Las Palmeras 7
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Días después de encontrarse por primera vez con Deme, Quique seguía con cierto resquemor. No le caía mal, pero chocaba un poco con el orden de las cosas que se había establecido los últimos dos veranos, el statu quo que decía su padre.

Sin él, Quique era el tercero de la pandilla. Vale, en un grupo de tres, ser tercero no es gran cosa. Pero antes era cuarto. Y ahora era el mejor amigo de Nacho, dado que Sergio andaba casi siempre en otros menesteres con los mayores.

Prácticamente era el segundo de a bordo. De dos.

No lo consideraba mala persona, pero no le parecía justo. Quique aprendió desde muy pequeño que siempre hubo clases y cada cual debía luchar por ascender y colocarse en el lugar que le corresponde.

Como su padre, era un pelota de mierda o un puto baboso (según preguntaras a sus compañeros o compañeras) que había conseguido un mejor puesto en la empresa de electrodomésticos para la que trabajaba convirtiéndose en la mano derecha del señor Manuel, el dueño.

A Javier, su padre, no le importó tragar bilis durante años y aguantar las pesadas bromas del resto de trabajadores.

Cuando se jubiló don Julián, el anterior encargado, pudo devolvérselas una a una.

Toneladas de frustraciones y humillaciones, maceradas en silencio en la estrecha cama matrimonial que compartía con Lourdes, su esposa, con el único propósito de convertirse en alguien importante.

Quique, que había tomado buena nota, seguía el mismo camino.

Desde que entró al colegio supo que era mejor que sus compañeros, unos brutos que no merecían nada de lo que tenían.

Nunca tuvo una videoconsola o un balón de reglamento, pero siempre lo entendió como un bache temporal.

Cuando llegase su momento, él disfrutaría de la vida mientras sus compañeros suplicarían ayuda y vehemencia.

Pensaba mientras caminaban por la playa.

Nacho y Demetrio hablaban despreocupados de una película que habían visto por televisión la noche anterior.

—Casi me cago con el puto payaso —dijo Nacho.

—Joder, es que a mí esta noche igual no me dejan ver cómo termina —protestaba Demetrio, que con astucia callaba la nochecita toledana que le había hecho pasar a su madre por culpa de Tim Curry, el actor que daba vida a Pennywise.

—Joder, qué putada… A mí es que me encantan las pelis de terror.

—A mí también…, pero las de miedo miedo, no las de asesinos.

—¿No te mola Halloween? —Nacho se mostró sorprendido, a él le encantaban. Y si además eran con mutantes, deformes o algo por estilo, mejor. Jason era su favorito: una máquina de matar.

—No mucho. Me molan las de vampiros, las de casas encantadas.

—¿ Salem’s Lot ?

—Me flipa, qué cague. La vi en la casa de mis abuelos, en el pueblo. —Demetrio volvió a acordarse de ellos. El rostro le hizo una mueca breve, casi imperceptible, como si se hubiera cortado con un folio.

—Joder, el puto niño rascando la ventana…

Demetrio asintió. Le encantaban las películas de terror y leer revistas de fenómenos paranormales, pero lo pasaba fatal por las noches.

La imaginación de un niño es variopinta cuando se apaga la luz, pero la de uno que acaba de leerse un reportaje de seis páginas sobre el poltergeist de Vallecas es un cóctel molotov.

—Uno del cole me pasó un vídeo de la segunda parte, pero era más falsa que una moneda de seis pesetas.

No pararon de hablar hasta que llegaron al espigón de El Perelló. Para aquel entonces, Quique ya había asumido que no era su día y no había dicho esta boca es mía, sumido en sus pensamientos.

—Venga, no tendrás miedo, ¿no? —lo increpó Nacho cuando dijo que no le gustaban esas películas.

A él no le dejaban ver películas de terror. La verdad es que no le dejaban ver la tele en general. Ni siquiera tenían reproductor de vídeo. Aunque desde el ascenso hubiera más dinero en casa, su padre seguía siendo un rata consumado.

Casi había que pedir permiso para encender una luz.

Tras una hora de camino por la arena, treparon con cuidado por las rocas con ayuda de manos y piernas. No serían los primeros niños que resbalasen y se abriesen la cabeza.

Aunque de hecho no fueran más que restos de pintura roja de procedencia desconocida, Quique aseguraba por activa y por pasiva que unas manchas que adornaban parte de las piedras eran la sangre de un niño impulsivo que había tratado de subir corriendo, con la mala fortuna de resbalar, desparramando los sesos para disfrute de cangrejos y pececillos.

Al menos, eso le había dicho su madre, que siempre trataba de protegerlo de cualquier peligro. No en vano, si le pasaba algo a su pequeño, tendría que convivir el resto de sus días aguantando a su marido en solitario.

—Me estoy leyendo un libro, tío, bueno, nos lo han mandado en el colegio, para el verano —continuó Nacho.

—¿De miedo?

—Bueno, son como cuentos, de aquí, de Valencia.

—¿Cuentos?

—Sí, o sea, como historias, pero hay una que te iba a molar, de un pirata, el pirata Dragut.

—Ni idea.

—Un pirata turco que atacó Cullera.

Demetrio y Nacho siguieron a lo suyo, hablando de series de televisión. Twin Peaks. A Quique le sonaba a chino, pero le daba igual.

El mar estaba algo revuelto y en esos días le encantaba encaramarse al rompeolas y demostrar lo valiente que era.

Le daba miedo, mucho, pero a la vez estaba relativamente seguro de que era difícil que le pasara nada.

Como cuando se subía a la azotea del edificio a jugar con su peonza y mirar el mar.

Lo tenía prohibidísimo, pero lo hacía de vez en cuando para probar sus límites.

Aunque nunca se asomaba al borde, claro.

El Mediterráneo no es que destacase por la bravura de sus aguas. Encaramarse ahí arriba era la oportunidad perfecta para hacerse el machote delante de sus amigos y ganarse algo de respeto. Solo que a sus amigos les daba igual.

Ellos iban allí a coger cangrejos, ni siquiera consideraban que fuera peligroso por mucho que sus madres les echasen la bronca o alguna ola rebelde les diera un buen susto.

Era como montar en bicicleta: podías matarte, pero como no lo sabían, no les daba miedo.

Cansado del poco caso que le hacían, decidió unirse a ellos e intentar cazar algunos cangrejos.

Nacho y Deme los guardaban en un cubo, de los de hacer castillos en la arena; él prefería jugar con los pobres e indefensos crustáceos a ser un dios.

Primero los agarraba y los lanzaba con furia fuera de su entorno; después los vareaba con el rastrillo y la pala hasta dejarlos mareados para, cuando ya empezaba a aburrirse del juego, golpearlos y desmembrarlos por diversión hasta la muerte.

Sus amigos procuraban no meterse, aunque a veces era difícil disimular la cara de asco y estupefacción cuando lo veían ensañarse.

En el fondo, estaban deseando que alguno lo pellizcase, aunque luego fuera un rollo aguantarlo llorando todo el camino de vuelta.

Otra vez.

El sol avisó de que era hora de regresar a casa proyectando las primeras sombras sobre la arena, y los chicos emprendieron el camino de vuelta.

—¡Coño, Sergio!

La alegría poco disimulada de Nacho al ver a su amigo chocaba con la aparente indiferencia de Quique. Siempre se había llevado bien con Sergio; de hecho, era de las pocas personas que pensaba que lo trataba con respeto, pero temía que la vuelta de Demetrio afectase a su estatus.

Para lo que no estaba preparado era para ver a Celia: un ángel.

Cuando alcanzase el puesto que le correspondía en la sociedad, ella sería su acompañante. Ella querría, claro, en ese momento ella querría. Todas.

Celia era de las pocas personas que eran amables con él motu proprio . Lo era con todo el mundo —era un amor—, pero eso carecía de importancia.

Que estuviera saliendo con Sete le hacía arder las entrañas. El mazazo de este verano. Estaba seguro de que antes o después se daría cuenta de que ese chico no era bueno para ella, pero por ahora no estaba en posición de hacer nada.

El tiempo pondría a cada cual en su lugar.

—¡Hombre, Deme! —Aunque sabía que había vuelto, Sergio no había coincidido aún con su viejo amigo—. Quique, Nacho…

A Quique se le hinchó el pecho de orgullo al escuchar su nombre en segundo lugar.

—¿Qué tal, tío?

Sergio era algo mayor que ellos, pero no era un capullo como el resto de sus nuevos amigos.

Quique lo respetaba y le habría gustado incluirse en la breve conversación si no hubiera estado ocupado lanzando miradas furtivas a Celia, que, tras el saludo inicial, se había sentado en la arena junto a los demás de la pandilla.

Fumando.

Eso no le gustaba a Quique; era de furcias, como decía su madre. Aunque lo que él no sabía es que ella fumaba mentolados a escondidas. Por fortuna para él, no alcanzó a ver la botella de ron y las cervezas ocultas entre los refrescos y las bolsas de patatas.

—Quique, colega, que no has dicho ni mu.

—Perdona, Sergio, estaba pensando en mis cosas.

—Sus cosas… —interrumpió con su sorna habitual Ximo, otro de los amigos mayores de Sergio, que trabajaba en la tienda de periódicos y colchonetas de su padre.

—Ya veo, ya… —asintió Sergio, sonriendo y mirando en la misma dirección que el infeliz muchacho—. ¿Queréis tomar algo?, ¿una cervecita?

Los tres chavales se miraron avergonzados, con palpable ilusión porque les hubieran ofrecido una cerveza en vez de un refresco. Con una risilla nerviosa declinaron la oferta, apurados porque no querían beber.

La vuelta a casa transcurrió con la misma euforia con la que terminó la conversación, como si acabaran de salir del cine de ver una película de artes marciales. Demetrio también se había fijado en Celia, con mayor disimulo. Apenas la recordaba de otros años, pero cómo había crecido. «Menuda diosa».

Poco o nada les importaba saber que casi era de noche y, a buen seguro, alguna reprimenda les caería.

—¿Quedamos después de cenar? —se despidió Nacho.

—Vale, aunque a ver cómo está mi madre, porque la hora que es… —contestó Demetrio, con la cabeza gacha del que sabe que va a cobrar y no precisamente un salario.