Las Palmeras
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Vamos esta noche cn estos, hemos quedado en la Ruina, hacemos botellón un rato y luego nos quedamos nosotros, si quieres, a la q se vayan al centro.
Tú y yo, d tranquis, ok?
Hacía muchos años que aquel esqueleto de hormigón y acero dormía el sueño de los justos, y nadie pensaba que fuera a completarse. Ni siquiera los edificios cercanos, que parecían casi terminados, tenían pinta de poder venderse ya.
A los chavales les daba lo mismo; a falta de bares y discotecas como en la ciudad, era su lugar de reunión, más privado que el parque. El único policía hacía la vista gorda mientras no molestasen. Ni siquiera trabajaba de noche.
Casi estaban fuera del pueblo y no había vecinos cerca. Estaban mejor allí que molestando a los más pequeños.
Solo una indigente, una señora mayor, rondaba los alrededores desde hacía unos meses y había acampado en uno de los edificios colindantes. Pero para ellos era invisible.
Los bares eran para la gente mayor. El Ayuntamiento disponía de un local, sí, una antigua sidrería reconvertida en Zona Joven, pero estaba llena de niños y allí no podían beber.
La Ruina era su centro de reunión: había espacio para muchos grupos y nadie los vigilaba. Incluso tenían sofás y sillones que habían ido rescatando de mudanzas y contenedores.
Se distribuían en las dos primeras plantas. Las últimas, de un total de seis, las reservaban para las parejas. Siempre con cuidado y alumbrados por sus móviles y linternas, ya que no había barandillas y el edificio estaba lleno de huecos traicioneros.
Marco estaba decidido: aquella sería la gran noche con su nueva chica.
Era un par de años mayor que él, pero no le gustaba mucho salir.
Ella trabajaba en el pueblo y él estudiaba Derecho en la Universidad de Alcalá de Henares, por lo que apenas podían verse entre semana.
Aprovechaban los findes, aunque no quería dejar de ver a sus amigos.
Eso era sagrado.
Cada vez que alguno se echaba novia y los dejaba de lado, se ponía de tan mal humor que le dolían hasta las cicatrices; la tripa se le encogía y se acordaba del revolcón que le pegó un toro en Chiloeches, tres años antes. Dolor neuropático residual, le había dicho el médico.
Marco llegó un poco más tarde de lo habitual; quería estar perfecto para su chica. Cuando le vieron aparecer y, sobre todo, cuando lo olieron, los amigos estallaron en risas.
—Esta noche hay temita, cabrón.
Alguno incluso se ofreció a grabarlo en vídeo.
—¡ Iros a tomar por culo!
Gracias a Dios, ella no llegó hasta un buen rato más tarde y sus colegas pudieron despacharse a gusto, agotando el repertorio de bromas y pullitas del manual del mandril adolescente.
—La vas a reventar. Mídele bien la espalda, animal.
Con lo tímida que era y lo poco que le gustaba aquel ambiente, cualquier comentario hubiera terminado con ella en casa llorando y él disimulando delante de sus amigos.
Como las otras veces.
Marco no quiso beber demasiado, solo lo suficiente para templar los nervios.
Lo justo para asegurarse de que todo en su cuerpo funcionase como era debido.
Ya había tenido malas experiencias alguna vez por ir demasiado borracho y aquella noche no podía permitirse errores.
Era su oportunidad. Además, llevaba unos días más cansado de lo habitual, preparando el momento. Seguramente por los nervios.
Cuando ella llegó, alrededor de las diez de la noche, el tema de conversación ya había derivado en los clásicos: un partido de fútbol en el instituto, cuando casi salen escoltados de Cabanillas; aquella noche en Gandía que pillaron todos, aunque alguno con las piezas de saldo; las últimas fiestas y las siguientes, con las necesarias mejoras en su peña y el veto absoluto a dos amigos que iban todos los años desde Alcalá y solo traían problemas. Lo habitual.
Algo tímida, como siempre, pero sobre todo abrumada, saludó uno por uno a los presentes. A la mayoría los conocía desde hacía años, del instituto, aunque casi todos eran más pequeños que ella, la friki.
Cerca de las diez y media, con las botellas casi vacías, decidieron que era buen momento para ir a cenar algo a la hamburguesería; normalmente habrían alargado la noche allí, pero Marco les pidió espacio.
Una horita o dos de intimidad, nada más.
Había más grupos en los alrededores, pero no había visto subir a nadie. Cuando sus amigos se alejaron lo suficiente y apenas se escuchaban sus voces, cogió la mano de su chica y le acarició la mejilla.
Ella, falta de cariño desde que era pequeña, no pudo evitar un pequeño suspiro y cuando el chico acercó sus labios, cerró los ojos, entregada.
Sin soltarse, iniciaron el camino hacia las alturas, con más nervios que ganas.
En los pisos superiores había muchas zonas reservadas, recovecos en los que ponerse cariñosos sin miradas molestas y a salvo del peligro de los móviles. Había un pacto tácito de no agresión. A todo el mundo le interesaba respetar la intimidad del resto porque en cualquier momento podía ser la suya.
Marco quería que fuera todo perfecto. El día anterior había preparado su nidito, en el sexto, para que la noche fuera especial.
Le importaba sinceramente, no por él, porque caería tarde o temprano, sino por ella: quería que su primera vez, si no le había mentido, fuera especial.
Antes de pasar a lo que hubiera debido ser el salón, con unas magníficas vistas de la campiña alcarreña, le pidió unos minutos para terminar de prepararlo.
Cubrió un viejo sofá con mantas y telas para que no les diera asco tumbarse encima, sacó de una bolsa de Ikea los cojines que había comprado en Tiger y encendió unas velitas sobre la destartalada mesita negra de aglomerado picado que había tapado con un pequeño mantel de pícnic.
—Pasa a tu castillo, princesa.
Un comentario tan cursi normalmente le habría provocado una carcajada que él no hubiera sabido siquiera interpretar. Pero solo pudo sonreír como una boba cuando entró a la habitación, si es que podía llamarse así, sin paredes al exterior.
No necesitaron más para recostarse y empezar a meterse mano. Ella quiso jugar un poco, mordiéndole el labio, pero estaba tan nerviosa que le hizo daño de verdad.
—¡Joder!
—Perdona, perdona, yo…
—No…, no te preocupes, no sabía que mordías —dijo sonriendo y recuperando la compostura a pesar de que le había dolido de verdad.
La pareja siguió besándose cada vez con más ímpetu, pero, aunque ella no opuso resistencia por primera vez a las manos deslizándose por debajo de su jersey, Marco recordó que la sorpresa no estaba completa: había preparado una pequeña cena.
—¡Espera! —exclamó para decepción de ella, completamente entregada—. Tengo otra cosita para ti.
Él se levantó, se recompuso la ropa —le apretaba el pantalón— y salió por el hueco de la puerta, dejándola con un sofocón.
Los segundos se convirtieron en minutos y la chica se empezó a impacientar en silencio.
El tiempo suficiente como para preguntarse primero si estaba haciendo bien y después si lo estaría haciendo bien.
La sutil diferencia entre ser una monja y parecerlo.
A los cinco minutos comenzó a preocuparse de verdad: aquello era literalmente una ruina y, aunque no quisiera reconocerlo, él iba un poco tocado. Quizás incluso se hubiera arrepentido de quedarse allí, con la rara del instituto.
Le pareció escuchar un susurro, pero pensó que sería el viento colándose por los huecos del forjado para asustar a una virgen indefensa.
Reunió el valor para levantarse y superó las reticencias ante la posibilidad de estropear la sorpresa. Cuando llegó a la puerta, todo sucedió muy rápido.
No recordaba si llegó a verlo caer; lo escuchó gritar durante unos interminables segundos. Y aquel ruido seco al golpear con el suelo.
No murió al instante, pero tampoco llegó a la ambulancia. Dijeron que perdió mucha sangre. Había sobrevivido a la caída, pero estaba reventado por dentro.
Varios de los grupos cercanos se acercaron alertados por el ruido. Una imagen que no olvidarían jamás.
Ella no pudo ni gritar. Cuando subieron, la encontraron llorando, ahogada, derrumbada en el suelo. Balbuceando.
Juró haber visto una sombra fugaz escabulléndose de la escena. Pero no encontraron a nadie más.
—Está en shock —explicaron la Guardia Civil y los servicios de emergencia ante la insistencia de la joven, que no fue capaz de ponerse en pie.