Las Palmeras 7 #2
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Quique ni contestó. Sabía con certeza que su madre lo esperaba histérica, pensando que le habría pasado algo.

Era muy probable que, además, le cayesen un par de hostias de parte de su padre. No tanto por llegar tarde, sino por poner de los nervios a su mujer. Tú me jodes, yo te pego.

«También es justo», pensó resignado.

***

El padre Inocencio, natural de Valencia, siempre mantuvo un perfil bajo entre sus compañeros. Sus pequeños grandes problemas con el alcohol y las frecuentes depresiones, si bien nunca habían terminado de trascender, lo habían mantenido en un discreto segundo plano.

Un bicho raro entre bichos raros. Salvo algún desliz, como olvidar mencionar el nombre del difunto en alguna misa encargada, era un borracho discreto. Nada de grandes espectáculos en la taberna o pasearse por las calles con el pantalón meado, como había hecho su padre.

Por eso le encantaba pasar el verano en Las Palmeras: una parroquia sin excesivo trabajo, con mucha luz y pocos problemas; una perita en dulce que, sin embargo, otros sacerdotes procuraban evitar por su escasa trascendencia de cara al obispado.

Para él, que además era aficionado a la ornitología, era una auténtica delicia. Siempre llevaba a mano unos prismáticos en el zurrón, por si surgía la ocasión.

También era una maravilla para los niños, que se aburrían en las iglesias al uso: una huerta mediterránea al aire libre, perfumada con naranjos y con el canto de los pájaros haciendo de coro.

Permanecía cerrada el resto del año; era inviable con el frío y la lluvia. Además, en invierno los habitantes pasaban de apenas mil personas a tres viejas, dos señores mayores con olor a sudor seco y anís, siete gatos y un perro de entre catorce y sesenta años.

Inocencio solía pasar los veranos sin mayor preocupación que preparar la homilía y organizar un concierto a mediados de julio por la Virgen del Carmen.

Él no salía en la procesión marítima, suficiente marejada llevaba encima como para añadirle olas.

Aunque hacía más de un año que no probaba una copa, no por gusto, por prescripción médica: le había empezado a fallar el corazón.

Gran aficionado a la música, pasaba su tiempo libre escuchando vinilos y casetes y leyendo revistas de misterio: Más Allá de la Ciencia , Karma 7 , Espacio y Tiempo …

A Inocencio le apasionaban las historias de fantasmas, las psicofonías, los aparecidos, las psicoplastias y, en general, cualquier cosa que implicase que existía vida más allá de la muerte.

En parte —mínima— por vocación, pero sobre todo porque su hermana murió siendo él bastante joven, quedando solos los dos varones.

Un golpe del que nunca pudo recuperarse y que contribuyó a su descontrolada afición por las bebidas fermentadas.

Entre sus lecturas favoritas estaba Cartas de Pierre, una suerte de testamento post mortem que un joven soldado de la I Guerra Mundial habría dictado a su madre después de morir, el 8 de enero de 1915, en el frente de Argonne.

Unas memorias desde el otro lado en las que el difunto explicaba que la muerte no es sino una continuación de la vida, para nada un final, y que la batalla contra el mal se presta en distintos planos.

En su juventud, la historia le había servido a Inocencio para animarse y consolarse con la posibilidad de volver a ver en algún momento a su querida hermana, Lorena, a quien seguía sintiendo cerca de él.

En junio de 1992, cuando recibió la llamada de un feligrés y amigo, pensó que también podría ayudar a aquellos padres con la pérdida de su hija y llevó una copia para la madre de Raquel, aunque le costó Dios y ayuda conseguirla.

Se pasó años buscando por Madrid, por librerías y rastrillos, y dio con una copia en español cuando menos la buscaba en una librería de viejo de León, en pleno viaje turístico para visitar a uno de sus compañeros de seminario y, de paso, comprobar in situ por qué al barrio Húmedo se lo llamaba así.

Poco a poco, el cura y la familia fueron cogiendo confianza.

Una relación más espiritual con la madre, Josefa, quien más sufría la desaparición de su hija; de amistad con el padre, Adolfo, que lo canalizaba de otra forma; y de confianza con el hijo, lo que costó mucho más tiempo y esfuerzo.

No hablaba demasiado, pero empezaba a respetar su presencia desde que veía menos irascible a su padre y ausente a su madre.

Las visitas del cura eran como el jarabe, amargo pero con gran alivio durante unos días.

Las primeras semanas fueron muy complicadas para todos, pero especialmente para la madre.

Tuvo que ser ingresada por una fuerte anemia y estuvo a punto de morir.

Dejó de comer y sufrió alucinaciones: veía a su hija.

Bastaron un par de semanas en el hospital para reencauzar la mente y ajustar un tratamiento con el que aterrizar de vuelta a la triste realidad.

Con Adolfo la relación había sido mucho más fluida gracias a la música. Melómano y guitarrista aficionado, contaba con un pequeño estudio de grabación en el sótano en el que se encerraba durante horas, fuera del trabajo. Sobre todo ahora.

Inocencio también tocaba, en su caso, el saxofón. Llegaron a grabar juntos un par de canciones.

«Maldita la hora», pensaba el cura, sosteniendo la carcasa del casete que acababa de escuchar entre las manos.

Quizás no se habría dado cuenta de lo que había escuchado si no hubiera conseguido que el hijo se abriera a él. Un ruido, una interferencia que tal vez no le habría llamado la atención.

«Socorro».

Una voz femenina, de chica joven, algo metalizada.

«Socorro».

Un mensaje de auxilio, desesperado, de una persona harta de que no la escuchen.

«Socorro».

Por encima, la guitarra de Adolfo, ajena a todo.

—Padre, si le dijera… ¿si le dijera que a veces siento a mi hermana?

—Es normal, hijo, el recuerdo, es todo muy re…

—No, de verdad, a veces siento que está aquí.

Lo que empezó como una percepción había ido minando la moral del muchacho hasta convertirse en el elefante en la habitación.

Era imposible que no se diese cuenta de que algo pasaba. Primero, alguna luz en la madrugada, muy sutil, perfectamente explicable. Alguna puerta cerrada sin demasiada corriente. Casualidades. Susurros en la duermevela, cuando se rompe el tejido de la realidad.

Pero, poco a poco, los episodios ganaron espectacularidad hasta el punto de enfrentarlo con sus padres.

La tarde antes de hablar con Inocencio, todos los discos de Adolfo aparecieron apilados en el salón en lo que tardó en subir a su cuarto después de hacerse una leche fría con cacao en la cocina.

¿Cómo explicarle eso a un padre enfurecido que evitaba hablar de su hija desaparecida?

Pocos días antes, una repentina subida de tensión fundió todas las bombillas del piso superior.

Aunque el chico no había conectado nada, las culpas recayeron en su ordenador.

Pero eso no era lo que más le molestaba, ni siquiera el miedo; lo peor, lo que le comía por dentro, es que estaba seguro de que era su hermana y estaba pidiendo ayuda.

Hasta que tuvo un episodio que lo obligó a dar el paso.

Alguna vez había sufrido algún problema de sonambulismo, poca cosa. Como en una excursión del colegio, cuando se despertó pegando patadas a un compañero. Anecdótico, gracioso, sobre todo para el resto, pero nada que hubiera de temer.

Pero aquella noche tuvo un sueño extraño: su hermana lo llamaba desde su habitación. Las luces estaban apagadas, pero la casa estaba iluminada con una sutil iridiscencia que salía de las paredes.

Fito atravesó la pequeña zona de paso hasta el dormitorio de Raquel. Cruzó la puerta. Su hermana hablaba entre susurros, pero no conseguía entenderla.

No estaba en su cama, tumbada como de costumbre, escuchando música y ojeando revistas. Ni siquiera en su mesa de estudio.

Estaba justo enfrente: en el espejo. Dentro.

Estaba angustiada, parecía estar llamándolo, desesperada por no poder hacer oír su voz. Fito se contagió, sintió que se ahogaba con una presión en la boca del estómago.

Escuchó a su madre. Estaba soñando y ahora lo sabía. Josefa lo llamaba desde el otro lado de la pared, preguntando por los ruidos.

Cuando despertó a oscuras, no supo orientarse. Los segundos se dilataron como minutos.

Tardó en situarse. Estaba en el cuarto de su hermana. La puerta estaba cerrada y la luz de una farola apenas atravesaba la persiana casi bajada de la habitación.

Consiguió respirar. Escuchó a su madre al otro lado de la puerta y terminó de despertar. Creyó ver algo en el espejo.

Un movimiento en el rabillo del ojo, un brillo, un reflejo.

Cuando su madre abrió y encendió la luz, no supo explicarse y rompió a llorar, angustiado como su hermana.