Las otras muertes de Abel 39
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—¡Barroso! ¡Deja salir al agente que tienes retenido, no lo estropees más!

— Felipe Barroso se sobresaltó al oír la voz de la inspectora Rizos sacándole de sus pensamientos.

El ultimátum de la policía sonó impaciente y él tenía que pensar rápido.

No había llegado hasta allí para dejarse coger como un conejo.

—Por favor —escuchó a su derecha la voz suplicante de subinspector Sánchez—, aflójame las bridas, me están cortando la circulación de las muñecas y me duele muchísimo.

Se giró hacia él con el ceño fruncido, como si fuera a descargar toda la furia que llevaba dentro contra la figura de aquel desconocido que había tirado por tierra su última esperanza.

—Te las voy a quitar, pero no para liberarte, no te hagas ilusiones, al menor movimiento sospechoso te meto un tiro y te parto por la mitad. Vamos a salir, pero conducirás hasta donde yo te diga. Eres mi pasaporte hacia la libertad, no creas que me voy a rendir tan fácilmente.

Se acercó de nuevo a la puerta para gritar:

—¡Vamos a salir y dejaréis que me vaya o lo re- cogeréis muerto! ¡La pelota está en tu tejado, inspectora!

La oscuridad ya se había cernido sobre el bosque. Las linternas apuntaban, igual que los fusiles, hacia la puerta de la cabaña, no había, al parecer, ninguna otra salida.

La puerta chirrió al abrirse acaparando la aten- ción de todos. El subinspector Sánchez, con las manos entrelazadas sobre la cabeza, salió primero; detrás, Fe- lipe Barroso le mantenía abrazado con un cuchillo de caza contra su yugular.

—¡Da la orden de retirada, inspectora! ¡Quiero el camino despejado! ¡Si alguien dispara nos mataréis a los dos!

Rizos se acercó al oído de Carrasco:

—¿Quién es el mejor tirador que tenemos en este equipo?

—Creo que Linares, pero con esta oscuridad no es

fácil dar en un blanco tan apretado, nos arriesgamos a que hiera a Sánchez.

—¡Cago en…! De acuerdo, le seguiremos el juego. ¡No disparéis, no disparéis! ¡Despejad el camino!

Los policías bajaron sus armas y continuaron quietos esperando instrucciones mientras observaban como Barroso arrastraba al subinspector hacia el coche blanco aparcado bajo el pino.

Le hizo subir por la puerta del copiloto, sin apartar el cuchillo de su garganta.

Se metió en el coche pegado a él y descolgó de su hombro la escopeta.

A partir de ese momento era el cañón del arma la que apuntaba al costado de Sánchez.

—¡Con esta escopeta cazo jabalíes, inspectora! —gritó por la ventanilla—. Si intentan detenernos le parto en dos.

—No bromea —comentó Carrasco.

—No podemos arriesgarnos mientras Sánchez esté ahí con él —le susurró Rizos—, pero creo que sigue sin saber que le tenemos pillado por el localizador del automóvil. ¡Dejadles pasar! —gritó a sus hombres.

Las luces del vehículo se encendieron y comenzó a moverse.

Dio la vuelta encarando el camino de tierra que conducía hasta la carretera secundaria por la que habían entrado.

Se deslizó despacio. Rizos avanzó dos pasos y vio el perfil de Sánchez junto a la ventanilla, este la miró.

Fue una mirada extraña, cargada de palabras.

—Va a intentar algo —susurró a Carrasco—. ¡Dios mío! Presiento que no va a salir bien.

El vehículo fue tomando velocidad y Rizos corrió tras él seguida de Carrasco y de algunos de sus hombres; al llegar al cruce, Sánchez maniobró derrapando y haciendo un brusco giró que desestabilizó a Barroso apartando la escopeta de su costado.

Frenó en seco y su acompañante se precipitó hacia delante haciéndole soltar el arma.

Entonces abrió la puerta del coche y se lanzó fuera, pero no lo suficientemente ágil, el subinspector se encontraba mareado y sus reflejos fallaron, cayó al suelo e intentó ponerse de pie y correr hacia sus compañeros, pero Barroso fue más rápido que él, le dio tiempo suficiente para empuñar de nuevo la escopeta y disparar.

El subinspector Sánchez cayó otra vez al suelo, pero esta vez no hubo movimiento, quedó boca abajo empapando la tierra con su sangre.

Una ráfaga de disparos acribilló el automóvil blan- co. Barroso intentó ponerse al volante y salir de aquella lluvia de plomo, pero dos de esas balas le atravesaron la cabeza. Cayó sobre el volante activando el claxon que sonó estridente y prolongado, dejando patente el fin de la operación.

Rizos corrió hacia su compañero con la respiración entrecortada y un nudo en el estómago. Uno de los agentes había llegado antes y examinaba al caído.

—Tiene pulso, pero muy débil, inspectora. Está perdiendo mucha sangre.

—¡Da aviso inmediatamente para su traslado, yo presionaré la herida!

Levantó la camisa del subinspector mientras Carrasco enfocaba con su linterna.

No sabía bien dónde debía presionar, era un destrozo oscuro.

Lloró sobre él mientras le suplicaba que no se fuera, que se quedara a su lado.

Los minutos le parecieron horas hasta que los vehículos de intervención rápida llegaron al lugar y estabilizaron al herido, sin saber por cuánto tiempo.

* * *

La vuelta a Valencia fue un viaje silencioso.

El cansancio y la preocupación habían dejado sin energías a la inspectora Rizos.

Solo se miraba las manos manchadas de sangre que se secaba produciendo una sensación de tirantez molesta en la articulación de sus dedos.

Trataba de hacer memoria para recordar la última conversación que tuvo con Sánchez: sus bromas, su espontaneidad…

No sabía si todos esos recuerdos se iban a quedar en eso, en recuerdos; no sabía si volvería de nuevo a darle los buenos días en el bar de Mauro y no quería imaginar otro escenario distinto.

—Tengo que ducharme, no me siento bien —dejó escapar de sus labios apoyando la cabeza sobre el pecho de Carrasco.

Él rodeó con su brazo los hombros de Rizos y centró sus sentidos en el suave peso de ella.

—Te vamos a llevar directamente a tu casa.

Descansa. Esta noche no podemos hacer nada más de lo que hemos hecho.

Lo que tenga que venir no depende ya de nosotros, Susana.

Duerme lo que queda de noche y mañana nos vemos en el hospital —cruzó los dedos.

No quería pensar en la posibilidad de que una llamada telefónica les avisara de lo peor.

—El papeleo —exclamó Rizos de repente, como sacada de un sueño.

—¡Que le den por culo al papeleo! —soltó Ca- rrasco sin más—. Ya habrá tiempo para eso.