Las otras muertes de Abel 35 #4
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—Sí, claro, la “harina”. —Lo dijo en un tono burlón que me molestó y me lanzó una media sonrisa que me hizo sentir pequeña, humillada—.

Que conste, Silvia, que te estoy hablando como lo haría a mi propia hija, piensa en tu familia, piensa, sobre todo, en tu hijo muerto—.

De nuevo metía a mi hijo, qué sabía ella de perder a un hijo, a mi niño.

Le manchaba con su ima- ginación perversa, con sus palabras hirientes.

Yo sabía que disfrutaba viendo mi cara de sufrimiento, de angustia.

Con esa condescendencia creía ser mejor que yo.

Se dio la vuelta para ir a la cocina y toda la cólera que había ido acumulando durante toda su cháchara, pudo conmigo.

Estallé. Cogí lo primero que vi: una silla.

Se la estrellé contra la espalda y cayó de bruces; seguí golpeándola con todas mis fuerzas, y juro que no sé de dónde me salieron.

La silla se rompió y yo continué golpeando con una de las patas en la cabeza de aquella arpía.

»No era consciente. De pronto paré para res- pirar y me di cuenta de que no se movía. Estaba todo salpicado de sangre. Yo también. No podía dejar la silla allí, mis huellas estaban más que marcadas. Solo le pedía a Dios

que me perdonara y que me diera la suficiente lucidez como para salir de allí sin ser vista.

—Y Dios le hizo caso —soltó Carrasco sin poder contenerse.

—¡Sí, sí, lo hizo! ¡Lo hizo! Cogí los restos de madera con cuidado de no dejar ningún pedazo; caminé de puntillas, para no pisar la sangre que se extendía, y me dirigí a la puerta; con el borde de mi vestido me envolví la mano y abrí.

Hacía mucho frío y estaba oscuro, no pasaba un alma por la calle. Caminé deprisa y llegué a mi jardín.

»Empecé a pensar. No podía entrar en casa con toda aquella sangre, lo iba a impregnar todo.

Me puse detrás del macetero de margaritas, aunque entonces tenía plantadas otras flores.

Es grande y desde la calle no se me veía.

Me desnudé completamente, hacía mucho frío, pero me dio igual.

Me lavé las manos con el agua de la manguera de riego, envolví la silla rota con mi ropa e hice un hatillo con todo, luego entré en la casa.

—Me imagino que no lo tiró a la basura —planteó Rizos.

—No, claro que no. La ropa la eché a la chimenea y la quemé toda.

—No encontraron restos en su chimenea.

—Yo utilizo la ceniza para abonar las plantas.

—Muy inteligente —observó Carrasco—. A nadie se le ocurriría buscar entre el abono de su jardín.

La detenida esbozó una sonrisa de satisfacción.

—¿Qué hizo con la silla? ¿Por qué no la quemó? —insistió Rizos.

—Estuve a punto de hacerlo, pero pensé que su hija echaría en falta ese mueble.

Decidí limpiar los restos de sangre y llevarla a la carpintería.

Le pedí a mi padre que la arreglara y lo hizo.

No me preguntó nada. Que le dieran muebles rotos para reparar era algo habitual.

Prácticamente, eran los únicos trabajos que le encargaban desde hacía tiempo.

»Pensé en dejar la silla en su sitio colándome de alguna manera en la casa de Reme después del entierro y eso, pero el día que fui estaban allí su hija y una de las nietas. No podía darles más explicación que la que le di y ellas no sospecharon en ningún momento.

—Porque Dios le dio la suficiente lucidez como para hacer todo eso sin pestañear —dijo Carrasco escéptico.

—Pues sí, ríase si quiere, pero toda esa fuerza me la dio Dios.

Yo solo quería recuperar mi matrimonio y todas esas pruebas me las puso delante.

No era mi voluntad matar a nadie, pero una cosa llevó a la otra.

Era necesario, Remedios me hubiera delatado, yo lo sabía, y hubiera ido al traste con todo.

Fidel por fin me hablaba sin malos modos, me escuchaba…

Escuchó a mi tío Chema y le obedeció en todo; estaba dispuesto a dejar de verse con Rebeca, además, no les convenía que les vieran juntos.

Solo era cuestión de tiempo, antes de que se diera cuenta iba a estar de nuevo cariñoso conmigo, como cuando nos casamos.

Se olvidaría de ella y de su hijo que, a saber de quién podría ser, de una mujer de esa calaña se puede esperar todo.

—Pero nada de eso pasó —intervino Rizos—. Después de encubrir a su marido en el asesinato de Abel Oliver; después de encubrir también a su tío por la muerte de Vicent Espí y después de haber matado a gol-

pes a Remedios Calabuig, su matrimonio siguió haciendo aguas y acabaron divorciándose. Tanto dolor para nada.

—Sí. —Silvia Pastor apoyó la espalda en la silla y suspiró largamente—. Lo intentamos varias veces, siempre porque yo le suplicaba. No podía vivir sin él y jamás le hubiera denunciado. Al cabo de un tiempo parecía que todo se había olvidado, incluso él, como si no hubiera pasado nada.

—Pero ellos tampoco volvieron a retomar su relación y fue porque Rebeca se negó a ello. ¿Sabe usted a qué se debió ese cambio de actitud?

Silvia se irguió en la silla sonriendo, había vuelto a

cambiar su actitud pesarosa por la misma mirada altiva y retadora de un rato antes.

—¡Rebeca, Rebeca! Esa zorra siguió viendo a mi marido a escondidas. Yo lo sabía. Se quitó pronto el luto. Tuve que hacerle una visita para que se diera cuenta de que yo no estaba jugando, como ella.

—¿Qué le dijo?

—Solo le dejé caer que sus hijos podrían tener un accidente en cualquier momento, que estuviera más pendiente de ellos que de los maridos de las demás.

—¿La amenazó con matar a sus hijos?

—Sí.

—¿Pensaba hacerles daño, de verdad?

—No lo sé, tal vez llegado el momento… pero ella no quiso ponerme a prueba. Algo lista debía de ser.

—¿Les hizo algo alguna vez? ¿Lo intentó?

—No, no hizo falta. Ella se acojonó de tal forma que no le quedó más remedio que elegir y lo hizo de forma inteligente. Sabía que yo la vigilaba.

Carrasco escribió unas palabras sobre el papel y se lo deslizó hacia Rizos «Esta tía está como una cabra». Ella le miró y respondió de viva voz «estoy de acuerdo»