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—No. Mi marido, para variar, no estaba en casa.
A lo mejor se había ido a consolar a la viuda ¡Vete a saber!
Ya me había acostumbrado a no preguntarle.
Lo que me preocupaba era Vicent y que cerrara su bocaza, no por la amenaza de la policía, que eso ya lo tenía resuelto de momento, sino porque si iba por ahí diciendo cosas, al final se iba a complicar el asunto y también podría poner en un aprieto a mi tío.
»Chema llegó casi hora y media después. Yo estaba un poco desesperada por tener aquel elemento sentado en mi sofá. En cuanto le vio entrar, se puso en plan gallito, pidiendo a gritos «su dinero», hasta que mi tío sacó la placa y la pipa. Ahí sí que se calló de golpe; yo escucha-
ba hablar a Chema y tenía que contenerme las ganas de reír al ver la cara que iba poniendo el yonqui.
»Le dijo que le iba a acusar, no solo de extorsión, sino de asesinato, que como había reconocido que estuvo presente en la escena del crimen, a ver a quién iban a creer más, si a un inspector de policía o a un mierda como él, pero que le iba a dar una oportunidad de salir de allí feliz y como si no hubiera pasado nada.
Entonces me pidió que sacara la bolsita que había llevado esa mañana, yo la tenía envuelta en un pañuelo y se la di.
»Cuando le enseñó la bolsita a Vicent, los ojos le hicieron chiribitas.
Al fin y al cabo, él quería el dinero para comprar muchas bolsitas como aquella.
Mi tío le dijo que era una prueba de generosidad por su parte, que se olvidara de tanto euro y que probara aquello, que el trato era: o la bolsita que gustosamente le regalaba, o una condena por asesinato agravada por un cargo de extorsión.
»No se lo pensó mucho, se la quitó de las manos. «¿Quieres probarla para comprobar que es buena?» Le propuso Chema, y Vicent dijo que sí enseguida. Los dos se fueron a la cocina y yo, ya más tranquila, me fui a recoger la ropa que tenía tendida porque amenazaba lluvia otra vez.
»Al entrar de nuevo en la casa, mi tío me dijo que fuera a por la furgoneta, que había ocurrido un accidente.
Yo me alarmé y quise saber qué había pasado.
Entré en la cocina y vi a Vicent tirado en el suelo con los ojos semiabiertos; intenté que reaccionara dándole unas palmaditas en la cara, pero Chema me dijo que lo dejara, que se había ido al otro barrio, que se había pasado con la dosis el muy burro.
Salí corriendo, la furgoneta la tenía en el garaje.
La saqué y la puse en la calle, frente a la puerta de la casa.
Envolvimos a Vicent con una manta, como un fardo, y le metimos en la furgoneta.
Entonces creí morirme: la señora Reme estaba allí, mirando desde la puerta de su casa.
Se metió rápidamente y desapareció, pero supe que había que arreglar aquello, que se estaba convir- tiendo en una cadena de infortunios, había que tapar una con otra y luego esa con otra más.
»Chema me dijo que entrara en mi casa, que él se ocupaba. Se marchó.
—Y, mientras su tío se ocupaba del cadáver de Vicent Espí, usted decidió hacer lo propio con su vecina.
—¡Pero yo no tenía intención de matarla! Yo solo
quería darle una explicación, decirle que se había mareado o algo así.
—Tal vez, pero también sabía que antes o después iban a encontrar al chico muerto y ella lo relacionaría con lo que vio.
—¡Sí, sí! Eso estaba en mi cabeza, pero aun así no tenía intención de matarla, solo quería contarle una historia que la convenciera, aunque cuando toqué a su puerta todavía no sabía qué le iba a decir. Confié en que Dios me ayudara a encontrar la forma.
—¿Dios?
—¡O lo que sea!
—Muy bien, continúe.
Silvia siguió recordando aquella jornada, clavando la mirada en el infinito a medida que iba reproduciendo aquella infausta conversación.
—Cuando entreabrió la puerta, le pregunté si podía entrar y me miró de forma rara. Yo empecé a ponerme
nerviosa. Se apartó y entré. Dije lo primero que se me ocurrió:
—Reme, ¿tendrías harina, por casualidad? Es que voy a hacer un bizcocho y no tengo suficiente. Quiero dejarlo preparado esta noche.
—¿Un bizcocho? —dijo ella—. A ver si te crees que soy tonta. Vienes a contarme un rollo porque he visto lo que he visto. Quien se junta con esa gente solo puede ser dos cosas: traficante o drogadicto.
—Pero, ¿qué dices?
Aquellas palabras me descolocaron. Remedios pensaba que yo traficaba o me drogaba. No sabía por dónde salirle para convencerla de que todo era un error.
—Se equivoca, Reme, el chico solo quería hablar con mi marido, quiere reformarse, ya sabe. Le he dicho que entrara y se ha mareado. ¡Está tan del- gado y tan desnutrido!
—¡Silvia, por favor! —siguió ella—. Que ayer estuvo vociferando en tu puerta, ¿o crees que no le oí?
Gritando que se lo iba a decir a todo el mundo.
¿Qué es lo que le iba a decir? ¿Qué trapicheas con drogas ahora?
¡Qué vergüenza, Silvia! Y ese que se lo ha llevado drogado en la furgoneta de tu padre ¿quién es?
¿el camello? ¿Sabe tu padre lo que haces con su furgoneta?
¡Con lo que ha trabajado el pobre hombre para criarte desde que murió tu pobre madre, que Dios la tenga en su Gloria!
Seguía hablando y hablando, con esa suficiencia de quien cree saberlo todo, aunque no sepa nada. Yo intentaba que se callara, que me escuchara, pero era inútil, ella seguía con su monólogo.
—Yo entiendo, Silvia —empezó a decir—, que desde que murió tu hijo tú hayas cambiado.
Un hijo muerto es un golpe muy duro para una madre ¡No quiero ponerme en tu lugar!
¡Señor, cuánto dolor habrás pasado! Pero piensa que, si ese angelito te está viendo desde el cielo, se avergonzará de ti al ver el camino que has tomado.
Tienes que superar su muerte, Silvia, pero busca otra forma que no sea drogándote o trapicheando con indeseables por ahí, que vas a acabar muy mal.
Mira cómo iba el chico cuando lo habéis subido a la furgoneta, ¡pero si parecía muerto!
¡Jesús, María y José! ¿Y tu marido? ¿Lo sabe?
¿Sabe que andas con esa gentuza o lo haces a sus espaldas?
—No la soportaba más. «La harina, por favor» —Le pedí, intentando que dejara de hablar de una puta vez.