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El subinspector Sánchez paró el motor echán- dose a un lado de la carretera en una zona de frondosa vegetación. La señal del localizador GPS del vehículo blanco se había quedado fija en un lugar cercano a su posición.
El sol hacía rato que había empezado a escon- derse por el horizonte y la luz del día se iba apagando por minutos.
No tardaría en anochecer. El silencio en aquel lugar era casi absoluto, con la excepción de algunos trinos y el suave roce de las hojas de los árboles agitadas por el viento que se había levantado y que hacía más llevadero el calor de la tarde.
Rizos le había informado de la posibilidad de que Barroso se dirigiera una cabaña rústica en alguna parte del bosque más pegado a la montaña, ya dentro del parque natural.
La descripción que la esposa del sospechoso había dado sobre la construcción a la que su marido se dirigía presuntamente, no era muy detallada, solo dijo que era una especie de cabaña de piedra que utilizaban durante cortos periodos de tiempo cuando iban de caza, un refugio particular con muchos años de antigüedad que
ella apenas habría visitado un par de veces en los siete años que llevaba casada con Felipe Barroso.
Avanzó con precaución por el camino de tierra, procurando pisar la yerba de los laterales para hacer el menor ruido posible. La oscuridad que se cernía por momentos sobre él se aliaba a su favor en su afán por mimetizarse con el paisaje que le rodeaba.
No tuvo que caminar demasiados metros hasta vislumbrar el BMW blanco parado bajo las fuertes ramas de un enorme pino centenario. Unos metros más allá y medio oculto por los árboles, distinguió una cabaña de piedra por cuya única ventana rutilaba la leve luz de alguna vela.
No podía arriesgarse a acercarse más. Las órdenes eran mantenerse a distancia hasta que llegaran los efectivos con Rizos a la cabeza. Guardó su Glock en la funda sobaquera y comenzó a recorrer el camino de vuelta hasta su coche.
Un sonido metálico a su oído y el duro y frío contacto de un arma pegada a su nuca, le hizo frenar sus pasos en seco.
Levantó las manos en señal de rendición.
La sorpresa hizo que su respiración se cortara de golpe, retomándola aceleradamente al darse cuenta de la situación: Barroso se había percatado de que era perseguido por alguien y le esperó oculto entre la vegetación una vez que hubo llegado a su destino.
—No hagas ninguna tontería, Barroso —espetó al hombre que le apuntaba por detrás—. En pocos minutos estarás rodeado, varias unidades de la policía se dirigen hacia aquí.
—Puede que sí o puede que no.
—¿Qué vas a hacer conmigo? No te cargues con
otro crimen a tu espalda, esta vez sí sería a sangre fría y matar a un policía tiene agravantes.
—¡Cállate y túmbate en el suelo con los brazos extendidos!
Sánchez obedeció. Barroso le quitó la pistola de la sobaquera mientras presionaba fuertemente el cañón de su escopeta contra los riñones del policía.
—¡Ahora levántate, y hazlo despacio! Tengo buen pulso y no voy a dudar en volarte los sesos si intentas cualquier cosa contra mí. No tengo nada que perder.
—Creo que te equivocas, tienes mucho que perder.
—¡Cierra el pico y camina hacia la cabaña!
Sánchez obedeció las órdenes de su captor, ca- minó hacia la cabaña pensando que mucho estaba tar- dando Rizos en dar con él si la compañía FlyCar le ha- bía facilitado la app para ubicar el lugar a través del GPS que llevaba instalado el automóvil de alquiler
Barroso empujó la puerta con el pie e hizo entrar al policía.
La estancia no era muy grande, constaba de un solo espacio, pero bien organizado: A la izquierda, un hornillo, un fregadero, una mesa auxiliar de trabajo sobre la que descansaba un candil de aceite y un mueble donde estaban colocados todos los cacharros imprescindibles en una cocina; a la derecha, un camastro grande de patas cortas, una pequeña estantería con algunos libros y cajas conteniendo juegos de mesa; de frente a la puerta de entrada, un mueble con varios cajones y en el centro, una mesa redonda con cuatro sillas con asiento de enea.
Tan solo dio dos pasos dentro de aquel espacio y sintió un tremendo golpe en su cabeza que le hizo caer de bruces.
Medio atontado, pasó su mano por la zona dolorida y comprobó que brotaba sangre.
Barroso clavó una de sus rodillas en la espalda del policía haciéndole gritar de dolor; con manos expertas, en- rolló una larga brida negra alrededor de las muñecas de Sánchez y las apretó con fuerza, arrancándole otro grito de dolor.
Apoyó la escopeta contra la pared, levantó al subinspector tirando de sus hombros y le hizo caer sobre el camastro que chirrió bajo su peso.
—¿Qué vas a hacer ahora, Barroso? La policía está llegando, no tienes a dónde ir. Entrégate, no lo estropees más.
—Conozco estos montes como la palma de mi mano, de pequeño venía con mi abuelo a cazar, lo he recorrido cientos de veces y, además, tengo mis recursos.
—Si estás pensando en salir del país, olvídalo. Todos los aeropuertos van a estar vigilados, te van a coger antes o después. Hazme caso, entrégate.
—¡Que te calles de una puta vez! —Barroso cogió una mochila apoyada en la pared, detrás de la puerta de la cabaña, y se la colocó a la espalda; recogió la escopeta y se volvió hacia Sánchez.
—No te preocupes, ya te desatarán cuando lle- guen, pero yo ya estaré lejos y os va a resultar difícil seguirme esta vez. ¡Ah! Y acuérdate de que no te he hecho daño.
—¡Hombre! Un poco, sí.