a perderla.

Cuando las olas le tocaron los tobillos supo que aquello era real: Raquel estaba allí, y no podía detenerse.

A cada instante el cielo parecía oscurecerse más y más, los minutos transcurrían en segundos. Detenida frente al mar, se hizo de noche y su amiga comenzó a emerger.

Era extraño. Estaba narcotizada, flotando en sueños. Cada vez que atisbaba a reaccionar, la voz en su cabeza diciendo que huyera era más fuerte, pero no podía.

Imposible.

Hasta que, apenas a diez metros de la figura de su amiga, esta se sumergió de nuevo, con un movimiento eléctrico y poco natural.

Visto y no visto, como si nunca hubiera estado allí.

Candela, con el agua por encima de la cintura, despertó por completo y se encontró a sí misma, de noche, bañándose en el mar.

Sintió náuseas, pánico. Necesitaba huir y se dio la vuelta tan rápido como pudo, según los músculos le respondieron.

Quiso correr a través de las aguas ya oscuras del Mediterráneo. Nunca le gustó bañarse de noche; su abuelo le contaba que es cuando los depredadores se acercan a la orilla.

Intentó escapar, pero dos manos, más frías que el agua, la agarraron con fuerza los tobillos.

Antes de que pudiera gritar se perdió en el agua.

No quedaba nadie en la playa que pudiera haberla visto desaparecer. Solo su toalla, su mochila y su walkman , semienterrados en la arena. Testigos mudos de lo que había sucedido.