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Cariño, si os suspenden las clases te vienes ya mismo a dormir aquí, que si no nos dejan salir por lo menos tienes patio y estás con nosotros en casa, no te vas a quedar allí en la residencia si no vas a tener que ir a la universidad y aquí tienes fibra ya.
Sus padres no eran muy mayores, pero temía contagiarlos. Durante el trayecto en tren se le metió en la cabeza la imagen de su padre con fiebre, tosiendo entubado en una cama de hospital. Solo. Intentó apartarla, pero volvió una y otra vez, con la misma insistencia que el traqueteo del vagón.
La diáspora fue explosiva. Todos sus compañeros de residencia, salvo los que procedían de las islas, recogieron sus cosas y se marcharon de vuelta a sus pueblos y ciudades.
Algunos con pocas ganas de volver a la normalidad asfixiante de sus vidas anteriores, otros con intención de disfrutar unas vacaciones repentinas y muchos con el temor de ejercer de supercontagiadores.
Su plan era sencillo. No sabía si sería suficiente, pero era lo mínimo que podía hacer: se quedaría encerrada en su habitación una semana o dos, lo justo para ver si desarrollaba los temidos síntomas.
En principio, si todo iba bien, tendría que volver a clase quizás incluso antes de ese plazo. Intentaría salir lo mínimo posible: tenía su propio baño, que limpiaría ella, y comería en la habitación.
Cuando llegó a Azuqueca, su padre la estaba esperando.
Irían con las ventanillas bajadas todo el viaje.
No se le ocurría otra forma de llegar al pueblo, aunque sopesó la posibilidad de acercarse andando por la carretera.
No sería la primera vez, pero no era lo mismo volver de fiesta que cargada con una maleta, aunque el calzado fuera, sin duda, mucho más cómodo y el camino más recto.
—¿Qué tal? ¿Mucho miedo por allí la gente?
—Nada, si seguro que al final tampoco es para tanto —quiso tranquilizar a su padre.
En el fondo, confiaba en que así fuera y todo quedase en un susto gordo. Al fin y al cabo, ya había pasado otras veces y quedado en nada. Como cuando lo del ébola. Pobre perro.
«Parece que se transmite por el aire». Por si acaso, no hablaron más en todo el camino. Tampoco es que diera tiempo en apenas diez minutos de trayecto.
Hacía cerca de catorce años que se mudaron al pueblo desde Torrejón de Ardoz, allá por 2006, atraídos, como muchas familias, por los precios de las viviendas unifamiliares.
Aquel se convirtió en uno de los pueblos más jóvenes de España gracias a su cercanía con la capital y la autovía de Barcelona.
Miles de parejas hipnotizadas por el sueño americano, con su chalet, piscina, todoterreno y perro, en pleno Corredor del Henares.
Un perfil que sufrió especialmente la crisis de 2008, claro.
Fueron años muy duros para crecer allí, con muchos amigos que se vieron obligados a mudarse entre lágrimas por los problemas con la hipoteca después de venirse abajo el sector de la construcción.
Familias rotas, víctimas del castillo de naipes sobre el que habían construido su modo de vida, engañados por el dinero fácil de las cajas de ahorro.
Su familia tuvo más suerte, aunque fueron años duros. Su madre era funcionaria y su padre no solo conservó el empleo, sino que fue creciendo poco a poco, conforme se recuperaba la actividad.
En una época de ciegos, los tuertos disfrutaron de su pequeño reino.
Su habitación estaba tal cual, sin tocar, desde el instituto. No pasaba mucho por casa, ni siquiera en verano.
Sus padres no solo le habían pagado la carrera en una universidad privada, también la residencia en el propio campus.
Con sus ventajas y sus desventajas. Por lo menos estaba más centrada en los estudios después de una adolescencia algo complicada que culminó con un fracaso rotundo en la PAU.
No es que fuera idiota, pero se había comportado como tal. Hasta el instituto no había sido así.
Alba cogió de la estantería uno de los trofeos de judo que ganó en el colegio, le quitó el polvo y volvió a dejarlo en su sitio.
De niña practicaba artes marciales: kajukenbo en su pueblo y judo en Guadalajara, en el dojo Inokuma.
Era una pequeña máquina de matar, muy competitiva, pero lo dejó cuando descubrió que quería ser una adolescente más y levantarse tarde los fines de semana.
Mientras ordenaba su mesa de estudio se sorprendió al ver desde su ventana la casa de los vecinos. Después de varios años sin ocupar, parecía habitada.
Recordó que su madre le había comentado algo sobre el nuevo dueño: periodista, fotógrafo, cámara o algo por el estilo y un poco taciturno. Por lo que sabía por amigos que estudiaban periodismo, sería un poco de todo.
Hacía por lo menos ocho o diez años que los anteriores ocupantes se marcharon y la vivienda pasó a ser propiedad del banco. Era una familia con niños un poco más jóvenes que ella; nunca llegaron a congeniar demasiado por la diferencia de edad, pero iban al mismo colegio.
Alguna vez incluso los habían recogido sus padres y viceversa.
Desde su habitación se veían bien las ventanas y en su adolescencia no habían sido pocas las noches que creyó ver algo y tuvo que dormir envuelta en sus sábanas, blindada, confiando en el sagrado poder protector del algodón.
Ahora casi todas las persianas del piso inferior estaban bajadas, por lo menos las del lateral que podía ver. En el piso superior, una ventana abierta dejaba entrever una biblioteca o sala de estudio.
Si vivía solo, estaba claro que le sobraba espacio: dos plantas y un pequeño desván más un sótano. Ella no podría vivir con tanto espacio, aunque echaba de menos su pequeña parcelita de jardín y sus vistas al parque cuando estaba en el campus.
Alrededor de su universidad no había mucho construido: solo un acceso a la M40 y un secarral. Echaba en falta un bosquecillo en el conjunto universitario. No sería por espacio.
Miró el móvil y dudó si escribir a Esther, su antigua mejor amiga, para decirle que estaba de vuelta en el pueblo.
No es que hubieran discutido ni nada de eso.
Simplemente, se marchó y ella se quedó. Al terminar el instituto estudió un módulo, no quiso hacer la PAU, y encontró trabajo en el Ayuntamiento como técnico auxiliar de servicios de limpieza urbana. Basurera.
Alba jugueteó con una foto en la que salían disfrazadas de bruja. Eran su propio aquelarre de dos.
Al principio solían escribirse y quedar, pero poco a poco dejaron de hacerlo.
Alba empezó a salir con un chico y volvió cada vez menos.
A Esther, más allá de que no le gustasen demasiado los chicos, tampoco le entusiasmaba Madrid.
No era su rollo, ella estaba muy a gusto en su pueblo.
Era natural de allí, donde todos eran de fuera.
Había vivido toda su vida en Villanueva de la Torre.
Tenía su peña, sus amigos y, aunque muchos se hubieran ido, no quería perder aquello.
Se aferraba a su vida de siempre. No le gustaban los cambios, sobre todo desde que murió su madre.
Cada adiós la hundía un poco más en la tristeza, y aunque trató de ayudarla muchas veces, era imposible para Alba.
Cuando murió su perro, ya separadas, solo supo escribirle un mensaje.
Alba abrió al azar uno de los álbumes sobre la mesa y se ruborizó al recordar su etapa gótica. Aunque todavía quedaba algo emo en ella, ya no llevaba aquellos maquillajes ni se le ocurriría vestir un collar de perro en la universidad. Le gustaría ver la cara de algún profesor llegado el caso.
En honor a la verdad, salvo alguna asignatura un poco más religiosa de lo que habría debido corresponder a su grado en Relaciones Internacionales, no inferían mucho en el aspecto religioso.
Seguía siendo atea, sin problema. Quizás las normas del colegio mayor eran algo estrictas. Pero como en casi todos, en realidad.
El ruido de la puerta la sacó de su ensimismamiento.
—Cariño, te he traído la…
—¡Mamá! No pases, no pases, no respires, no… Déjalo, lo cojo yo, lo cojo yo.
A su madre le importaba poco o nada el virus; en realidad no estaba muy convencida de que fuera un peligro real. «Tonterías del Gobierno». Ella lo que estaba era contenta por tener de vuelta a su hija en casa, aunque fuera por unos días.
En cuanto se le pasara la tontería de estar encerrada en su habitación como una adolescente podrían echar una partida de cartas, igual que cuando era pequeña, o quizá la ayudase a pintar el sótano y arreglar las humedades.
Como cualquier madre, suponía, echaba mucho de menos a su hija. Sabía que era necesario un poco de espacio y que cuando terminase la universidad y empezase a trabajar empezaría de nuevo a buscar su compañía.
Quizás este virus no fuera tan malo: una oportunidad, unas vacaciones con su niña. Ella echaba mucho de menos a su madre, que había muerto alrededor de los cuarenta años de un cáncer de mama fulgurante. Era otra época.
Alba devoró la cena con las ganas de quien lleva meses sin probar la comida de su madre: filetes rusos con patatas fritas de verdad, no esas congeladas que servían en la residencia.
Aparcó el miedo al virus un rato, disfrutando de cada mordisco ensimismada mirando fotos antiguas. En casi todas aparecía Esther. Estaba claro que tenía que escribirle, pero le daba algo de vergüenza.
Hacía unos meses había quedado en llamarla. Parecía preocupada, pero es que ella siempre lo estaba. Se demoró unos días por culpa de una entrega y un poco por desgana, aunque jamás lo reconocería. En su defensa, ella no le cogió el teléfono cuando se decidió a hacerlo un par de semanas después.
Desde entonces no habían hablado, ni siquiera se habían escrito. Por un lado, le daba mucha pereza dar el primer paso, pero, por otro, le daba pena y con todo esto del virus estaba un poco sensible.
Oye, estoy por aquí, no sé si podremos vernos x si aca, no sea q lo traiga de regalo, ya sabes. Pero bueno, para q lo sepas. Un beso
9 de marzo de 2020, 22:00
No podía negar que la echaba de menos. A veces, cuando veía una película o escuchaba una canción tonta, pensaba en cómo habría reaccionado Esther. Siempre tan distinta, tan introvertida.
Una luz en la casa de enfrente la puso en alerta: esta vez sí era real, había alguien al otro lado. No pudo evitar un pequeño escalofrío.
No tenía nada especial, pero después de tantas noches en vela no se habría mudado a esa casa ni aunque se la hubiera regalado el banco. Aun así, no pudo evitar mirar entre las cortinas por si alcanzaba a ver por fin a su nuevo vecino.
Apenas vislumbró una sombra moviéndose entre dos habitaciones. No podría decir si era alto, bajo, flaco o corpulento, aunque según su padre era bastante grande: un gigantón de pelo castaño casi pelirrojo y largo, con la barba descuidada.
—Se parece al de la película esa de magos que te gustaba tanto de pequeña.
Ok, tengo alguna cosa que me gustaría contarte.
9 de marzo de 2020. 23:12