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Sí, yo tampoco tengo síntomas, al final estoy saliendo
de la habitación y haciendo vida normal, con cuidado,
pero es que si ninguna estamos con síntomas, pues yo qué sé
Un par de días después de llegar, y viendo que ninguna de sus compañeras de residencia mostraba síntomas y estaban haciendo lo que querían en sus pueblos, Alba siguió su ejemplo y salió de su habitación. Con ligeras precauciones, intentando no acercarse demasiado a sus padres, pero libre.
Al final, tantas posibilidades tenían ella de haberse contagiado en la universidad como ellos en el trabajo.
Estaba aburrida. Había estudiado un rato por la mañana, pero no se concentraba lo suficiente, especialmente con el ruido del aspirador. Sus padres se habían cogido unos días en el trabajo pensando en cuidar de ella y por precaución.
Su madre, Pilar, trabajaba en el Ayuntamiento como auxiliar administrativo, sobre todo en Registro. Un trabajo poco agradecido en el que muchas veces tenía que dar la cara ante los vecinos por las decisiones de los políticos.
—Verás tú como este año no se abra… —Bajó el tono cuando vio a su hija pasar cerca. Hablaba de algo confidencial por teléfono con una compañera—. Que, bueno, lo mismo no puede abrirse por el virus, pero es que mantenimiento este año… cero.
Alba supo que se refería a la piscina municipal, pero fingió no enterarse de nada ante la mirada inquisitoria de su madre.
Su padre era informático en una gran empresa. No le quedaba mucho para poder prejubilarse y se quejaba de que cada día pintaba menos. Hacía tiempo que había perdido el interés por las nuevas tecnologías y el reciclaje profesional. A cambio, había trasladado su pasión al ciclismo de carretera.
Viendo que su hija no necesitaba ayuda, y que no convenía volver al trabajo, agarró su bici alrededor de las nueve de la mañana y se dirigió a Humanes de Mohernando, a treinta y cinco kilómetros, en una ruta más bien llanita por la carretera conocida como de la Patata.
Alba bajó a ayudar a limpiar un poco, manteniendo la distancia.
Nunca tenía tiempo y quería aprovechar, le dijo su madre.
En realidad, más que ayudar le dio conversación, lo cual Pilar también agradeció.
Pasado un rato poco productivo, decidieron parar y desayunar unas tostadas con tomate y jamón y un café expreso de la cafetera que había comprado su padre hacía unos meses.
—A tu padre le gusta mucho, pero yo creo que es por lo que le ha costado, ya sabes lo cabezota que es.
Aquel ratito de tranquilidad les supo a gloria y se animaron a salir a comprar para tomar algo de sol. Al aire libre decían que había poco peligro, y en algún momento habría que hacer la compra. No era algo que pudieran evitar.
Tampoco había tantos casos. Confiaba en que fuera un problema más de las ciudades que del pueblo, comentaron aun a sabiendas de que se estaban mintiendo.
En el pueblo había dos grandes supermercados, cerca del centro. Ellos vivían más bien hacia el final, no muy lejos de la Ruina, donde iban de fiesta los jóvenes. Para ir a comprar necesitaban coger el coche.
En el trayecto, con las ventanillas bajadas, Alba notó el miedo de sus vecinos al reconocerla.
No le pasó inadvertida la mirada de un matrimonio de personas mayores: un exconcejal socialista, Paco, que había llegado a ser vicepresidente de la Diputación y su mujer, Lola, ya septuagenaria, que de siempre se había dedicado a sus labores.
Eran amigos de sus abuelos porque Lola y su abuela eran del mismo pueblo: Alcocer. El pueblo que siempre está a la misma temperatura, decía su abuelo: al cocer.
Paco y Lola confiaban en el Gobierno de España y en su alcaldesa, de su mismo partido.
Pero la decisión de liberar a todos los jóvenes de la Comunidad de Madrid y mandarlos en diáspora a sus pueblos les parecía temeraria cuando menos.
Si los colores hubieran sido distintos, estarían a favor de la decisión tomada por la presidenta de la Comunidad de Madrid y absolutamente en contra del Gobierno de España y su alcaldesa. Cosas de partido.
Lola, con su pelo corto y morado, siempre había sido muy activista; al fin y al cabo, el pan de su marido dependía de eso. Tras cuarenta y cinco años de militancia, es posible que aquello fuera más una religión que una preferencia política.
En la acera de enfrente a ellos, de manera literal y metafórica, vivía un viejo periodista, un escritor jubilado que de vez en cuando acudía a las tertulias del espectro contrario.
Con su sempiterno sombrero y su bigote del siglo pasado, solía pasar más tiempo de bares que en su casa. Y no bebiendo agua.
Y ahí estaba, apurando un vaso de vino cuando aparcaron en la zona comercial. No se conocían personalmente, pero Alba sabía que ese señor tan enfadado de la tele, que salía en «donde los curas», como decía su padre, vivía en su pueblo desde que se había divorciado de su tercera mujer.
A su lado, en otra mesa alta de las colocadas fuera, junto al aparcamiento, apuraba su café con churros un chico de una agencia de seguridad.
—Mira, esos son los que están vigilando la obra desde que se mató el chico ese de tu edad.
—No era de mi edad, era un par de años más pequeño —explicó Alba, que conocía la historia un poco por encima.
Recordó todo el revuelo entre sus amigos hacía unos meses.
No se enteraron mucho porque la mayoría estaba fuera del pueblo y el chico no era de su círculo.
La única que no comentó nada fue justo la única que seguía viviendo allí, Esther, pero es fácil que tampoco supiera nada porque no era muy de salir.
Habían pasado gran parte de su adolescencia en la Ruina y sentía escalofríos de la cantidad de veces que podría haberles ocurrido algo similar.
Bastaba un poco de mala suerte para resbalar o caer por el hueco de una obra yendo sobrio.
No quería ni pensar habiendo bebido, como tantas y tantas veces habían subido y bajado esas escaleras en un botellón.
Pensándolo en frío, era un peligro y no le parecía mal que la obra estuviera vigilada y el acceso prohibido.
Claro, ella ya no la frecuentaba, le daba igual quedarse sin lugar de reunión.
Era toda una vieja amargada. Se ponía en la piel de la chica que decían que estaba con él y se estremecía solo de imaginarlo.
Cuando entraron al supermercado, la realidad las golpeó de frente. Jamás habían visto algo así: la gente se agolpaba nerviosa en la caja con los carritos llenos y los lineales relucían vacíos.
—No me jodas, si esto parece Venezuela —se le escapó a Alba, que se sonrojó al darse cuenta de que detrás estaba una de las cajeras, de origen sudamericano.
Su madre ni siquiera supo abrir la boca para afearle el vocabulario.
Por primera vez, estaba asustada de verdad y había pasado por alto también a la trabajadora.
En cuanto se recompuso, no dudó en culpar al Gobierno como quien se encomienda a un santo y trató de ordenar rápidamente sus necesidades para que pudieran comprar el máximo de productos en el menor tiempo posible.
Al salir del supermercado, el aire se notaba distinto. Más limpio después del agobio pero también más frío.
Fuera, una indigente de aspecto sucio y demacrado, con olor a tabaco, mugre y humedad, sonrió a Alba con su dentadura podrida.
Nadie parecía reparar en su presencia, solo la joven.
Todos estaban tan pendientes de su propia supervivencia que aquella señora habría podido salir volando como Mary Poppins sin llamar la atención.
«Van a ser tiempos duros para esa gente que vive en la calle», pensó Alba, pero la pena inicial se transformó en asco y miedo cuando se dio cuenta de que no dejaba de mirarla.
No pudo evitarlo y se sintió culpable por su propia reacción.
Había algo en la expresión de aquella señora que le resultaba repugnante.
El camino de vuelta transcurrió en silencio.
Ninguna quería asustar a la otra y, a su vez, no se les ocurría cómo restar importancia a lo vivido.
Tenían suficiente comida y productos de higiene en casa para pasar una semana o dos sin salir.
Solían hacer compras grandes y la última era reciente.
Puede que, inconscientemente, hubieran comprado algo de más, de hecho.
Pero empezaban a no estar seguras de cuánto tiempo iba a durar esto.
Cuando volvió su padre a casa, tan contento después de un día en que el que por lo normal hubiera estado trabajando, su exceso de relajación desembocó en una pequeña discusión con su mujer, que estaba fuera de sí.
—Nosotras aquí, con cuidado, y tú… Seguro que os habéis juntado los del club en algún bar.
Alba no quería líos y estaba un poco nerviosa. Salió a pasear para bajar la comida y poner sus pensamientos en orden.
La casa de su nuevo vecino estaba cerrada a cal y canto, con todas las persianas bajadas. Parecía, como en los viejos tiempos, que nadie vivía allí. No pudo evitar fijarse en el pequeño jardín trasero que la rodeaba hasta el porche: estaba muy descuidado.
Comenzó a andar sin rumbo fijo y terminó en los alrededores del instituto, junto al Centro Social. Allí, un grupo de señoras mayores se arremolinaba a la entrada, comentando la situación y vaticinando con gran pesar que tendrían que interrumpir sus clases de yoga y manualidades.
En Castilla–La Mancha ya había enfermos, varios de ellos en Marchamalo, un municipio no muy lejano, donde de hecho se había confirmado el primer afectado: un hombre de alrededor de sesenta años que pudo haberse contagiado en el hospital de Guadalajara.
Cerca, unos chicos practicaban skate en el parque aledaño, Valgreen, donde un operario recogía papeleras.
El corazón le dio un vuelco, pero no era su amiga. Quería verla, pero no esperaba encontrársela así, de golpe.
Todavía nerviosa, se adentró en el edificio, que también albergaba la biblioteca municipal, y aprovechó para aprovisionarse de algunos libros de terror y ciencia ficción. Hacía años que no leía, pero tenía la sensación de que iba a tener tiempo las próximas semanas.
Por la mirada, supo que la bibliotecaria todavía la recordaba y era consciente de que estaba estudiando en Madrid. Trató de marcharse lo más rápido posible, casi pidiendo perdón, y volvió a casa deprisa, avergonzada.
No debía haber salido de casa. ¿Y si contagiaba a alguien?