Las otras muertes de Abel 36
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—¿Tan pronto se han recibido noticias del laboratorio? —preguntó el hombre tricolor al verlos salir de la sala de interrogatorios—. Será la primera vez que se dan tanta prisa.

—No hemos recibido nada del laboratorio, comisario —le informó Carrasco.

El comisario Riquelme se echó a reír.

—Me habéis hecho caso y ha dado resultado, un órdago bien lanzado suele ser una buena táctica, pero, ¿crees que es posible que encuentren restos después de tanto tiempo debajo del barniz? A lo mejor no es tan descabellado.

—¡Y yo qué sé, comisario! ¡Y yo qué sé!

—Lo que importa es que tenemos la confesión —argumentó Rizos—, y además encaja perfectamente con las pruebas de las que disponemos, pero, confieso que estoy bastante molesta al conocer el hecho de que el inspector Ferrándiz participara, no solo en el encubrimiento del asesinato de Oliver, sino que se encargara de matar a Vicent Espí proporcionándole la heroína y administrándole una dosis letal.

Eso es algo que tiene que recoger el sumario y va a saberse antes o después.

—Garbanzos negros hay en todos los cocidos —justificó el comisario—. Por desgracia, eso es algo que no podemos evitar. Haremos frente a las críticas que nos lleguen desde la opinión pública y la prensa y se pedirán las disculpas que haya que pedir. No podemos hacer más.

Rizos miró a su alrededor y consultó la pantalla de su móvil.

—¿Y qué hay de Barroso? ¿Sabemos algo de Sánchez? Quedó encargado de ir a detenerle.

—Ya informó de que no le habían encontrado en su domicilio —planteó Carrasco encogiéndose de hombros—. Estará tratando de localizarle.

—Pero ¿No ha llamado para informar de la situación después de eso? Hemos pasado varias horas ahí adentro —señaló la puerta de la sala de interrogatorios—. En todo ese tiempo no hemos sabido nada más de él ni de Barroso.

—Sánchez sabía que ibais a estar ocupados mu- cho tiempo —manifestó el hombre tricolor—, no habrá querido interrumpir vuestro trabajo. Llámale a ver qué nos cuenta.

El teléfono sonó tres veces antes de que el subinspector Sánchez respondiera.

—¡Jefa, me coges conduciendo!

—¿Tienes a Barroso?

—No. Han pasado muchas cosas en estas horas, jefa.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?

—Hemos seguido el coche de Barroso hasta Manises.

—¿Hasta el aeropuerto? ¡No me digas que se ha escapado en algún avión!

—Pues a puntito ha estado. Había sacado billete para Ámsterdam, pero mira por dónde se ha retrasado la salida del vuelo y le hemos abortado el plan. Quince minutos más y se hubiera fumado unos porritos a nuestra salud.

—¡Pero, ¿dónde está ahora y dónde estás tú?!

—Pues ahí está la cosa, que el muy cabrón nos ha visto y ha salido por piernas.

—¿A pesar del despliegue?

—A pesar del despliegue —confirmó el subins- pector—. Ese tío se mueve como una anguila. Se ha colado en el coche de alquiler de unos ingleses y se ha marchado a toda velocidad.

—¿Unos ingleses? ¿Qué tienen que ver unos ingleses con todo esto?

—Me imagino que nada, pero, o les ha amena- zado con algo o es muy convincente, no puede ir arma- do porque en el aeropuerto lo hubieran detectado.

—Tal vez esos ingleses desconozcan eso y se lo ha hecho creer.

—Es posible. Lo que puedo decirte es que los ha dejado en mitad de la carretera a la salida de Manises y se ha largado con el vehículo.

—¿Tenéis la matrícula y el modelo?

—Sí. Ahí nos ha hecho perder un poquito de tiempo, pero hemos localizado la empresa de alquiler de coches: FlyCar. Lo que no sabe el maromo es que los vehículos de FlyCar llevan incorporado un localizador.

—Perfecto entonces. ¿Le estáis siguiendo a través del localizador de la compañía?

—Yo sí, detrás de mí va otro coche policial con tres agentes.

—¿Y por qué no oigo la sirena?

—Porque no tengo más manos, jefa, y eso que voy hablando por el manos libres.

—¡No me jodas, Sánchez! ¿Vas solo en tu coche?

—¡No podía esperar a nadie! Ya se nos ha esca- pado una vez.

—De acuerdo, vamos a llamar a FlyCar para que nos faciliten la manera de seguir también a ese localizador. —Hizo una clara señal a Carrasco y este corrió a ejecutar sus palabras—. ¿En qué dirección vas?

—Hacia el norte.

—Vamos a reunirnos contigo, Sánchez, no hagas tonterías, no te enfrentes solo, está acorralado y no sabemos por dónde puede salirte.

—Prepárate, Rizos —ordenó el comisario Ri- quelme con energía—, salís en tres minutos con dos vehículos de intervención.

—¡Dolores, Dolores! —gritó Rizos—. ¿Tenemos el teléfono de la mujer de Barroso?

—Dame un minuto.

—¡Pásamelo, lo necesito ya!

Los vehículos policiales salieron a toda velocidad con las sirenas sonando estridentes por medio de la ciudad. El tráfico ralentizaba su marcha y los nervios de la inspectora Rizos, aunque siempre estaban templados en los momentos de mayor tensión, los sentía a flor de piel.

—La mujer de Barroso cree que, por la dirección que ha tomado su marido, podría dirigirse a una vieja casa de sus suegros en Náquera —expuso Rizos al subinspector Carrasco—.

Dice que hace mucho que no van, pero que a su marido le gusta esa zona porque hay una extensa zona de caza.

Un deporte que, al parecer le gusta practicar.

—Eso es todo monte —comentó Carrasco—. Forma parte del Parque Natural de la Sierra Calderona y si ese tipo es aficionado a la caza, tiene permiso de armas y es posible que guarde alguna en ese lugar. Empiezo a estar bastante intranquilo, Rizos.

—Sí, ese imbécil va a resultar ser el más peligroso de todos.