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Los coches policiales avanzaban con las sirenas apagadas. La señal del localizador facilitado por FlyCar les situaba a poco menos de quinientos metros. Del lugar donde el automóvil blanco se hallaba detenido,
—Sánchez no responde al teléfono —exclamó la inspectora colgando la llamada, exasperada.
—Si está cerca del objetivo lo tendrá en silencio, Rizos, mantén la calma— le aconsejó Carrasco.
—Aunque esté cerca del objetivo y aunque lo mantenga en silencio, debería estar pendiente de mi llamada.
Mis órdenes fueron claras: nos reunimos con él antes de llegar, debe mantenerse oculto y sin levantar sospechas, para sorprender a Barroso con todos los efectivos disponibles en cuanto lleguemos.
—Tranquila, conociéndole, debe estar más pendiente de vigilar al sospechoso que del teléfono. Ya estamos cerca.
El coche de Sánchez podía verse aparcado junto a la cuneta, a escasos treinta metros el primer vehículo que llegaba ya junto a él, en el que viajaban Rizos y Carrasco. Otros dos coches les seguían de cerca, listos para actuar a la primera orden de la inspectora.
Todos continuaron a pie hasta la entrada del camino que torcía a la derecha de la carretera. La luz del atardecer se iba apagando, dando entrada a la oscuridad. No les quedaba mucho tiempo antes de necesitar encender las linternas para poder avanzar en su búsqueda y eso
era un inconveniente si querían detener a Barroso por sorpresa. Las luces le alertarían.
—No seguiremos por el camino, nos exponemos demasiado —advirtió Rizos—. Dividíos y continuaremos en paralelo parapetándonos entre la arboleda. Nos queda poco tiempo de luz, hay que darse prisa. En cuanto veáis la cabaña, os desplegáis rodeándola. ¡Dónde mierda está Sánchez!
Carrasco no dijo nada, solo tragó saliva. Comenzaba a estar también preocupado y empezó a temer un mal desenlace.
Lo primero que vieron fue el BMW blanco, aparcado bajo un enorme pino; la casita, medio oculta entre los árboles que la rodeaban, apenas era visible con tan escasa luz, tan solo traicionaba su invisibilidad.
La titilante luz que atravesaba el cristal de su única ventana junto a la puerta de entrada.
Los agentes comenzaron a desplegarse rodean- do la construcción, mientras se iban acercando con sigilo.
La puerta se abrió cuando Rizos se situaba a esca-
sos tres metros de ella. Barroso salía solo, armado con una escopeta y con una mochila cargada a su espalda.
Sin salir del refugio que le brindaba la vegetación, Rizos gritó su orden:
—¡Alto! ¡Policía! ¡Tire el arma!
Barroso dio un rápido giro y volvió a entrar en la cabaña cerrando la puerta de un sonoro golpe. Rizos volvió a gritarle.
—¡Salga con las manos en alto! ¡Está rodeado, Barroso, no tiene escapatoria!
—¡Sí la tengo! —Gritó él desde dentro de la cabaña— ¡O me dejáis marchar, o le meto un tiro al imbécil que habéis enviado de avanzadilla!
Rizos y Carrasco se miraron con angustia. Am- bos habían pensado en esa posibilidad: que el hecho de que Sánchez no estuviera allí, podría tener como explicación que hubiera sido detectado y apresado por Barroso. Sus peores sospechas se revelaban ciertas.
La inspectora lanzó entonces un órdago. Necesitaba saber si su compañero estaba aún entre los vivos o si se encontraba herido.
—¡No te creo! ¡Dile que hable, quiero oírle!
Barroso se volvió hacia el subinspector Sánchez, que se mantenía en una postura forzada sobre el camastro.
—Diles que estás bien y no hagas tonterías. Vamos a salir los dos juntitos de aquí y a lo mejor es lo último que haces en tu vida.
—¡Jefa! ¡Jefa! ¡Soy yo, soy Sánchez! ¡Estoy bien! —Gritó el policía con todas sus fuerzas.
—¡¿Seguro que estás bien?!
—¡Estoy medio bien!
—No hay duda, es Sánchez —exclamó la inspectora con alivio y esbozó una sonrisa— ¡Barroso! —Gritó de nuevo—. ¡No estropees más cosas! ¡Sabes que no podrás ir muy lejos sin que te detengamos! ¡No te cargues con un tercer muerto, eso sí sería tu fin!
—¡Me habéis jodido la vida entre todos! ¡Ahora que era feliz, ahora que tenía una vida, una familia!
¡Precisamente ahora teníais que remover el pasado!
¡Yo, aquella tarde, solo quería ayudar a mi amigo Fidel.
Solo vi que le atacaban y me lancé a ayudarle.
Estaba borracho, ni siquiera quería atropellarle, solo ahuyentarle, para que dejara a Fidel en paz.
No sabía quién era. Creí que sería un ladrón o algo así, yo no le reconocí y tampoco podía pensar con claridad!
—¡Le matasteis, Barroso, le tirasteis por el puente abajo!
—¡Estaba muerto, joder! ¡Fidel me dijo que es- taba muerto, que había que tirarle para que la corriente lo arrastrara y se borraran las evidencias del atropello! ¡Él también quiso ayudarme!
—¡Te equivocas! ¡Estaba vivo! ¡Malherido, pero vivo! ¡Si le hubieras prestado ayuda, aún lo estaría hoy! ¡Fidel te utilizó desde el minuto uno!
—¡No, no es verdad!
Felipe Barroso se apartó de la puerta y se sentó en una de las sillas con la cara desencajada. No sabía si las palabras de la inspectora eran una estrategia para lograr su rendición o si, por el contrario, le estaba haciendo ver una realidad que había tenido oculta durante diecisiete años.
—No puede ser verdad —susurró y estalló en un llanto convulso—.
Había intentado borrar aquellos recuerdos borrosos, aquellas pesadillas que le hacían despertar por las noches bañado en sudor.
Se veía una y otra vez arrastrando el cuerpo ensangrentado de Abel Oliver hasta la barandilla del puente; se veía junto a Fidel levantando a pulso el pesado fardo, el dolor de su hombro y la imagen del cuerpo cayendo al vacío, hacia las aguas que empezaban a crecer en el cauce del arroyo.
Todo se lo achacó a su maldita dependencia del alcohol.
Años de tratamientos, de sacrificios y, por fin, pudo dejar de probar una sola gota.
Le costó rehacer su vida como un hombre nuevo hasta que consiguió levantar, poco a poco, aquella empresa de distribución de artículos de papelería.
Fueron muchos años de trabajo. Luego conoció a Concha, un año de noviazgo y se casaron.
Tenían una hija ¿Qué iba a ser de ella si le apresaban, si le relacionaban con aquel crimen atroz del que solo tenía imágenes imprecisas, pero que sabía a ciencia cierta que había cometido?
Y cuando su vida parecía plena y todo el mundo se hubo olvidado de aquel secreto, del secreto que seguía uniéndolos a los tres, a Fidel, a Rebeca y a él, recibió la llamada de su amigo informándole de que el caso se había reabierto, se lo había dicho Rebeca esa misma mañana y también le había informado de que al día siguiente, después de su clase, ella iría a comisaría a prestar declaración.
Estaba dispuesta a confesar. Le dijo que ya no aguantaba más, que se lo debía a sus hijos y que los remordimientos la habían perseguido durante todos aquellos años, que quería descansar y que todos deberían asumir su parte de culpa.
Los ruegos de Fidel no la habían convencido, había tirado la toalla.
No podía permitir que destrozara, de la noche a la mañana, toda su vida, su familia, su negocio, su reputación ganada a pulso y a base de trabajar sin des- canso durante años.
Tenía que hablar con ella frente a frente, convencerla de que lo que pretendía hacer era una barbaridad, de que Abel no volvería a la vida por eso y, sin embargo, se llevaría la suya y la de todos los que dependían de él.
Estaba seguro de que, si se lo explicaba con la suficiente vehemencia, si le mostraba todo lo que iba a destrozar, la sacaría de su error, caería en la cuenta de que él tenía razón y se ceñiría de nuevo al relato que habían concertado años atrás, aquel pacto de silencio que habían acordado y respetado durante casi dos décadas.
Por eso la llamó. Al principio, ni siquiera quería escucharle, intentó cortar la comunicación, pero él insistió, lloró, suplicó y al fin ella, Rebeca, había accedido a hablar con él al día siguiente, antes de que los empleados de su almacén llegaran a primera hora de la mañana.
Quería mostrarle todo lo que había conseguido con su trabajo, con tanto trabajo, con años de trabajo…
quería enseñarle la foto de su hija, la foto de su boda.
Quería que comprendiera cuánto daño podía hacer si continuaba empeñada en ir esa misma mañana a declarar y a contar lo que sucedió la tarde de la tormenta en el Pont Vell.
Quedó con ella en la puerta de la vieja carpintería de los Pastor; la recogió en su coche y continuaron varias calles más allá por el polígono industrial hasta el almacén, que era su negocio; la hizo pasar y le mostró todo, como lo había pensado la noche anterior, su empresa, su boda, la foto de su hija…
Sin embargo, Rebeca seguía obcecada en su empeño.
Fue un acto de desesperación. La abofeteó con tal fuerza que cayó aparatosamente al suelo, la levantó agarrándola por los tirantes del vestido, que se rasgaron bajo sus puños; le gritó, la insultó, la zarandeó.
Ella empezó a pedir socorro y trató de escapar.
No podía consentirlo. La golpeó de nuevo.
Vio hincharse su cara y la vio sangrar por la nariz.
No había vuelta atrás. La metió a empujones de nuevo en su coche y salió lo más rápido que pudo, antes de que alguien llegara y les viera.
Condujo hacia el Barranc de l’Horteta, no sabía por qué eligió aquel camino, pero lo hizo; se desvió por una de las calles de la urbanización cercana, quería llevarla lo más lejos posible de la zona urbana, hacerla desaparecer de alguna manera.
Conducía rápido, aún era muy temprano y no vio a nadie por aquellas calles.
Entonces ella intentó escapar, abrió la puerta del coche y se tiró en marcha.
Frenó, echó marcha atrás y la vio tirada en el suelo, se había hecho daño al caer.
Solo le pasó una idea por la mente: rematarla. Hizo retroceder el vehículo un poco
más y aceleró pasándole por encima. «Se acabó» Eso fue todo lo que pensó y se marchó de allí sin mirar atrás.
El interrogatorio de la policía lo había pasado con nota.
Se felicitó a sí mismo cuando salió de la comisaría.
Nadie sabía nada. Nadie sospechaba de él hasta que Fidel soltó la lengua.
¡Hijo de puta! Todo había sido por él, por su amistad, por ayudarle.
¡Así le pagaba! No tenía más alternativa que huir.