8 #2
Al menos las noches allí eran tranquilas, siempre dentro de lo que suponía hacer guardia nocturna: los sentidos se aguzan, el silencio lo envuelve todo y magnifica cualquier pequeño ruido.
Los pensamientos intrusivos se suceden, cualquier sombra parece una amenaza y el miedo puede jugarle una mala pasada al guardia más experimentado.
Especialmente si hace caso a rumores e historias cuando en la zona ha muerto alguien de forma violenta.
Rober no creía en cosas raras. Creía en el mal, sí, pero en el que habita en los despachos que se llevaron por delante la vida de sus padres.
El que reside en los corazones de la gente a la que no le importa pisar a otros para ganar diez euros más, en los de esas personas que, cuando algo huele a podrido, prefieren mirar para otro lado porque saben de dónde procede el olor.
Algunos de sus compañeros afirmaban, siempre de puertas adentro, claro, haber visto sombras merodeando por los edificios; ninguno quería perder su puesto.
Algunos hablaban de un niño. Incluso Esteban, un veterano bastante recio que había sido militar en la guerra del Golfo, hacía malabares para evitar los turnos de noche allí.
No entraba al trapo, no contaba nada y decía que no tenía ningún problema, pero siempre se buscaba las mañas para no terminar en aquel lugar de noche.
Pero a Rober le daba igual y solía ser él quien se encargaba.
Por una cosa o por otra, sus compañeros estaban encantados y le facilitaban la labor en la medida de lo posible.
Su jefe renegaba un poco porque prefería rotarlos para que no se acomodasen en ningún sitio y bajasen la guardia, pero también era un problema menos con el que lidiar.
—Si el Juan sin miedo este quiere, que se ocupe él de buscar al niño ese.
Hasta la fecha nunca había tenido problemas. Sí, había visto alguna sombra o, más bien, creía haberla visto. Algún susto se había llevado con los gatos callejeros. Pero poco más.
Hasta aquella noche.
Rober estaba escuchando la radio, un pódcast deportivo, cuando sonaron los primeros golpes en la puerta de la caseta.
Al principio muy ligeros, casi como accidentales. Pero, después, imposibles de ignorar.
—¡Hostia puta!, ¿quién coño es?
No lo hubiera podido jurar, quizás fuera efecto de las voces del pódcast al quitarse los cascos o sencillamente su imaginación jugándole una mala pasada, pero creyó escuchar una risa infantil.
Y, en un instante, todas las historias de sus compañeros le acudieron a la mente. Ahora ya no estaba tan seguro, no le hacía tanta gracia aquel apodo de Juan sin miedo.
El silencio lo serenó. Agarró la defensa y se dispuso a abrir la puerta en unos segundos que se le hicieron eternos. Clac.
Allí no había nadie.
—¡Cago en Dios!
¿Lo habría imaginado? Imposible, no solo había escuchado los golpes, había llegado a sentir el movimiento de aquella endeble puerta mientras sonaba.
Más sereno pero también algo más enfadado, salió a la calle con la extensible en la mano, dispuesto a darle un susto al gracioso de turno que pretendía tomarle el pelo.
De nuevo lo envolvió la soledad más absoluta. Ni un foco encendido ni el zumbido lejano de la carretera comarcal. Solo la respiración contenida del propio pueblo, dormido a sus pies, con las farolas iluminando como candiles naranjas.
No escuchaba ningún ruido. Calma absoluta. Ni una brizna de viento ni un búho con su característico ulular.
Normalmente, allí, al final del pueblo, siempre se escuchaba a los animales nocturnos, al menos alguna moto lejana. De vez en cuando se veían cervatillos, incluso jabalíes.
Rodeó la pequeña caseta sin encontrar nada extraño.
A lo lejos, un coche lo sacó de la película que se había estado montando y se sintió ridículo. «Otro más del que reírse en el trabajo». Como los motoristas, están los vigilantes que se han acojonado y los que se van a acojonar.
Entró de nuevo en la garita, que olía a plástico recalentado y café del malo, dejó la porra en su sitio y se acomodó en la silla, aunque dudó en volver a ponerse los cascos. Estuvo un rato quieto, en silencio, intentando atrapar de improviso al bromista.
Un movimiento rápido en la ventana, apenas visto por el rabillo del ojo, le hizo pegar un brinco y casi caerse de la silla.
—¡Me cago en la puta!
Trató de calmarse. Se lo había escuchado cientos de veces a los veteranos: en estas ocasiones, lo importante es no perder la calma y mantenerse sereno.
Una vez se pierde el control, es imposible recuperarlo.
Sobre todo, cuando se trata de un grupo: si alguien se descontrola y contagia al resto, la histeria se propaga más rápido que la luz.
Rober respiró, se puso los cascos y volvió a concentrarse en la tertulia de aquella tarde, marcada por el parón de las competiciones a causa del COVID.
Durante un rato, el miedo al virus recuperó el espacio que habían copado los niños fantasma y los muertos andantes. Cuando sonó la alarma que indicaba que le tocaba paseo, ya había recuperado casi por completo la entereza.
Habían pasado alrededor de tres cuartos de hora sin sustos ni aparecidos. Lo más fácil es que hubiera sido un gato, un ruido de fuera o incluso nada. «No, he escuchado algo, lo he visto».
Tampoco habría sido el primer pájaro que se estrellaba contra una caseta. «Demasiados golpes».
Quién sabe, igual un gato intentando cazar. Eso podría explicar incluso la risa infantil. No lo hubiera aprobado Guillermo de Ockham, pero era mejor que la hipótesis del niño fantasma.
Además, ¿qué pintaba un niño fantasma allí? El muerto tenía pelos en los cojones desde hacía mucho tiempo.
Rober agarró el móvil, la defensa y las llaves del garito y salió a dar la ronda entre las calles abandonadas de aquel barrio fantasma; se entretuvo entre sus edificios, esqueletos tenebrosos de una crisis pasada que quién sabe si no volvería a resurgir con aquello del virus.
Entre las paredes atisbó el nido de cartones y mierda en el que debía dormir la mujer, pero no quiso asomarse. Tampoco parecía que estuviera por la zona. Quizás había sido ella la de los golpes en la puerta. Tendría que hablar con el jefe y tomar una determinación, aunque no le gustase.
Anduvo y anduvo, olvidándose del incidente y de sus problemas, hasta que se sentó a descansar. Estaba cansado, muy cansado. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.
Alguna vez le había pasado: salir a andar para despejarse y terminar recorriendo la ciudad entera. Pero nunca en el trabajo. Prefería quedarse en la garita, claro.
Buscó en su pequeña mochila y sacó una botella de agua. Miró la hora, todavía le quedaba mucha noche por delante, pero había empalmado dos rondas de paseo.
Se merecía un pequeño descanso, cerrar un poco los ojos.
Cuando los abrió ya era de día. Por suerte, no había llegado todavía su compañero, pero no tardaría.
Se había quedado dormido en el interior de la Ruina, incómodo entre el frío y las pesadillas.
Y, aun así, estaba agotado, le dolía la cabeza. Tosió y una sombra de duda le recorrió el espinazo. «Vamos, no me jodas, que me haya contagiado la mierda esa».