Las Palmeras 6
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Han cerrado todo en Madrid, fijo que nos encierran unos días, tiene mala pinta. Perdemos el curso, tía.

Como todo en aquellos días, generó gran revuelo. Cada medida era criticada con ferocidad por unos y defendida por otros sin mayor consideración, en muchas ocasiones, que el color político de quien la lanzase. Mientras tanto, los científicos y profesionales sanitarios no daban abasto.

La desinformación circulaba con una velocidad jamás vista hasta entonces en otros momentos de la historia.

La mágica confluencia entre la inmediatez de las redes sociales, el temor imperante y la peligrosa polarización de la política occidental en los últimos años fructificó en un régimen del terror en el que era imposible desmentir las barbaridades crecientes que se lanzaban gratuitamente con espurias intenciones.

Miles de cuentas falsas espoleaban las airadas reacciones de unos ciudadanos asustados por lo que estaba sucediendo. Las acusaciones se cruzaban desde uno y otro lado mezclándose con medias verdades apenas confirmadas por los científicos al respecto del virus.

La velocidad de propagación parecía multiplicarse exponencialmente ante la horrorizada vista de unos políticos que, presos de la inmediatez y temerosos de ser acusados de inoperantes, se desvivieron dando palos de ciego.

Llegó un punto en el que cada cual competía por tener la idea más extravagante, y se sucedieron momentos de tensión por detalles que, a la postre, resultarían más bien irrelevantes, como la desinfección de calles.

En realidad, el virus es probable que llevase ya al menos un par de meses circulando. Una primera fase lenta y engañosa en la que muchos casos habían sido confundidos con neumonías atípicas o tromboembolismos pulmonares.

En un mundo tan globalizado, con tantas conexiones internacionales, era imposible contener el flujo y sostener una trazabilidad.

De repente, como aquel 24 de agosto del año 79 d. C. en Pompeya, todo cambió para millones de personas en España y en todo el mundo.

***

Esther siempre fue una niña algo retraída, poco dada a hacer amigos.

No habló hasta los cinco años. Sus padres pensaban que era mudita y, en el colegio, las profesoras también.

Fue alumna de uno de los dos centros públicos de su pueblo, bautizado en honor a la poetisa Gloria Fuertes.

Nunca destacó por sus habilidades sociales.

Pero a ella no le importaba. Con su mejor amiga, Carolina, tenía suficiente.

Era una niña a la que conoció cerca de su casa, en el casco antiguo del pueblo, diminuto en proporción a todo lo que había crecido durante la burbuja inmobiliaria de finales de los noventa y los primeros dos mil.

Una zona de caserones antiguos, de piedra y adobe, con olor a humedad y muros gruesos.

de los que por dentro huelen a anises, puchero y abuelas.

Nunca se preguntó dónde vivía, nunca pensó en por qué apenas se dejaba ver cuando estaba con otras personas, ni siquiera en cómo entraba a veces a su casa, a su habitación, incluso de noche.

Carolina era su amiga y confidente. Jugaron millones de horas y compartieron bromas y preocupaciones. Nunca le llamó la atención que hablara sin abrir la boca. Eso le gustaba, podían jugar sin hacer ruido.

Carolina tenía mucho miedo de su abuela, Custodia.

Siempre desaparecía antes de que viniera a por ella y por eso nunca la dejaba ir a su casa a jugar.

Su abuela era muy estricta, se preocupaba mucho por la niña.

Demasiado. En ocasiones, demasiadas, la castigaba con violencia.

A ella y al recuerdo de su padre, un alcohólico que se había llevado por delante a la hija de Custodia estrellando su coche contra un árbol camino de Yunquera.

La castigaba con tanta violencia que un día la mató a golpes.

De eso hacía ya más de veinte años, aunque Esther no lo supiera.

Para ella todo era normal porque siempre había sido así. Carolina tampoco parecía ser muy consciente de su situación, o no quería serlo. También le gustaba jugar con su amiga.

Hasta que Esther conoció en persona a la abuela Custodia una perezosa tarde de domingo otoñal en la que el sol se filtraba, amarillento, entre las rendijas de la persiana y los pliegues de la cortina.

Como tantas otras veces, se había visto obligada a dormir la siesta para dejar un rato en paz a los adultos.

La habitación era pequeña, con una cama antigua, un armario ropero de principios de siglo, un pequeño escritorio y una alfombra raída, pero tenía el suficiente espacio como para esconder mil monstruos.

Tumbada en la cama, sin moverse demasiado para no hacer ruido con los muelles, Esther tarareaba la canción de Las tres mellizas cuando un sonido en la esquina del armario la interrumpió.

Le pareció ver algo en la penumbra. Creyó escuchar el chasquido de una lengua seca y vieja, como cuando observaba a su abuela dormir la siesta. Empezó a hacer mucho frío en la habitación.

Primero una sombra, poco a poco una presencia humana, más negra que la propia oscuridad, difícil de distinguir.

Así aparecía en ocasiones su amiga Carolina, y entonces se preguntaba cuánto tiempo llevaba escondida esperándola, pero la sensación era distinta, se estaba angustiando. Una voz en su interior le advertía de que aquella no era una presencia amistosa.

Carolina era mucho más luminosa, incluso saliendo de entre las sombras.

Un pánico creciente, un nerviosismo inexplicable conforme se dibujaba la silueta de una señora mayor, con el pelo canoso, invadió el cuerpecito de Esther.

Un repugnante olor, mezcla a perfume de violetas y podrido, invadió la habitación y la niña intentó chillar, pero no pudo.

Aquello, con total seguridad, no era Carolina.

La angustia, los nervios o algo más allá de lo humano la paralizaron.

Incapaz de cubrirse con las sábanas y la pesada colcha, o ni tan siquiera gritar, contempló cómo la figura de aquella señora mayor dirigía su mirada hacia ella y se acercaba con rostro furioso, flotando sobre el suelo de la habitación.

Cuando alcanzó una zona más iluminada y Esther pudo contemplar su figura, algo traslúcida pero física y real como su mesa de estudio, se detuvo.

La niña intentó rezar, como le había explicado su madre en alguna ocasión que había que hacer, pero apenas era capaz de mover los ojos, como para intentarlo con los labios.

Se esforzó en hacerlo mentalmente: «Dios te salve María, llena eres de gracia.

El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús».

En ese momento, la señora murmuró algo, abriendo los labios sin emitir sonido. Entendió que era sobre Carolina y comprendió que era su abuela, Custodia.

Hablaba para otra época, otra realidad, como si estuvieran proyectando una vieja película.

La presencia se abalanzó sobre la niña con las fauces desencajadas. Una expresión cargada de odio, con los ojos ausentes, envueltos en una sombra, como si una mancha de tinta negra se evaporase en humo.

El aire gélido de la habitación vibró como si la figura lo cortase con su repentino impulso.

«Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

La vieja apretó el cuello de la pequeña entre sus huesudas y frías manos, tan reales como los muelles que chirriaban histéricos, agitando con violencia el diminuto cuerpo, que, por fin, sumó las fuerzas justas para gritar cuando alcanzó a pensar «Amén».

Sus padres y su hermano entraron corriendo en la habitación, donde no había nadie más que una niña chillando y convulsionándose.

Tardaron en calmarla, y cuando al cabo de unos cuarenta minutos consiguieron que se explicase, intentaron convencerla de que no era más que una pesadilla.

Sabían que la niña no era del todo normal, pero aquello era demasiado. Pasó a ser incómodo. Muchas veces la veían hablar con una amiga imaginaria, pero no creyeron que tuviera mayor importancia hasta entonces.

Su padre y su hermano pensaron que la pequeña Esther estaba un poco ida, ya lo creían antes. Pero su madre no; su madre conocía la historia de Carolina y su abuela Custodia y sabía que era muy difícil que su hija pudiera haberse inventado toda aquella retahíla de detalles.

Además, ella también había visto cosas parecidas de pequeña.

Reconoció aquella mirada angustiada de su hija ante lo desconocido.

Le explicó el mismo consejo que le había dado a su vez su madre: encomendarse a una santa.

A ella le había funcionado con tres beatas mártires, en proceso de canonización, tres monjas carmelitas asesinadas al comienzo de la Guerra Civil española, cuya historia había conocido en el colegio y le había impactado de tal forma que había buscado más información sobre ellas.

No era especialmente religiosa, pero tuvo muchas pesadillas con aquel tiroteo en un portal de la calle Francisco Cuesta de Guadalajara.

Tres mujeres jóvenes, asesinadas por aquellos hombres que quisieron abusar de ellas, le daba igual el bando; en el otro abundaban también los ejemplos.

Conforme crecía, Esther fue asumiendo que aquello que veía en ocasiones no era normal y, con mucho esfuerzo, trataba de disimular para no buscarse problemas.

Poco a poco fue aprendiendo a controlar aquellas visiones; descubrió que, si las ignoraba, desaparecían. Pasaban a ser sombras, perdían su forma humana, y luego, al final, se esfumaban.

No volvió a jugar con Carolina hasta que por fin dejó de verla. La escuchó llorar y gritar con amargura por quedarse sola de nuevo. Se engañó a sí misma y se dijo que nada de eso era real.

Con la primera menstruación, el problema, si bien no cesó, se convirtió en residual.

Cada vez debía esforzarse más si quería ver aquellas sombras, rara vez con forma humana ya. Sí, tenía sensaciones extrañas cuando atravesaba algunas zonas, se sentía observada, incluso podía escuchar susurros, pero no como cuando era niña.

Cuando de adolescente intentó coquetear de nuevo con lo prohibido, con lo oculto, junto a su amiga Alba, casi era incapaz.

Al principio no se atrevió a contarle nada por miedo a Custodia, hasta que pasó por un episodio fugaz junto a ella en un vagón de tren, tras el que se prometió que no volvería a intentarlo.