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Aquel verano empezó a principios de marzo y muy lejos de su casa: una noche de sábado cualquiera en Valencia, de madrugada, con una chica llamada Raquel, a la que no llegó a conocer nunca.
No en vida.
Raquel, la pobre Raquel, volvía a casa después de una fiesta de esas de las que los padres saben la mitad y sospechan el doble.
Se le había pasado bastante la hora de vuelta.
Encima tenía que recorrer el camino a casa sola porque «la muy zorra» de su amiga Candela se había perdido con un par de amigos de su novio, casi al principio de la noche.
Con lo que le gustaba al pobre Ximo, mucho más sano.
Candela y Raquel eran mejores amigas, físicamente muy parecidas incluso: ambas eran rubias y medían alrededor de metro sesenta, aunque Cande era un poco más alta y delgada.
Raquel llevaba el pelo más corto y rizado, cosa que Cande envidiaba sin disimulo.
De cara parecían hermanas. Solían bromear con eso, sobre todo con sus novios.
Cande, que había dejado los estudios para trabajar, prefería las relaciones esporádicas.
«Como no me dé prisa, me matan», pensó Raquel según aceleraba el paso por la cuneta de aquella oscura carretera.
«Seguro que se han despertado y han visto que no estoy en casa», dijo para sus adentros mientras se recomponía la minifalda, tratando de arañar algunos centímetros al frío que calaba sus huesos.
Porque en marzo, de noche y con algunos campos de arroz todavía en fangueig, inundados de lodo, hacía frío.
Si hubiera hecho caso a su madre, habría cogido una chaqueta gorda. Su madre siempre le decía que se abrigase. Incluso en agosto.
—Coge una rebequita, por si refresca.
De pequeña, en su Vitoria natal, cuando nevaba de verdad, su madre estuvo a punto de morir de una pulmonía por salir a jugar con su trineo sin abrigo.
Lo cierto es que apenas recordaba gran cosa, pero desde entonces aquello se convirtió en un mantra que transmitió a su hija, a quien, por otro lado, le daba bastante igual.
Claro que si sus padres hubieran sospechado dónde iba y a qué hora iba a volver, directamente no hubiera salido. Ni abrigada ni sin abrigar. Y habría sido mejor para ella: seguiría viva.
Su padre, Adolfo, era secretario del Ayuntamiento de Cullera.
Aunque por aquel entonces seguía siendo habitual tratar a los cargos importantes de don, a él no le gustaba que lo llamasen don Adolfo.
Ese era su padre, el que le había inculcado la disciplina y la rectitud con el dorso de la mano cuando había hecho falta.
Gracias a eso, era un hombre serio. Había estudiado en los Salesianos y seguía el método de Don Bosco: valores y disciplina.
No le gustaban los tejemanejes de los políticos, ni locales, a los que tenía más controlados, ni provinciales.
Y mucho menos los de la Generalitat. Tampoco le gustaban las fiestas a las que iba a su hija, fruto del descontrol y la permisividad de esa clase política.
La situación en Valencia estaba, a su juicio, descontrolada.
En el momento menos oportuno, cuando la prisa por llegar ya superaba con creces el buen recuerdo de la fiesta, Raquel resbaló con la acequia y cayó al arcén.
Debió doler, encontraron algo de sangre.
Sintió primero el frío porque el asfalto estaba helado. Quién sabe lo que tardó en levantarse, aturdida aún por el alcohol y por los efectos del golpe.
Luego llegó el ardor, cuando se levantó y se recompuso la minifalda.
«A ver cómo coño explico yo esto mañana», se dijo mirándose la sangre que salpicaba su ropa. «Se van a pensar que ha sido Sete. Mejor lo escondo y lo lavo a mano».
Sete era Luis, Luisete, su novio, al que llegaron a culpar de su desaparición. Un buen chaval con la compañía equivocada. Como tantos allí.
Durante un instante pensó en él y en que nunca le había dicho que lo quería. Aunque tampoco estaba muy segura, sobre todo después de dejarla volver sola. Pero le gustaba cómo la miraba cuando se reía.
Renqueante, Raquel retomó la marcha, a juzgar por el ligero goteo de sangre que encontraron en la carretera.
No llegó muy lejos antes de detenerse. Las luces y el ruido de un coche en la distancia encogieron el corazón de la pobre chica.
—Hostia, no, que no sea mi padre —susurró, cerrando los ojos y cruzando los dedos.
Los deseos suelen cumplirse cuando el que escucha es el diablo. Bingo. Aquel no era el viejo Renault de su padre, era un Corsa blanco que también reconoció enseguida.
Conforme la oscuridad volvió a su sitio y el coche se alejó, las gotas de sangre en el arcén quedaron como único testigo de la última fiesta de Reich, otra joven desaparecida en la Valencia de los años noventa, a cuatrocientos kilómetros de casa de Demetrio, que nunca la llegó a conocer.
En vida.