Las Palmeras 5
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Todo encarrilado y según lo previsto por Guadalajara.

En Valencia las cosas fueron un poco más tortuosas y lentas. Los primeros días nadie podía creerse que Raquel, una chica estudiosa y de familia bien, hubiera podido desaparecer sin dejar rastro.

Con el paso de los días, las primeras miradas inquisitorias apuntaron hacia su novio, pero pronto presentó coartada.

Y creíble: había pasado olímpicamente de su novia y, mientras ella volvía a casa sola, andando por las oscuras carreteras valencianas, él seguía de fiesta con sus amigotes, una decisión que lamentaría para sus adentros a posteriori .

Sus amigos juraron que Sete estaba con ellos aquella noche. Jorge Rodríguez, hijo de un alto cargo de la Comunitat, lo confirmó: Luis no abandonó el parking de la discoteca nada más que para entrar con ellos. Y de ahí no salió hasta la mañana siguiente.

Lo cierto es que Jorge no estuvo con ellos.

Estuvo allí, pero con otra gente. Aun así, era amigo y testificó a favor, a sabiendas de que su apellido tenía peso en la cabeza del comisario de Sueca.

Ese tipo de favores, discretos pero oportunos y constantes, fueron los que habían llevado a su padre al puesto que ostentaba.

Tenía muy claro que su amigo no había sido. Creyó verlo por la sala bien entrada la madrugada. Y sabía que recordaría toda su vida ese cable cuando más lo necesitó.

***

Hacía dos años que Demetrio no iba a Valencia, a Las Palmeras, pero recordaba muy bien esa luz tan especial que envuelve la mañana a orillas del Mediterráneo.

No sabía si sus amigos lo recordarían después de tanto tiempo, pero él se acordaba de ellos. Dos veranos eran muchos a su edad.

Poco o nada había cambiado allí. Todo parecía algo más pequeño, seguramente porque él era mayor.

Nada más bajar del coche, el fuerte viento que peinaba la tarde levantina introdujo su olor a mar en lo más profundo de los pulmones del joven pelirrojo. Lo golpeó con la humedad y el calor del verano, como hacía siempre el primer día. Eso también lo recordaba bien.

El apartamento, un dúplex que hasta hacía poco había pertenecido a sus abuelos, se erguía a la altura de un noveno piso en primera línea de mar. La sombra del imponente edificio en curva se proyectaba sobre la pequeña playa, siempre solitaria por la tarde.

En el jardín frontal, de espaldas a una piscina para niños que cada tarde se vaciaba en una época en la que el agua no escaseaba, se encontraba un restaurante de planta circular, el Redo, con su característica forma redonda, que se dejaba envolver por el edificio.

A su izquierda, mirando al mar, un bar de copas.

A la derecha, una heladería, La Jijonenca.

Allí solían comprar sus abuelos un cubo de horchata todas las tardes para disfrutarlo sentados en la terraza, contemplando el Mediterráneo.

Nunca más, pensó.

Las Palmeras era un pequeño pueblo de pescadores, un poblado más bien o una aldea reconvertida para el turismo a mediados de los sesenta cerca de Sueca, municipio al que pertenecía como pedanía.

Un lugar tranquilo hasta que la movida valenciana de los años ochenta y la Ruta del Bakalao lo situaron en el mapa gracias a un par de discotecas.

Miles de jóvenes peregrinaron allí durante años en busca de fiesta y música de vanguardia. Sin embargo, a diferencia de otras localidades cercanas, aquello continuó siendo apenas un pueblecito, sin más supermercado que la pequeña tienda de la señora Hortensia.

Como si la tierra estuviera maldita y malograse las raíces de los edificios.

Sin ni siquiera un hotel, solo apartamentos para la gente de la propia Valencia. Con un centro telefónico de cabinas en el paseo marítimo como alarde tecnológico.

La única atracción turística en sí, además de la pequeña playa, era un circuito de karting con alguna ascendencia en la competición nacional, a las afueras, cerca de una iglesia al aire libre que Demetrio recordaba con fuerza por su aroma a naranjos.

Echaba mucho de menos a sus abuelos. Los recordó mientras subía por el interminable ascensor hasta el quinto, a la altura del noveno piso. Nada más salir, se acercó corriendo a la barandilla, a echar un vistazo por el hueco de la escalera.

No tenía vértigo; era más bien un cierto temor, por si acaso resbalaba o le daba por saltar preso de un repentino ataque de locura. Años más tarde descubrió que ese impulso se llama pensamiento intrusivo y era más normal de lo que pensaba.

Solo dos cosas en este mundo le provocaban pavor: el paso del tiempo y el miedo a volverse loco, a no distinguir la realidad. Contra lo primero sabía que no había cura.

Demetrio sentía fuertes ataques de pánico pensando en lo que le deparaba el futuro; una especie de nostalgia anticipada, una ansiedad por dejar atrás etapas que jamás volverían.

Como el colegio o como sus abuelos.

Tras un par de años sin poder regresar al apartamento por distintas causas, volvía de vacaciones junto a su madre. Ni su padre, que tenía que trabajar en la fábrica de Camy, ni su hermano mayor, interno en un colegio de Dublín, viajaron con ellos.

Por delante contemplaba un mes que se le podía hacer larguísimo si sus viejos compañeros de juegos no lo recordaban.

Quique, Sergio y, sobre todo, Nacho. Cuando era pequeño, más pequeño, se preguntaba cada verano si ya conocía de antes a esos chicos con los que jugaba y si ellos lo conocían a él.

Así funciona la mente de un niño, o al menos la suya: cada año era una aventura nueva hasta que empezó a tomar constancia de la realidad.

Quique y Nacho tenían un año menos que Demetrio, pero Sergio era tres años mayor y probablemente ya estuviera a otro rollo. A esa edad, viviría en un universo diferente.

Demetrio, a los catorce, transitaba por la peligrosa línea que separa la infancia de la adolescencia. Sus amigos, muchos ya con quince años, empezaban a coquetear con el Martini con limón, el Malibú con piña, el calimocho y las chicas.

Él, sin embargo, prefería pegarle patadas a un balón.

Cuestión de meses o de físico: delgado, bajito y casi pelirrojo, si no hubiera tenido suerte, habría sido carne de collejas.

También había aprendido a huir del peligro, aunque eso hubiera implicado algunas veces agachar las orejas y no defender a algún compañero menos afortunado.

Conforme atravesó el pasillo, bañado de luz a través de la celosía de hormigón, típica de la zona, el olor a madera húmeda de las ventanas interiores le trajo el recuerdo de la cocina del piso.

La vista desde la terraza era imponente: frente a sus ojos, la inmensidad del Mediterráneo en todo su esplendor.

A su espalda, el apartamento seguía casi igual que la última vez que lo había pisado, con el viejo teléfono de baquelita negro y desconectado de la red colgado en la pared, al lado derecho de la puerta de entrada, en el minúsculo vestíbulo.

Enfrente, la angosta cocina, con sus muebles de madera humedecida por el mar.

Al lado de esta, el pequeño cuarto de baño del piso de abajo, con esa balda superior donde su madre guardaba todos los artilugios de la playa y que por eso siempre olía a plástico y sal.

Cuando era pequeño, aquel rincón era un tesoro, siempre lleno de juguetes de otros años que apenas recordaba.

El resto de la primera planta lo ocupaba el cuarto de estar, que hacía las funciones de comedor, donde se encontraban también las sonoras escaleras de madera que daban acceso a las habitaciones del piso superior.

Y la terraza, con su mesa y sillas de mimbre, compradas en el mercadillo de Sueca y apiladas a resguardo de la intemperie en el interior.

La planta de arriba la ocupaban tres habitaciones: dos más pequeñas a la derecha de las escaleras y la principal, con balcón, a la izquierda. Un cuarto de baño, con ducha, completaba la casa.

De pequeño le daba un miedo horrible imaginar que una siniestra y anciana bruja lo esperaba en el piso de arriba, dispuesta a atacarlo mientras subía las escaleras.

En el cuarto de baño, un pequeño ventanuco hacía las veces de respiradero. En lugar de dar a la calle, los efluvios salían hacia un angosto patio interior del tamaño de un pupitre que conectaba las viviendas en vertical.

Antaño, Demetrio lo usaba para comunicarse con sus amigos porque dos de ellos vivían en apartamentos con acceso al mismo patio.

—¡Hola! —dijo asomado al oscuro pozo, apoyado sobre la taza del inodoro. No esperaba ya contestación.

—¡Hola! —respondió, sin embargo, una voz infantil a su espalda.

—¡Hostias! —El joven resbaló de la taza del susto, golpeando con la barbilla el quicio del ventanuco.

—¡Ay! —masculló entre risas una niña de unos doce años—. ¿Te acuerdas de mí? Soy Luz, la hermana de…

—De Nacho, sí, sí… ¿Cómo has entrado? —A pesar del malhumor del golpe, se alegraba de verla; quería decir que su amigo estaba allí, y si ella lo había reconocido, él también.

—Nada, que hemos visto tu coche y no sabía si te acordarías de mí… Si quieres, luego hemos quedado para dar una vuelta, ya sabes…, mi hermano, Quique…

—Ah, claro. Pues vale…

—Genial, te pasamos a buscar. Hace mucho que no venías.

Luz solo tenía un año y algunos meses menos que su hermano Nacho, pero vestida con su peto vaquero y una camiseta rosa a rayas parecía más niña.

El pelo, corto y con forma de seta, no ayudaba a hacerla parecer mayor.

La última vez que la había visto, su madre no la dejaba jugar con los amigos de su hermano porque siempre terminaban enfadados.

Nadie protestaba salvo Luz, que quería jugar con los mayores. Erre que erre.

A Luz siempre le cayeron bien Sergio y Demetrio porque, aunque fuese un rollo jugar con una niña pequeña, nunca se pusieron del lado de su hermano en las peleas. Siempre eran amables con ella.

Quique y Nacho eran distintos. El segundo por ser su hermano, el primero porque, al ser el más pequeño, necesitaba desviar la atención y atacar a otro miembro más débil del grupo.

Poco habían cambiado las cosas. Aunque Luz ya se juntaba con los mayores, seguían haciéndole la puñeta a diario. Confiaba en que la vuelta de Demetrio ayudara un poco a hacerle más agradable el verano, que equilibrara fuerzas de nuevo.

No había muchas chicas de su edad en el edificio. La mayoría tenía al menos un par de años más y ya estaban a otro rollo.

La más cercana, Celia, la sobrina del cura, se juntaba más con las mayores. A sus dieciséis años ya tenía novio: Luis, Luisete, un par de años mayor que ella y con cierta fama de conflictivo. Era del pueblo.

Los padres de Celia no estaban muy contentos con la relación, pero tampoco querían darle mayor importancia a un amor de verano que se olvidaría cuando volvieran a Madrid.

O eso querían pensar, porque, aunque hicieran caso omiso a los cuchicheos, sabían que el novio de su hija era una mala influencia. Y ella era muy joven para empezar así.

Por lo que se contaba, Sete siempre había sido un poco rebelde a pesar de no haberse criado ni mucho menos en un entorno marginal.

Siempre había gustado de meterse en problemas.

Su padre era registrador de la propiedad y su madre trabajaba con él.

Respetados por la comunidad, atormentados por un hijo con ganas de pasarlo bien en una época de creciente libertad.

Pasados los primeros días, nadie pensaba en serio que hubiera sido capaz de matar a Raquel. Aunque la policía se vio obligada a investigarlo y se convirtió en la comidilla del pueblo.

Pero no era la única chica desaparecida, ni mucho menos. La ruta se cobraba sus piezas de vez en cuando. Todo el mundo conocía a alguien que, a su vez, conocía a alguien cuyo hijo había desaparecido.