Las otras muertes de Abel 35 #2
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—Esta vez seré yo quien se lo pregunte, señora Pastor —intervino Carrasco, adelantando su cuerpo sobre la mesa y mirándola fijamente a los ojos—.

¿Qué fue lo que motivó que se abalanzara sobre su vecina para darle muerte?

¿Fue un arrebato movido por alguna causa o provocación, o simplemente la mató a sangre fría por el mero placer de matar?

—No tiene que contestar si no quiere —le advirtió su abogada.

Silvia Pastor miró a su abogada, pestañeó varias veces tratando de buscar en su mente alguna cosa que pareciera creíble. Miró luego a ambos policías, que esperaban una reacción de la mujer.

—¿Y si no contesto? —retó la detenida.

—Aténgase a las consecuencias, señora Pastor —advirtió Carrasco—, tendrá que hacerlo ante el juez.

Aunque no conteste, no le va a servir de nada, todas las pruebas avalan la teoría del crimen a sangre fría, eso es asesinato en primer grado.

Su abogada le informará de la cantidad de años que le esperan, bueno, eso si el fiscal no pide la prisión permanente revisable.

—¿Y eso qué significa? —preguntó con cierta ansiedad a su abogada.

—Una condena por tiempo indefinido revisable cada cierto periodo de años —respondió la letrada.

—O sea, como una cadena perpetua, ¿no?

—Más o menos.

—Señora Pastor —interrumpió Rizos recogien- do sus papeles y ordenándolos dentro de su carpeta—, tenemos pruebas suficientes como para meterla a usted en prisión por el resto de su vida.

Se le van amontonando las imputaciones y, por ende, también se le amontonarán las condenas.

Le aseguro que, de aquí hasta el día de su muerte, no verá el sol nada más que en el patio de la cárcel.

—¡Es que las cosas sucedieron muy rápidas! —casi gritó impidiendo que ambos policías que ya se encontraban de pie, avanzaran hacia la puerta de salida—. Una cosa llevó a la otra, no es que fuera algo intencionado, es que… es que… ¡no tenía otra opción!

Los dos policías se miraron tratando de disimular una sonrisa de satisfacción y volvieron a sentarse frente a la detenida y su abogada.

—¿Qué es lo que tiene que contarnos, señora Pastor? —inquirió Rizos con tranquilidad—. ¿Qué ocurrió aquel día entre la señora Calabuig y usted?

Silvia Pastor se hundió en la silla. Por primera vez, su actitud desafiante daba paso al temor y a la capitulación.

—La señora Reme no era una pobrecita y dulce anciana como se ha dejado caer aquí —comenzó di- ciendo Silvia modulando la voz de forma burlona—.

Era una vieja chismorrera que no tenía otra cosa que hacer que meterse donde no la llamaban, en la vida de todo el mundo.

Hubiera sido una buena tertuliana de esas que salen en los programas de cotilleo.

»El sábado por la tarde, todo el pueblo sabía lo de Abel. Mi tío Chema había llamado a casa al saber que era compañero de trabajo de mi marido, quería hablar con Fidel como con todos los demás compa- ñeros, pero yo sabía que si hablaba con él la iba a pifiar.

—¿Usted ya sabía a esa hora lo que había ocu- rrido en el puente?

—Sí. Fidel ya me lo había contado todo. Estaba hecho un flan y yo debía tomar las riendas, sabía que mi tío iba a comprender mi posición y yo estaba dispuesta a rogarle de rodillas, si era necesario, que nos echara un cable.

Era mi oportunidad para retomar de nuevo nuestro matrimonio, que Fidel viera que yo estaba dispuesta a todo por él, que se diera cuenta de cuánto le quería, algo que el putón de Rebeca no hubiera hecho nunca.

»Eran alrededor de las ocho de la noche, ya había oscurecido aunque no del todo.

Yo estaba sola en casa. Como siempre, Fidel prefería andar en cualquier sitio menos en casa conmigo.

Sonó el timbre y yo me asomé por una de las ventanas del salón porque no esperaba a nadie a esa hora.

Vi la figura de un hombre al otro lado de la reja del portón, pero, aun con el farol de la entrada encendido, no había suficiente luz y no lo reconocí; pregunté por el telefonillo y me con- testó que me convenía abrirle si no quería tener una conversación delicada en la calle.

»Yo estaba un poco temerosa, pero me picó la curiosidad.

Decidí no abrir la reja, pero sí acercarme a ver quién era.

Me eché el abrigo sobre los hombros y salí.

Me sorprendió reconocer a Vicent el yonqui.

Nunca había venido a mi casa y yo no sabía qué es lo que quería.

Desde luego, si pretendía entrar, yo no estaba dispuesta a permitírselo.

—¿Conocía usted a Vicent Espí?

—Claro, casi todo el mundo le conocía en la zona.

Vicent era un alma perdida, su padre no ganaba para disgustos, el pobre hombre.

Antes o después pasaría lo ine- vitable, aunque decían que el profesor Oliver le estaba ayudando a salir de la droga.

¡Bah! Gilipolleces. Esa gente nunca cambia, no pueden vivir sin su veneno y solo morirán con su veneno.

—¿Cuál era el motivo de esa visita?

—Me dijo que tenía algo muy importante que contarme y yo le dije a gritos que se marchara de mi casa, que yo no tenía nada de qué hablar con él. Me di la vuelta para volver a entrar en mi casa y entonces dijo algo que me hizo parar en seco. Dijo: Tu marido mató al profesor, yo le vi.

»Seguramente fue por mis gritos al tratar de despachar al desgraciado aquel, por lo que Remedios se asomó a la ventana, aunque yo en ese momento no estaba pendiente de la casa de mi vecina, sino de la frase que Vicent me había soltado dejándome más helada que la noche.

»No podía hablar con él allí, en la calle, porque cualquiera podría vernos y escucharnos, pero tampoco quería que entrara en mi casa porque no me fiaba de él.

Le hice pasar al jardín y le dije que soltara todo lo que sabía y que me dijera a santo de qué había venido a decirme aquello. Aunque me lo imaginé enseguida.

—¿Intentaba chantajearles?

—Pues claro.

—¿Cómo sabía lo que había ocurrido en el puente?

—No, lo del puente no lo sabía, él había visto a Fidel golpear a Abel en el parque donde se citaba con la zorra de su querida; vio cómo le tumbaba de un golpe en la cabeza y cómo Rebeca le ayudaba a meterlo en el coche de ella.

Los vio alejarse con el cuerpo del profesor y, cuando al día siguiente lo encontraron en el fondo del barranco, debajo del puente, supo a ciencia cierta que se habían dirigido allí para deshacer- se del cuerpo.

»Empezó pidiéndome 50000€ si no quería que se lo contara todo a la policía y a todo el pueblo; yo le dije que no teníamos tanto dinero, que mi marido era maestro, no banquero, y que ni siquiera la carpintería de mi padre daba tanto al cabo del año.

Después de regatear un buen rato, en el que creí que iba a coger una pulmonía, lo dejó en 30000€.

Le dije que no tenía ese dinero en casa, que podía darle un adelanto al día siguiente, cuando hablara con mi marido y que hasta el lunes me era imposible sacar el resto del dinero del banco.

Pareció entenderlo y me dio hasta el mediodía del domingo para que le diera ese adelanto y si no lo tenía a esa hora, se lo contaría a todo el mundo, incluida la policía.

Claro, yo me reía por dentro, porque la policía era mi tío y él sabría muy bien dónde ponerle y qué hacer con él.

»Se marchó sin más, entonces me di cuenta de que Remedios había estado cotilleando detrás de la ventana. No podía haber oído nada de lo que hablábamos, pero sí nos estuvo vigilando durante todo el tiempo que estuvimos hablando en mi jardín. Yo sabía que eso lo iba a complicar todo.

—¿Decidió entonces matar a su vecina?

—¡No! Eso no se me pasó por la cabeza en ese momento, aún no sabía cómo iba a esquivar las pre- tensiones de Vicent.

Confiaba en que, entre mi tío Chema y mi marido, encontraran una solución y que todo se quedaría ahí.

Pensé que le convencerían para que dejara la boca cerrada o que le darían algo de dinero para que se metiera un chute y se olvidara, pero en ningún momento pensé en hacerle daño a Reme.

»Ese pobre diablo utilizaba las escasas neuronas que le quedaban vivas para eso: engañar y chantajear.

Me da lástima pensar en Abel, el pobre, que se creía él que había enderezado la vida de Vicent ¡Sí, sí!

¡Menuda pieza estaba hecho! Se estuvo riendo de Abel y sacándole el dinero durante, por lo menos, dos años, pero él seguía con lo suyo, robándole a su pobre padre, trapicheando por ahí…

todo el mundo sabía que, más pronto que tarde, ese chico acabaría muerto en cualquier callejón.

»Mi tío Chema vino un rato después de mar- charse el yonqui.

Yo le conté, bastante nerviosa, lo que había pasado y me dijo que lo dejara de su cuenta, que conocía camellos en Valencia y que, con unos cuantos gramos de heroína se iba a conformar, que conocía bien a ese tipo de gente.

Luego llegó Fidel y les dejé solos para que hablaran.

Mi tío era bueno convenciendo, se aseguró de que mi marido no metiera la pata y le alejó del asunto.

»El domingo por la mañana, a eso de las diez, llegó mi tío con una bolsita, yo, ni siquiera quise ver el contenido.

Me dijo que cuando llegara Vicent, le hiciera pasar y le llamara a él por teléfono, que le entretuviera como fuera.

El yonqui llegó un poco después de las tres.

No me hacía mucha gracia, pero le dejé pasar como me dijo mi tío; se había cambiado de ropa, como si quisiera recibir un premio y se vistió para la ocasión ¡Desgraciado! Daba igual, porque seguía oliendo mal.

»Le puse una cerveza delante y unas patatas que se zampó en un momento, y llamé a mi tío. Aquel gilipollas no hacía más que preguntarme que cuándo llegaba el dinero, tuve que darle dos cervezas más para que se callara.

—¿Su marido no se encontraba en la vivienda en ese momento? —inquirió Rizos.