Las Palmeras 8
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¿Curras hoy? A vosotros no os mandan a casa, claro, si quieres nos vemos esta noche si no nos encierran antes, como en Madrid; si no te da cosa, yo síntomas no tengo, pero yo qué sé

Esther sonrió. Por primera vez en mucho tiempo sonrió antes de guardar el móvil. Se estaba cambiando para entrar a trabajar cuando recibió el mensaje de Alba. Hacía mucho que se habían distanciado y le resultaba reconfortante retomar la relación, aunque fuera obligada por la pandemia.

Hacía meses que no hablaba con un amigo, desde el funeral de Marco. Hubo un tiempo que se sintió molesta con Alba, pero ni siquiera le había contado que estaba saliendo con aquel chico.

Madrid y su pueblo estaban a la misma distancia en ambas direcciones.

No merecía la pena seguir enfadada y necesitaba hablar con alguien de confianza porque sentía que se estaba volviendo loca.

Se ajustó el mono fosforito y cerró la taquilla con sus cosas, guardando el móvil en el pantalón interior después de contestar.

¿A las 21:00? En el parque Valgreen.

13 de marzo de 2020, 16:28

Se ajustó los cascos inalámbricos, encendió la música y salió a la calle.

La música la relajaba y la ayudaba a pensar mientras trabajaba. No era un trabajo muy exigente en lo mental, pero sí en lo físico; más bien agotador.

Sobre todo en los últimos meses porque no era capaz de dormir bien: daba vueltas y vueltas a aquella noche.

Cada vez estaba más segura de que vio una sombra y le consumía la rabia porque nadie la había creído.

Además, notaba algo raro en el pueblo, como si la atmósfera hubiera cambiado después de la muerte de Marco.

De día pasaba más desapercibido, pero de noche no estaba cómoda, se sentía observada. Tenía miedo.

En alguna ocasión sopesó pedir la baja porque era más que evidente que no estaba bien. Pero el trabajo le servía de distracción y no quería más habladurías.

Siempre había sido la rara. Desde pequeña, su propia familia la tenía por un perro verde. Desde que murió su madre, a la que nunca terminaron de tragar en la familia de su padre, se acentuó ese carácter retraído.

Esther tenía vagos recuerdos tanto de su madre como de aquellos días de hospitales y quimioterapia. Su propia mente bloqueaba una etapa difícil en la que tuvo que resignarse a convivir con su abuela y su tía paterna, que ayudaron a su padre a sobrellevar la pérdida y encargarse de su crianza.

De su madre recordaba el olor a vainilla, su chándal verde aterciopelado, el sonido de su voz y el calor de sus abrazos. No trabajaba y solía pasar todo su tiempo libre con ella mientras se encargaba de la casa o pintaba sus cuadros en el desván.

Vivían en una de las casas antiguas del pueblo, de las pocas que de verdad eran de allí, anteriores a la burbuja inmobiliaria: grandes por fuera, estrechas por dentro, con las paredes enyesadas y torcidas, muy húmedas y frías, llenas de pasillos imposibles, escaleras contrahechas y extraños crujidos por la noche.

Con su madre jugaba a todas horas. Su pasatiempo favorito era adivinar colores y números. A ella le costaba acertar, pero su madre tenía un don. Quizás era un recuerdo engañoso, pero a ella sentía que acertaba siempre.

Por las tardes, cuando el tiempo lo permitía, salían a caminar por el campo y recoger flores y hierbas.

Su padre era muy diferente, guardia jurado de profesión, pero más bien enjuto y ajado, sobre todo desde que se quedó viudo. Desde que murió su abuela, Esther se ocupaba de la casa. Él estaba prejubilado por problemas de corazón, pero no sabía freír un huevo.

Mientras caminaba en las inmediaciones del colegio, recogiendo toda la guarrería que los niños lanzaban con descuido al suelo ante la indiferencia de sus padres, trató de hacer memoria sobre la muerte de Marco.

Quería contarle los máximos detalles a su amiga porque, si alguien podía creerla, era ella.

Los primeros días tras la tragedia ella misma dudó.

Al principio, hasta el funeral, estuvo en shock .

Pero después, poco a poco, fue convenciéndose de que algo raro había pasado: Marco sabía perfectamente dónde estaba ese hueco, tardó demasiado en volver y no estaba tan borracho como para tambalearse mareado.

Además, estaba segura de haber visto una sombra.

Desde entonces llevaba los ojos y oídos bien abiertos por el pueblo. Su instinto, ese que desde siempre le había costado la burla de su abuela y de su tía, la tenía en vilo. Como si tuviera siempre una palabra en la punta de la lengua.

A veces creía ver cosas por el rabillo del ojo en algún callejón poco iluminado, en las ventanas de alguna de las casas abandonadas por el centro, en algún tejado.

Desde la caída de Marco había desaparecido una chica en Alovera, un municipio cercano, y encontraron muerto de frío a un vagabundo en su propio pueblo. No sabía si estaba relacionado. A lo mejor pasaba a menudo y simplemente había comenzado a fijarse.

Se informó: en 2019 habían desaparecido más de veintiséis mil personas en España, de las que de cerca de dos mil quinientas no se había vuelto a saber nada.

Esa chica, de origen brasileño, aparecería un día por Madrid o cualquier otra ciudad grande a la que huir en busca de mayor libertad. Seguro. Pero ya no sería noticia.

Sin embargo, algo en su interior gritaba que investigase.

Quizás hablar con Alba le sirviese para salir de dudas.

Ella siempre había confiado en Esther y a las dos les gustaban los misterios.

Todavía conservaba el cuaderno de bruja de su etapa gótica, cuando las dos querían formar un aquelarre pero no encontraban a una tercera amiga tan friki como ellas.

Tenía alguna sospechaba que quería compartir con ella, por si acaso, porque apuntaban al nuevo vecino de la casa del terror .

Un tipo un poco raro. Lo había visto varias veces en el supermercado y en el kebab, recogiendo comida.

Pero, sobre todo, dando vueltas con su furgoneta de noche, por los sitios más insospechados.

A veces, husmeando cerca de la Ruina, espiando a los adolescentes. Bastante creepy.

Juraría haberlo visto cotilleando cerca de la ambulancia, cuando se llevaron a Marco ya cadáver. Pero de aquella noche solo tenía flashes a partir de la caída y por aquel entonces no se había fijado en él. Aquella noche buceaba entre tinieblas, mareada por las voces y las luces de emergencia.

Esther recorrió la larga avenida que conectaba uno de los dos colegios con el final del pueblo, el sector por donde debería haber seguido creciendo el municipio y desde el que se observaba con claridad la Ruina.

Eran las siete de la tarde y empezaba a caer la noche. No le gustaba acercarse por allí cuando caía el sol, así que emprendió la media vuelta. Era buena hora para ir pensando en volver a la nave.

Si le daba tiempo, compraría algo para prepararle una cena rápida a su padre. Se había quedado sin huevos y a él le gustaba tomar uno pasado por agua con un par de lonchas de jamón york para irse a la cama ligero.

Había quedado a las nueve con Alba. Su padre solía cenar entre las diez y media y las once. Imaginaba que le daría tiempo de sobra. Quería comprar también unas pipas y un par de latas de bebida para tomárselas en el parque, como cuando eran pequeñas.

No quería hablar en un bar, incómoda por las miradas de la gente.

***

Te toca noche, a las 22:00 h en punto quedamos en la garita. No llegues tarde.

13 de marzo de 2020, 21:10

Rober era guardia de seguridad desde hacía unos pocos meses por intercesión de su cuñado, que cubría los partidos en el estadio del Atlético de Madrid.

Estaba opositando para la Policía Nacional, pero no había conseguido plaza.

Barajaba presentarse a la municipal. De momento, tenía suerte: trabajaba a un cuarto de hora de su casa y disponía de tiempo de sobra para estudiar y prepararse.

Lo peor era el trabajo, un auténtico aburrimiento: vigilaba obras sin terminar en un pueblo de la campiña de Guadalajara, sin nada emocionante que custodiar ni palcos vip donde conocer famosos o azafatas, como el marido de su hermana.

Solo a una indigente, a la que trataba de hacer como que no veía para no dejarla a la intemperie.

Una vez la pilló meando al lado de la garita de seguridad y tuvo que echarla.

Al principio opuso algo de resistencia y se lanzó sobre él, riendo a carcajadas, sin dejar de mear.

Lo recordaba porque vio cómo se orinaba su propia pierna.

Pero se llevó la mano a la defensa y la mujer huyó con rapidez, dejando solo el recuerdo de su olor a tabaco rancio, fango y humedad.

Normalmente solo vigilaba edificios vacíos, sin instalación eléctrica siquiera. Esqueletos de metal, apenas cubiertos de ladrillo, llenos de humedades, recovecos y caídas mortales.

Si estaba allí es porque hacía unos meses un adolescente había muerto mientras hacía botellón junto a sus amigos.

No estaba claro quién tendría que pagar por ello, ya que todo estaba bien señalizado y el chico había cometido una negligencia, pero fue una tragedia en el pueblo y no interesaba más publicidad negativa.

La economía se estaba reactivando y en los planes de la constructora estaba terminar la promoción junto a una sociedad de inversión turca, o algo así.

«Ganar más pasta estafando a gente que apenas tendrá dinero para comprarse esta ruina», pensaba Rober, cuya experiencia con la empresa era más bien nefasta: hacía años que, aprovechándose de sus contactos en el Ayuntamiento, se habían quedado con unas tierras de su familia, generando una deuda enorme que había acabado con su padre muerto por un infarto y su madre con una demencia senil acelerada.

El destino había querido que ahora trabajase en una obra propiedad de aquellos desalmados que, por otro lado, ni siquiera sabrían de su miserable existencia.

Mientras ellos recibían premios, abrazos y alabanzas de los políticos de turno, cegados por el dinero que se dejaban en lavar su imagen, muchos como Rober quedaban en la cuneta.